Sigo sintiendo lo primero que sentí la primera vez que lo leí. Es un cuento que me conmueve profundamente y no me veo capaz de explicarlo. Hay dos conceptos, que a mí juicio, despuntan en este cuento: sinceridad y honradez.
Y estoy de acuerdo con el comentario de Descalza.
Es obvio que debo parar aquí, porque sí que necesito varias lecturas más para entender a este ser que le da vida al cuento y cuando me refiero a él no hablo sólo del protagonista del relato sino también del escritor.
Y es que, cuando en un principio conocí los textos de Kafka, yo no sabía nada de él y no veía lo que ahora con el tiempo me resulta imposible olvidar: el propio Kafka, el autor. Lo reconozco ahora en sus personajes principales. Intentando comprender. Suplicando por ocupar un lugar en el orden universal. Aunque sea un diminuto rinconcito. Aunque sea entre la paja, en brutal contraste con las ávidas fieras, y como ellas, careciendo de libertad, (que es lo menos importante, porque más allá de las rejas el peso continua siendo igual de insoportable) Fustigándose eternamente y con resignación. Prisionero de sí mismo, de su naturaleza, de su culpabilidad. Diríase, que el orden del mundo, amenaza constantemente con marginarle o que él amenaza con quedarse en la cuneta ante lo incomprensible del caprichoso infinito. Y es que su destino no es ansiado, sino que marcado a fuego desde su inicio como hombre. Marcado por un estigma sagrado que le ha sido asignado y que no tiene más remedio que aceptar. No hay nada que hacer. Nunca pudo encontrar nada que le gustara. Está pues condenado. Y así acepta el castigo sobre el que intenta hacer virtud. Como dice Descalza, hace de su sufrimiento un arte, que intenta trascender hasta la perfección, pero que está condenado a pasar inadvertido.
Postergado ante la maquinaria cósmica, que no presta atención a alguien tan insignificante. ¿Qué puede hacer frente a esa maquinaria sino rendirse? ¿A qué instancias suplicar clemencia? ¿Dónde está la brújula? ¿Dónde la redención? Este mundo olvida a los inadaptados para admirar la suntuosa belleza de la pantera, la voracidad de la vida efervescente. Su pulso con el supremo orden solo se remite a proclamar su sinceridad a los cuatro vientos, a llevar resignadamente la carga, ahí empieza y acaba su rebeldía. Pero es inútil, nunca le creerán y sin embargo su honradez no le permite fingir. Y no le permite aligerar su mochila. Quizás le gustaría, como a los demás hombres, comer, y levantarse una y otra vez y caminar y caminar y comer, para así poder seguir caminado. Pero para eso tendría que mentirse y mentir a los cuatro vientos.
Su sueño sería que le admitieran en esa gran sala que es la vida. Que su sufrimiento, su arte, tuviera motivo, recompensa y comprensión. Porque no se trata de un sacrificio inútil, sino un destino inexorable. A fin de cuentas tampoco pide mucho, solo reclama un lugar en el mundo.
Saludos