Lun Dic 14, 2009 6:09 pm por Descalza
Marcia seguramente iremos repitiéndonos un poco, eso seguro, aunque me animo a afirmar que también nos iremos iluminando mutuamente con esas cosas que cada uno es capaz de ver y que el otro no.
Aún me cuesta armar un bloque con mis ideas, al mismo tiempo me resuenan cosas que me gustaría compartir, cosas que tal vez parezcan sueltas o desconectadas pero que me han llevado a hacer infinidad de relaciones.
Esta parábola del artista del hambre es extraordinaria. Pensemos en el hoy, imaginemos a la masa de ayer y de siempre:
la masa se alimenta del hambre de otro, de la desgracia del otro, del éxito del otro, necesita del circo, los animales, las fieras, lo animal atrapa, escandaliza, conmueve. Pero la inmediatez en la que vive y de la cual se nutre hace que el espectáculo deje muy pronto de sorprender. Es inminente que otra situación ocupe su lugar para volver a encontrar la sorpresa. Por otro lado esta masa come una comida muy particular. Una comida que el artista del hambre se niega a ingerir, por un tiempo su negativa causa admiración, es una voz en grito, de tan silenciosa, que seduce por lo diferente. Que alguien logre sobrevivir sin ese alimento con el que todos nos nutrimos es en sí algo llamativo. Esta masa no logra entender que se logre sobrevivir así, no es capaz de hacerlo por lo cual no puede creer que otro lo haga. Creo que lo que conmueve al pueblo en los primeros tiempos del artista son dos cosas: por un lado ver dónde está la trampa, por el otro ver hasta dónde lo conduce el ayuno (la locura, la extrema delgadez, los gritos cuando intenta luchar para que lo dejen continuar, la posible muerte). Con el tiempo, lo sorprendente se convierte en opaco, en rutina, en algo lastimero de lo que conviene apartar la mirada, en una palabra...cambiar de canal.
El circo es parte de la parábola, tenía que ser un circo además lleno de fieras enjauladas pero que no dejan de nutrirse con el alimento que podemos encontrar en cualquier mesa-sociedad.
El ayuno me resulta un elemento significativo y que va más allá de la negación de comer un alimento para el cuerpo, el hambre del relato es un hambre espiritual, intelectual. La capacidad de despreciar la comida que todos comen es comparativa con la capacidad de dominar esa parte animal que cada hombre posee, la capacidad de ser diferente. Que busque además la perfección en ese arte hace que se convierta en un extraño para la humanidad a la cual pertenece, a medida que su ayuno se prolonga se parece cada vez menos al hombre.
El final nos pone frente a un ser débil, casi inexistente para los que allí se acercan, ignorado, cuyo único tormento es no haber sido creído, ver la incomprensión de los que pasan bajando la mirada por delante de su jaula. El artista está acabado, olvidado pero se mantiene en su ley, es fiel a su ideal, no se ha corrompido…está destinado a morir en medio de un circo, a morir de hambre.
Hay alimentos imposibles de digerir, un ayunador de esta categoría no hubiera podido resistir ese alimento que la mayoría ingiere a dos manos.
No es la muerte lo más terrible, es la soledad, el olvido, la indiferencia y por sobre todo la incredulidad y la ignorancia.
Sí, sí...ya sé que hay más, que se me escapan diez mil cosas, incluso que no puedo expresarme con claridad o que me voy por las ramas (Pablo ahora sé por qué te es dificil comentar a este autor...es inconmensurable) Ya sé todo eso y también que cabe la posibilidad de que haya interpretado con error lo que se ha querido transmitir en el relato, pero ¡Cómo motiva!. Producto de dicha motivación es que no puedo dejar ni de pensar ni de escribir.
Saludos
Descalza