Viajes con Heródoto - Kapuscinski

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Viajes con Heródoto - Kapuscinski

Notapor dean » Sab Ago 14, 2010 4:36 pm

Lo que he leído de libros de viajes me encantado, principalmente de Javier Reverte, del que he leído casi todo lo que tiene escrito de viajes, no así sus novelas, que el reivindica con ahínco. Con las novelas ha ganado algunos premios, pero a mí no interesan de momento. Tuve la oportunidad de conocerle y hablar brevemente con él y noté su preocupación por ese tema, incluso le note molesto porque mi interés solo estribara en los viajes. Me azoré y salí por piernas con alguna peregrina excusa. De Kapuscinski, había leído “Ébano” y me gustó. Explico esto, porque sé que Jenofonte me puede aporrear con Burton o Humboldt, que sé que le gustan mucho. Yo tengo un libro de este último, que me salió por un ojo de la cara, una fantástica edición de “Del Orinoco al Amazonas”, que pobre de mí, aún no he leído. Aunque si puede considerarse en ese género a “Naufragios”, de Alvar Núñez, Cabeza de Vaca, ya voy servido con el pasado, y además siempre me quedará Heródoto, que se supone que algo tuvo que viajar, por el hasta entonces mundo conocido, para contar su increíble, enorme y extraordinaria “Historia”, titulada en español, “Los nueve libros de la historia”. Los reporteros actuales del siglo XX, al menos Javier Reverte, además de proporcionarme actualidad, me han hecho sentir y conocer, la ruta de los aventureros del pasado. Gracias a ellos he aprendido mucho de diversos lugares y como lo encuentro muy relacionado con la historia, que me encanta, pues miel sobre hojuelas.

Llevo leído poco de este libro, pero me temo que Heródoto sea solo una excusa. Kapuscinski comienza narrando sus primeras experiencias como reportero en el extranjero, el primero en Polonia. Antes estaba destinado a viajes por el interior del país, pequeños acontecimientos. Hablamos de 1964 y un mundo tras el telón de acero. En un encuentro con la redactora jefe, la dice de sopetón que quiere viajar al extranjero, él pensaba en algo como Checoslovaquia, a la vuelta de la esquina. Al año, la jefa le destina a India, ya que el presidente de la India, Nehru había sido el primero, que no fuera de la órbita de la Unión Soviética, en visitar Polonia. La jefa le regala un libro, “Historia”, de Heródoto.

Ahí comienza su particular aventura. Alucina al llegar y hacer escala en Roma. El mundo, el gran mundo, más allá de su tierra, le es completamente desconocido. No está preparado, ni siquiera dispone de ropa adecuada. No sabe casi nada de inglés. La lengua se presenta como una dificultad insalvable.

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Re: Viajes con Heródoto - Kapuscinski

Notapor Jenofonte » Sab Ago 14, 2010 7:23 pm

Me interesan los libros de viajes y a esos estoy dedicado en este momento. Tengo una pequeña colección, unos treinta, que van desde los más antiguos, como Anábasis, siguiendo con algunos del siglo XIX y también algunos más actuales, aunque la verdad es que me atraen más esos en los que el viajar era algo más que tomar un pasaje y constituía toda una aventura. Varios que son imposibles de encontrar en papel (o si se encuentran el precio los hace igualmente imposibles) los he leido en la pantalla, algunos incluso en inglés, como uno de Sir Samuel Baker.
Hace una semana encontré El gran bazar del ferrocarril, de Paul Theroux -había leído acerca del autor un par de referencias- y lo compré. Me gustó y ahora estoy leyendo del mismo autor En el gallo de hierro. Fantasmas Balcánicos, de Robert Kaplan, es otro de los actuales que he leídos.
Tengo también algunos que no son propiamente de viajes, sino en realidad de espediciones, como El peor viaje del mundo, Expedición Fawcett, El cazador del desierto, en fin.
Aparte de los libros de Sir Richard Burton tengo algunos de Mark Twain, diferentes estilos, pero igualmente entretenidos. También cuento con un par de libros de Jan Potocki, en uno de ellos, Viaje a las estepas de Astrakán y del Cáucaso, el autor viaja acompañado de los libros de Heródoto y va comparando al historiador con lo que encuentra, toda una experiencia en que confirma lo que el autor griego describe. Hago notar que esa circunstancia es la que me llevó a encargar el libro Viajes con Heródoto, así, a ciegas, esperando encontrarme de nuevo con ese antiquísimo viajero. Ojalá me guste, pero si no, bien valga la prueba.
De Humboldt tengo los cinco tomos de Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, los que me resultaron bastante difíciles de leer, porque vienen en una letra que necesita lupa, porque no traen mapas y porque Humboldt fue un muy brillante científico pero distaba de ser un escritor ameno.
En Google/Libros hay varios de Sven Hedin que tengo ganas de leer, pero no se pueden descargar, solo se pueden leer en línea y eso si que es incómodo.
¿Cómo comencé con los libros de viajes, bueno, creo que como muchos, con la serie de Viajes extraordinarios de Julio Verne, sin descontar a otros viajeros también imaginarios pero no menos aventureros como Sinbad el marino y Lemuel Gulliver...
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Re: Viajes con Heródoto - Kapuscinski

Notapor dean » Dom Ago 15, 2010 5:47 am

No había contado con el “Anábasis” de Jenofonte, entonces he leído alguno más de los que pensaba. Yo tengo ganas de echar un tiento a Burton. Sobre Humboldt, entiendo entonces, que no es solo cosa mía. Lo compre con ilusión y en la primera oportunidad que le di me pareció farragoso. Pensé que eran cosas mías.
No sé cómo será de fácil encontrar el libro que mencionas de Potocki. “El manuscrito encontrado en Zaragoza” está por todos lados, pero no veo más de él.

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Re: Viajes con Heródoto - Kapuscinski

Notapor Jenofonte » Dom Ago 15, 2010 8:49 am

Bueno, creo que en España sería relativamente facil encontrar los libros de Potocki dirigiéndose al sitio de venta de la Editorial. Lo que es aquí es casi imposible encontrar algo razonable. Los libros de la Editorial Laertes los compré en un viaje que hice al Perú, allá me costaron el equivalente a unos cinco euros cada uno, aquí en Chile el mismo libro lo encuentro al equivalente de unos 40 euros más gastos de envío. Una completa locura, más que eso, una estupidez, peor aún, un verdadero insulto.
El problema es que si la gente lee poco, libros de viajes lee menos, entonces hay que recorrer toda la librería para encontrar, por casualidad, algún buen libro, y después de encontrado, hacerse el ánimo de pagar el precio, porque si bien las editoriales despotrican contra los piratas de libros y sus secuaces que somos nosotros al descargarlos, nada dicen de los asaltos a mano armada --pero legales-- de que somos objeto los lectores.
Bueno, retomando el tema, la Editorial Laertes tiene una buena colección, llamada (no se por qué) Nan Shan, con un listado muy bueno de libros de viajes de viajeros de antaño. Ediciones B tiene una colección llamada Grandes Viajeros, más modernos, pero no se que tan accesibles son allá.
Los libros de viajes son sumamente antiguos, los libros de Heródoto, gran viajero que recorrió el mediterráneo e incursionó en los territorios del Mar Negro, son modernos frente a la historia de Sinuhe, médico egipcio que recorrió los territorios asiáticos (el territorio Sirio-cananeo) hace unos 4.000 años.
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Re: Viajes con Heródoto - Kapuscinski

Notapor dean » Dom Ago 15, 2010 12:28 pm

No entiendo esos precios. No los entiendo, intentó encontrar una explicación y no la hallo. Como dices, es una verdadera locura. ¿Qué tiene Perú que no tenga Chile? Y supongo, porque no compro nunca por internet, que los precios del mundo virtual no tienen en cuenta los destinos, menos para encarecerlos según kilómetros.

Tengo que hacer una salvedad en lo que mencionas de Shinue, porque este es un personaje de ficción y su historia ha sido narrada en el siglo XX. Heródoto continúa siendo el ilustre viajero más antiguo que yo conozco. Pido disculpas, pero es mi ídolo desde hace muchos años y lo defiendo a capa y espada. Heródoto no conoció, ni mucho menos, todo de lo que escribió, se tuvo que apoyar en testimonios de los lugareños, a veces de otros viajeros, supongo que muchos de ellos egipcios. Entre otras razones, por eso su obra no es exacta, pero sí extraordinaria.

Con relación a los griegos de antaño, Heródoto, Jenofonte o Tucídides, los tengo que releer de poco a poco, porque con más facilidad que aprendo, olvido. En esa palabra, olvido, late mi preocupación y mi fascinación por esta clase de autores. Ellos retan a la memoria. Posiblemente saben que es frágil, minúscula, esquiva, deciden entonces vencerla dejando por escrito el legado de sus conocimientos, intentando convertirlos en imperecederos. Aportando seguridad. Nosotros tenemos, el Google, enciclopedias, museos, ¿de que disponían esos extraordinarios hombres? En aquellos tiempos todo era oral, era recordado y transmitido de generación en generación, al calor de las hogueras. Cuenta la leyenda…

Entiendo la fascinación de Kapuscinski por Heródoto, porque este es el primer reportero autentico. Maestro de maestros. El primero que dedicó su vida a indagar, a saber, con la intención de contarlo y dejarlo como herencia a la humanidad. No inscrito sobre mármol, como hacen muchos pueblos desde los confines de los tiempos, para preservar los hechos relevantes de su pueblo o los caprichos de un determinado gobernante. No, en esta ocasión es algo más ambicioso, es la memoria del mundo entero, del mundo hasta entonces conocido.

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Re: Viajes con Heródoto - Kapuscinski

Notapor Jenofonte » Dom Ago 15, 2010 1:40 pm

Una salvedad a la salvedad...

La verdad es que no está absolutamente demostrado si Sinuhe fue un personaje de ficción o un personaje real, pero si le concedemos el beneficio de la duda podríamos pensar que, aunque fuese de ficción, estaría basado en un personaje real, por los detalles que ilustra:
Sinuhe cuenta que estaba al servicio de la reina Neferu, hija de Amenenhap I y esposa de Sesostris I. La historia fue escrita alrededor del 1900 a. de C. y fue muy popular durante varios cientos de años. Los hechos transcurren durante la 12ª Dinastía y se encuentran en los papiros de Berlin.
Lo que hizo el escritor finés Mika Waltari fue tomar la historia y novelarla trasladándola a la 18ª Dinastía (unos 600 años después), es decir a la época del faraón Amenhotep IV (que cambió su nombre a Akhenatón) agregando el componente de la violenta reforma religiosa del culto monoteista al dios Atón.

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Como se las arreglan los egiptólogos para leer estps papiros es algo que escapa a mi comprensión...
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Re: Viajes con Heródoto - Kapuscinski

Notapor dean » Dom Ago 15, 2010 1:53 pm

Después de estudiar el papiro detenidamente, no solo le doy el beneficio de la duda, sino que le concedo toda veracidad.

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Re: Viajes con Heródoto - Kapuscinski

Notapor dean » Sab Ago 21, 2010 3:40 pm

En los primeros capítulos del libro pensé que Heródoto era solo una excusa para narrar una especie de nostálgica biografía, muy resumida, de las experiencias de Kapuscinski como reportero. Me equivoqué. Tampoco es un libro de viajes al uso sobre una determinada zona geográfica. Los dos primeros viajes: India y China son casi testimoniales. Es poco tiempo dedicado a países que son tan extensos en todo como continentes.

Además, entonces, Kapuscinski carece de experiencia. No está preparado. Su cultura es tan diferente… El racionalismo materialista es algo completamente opuesto a la espiritualidad que rezuma India. Como hombre blanco, como sahib, como dinero andante, es requerido por los hindús que se buscan la vida, y el fuerte componente cultural de Kapuscinski lo rechaza.

A mí, en cambio, la sola idea de ir cómodamente sentado en una riksha tirada por un hombre, flaco, débil, hambriento y sin apenas resuello me llenaba de repulsión, indignación y horror. ¿Ser un explotador? ¿Un chupasangre? ¿Oprimir a otro hombre?


Así que Kapuscinski los rechaza y ellos no lo comprenden.

Sorprendidos no lograban entender el porqué, mi conducta no les cabía en la cabeza. Al fin y al cabo, ellos contaban conmigo, yo era su única oportunidad, su única esperanza de hacerse con un cuenco de arroz.


Más tarde descubre la extraña estructura laboral. Cada persona está destinada a un trabajo especifico, uno limpia los zapatos, otro barre el suelo, y cada uno se dedica exclusivamente a su labor.

Dios me librase de pedir al encargado de planchar las camisas que me cosiera el botón de una. Por supuesto a mí, educado, etc., lo que más fácil me resultaba era cosérmelo yo mismo, pero entonces habría cometido un error garrafal, pues habría privado de la oportunidad de ganarse unas monedas a aquel que vivía de coser los botones de las camisas, que por lo general, era padre de familia numerosa.



Así que, aterrizar en la India supone un mazazo, se encuentra totalmente desorientado. Adquiere libros de Hemingway, en inglés, para intentar aprender el idioma, y otros para intentar comprender la cultura a la que se enfrenta. Pero pronto se da cuenta que esta lengua solo la habla una pequeña parte de la población. El viaje es corto, aunque deja la suficiente impresión como para hacerse una idea de lo indescifrable que resulta ese fantástico mundo para un occidental.

El hinduismo entraña un número infinito de dioses, mitos y creencias, cientos de escuelas, orientaciones y tendencias, decenas de caminos de salvación, de senderos de virtud, de prácticas de pureza y de reglas de ascetismo. El mundo del hinduismo es tan inmenso que da cabida a todas las personas y todas las cosas, a la aceptación mutua; a la tolerancia; la connivencia y la unidad. Es imposible inventariar los libros sagrados del hinduismo: solo uno de ellos, el Mahabharata, cuenta con alrededor de doscientos veinte mil versos de dieciséis silabas, es decir, ¡ocho veces más que la Ilíada y la Odisea juntas!


En la India nace un concepto que sobrevuela sobre todo el libro y que me ha invitado a reflexionar profundamente: la otredad. De paso recuerda a Tagore de niño levantándose al alba junto a su padre para cantar, cara al sol, los Upanishads. Además de las pequeñas reflexiones acerca de los aspectos más turbadores de la India y su incapacidad para entenderlos: la gente se amontona en cortos espacios en las ciudades, mientras sobran extensos terrenos libres alrededor. Duermen en la carretera, en el camino, apartándose perezosamente al paso de los vehículos, sin protestar. Y relata anécdotas diarias no menos turbadoras.

Vi la escena siguiente: una anciana saca de un pliegue de su sari un puñado de arroz. Lo vierte en un cuenco. Empieza a mirar en derredor suyo, a lo mejor en busca de agua o tal vez de fuego, para hervir aquella exigua cantidad. En el cuenco clavan sus miradas unos niños que están apiñados alrededor. De pie, sin mover un músculo y sin decir palabra, permanecen con la vista fija en el arroz durante un rato. El rato se prolonga. Los niños no se abalanzan sobre el arroz, éste es propiedad de la anciana; tienen inculcado algo, algo más fuerte que el hambre.

Pero entonces aparece un joven que se abre camino a codazos entre la muchedumbre. Tropieza con la anciana, el cuenco salta de sus manos y el arroz se desparrama por el andén, cayendo en medio del lodo y los desperdicios. En este mismo instante los niños se arrojan al suelo, se pierden entre las piernas de los adultos y revuelven en el fango intentando rescatar algunos granos. La anciana permanece de pie con las manos vacías. Ahora tropieza con ella otro hombre. La anciana, los niños, la estación, todo está siendo inundado por el tropical aguacero. Permanezco allí empapado y temo dar un paso. De todos modos tampoco sé adónde ir.


A continuación es destinado a China. Otro choque de civilizaciones. Confucio y Lao Tse, y la filosofía al servicio de lo práctico. China está completamente uniformada. Es un mar monocolor. Los mismos trajes, los mismos colores, las mismas gorras, los mismos cortes de pelo. Todo ello presidido por Mao. Cualquier enunciado, cualquier libro, comienza con Mao, su pensamiento y sus disposiciones. Mao, Mao y más Mao. “Que se abran cien flores y que compitan cien escuelas”. Es el momento del Gran Salto Adelante. Cierro el libro e intento saber algo sobre ese Gran Salto. Un intento descomunal de progreso que acaba en una hambruna que provocó la muerte de millones de personas y pienso horrorizado que, en Corea del Norte, se sigue dando ese mismo final en estos días.

Kapuscinski es continuamente vigilado por un periodista chino que han destinado a su compañía con ese propósito. Sus habitaciones están una enfrente de la otra. Las puertas permanecen siempre abiertas.

De nuevo ha llevado libros para intentar comprender: “Las obras escogidas de Mao”. Mao, Mao y más Mao. También trae otros libros. Entre ellos “El libro verdadero de la Flor del Sur”, de Chuang Tzu.

A veces, cansado de leer a Mao, cogía el libro de Chuang Tzo, ese ferviente taoísta que despreciaba todo lo terrenal y señalaba como modelo a seguir a Hu Yu, el gran sabio taoísta. <<Cuando Yao (el legendario soberano de China) le propuso el poder de máximo mandatario, él se lavó los oídos emponzoñados por tamaño ofrecimiento y se refugió en la remota y deshabitada montaña de Ki-shan.>> Para Chuang Tzu, como para el bíblico Qohelet, el mundo exterior y la nada son una misma cosa, mera vacuidad: <<Combatiendo o sometiéndonos al mundo exterior, cual un caballo desbocado nos lanzamos hacia el fin. ¿No es eso triste? También trabajamos arduamente durante toda la vida y no vemos los frutos de nuestros esfuerzos, ¿no es eso penoso? Que cansados y exhaustos no tengamos adónde regresar, ¿acaso tampoco es esto penoso? La gente dice que existe la inmortalidad, pero ¿qué provecho aporta? El cuerpo se descompone y con él, la mente. ¿Acaso no es eso lo más penoso?>>

Chuang Tzu se muestra permanentemente asaltado por la duda, nada le resulta claro e inequívoco: <<El habla no es tan solo la mera exhalación del aire. El habla ha de decir algo, pero no se sabe a ciencia cierta qué. ¿En verdad existe el habla o tal vez no exista? ¿Se la puede considerar diferente que el gorjeo de los pájaros o quizá no?>>


A pesar de considerarme constante mente asaltado por la duda, como Chuang Tzu, no consigo comprenderle del todo.

Lo que termina significando la Gran Muralla para Kapuscinski se me hace interesante. Deja de ser un monumento de piedra para identificar esa barrera invisible, que convierte ese mundo en infranqueable. Mi visión de la Gran Muralla se limitaba, hasta el momento, al cuento de Kafka, ese cuento inmenso e infinito, tan inabordable como la misma Gran Muralla.


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Re: Viajes con Heródoto - Kapuscinski

Notapor dean » Sab Ago 21, 2010 3:48 pm

Y continúan los viajes. Salta de un lado a otro: Egipto, Sudan, Etiopia, Tanzania, Senegal, Congo, Argelia, la revolución iraní… para terminar en la ciudad natal de Heródoto: Halicarnaso, llamada hoy en día, en turco, Bodrum. Ya me he percatado que lo que impera en el libro es Heródoto y su “Historia”. Es el primer gran reportero de la historia, entiendo pues la fascinación de Kapuscinski por él. Transcribe pasajes enteros, los comenta, reflexiona. Abre el libro en los más recónditos parajes de África y este siempre le dice algo. El libro de Heródoto ha tardado en ser traducido al polaco, y aún después de ser traducido no es publicado hasta unos años después de la muerte de Stalin. ¿Qué tiene este libro que lo hace tan peligroso como para no permitirse su lectura? ¿Qué significados ocultos encierra?

¿Quién inventó los dioses? ¿Cuál es la nación más antigua? Los egipcios pensaban que la suya. Heródoto indaga. Psamético, rey de Egipto realiza un curioso experimento, ordenando que se crie a dos niños en lo alto de las montañas. La primera palabra que pronuncian es en lengua frigia.

Las inquisiciones de Psamético interesan a Heródoto porque demuestran que el rey de Egipto conoce la inflexible ley de la historia, según la cual el que se enaltezca será degradado: no seas codicioso, no pugnes por estar en primera fila, haz gala de moderación y humildad, si no, te alcanzará la fustigadora mano del Destino, que corta las cabezas de los engreídos que se encumbran. Psamético, en su deseo de librar a los egipcios de este peligro, los desplazó de la primera a la segunda fila: los frigios fueron los primeros y solo después llegasteis vosotros.


Heródoto, asigna sin embargo la creación de los dioses a los egipcios. En un mundo griego, donde estos se creían el ombligo del mundo, donde asignaban con el apelativo de barbaros a todo lo exterior, al otro (ese concepto de otredad tan presente en este libro), Herodóto les baja del pedestal afirmando que los griegos habían tomado de los egipcios dioses y héroes.

En Irán, Kapuscinski, embriagado por el pasado contado por Heródoto, incursiona las ruinas de Persepolis y ante su magnificencia, reflexiona:

Cada vez que contempla uno ciudades, templos, palacios ya muertos, se pregunta por la suerte que corrieron sus constructores. Por su dolor, sus columnas vertebrales rotas, por los ojos que saltaron de sus cuencas al recibir el impacto de una esquirla, por su traumatismo. Por su vida desgraciada. Su sufrimiento. Y entonces surge la siguiente pregunta: ¿podrían existir tamañas maravillas sin ese sufrimiento? ¿Sin el látigo del vigilante? ¿Sin ese miedo que anida en el esclavo? ¿Sin esa soberbia que anida en el soberano? En una palabra, ¿no habrá sido el gran arte del pasado obra de lo que el hombre tiene de malo y negativo? Y al mismo tiempo, ¿no lo habrá creado su convicción de que lo negativo y lo débil que lleva dentro puede ser vencido sólo por lo bello, sólo por el esfuerzo y la voluntad de crearlo? ¿Y de que lo único que no cambia nunca es la forma de la belleza? ¿Y de la necesidad de ella que vive en nosotros?


En África, además de la constante y permanente diversidad, camina junto a ella, inseparable, la otredad. Multitud de pueblos, tribus. Una al lado de la otra. Cada una emerge en la historia con sus respectivos dioses, lengua y costumbres. Cada una reafirmándose frente a la otra. Con el paso de los años cada vez hay más. Y se supone que todo eso son barreras y que todos venimos del mismo tronco, todos venimos de África. ¿De donde nace ese empeño en ser diferentes a toda costa? ¿De subrayar tanto nuestra personalidad frente al contrario? ¿Y por qué contrario? ¿Cómo no terminar siendo hostiles ante diferencias tan insultantes?

El primero en tomar conciencia de la multiplicidad del mundo como esencia del mismo no fue otro que Heródoto. <<No estamos solos –dice a los griegos en su obra, y para demostrarlo emprende viajes hasta los confines de la tierra--. Tenemos vecinos y estos, a su vez, tienen los suyos y así sucesivamente, y todos juntos poblamos un mismo planeta.>>


Quien se deje atrapar por este libro sentirá ganas de leer a Heródoto, quien ya lo haya hecho sentirá ganas de releerlo. Recojo pistas para saber de qué clase de libro se trata. Ya he dicho que no es un libro de viajes al uso, es un libro de viajes en el espacio, pero también en el tiempo. He pasado ratos muy agradables con las anécdotas de los países que recorre Kapuscinski y recordando los reportajes de Heródoto y los protagonistas de su “Historia”. La fatídica historia de Creso y su relación con Ciro. La venganza, que se hace efectiva tarde o temprano, quizá varias generaciones después. El fatalismo: <<La felicidad humana nunca es duradera.>> Los escitas, capaces de amansar conyugalmente a las indómitas amazonas y de resistir el poderío persa, la superpotencia del momento. La expedición de Darío contra ellos, la primera tentativa de Asia, de subordinar a Europa. La increíble historia de Zópiro. La tocata y fuga de Histieo. El nuevo y descomunal intento de Asia por derrotar Europa, que comienza a desvanecerse en las Termópilas, se rompe en Salamina y termina por fenecer en Platea y Mícala. Ahora, incluso puedo atreverme a imaginar, por qué bajo Stalin no se publicó el libro de Heródoto.


Noto que a través de Kapuscinski, Heródoto me regaña, quiero creer que dulcemente, por mi intervención, quizá desafortunada, en el tema de Pablo: “Hablando de justicia social”. ¿Es el ser humano o es el sistema? ¿Y quién es el culpable de que el sistema perdure?

A juzgar por la manera de ver y describir la gente y el mundo. Heródoto debió ser un hombre benévolo y comprensivo, cordial y abierto, un amigo para todo. No hay en él rabia ni odio. Intenta comprenderlo todo, averiguar por qué alguien ha actuado de ésta y no de otra manera. No culpa al ser humano, sino al sistema. Malo, depravado y abyecto por naturaleza no lo es el individuo, sino el sistema en el que le ha tocado vivir. Por eso es un ardiente defensor de la libertad y la democracia, y enemigo del despotismo, la autocracia y la tiranía, pues considera que sólo en el primer caso el hombre tiene la posibilidad de comportarse dignamente, ser el mismo, ser humano. Tomad nota –parece decir Heródoto--: un insignificante grupo de pequeños estados griegos ha vencido a la gran potencia oriental sólo porque los griegos se sabían libres, y por esa libertad estaban dispuestos a darlo todo.


Mi visión después de leer esto puede parecer mezquina, demasiado intolerante, y sin embargo, a pesar de Heródoto, no consigo despegarme de ella.

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Re: Viajes con Heródoto - Kapuscinski

Notapor Jenofonte » Sab Ago 21, 2010 5:42 pm

¡Ojalá fuera posible imitar también las otras cualidades de Heródoto! No me refiero a todas las que tenía (ya que esto sería mucho desear), sino al menos una de todas ellas, como por ejemplo la belleza de su expresión, o el orden ajustado de las palabras, o la propiedad de su jónico nativo, su riqueza enorme de pensamiento o las innumerables bellezas que abarca, más allá de toda esperanza de imitación. En cambio, lo que sí podríamos imitar tú y yo, como cualquier otro, es lo que hizo con sus libros históricos y cómo se hizo famoso en poco tiempo ante todos los griegos.
Tan pronto como zarpó de su casa en Caria en dirección a Grecia se puso a reflexionar consigo mismo cómo conseguiría con la máxima rapidez y el mínimo esfuerzo fama y reputación, tanto para él como para sus libros. Porque el andar viajando y leyendo sus obras entre los atenienses y los corintios, los argivos o los lacedemonios alternativamente, le parecía que era fatigoso y aburrido y que le haría perder mucho tiempo. No le apetecía dispersar su actividad ni conseguir su reputación reuniendo a la gente poco a poco por separado, sino que intentaba, si ello era posible, concentrar juntos a todos los griegos.
Pues bien, los grandes Juegos Olímpicos estaban a la vista, y Heródoto pensó que con ello le había llegado la oportunidad que más estaba esperando. Estuvo pendiente de que la asamblea estuviera atestada, cuando ya se habían reunido las personas más eminentes de toda Grecia y se presentó en el opistódomo no como espectador sino como un competidor de los Juegos Olímpicos; se puso a leer sus historias y encandiló a sus oyentes, hasta el punto de que sus libros fueran designados con los nombres de las Musas, que también eran nueve. Y así ya todos lo conocían más que a los propios vencedores olímpicos. Y no había quien no hubiera oído el nombre de Heródoto, unos porque le habían escuchado personalmente en Olimpia y otros informados por los que volvían del festival. Y con sólo aparecer lo señalaban con el dedo diciendo: «Ése es el famoso Heródoto, que compuso en jonio las guerras persas y celebró con himnos nuestras victorias». Tal es el fruto que obtuvo de sus historias, al conseguir en una sola reunión el voto unánime de toda Grecia y verse proclamado no por un solo heraldo, por Zeus, sino por todas las ciudades de que procedía cada uno de los espectadores de los griegos.


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