Esta novela me ha paralizado en la lectura y ha conseguido que mantenga una lucha titánica contra el aburrimiento, que empezó a despertar en mí. En estas circunstancias no la puedo recomendar. Elegí al escritor, del que había leído una excelente para mi gusto, “Tokio ya no nos quiere”, para salir defraudado del cambio de rumbo literario que parece haber dado con el tiempo. Escribe muy bien (siempre para mi gusto), pero me ha parecido excesivamente redundante en esta ocasión. El protagonista de la novela es alguien incapaz de vivir sin amor e incapaz de mover un dedo para conseguirlo, y en eso estriba toda la acción de la novela. Una y otra vez se repite la misma idea. Podría ser que todo fuese el mal momento lector en el que me pilló esta novela. Hay que decir primero, que Sebastián, el personaje incapaz de mover un musculo para conseguir el ansiado amor, sin el que no sabe vivir, es escritor, o quizás sea mejor decir: era, pues la inactividad vital a la que le lleva su búsqueda o batalla, con el amor, llega a todas las parcelas de su vida. Y puede que me contagiase, pues se me quitaron las ganas de leer y solo conseguía darle vueltas y vueltas a las cosas más…, ¿insignificantes? ¿Cuánto de trascendente abunda en los pequeños detalles?
Sin embargo contiene algún guiño que me ha gustado y que me hizo sonreír. Guiños literarios, como hacia la Alicia de Carroll y hacia Swift, pero muy especialmente el que paso a intentar transcribir.
“Si algo le irrita, y así se lo confiesa a sus amistades pensando insensatamente que les interesa, es la naturaleza simbólica de todas las cosas. De acuerdo que el Misissippi de Twain es simbólico pero los niños meten el pie en el agua y lo bendicen. Kafka en cambio es un idiota y preferiría no haberlo leído. Para un escritor no hay nada más pernicioso que leer a Kafka. Cuando estuvo sobre la tumba de Kafka, y era la única tumba que había visitado, pues no había escritor que admirara más (o tal vez sí lo había pero no dio con su tumba), el guardián del cementerio le echó los perros encima. Lo cierto es que el cementerio estaba cerrado y que tras un desesperado intento de soborno, al que el guardián del cementerio respondió con desdén, no tuvo más remedio que saltar la valla y buscar la tumba por sí solo. Y una vez allí, el celoso guardián le soltó los perros, que eran muchos y fieros, y no le quedó otra que correr hasta la valla y saltar al otro lado.
De todo este absurdo episodio en Praga, no sacó más que la certeza de que Kafka era un escritor maligno. Un genio estéril, que empezaba y acababa en sí mismo. Un escritor simbólico. Y él había acumulado tanto rencor contra todas las causas simbólicas…, y con razón. Al fin y al cabo, habían confundido su vida hasta convertirla en un perfecto desastre.
Y claro está que adoraba a Kafka, y quién no, y por eso mismo ya no quería saber nada de él. Alguna vez en su demencia, se había imaginado a Kafka sobre su tumba, también los grandes escritores deberían visitar a los pequeños, para variar, y había soñado con echarle encima los perros. ¡A ver qué tal le sientan a él estos desplantes!
Pero todo esto, Praga, Kafka, su poquito de ingenio al contar sus intrascendentes correrías y sus nada sublimes percepciones literarias, todo lo que Sebastián había sido en realidad, sucedió hace muchísimo tiempo, y ahora, como bien dice su portera, se ha vuelto loco del todo y ya solo habla de amor.”
Saludos
