En los primeros capítulos del libro pensé que Heródoto era solo una excusa para narrar una especie de nostálgica biografía, muy resumida, de las experiencias de Kapuscinski como reportero. Me equivoqué. Tampoco es un libro de viajes al uso sobre una determinada zona geográfica. Los dos primeros viajes: India y China son casi testimoniales. Es poco tiempo dedicado a países que son tan extensos en todo como continentes.
Además, entonces, Kapuscinski carece de experiencia. No está preparado. Su cultura es tan diferente… El racionalismo materialista es algo completamente opuesto a la espiritualidad que rezuma India. Como hombre blanco, como sahib, como dinero andante, es requerido por los hindús que se buscan la vida, y el fuerte componente cultural de Kapuscinski lo rechaza.
A mí, en cambio, la sola idea de ir cómodamente sentado en una riksha tirada por un hombre, flaco, débil, hambriento y sin apenas resuello me llenaba de repulsión, indignación y horror. ¿Ser un explotador? ¿Un chupasangre? ¿Oprimir a otro hombre?
Así que Kapuscinski los rechaza y ellos no lo comprenden.
Sorprendidos no lograban entender el porqué, mi conducta no les cabía en la cabeza. Al fin y al cabo, ellos contaban conmigo, yo era su única oportunidad, su única esperanza de hacerse con un cuenco de arroz.
Más tarde descubre la extraña estructura laboral. Cada persona está destinada a un trabajo especifico, uno limpia los zapatos, otro barre el suelo, y cada uno se dedica exclusivamente a su labor.
Dios me librase de pedir al encargado de planchar las camisas que me cosiera el botón de una. Por supuesto a mí, educado, etc., lo que más fácil me resultaba era cosérmelo yo mismo, pero entonces habría cometido un error garrafal, pues habría privado de la oportunidad de ganarse unas monedas a aquel que vivía de coser los botones de las camisas, que por lo general, era padre de familia numerosa.
Así que, aterrizar en la India supone un mazazo, se encuentra totalmente desorientado. Adquiere libros de Hemingway, en inglés, para intentar aprender el idioma, y otros para intentar comprender la cultura a la que se enfrenta. Pero pronto se da cuenta que esta lengua solo la habla una pequeña parte de la población. El viaje es corto, aunque deja la suficiente impresión como para hacerse una idea de lo indescifrable que resulta ese fantástico mundo para un occidental.
El hinduismo entraña un número infinito de dioses, mitos y creencias, cientos de escuelas, orientaciones y tendencias, decenas de caminos de salvación, de senderos de virtud, de prácticas de pureza y de reglas de ascetismo. El mundo del hinduismo es tan inmenso que da cabida a todas las personas y todas las cosas, a la aceptación mutua; a la tolerancia; la connivencia y la unidad. Es imposible inventariar los libros sagrados del hinduismo: solo uno de ellos, el Mahabharata, cuenta con alrededor de doscientos veinte mil versos de dieciséis silabas, es decir, ¡ocho veces más que la Ilíada y la Odisea juntas!
En la India nace un concepto que sobrevuela sobre todo el libro y que me ha invitado a reflexionar profundamente: la otredad. De paso recuerda a Tagore de niño levantándose al alba junto a su padre para cantar, cara al sol, los Upanishads. Además de las pequeñas reflexiones acerca de los aspectos más turbadores de la India y su incapacidad para entenderlos: la gente se amontona en cortos espacios en las ciudades, mientras sobran extensos terrenos libres alrededor. Duermen en la carretera, en el camino, apartándose perezosamente al paso de los vehículos, sin protestar. Y relata anécdotas diarias no menos turbadoras.
Vi la escena siguiente: una anciana saca de un pliegue de su sari un puñado de arroz. Lo vierte en un cuenco. Empieza a mirar en derredor suyo, a lo mejor en busca de agua o tal vez de fuego, para hervir aquella exigua cantidad. En el cuenco clavan sus miradas unos niños que están apiñados alrededor. De pie, sin mover un músculo y sin decir palabra, permanecen con la vista fija en el arroz durante un rato. El rato se prolonga. Los niños no se abalanzan sobre el arroz, éste es propiedad de la anciana; tienen inculcado algo, algo más fuerte que el hambre.
Pero entonces aparece un joven que se abre camino a codazos entre la muchedumbre. Tropieza con la anciana, el cuenco salta de sus manos y el arroz se desparrama por el andén, cayendo en medio del lodo y los desperdicios. En este mismo instante los niños se arrojan al suelo, se pierden entre las piernas de los adultos y revuelven en el fango intentando rescatar algunos granos. La anciana permanece de pie con las manos vacías. Ahora tropieza con ella otro hombre. La anciana, los niños, la estación, todo está siendo inundado por el tropical aguacero. Permanezco allí empapado y temo dar un paso. De todos modos tampoco sé adónde ir.
A continuación es destinado a China. Otro choque de civilizaciones. Confucio y Lao Tse, y la filosofía al servicio de lo práctico. China está completamente uniformada. Es un mar monocolor. Los mismos trajes, los mismos colores, las mismas gorras, los mismos cortes de pelo. Todo ello presidido por Mao. Cualquier enunciado, cualquier libro, comienza con Mao, su pensamiento y sus disposiciones. Mao, Mao y más Mao. “Que se abran cien flores y que compitan cien escuelas”. Es el momento del Gran Salto Adelante. Cierro el libro e intento saber algo sobre ese Gran Salto. Un intento descomunal de progreso que acaba en una hambruna que provocó la muerte de millones de personas y pienso horrorizado que, en Corea del Norte, se sigue dando ese mismo final en estos días.
Kapuscinski es continuamente vigilado por un periodista chino que han destinado a su compañía con ese propósito. Sus habitaciones están una enfrente de la otra. Las puertas permanecen siempre abiertas.
De nuevo ha llevado libros para intentar comprender: “Las obras escogidas de Mao”. Mao, Mao y más Mao. También trae otros libros. Entre ellos “El libro verdadero de la Flor del Sur”, de Chuang Tzu.
A veces, cansado de leer a Mao, cogía el libro de Chuang Tzo, ese ferviente taoísta que despreciaba todo lo terrenal y señalaba como modelo a seguir a Hu Yu, el gran sabio taoísta. <<Cuando Yao (el legendario soberano de China) le propuso el poder de máximo mandatario, él se lavó los oídos emponzoñados por tamaño ofrecimiento y se refugió en la remota y deshabitada montaña de Ki-shan.>> Para Chuang Tzu, como para el bíblico Qohelet, el mundo exterior y la nada son una misma cosa, mera vacuidad: <<Combatiendo o sometiéndonos al mundo exterior, cual un caballo desbocado nos lanzamos hacia el fin. ¿No es eso triste? También trabajamos arduamente durante toda la vida y no vemos los frutos de nuestros esfuerzos, ¿no es eso penoso? Que cansados y exhaustos no tengamos adónde regresar, ¿acaso tampoco es esto penoso? La gente dice que existe la inmortalidad, pero ¿qué provecho aporta? El cuerpo se descompone y con él, la mente. ¿Acaso no es eso lo más penoso?>>
Chuang Tzu se muestra permanentemente asaltado por la duda, nada le resulta claro e inequívoco: <<El habla no es tan solo la mera exhalación del aire. El habla ha de decir algo, pero no se sabe a ciencia cierta qué. ¿En verdad existe el habla o tal vez no exista? ¿Se la puede considerar diferente que el gorjeo de los pájaros o quizá no?>>
A pesar de considerarme constante mente asaltado por la duda, como Chuang Tzu, no consigo comprenderle del todo.
Lo que termina significando la Gran Muralla para Kapuscinski se me hace interesante. Deja de ser un monumento de piedra para identificar esa barrera invisible, que convierte ese mundo en infranqueable. Mi visión de la Gran Muralla se limitaba, hasta el momento, al cuento de Kafka, ese cuento inmenso e infinito, tan inabordable como la misma Gran Muralla.
Saludos