Firmin es una rata que nace en una librería de Boston. El último de trece hermanos (y hay solo doce tetas), así que desde el principio es marginado al ser más torpe, más débil de todos, el menos preparado para una vida de rata, que consigue sobrevivir gracias al alcoholismo de su madre y a que sus hermanos, al mamar, quedasen también modorros, para dejarle el camino expeditó a él, con los efectos del alcohol ya prácticamente eliminados del organismo de la madre. Sin embargo, allí, en la librería, encontrara su universo especial. Comienza royendo libros y termina devorándolos en el mejor sentido de la palabra. Se hace una rata cultísima que no tiene nada que ver con su especie. La contraportada de mi ejemplar lo explica muy bien.
Firmin no es un ratoncito humano, sino un ser humano en un cuerpo de rata. Esto lo hace áspero, patético, incómodo, sin la menor concesión al infantilismo y auténticamente poético.
Ya el principio se me antojó genial, con una gran reflexión sobre las primeras frases de los libros. Es Firmin el que habla en primera persona.
Siempre imaginé que la crónica de mi vida, si acaso alguna vez llegaba a escribirla, tendría una primera frase excelente: algo lírico, como <<Lolita luz de mi vida, fuego de mis entrañas>>, de Nabokov; y, si no me salía nada lírico, algo arrollador, como <<Todas las familias felices se asemejan, pero cada familia desdichada es desdichada a su manera>>, de Tolstoi. La gente recuerda estas palabras incluso cuando ya ha olvidado todo lo demás que hay en el libro. En lo tocante a frases de apertura, la mejor, a mi modo de ver, es el comienzo de El buen soldado, de Ford Madox Ford: <<Este es el relato más triste que nunca he oído.>> Docenas de veces lo habré leído, y sigue dejándome patidifuso. Ford Madox Ford era uno de los grandes.
Comencé riéndome mucho, destila ironía y buen humor, pero cuando me quise dar cuenta resultaba que estaba ante un espectáculo que rezumaba tristeza, un autentico drama. He leído que el monologo del principio lo construye Savage sobre el modelo del primer capítulo de Memorias del subsuelo: La ratonera, de Dostoievski, y es bastante posible. Los guiños literarios son continuos, obsérvese que ya en el comienzo cataloga a Ford Madox Ford como uno de los grandes, y eso es sana costumbre en la novela.
Y, ay, qué libros descubrí durante aquellos primeros días embriagadores, aún hoy, la mera enumeración de sus títulos me trae lágrimas a los ojos. Recítelos usted, pues, dígalos lentamente, en voz alta; y le irán rompiendo el corazón: Oliver Twist. Huckleberry Finn. El gran Gatsby. Las almas muertas. Middlemarch. Alicia en el país de las maravillas. Padres e hijos. Las uvas de la ira. El camino de la carne. Una tragedia americana. Peter Pan. Rojo y Negro. El amante de Lady Chatterley.
Es capaz de encontrar distintos sabores en los libros. Sin darse apenas cuenta se va cultivando.
Mi devoración, al principio, era tosca, orgiástica, descentrada, cochina – me daba igual emprenderla a mordiscos con Faulkner que con Flaubert --, pero pronto empecé a percibir sutiles diferencias.
Al principio me limitaba a comer, royendo y masticando tan feliz, siguiendo los dictados de mi gusto. Pero pronto empecé a leer, un poco por aquí, otro poco por allí, en los bordes de mis comidas. Y según transcurría el tiempo fui leyendo más y masticando menos, para terminar pasándome prácticamente todas las horas de vigilia leyendo y comiéndome sólo los márgenes.
No puede mirarse al espejo, huye de su aspecto de ratas y sueña (el sueño y la realidad se confunden continuamente) que es un humano, a veces Fred Astaire, y sueña que Ginge Rogers le rodea con sus brazos, tal y como ve en sus escapadas al cine Rialto. Y adquiere una conciencia extraordinaria, lo que termina resultando trágico. Nada que ver con sus congéneres.
Si hay algo para lo que resulte útil una formación literaria, es para dotarlo a uno de un sentido de la catástrofe. No hay nada como una imaginación vívida para desvitalizarle a uno el valor. Leí el diario de Anna Frank, me convertí en Anna Frank Los demás en cambio, tenían sus momentos de gran terror, se escondían por los rincones, sudaban de miedo, pero tan pronto como pasaba el peligro ya era como si nunca hubiese existido, y seguían triscando por ahí, tan contentos. Tan contentos, hasta que alguien los aplastaba o los envenenaba o les rompía el cuello con una barra de hierro. Yo por mi parte, he vivido más que todos ellos y, a cambio, he muerto mil muertes distintas. Me he movido por la existencia dejando en pos un rastro de miedo, como un caracol. Cuando muera de verdad será un aburrimiento.
Luego viaje con Marlow a bordo de un vapor trapajoso, rio arriba, en África, buscando a un hombre llamado Kurtz. Lo encontramos. ¡Más nos habría valido no haberlo encontrado! E hice presentaciones. Puse a Baudelaire en la balsa con Huck y Jim. Le vino estupendamente bien. Y en ciertas ocasiones les aligeré las penas a los tristes. Hice que Keats se casara con Fanny antes de morirse. No pude salvarle la vida, pero tendría usted que haberlos visto en la noche de bodas, en una pensión barata de Roma. Para ellos era un sitio de cuento de hadas. Hice que mis sueños entraran en los libros, y a veces me volvía soñar dentro de los libros.
Desgraciadamente, como dije al principio, es muy humano, pero encerrado en un cuerpo de rata. Y la soledad es dolorosa. En algún momento se compara con el fantasma de la opera, le conmueven los sentimientos del fantasma, aunque cataloga al autor como uno de los no Grandes.
La única literatura que no soporto es la de ratas, incluidos los ratones. Me carga el Rata de El viento en los sauces, tan bondadoso y tan bueno. A Mickey Mouse y Stuart Little me dan ganas de mearles en la boca. Van por ahí arrastrando los pies, afables y primorosos, se me hincan en el gaznate como espinas de pescado.
Pronto se enamora de Norman, el librero, y sueña que él es parte del negocio, su socio. Admira profundamente a Norman.
<<… nunca le ponía Peyton Place en las manos a alguien que habría sido mucho más con El Doctor Zhivago. Ni al revés: Norman no era ningún esnob.>>
Alcanza una hermosa amistad con Jerry Magoon, un escritor frustrado de ciencia ficción, con dos novelas en su haber, una publicada en formato pulp, y otra impresa, cosida y pintado el titulo en las tapas, por él mismo. El argumento de estas novelas que lee y cuenta Firmin es espectacular, dan ganas de salir a buscarlas para leerlas. Con él toca el piano y escucha jazz. Jerry sale a vender sus libros a la calle, en ocasiones llevando a Firmin con él.
Cada vez que alguien adquiría el libro, Jerry, además de firmarlo, le entregaba al comprador, de propina, un ejemplar del otro libro, con una tarjeta suya. La tarjeta decía:
E. J. Magoon
<<El hombre más listo del mundo>>
Extraordinario Artista Extraterrestre
Y así firmaba también los libros. Extraordinario Artista Extraterrestre. A la gente parecía encantarle. No a todo el mundo, claro, no a los verdaderos burgueses.
Bueno, no voy a copiar la novela entera. La trágica historia de Firmin va unida a la también trágica historia de la plaza que alberga la librería. El sueño del alcalde es derribar los edificios existentes, comercios, librerías, un teatro y el cine Rialto, para construir un pesado sueño de hormigón.
Una novela buenísima. Divertida, con ese sabor agridulce de las grandes historias, de las grandes epopeyas humanas. Muy entretenida y que estoy seguro gustará a todos los que saben pasar un buen rato entre libros. Espectacular. Me apunto para la próxima de este autor desde ya. Una vez, en Bibliotecas, estuve a punto de proponerla para el Círculo, entonces no sabiendo nada de ella. Se la puede encontrar en internet, en versión pirata, sin problemas. Yo doy por bien pagado el dinero, aquí en España, 6,95 euros.
Saludos


