Una de las grandes cualidades de Kawabata es la moderación (no la mía, está claro).
Dice poco; lo justo; pero lo hace de un modo que, si uno lo lee sin apuro, suficientemente perceptivo, resulta extraordinariamente sugerente.
En este caso hay una tensión de fondo que oscilaría entre el sentimiento de culpa por lo que le ocurre a nuestros seres cercanos (dependientes de alguna manera de nuestras decisiones e indecisiones) y el erotismo presente en determinadas cuestiones (algo que Yasunari maneja a la perfección).
A su vez podríamos hablar de un paralelo entre la decadencia del protagonista y la del Japón de posguerra; ello incluye cierta pérdida de memoria…
Lo otro que me impresiona es el sentido de la armonía que tienen los personajes de Kawabata; en este caso especialmente dos de ellos, Shingo, el protagonsita y Kikuko, su joven nuera. Por un lado, cuatro lirios negros son demasiados para una ceremonia del té; por otro, una expresión que cualquiera de nosotros pasaría por alto resulta algo desproporcionado o falto de consideración para estos sensibles seres.
Y, como en “Mil grullas”, historias que parecen repetirse, personas que de algún modo aparecen en otras; hasta que uno termina aceptando que un punto “son” esa persona.
Para el final, una transcripción; la de los viejos que deciden morir “a tiempo”.
Y un par de cartas que un matrimonio de casi 70 años decide dejar a su hija, yerno y nietos.
“¿Pobres criaturas, que vivimos la vida que nos queda, olvidados del mundo? No, hemos decidido que no queremos vivir tanto … La gente debe morir cuando todavía es amada. Partimos ahora, todavía rodeados por el afecto de nuestra familia, afortunados con tantos camaradas y compañeros de colegio”.
“El día de la independencia de Japón se aproxima, pero el camino por delante es oscuro. Si los jóvenes estudiantes que conocen los horrores de la guerra realmente desean la paz, entonces han de persistir hasta el final con los métodos no violentos de Gandhi. Hemos vivido mucho y ya no tenemos el vigor necesario para conducir y seguir el camino que consideramos correcto ¿Hemos de vivir melancólicamente “los años de la provocación”, y hacer perder su sentido a los años que hemos vivido hasta ahora? Queremos dejar recuerdos buenos de nosotros como abuelos. No sabemos hacia dónde nos dirigimos pero nos retiramos con calma”.
Después, como siempre, bastante té, incluido uno verde de gran calidad, máscaras de Teatro Noh (¡y sus impresionantes efectos!), referencias a haikus y pinturas y gran variedad de especies de plantas (con y sin flor).
Un placer leer a Kawabata. Este sí que era capaz de ver (¡y transmitir!) la belleza presente en casi “cualquier cosa”.
Cada día quiero más a Japón… (Rusia va a terminar poniéndose celosa).
Nota importante: Así como las contratapas no le hacen ni bien ni mal a un libro, los prólogos suelen ser para lío. Pero en el caso especial de Yasunari resulta indispensable dejar el prólogo para el final; yo lo hice esta vez y disfruté aún más el libro, experimentando yo solito lo que Kawabata es capaz de comunicar; aunque no haya logrado desentrañar ni la mitad de las cosas que logró la Sra. que escribe el prólogo.
Y por este comentario no se hagan problema; considero que no revela nada que pueda influirlos en su lectura; a lo sumo, de tanto hacerle “propaganda” al libro este acabará por decepcionarlos; pero eso ya no será mi culpa.
La imagen es de un parque de Tokio (Shinjuku) en donde suceden algunas “escenas” de la novela.


