por Jenofonte » Sab Ene 15, 2011 6:05 pm
¡Atención! ¡Atención! ¿Quién dijo que el libro es malo? Es posible que sea muy bueno, lo que sucede es que a mí me resultó indigerible su lectura, pero hay muchos, demasiados, libros que son considerados obras maestras y que a mi me han resultado imposibles de leer, así es que tampoco deben creerme mucho.
De lo que se, el protagonista del libro es Simone Simonini, un excelente falsificador de documentos, que también se falsifica a si mismo, pero como no leí el libro mal podría decir de que trata.
Algunos párrafos del comienzo del libro, puede que a alguien le entusiasme leerlo:
¿A quién odio? A los judíos, se me antojaría contestar, pero el hecho de que esté cediendo tan servilmente a las incitaciones de ese doctor austriaco (o alemán) me dice que no tengo nada contra esos malditos judíos.
De los judíos sé lo que me ha enseñado el abuelo:
—Son el pueblo ateo por excelencia —me instruía—. Parten del concepto de que el bien debe realizarse aquí, y no más allá de la tumba. Por lo cual, obran sólo para la conquista de este mundo.
Los años de mi infancia se vieron entristecidos por ese fantasma. El abuelo me describía esos ojos que te espían, tan falsos que te sobrecogen, esas sonrisas escurridizas, esos labios de hiena levantados sobre los dientes, esas miradas pesadas, infectas, embrutecidas, esos pliegues entre nariz y labios siempre inquietos, excavados por el odio, esa nariz suya cual monstruoso pico de pájaro austral… Y el ojo, ah, el ojo… gira febril en la pupila color de pan tostado y revela enfermedades del hígado, putrefacto por las secreciones producidas por un odio de dieciocho siglos, se pliega en mil pequeños surcos que se acentúan con la edad, y ya a los veinte años, al judío se lo ve arrugado como a un viejo. Cuando sonríe, los párpados hinchados se le entrecierran de tal manera que apenas dejan pasar una línea imperceptible, señal de astucia, dicen algunos, de lujuria, precisaba el abuelo… Y cuando yo estaba ya bastante crecido para entender, me recordaba que el judío, además de vanidoso como un español, ignorante como un croata, ávido como un levantino, ingrato como un maltés, insolente como un gitano, sucio como un inglés, untuoso como un calmuco, imperioso como un prusiano y maldiciente como un astesano, es adúltero por celo irrefrenable: depende de la circuncisión que lo vuelve más eréctil, con esa desproporción monstruosa entre el enanismo de su complexión y la dimensión cavernosa de esa excrecencia semimutilada que tiene.
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A los alemanes los he conocido, e incluso he trabajado para ellos: el más bajo nivel de humanidad concebible. Un alemán produce de media el doble de heces que un francés.
Hiperactividad de la función intestinal en menoscabo de la cerebral, que demuestra su inferioridad fisiológica. En los tiempos de las invasiones bárbaras, las hordas germanas sembraban su recorrido de irrazonables amasijos de materia fecal. Por otra parte, también en los siglos pasados, un viajero francés entendía al punto si ya había cruzado la frontera alsaciana por el tamaño anormal de los excrementos abandonados en los bordes de las carreteras. Como si eso no bastara, es típica del alemán la bromhidrosis, es decir, el olor nauseabundo del sudor, y está probado que la orina de un alemán contiene el veinte por ciento de ázoe mientras la de las demás razas sólo el quince.
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Desde que ese Gobineau ha escrito sobre la desigualdad de las razas parece que, si alguien habla mal de otro pueblo, es porque considera superior al propio. Yo no tengo prejuicios. Desde que me volví francés (y ya lo era a medias por mi madre), entendí hasta qué punto mis compatriotas eran perezosos, estafadores, rencorosos, celosos, orgullosos más allá de todo límite, tanto que piensan que el que no es francés es un salvaje, incapaz de aceptar reproches. Claro que he entendido que para inducir a un francés a reconocer una tara de su raza basta con hablarle mal de otro pueblo, como si dijéramos «Nosotros los polacos tenemos este o aquel defecto» y, como nunca quieren ser segundos de nadie, ni siquiera en lo malo, reaccionan al instante con «Oh, no, aquí en Francia somos peores» y dale, dale a hablar mal de los franceses, hasta que se dan cuenta de que han caído en tu trampa.
No aman a sus semejantes, ni siquiera cuando les sale a cuenta. Nadie es tan maleducado como un tabernero francés; tiene todas las trazas de odiar a sus clientes (y quizá sea verdad) y de desear no tenerlos (y eso es falso, porque el francés es codicioso hasta la médula). Ils grognent toujours. Vamos, tú pregúntales algo: sais pas, moi, y sacan los labios hacia fuera como si pedorrearan.
Leyendo:
The marquis of Carabas - Rafael Sabatini
Sin querer queriendo, Memorias - Roberto Gómez Bolaños