Cuentos para Valentina

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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Dom Jul 25, 2010 6:29 pm

[align=center]La nada
Leonid Andreiev[/align]

Se estaba muriendo un alto dignatario, viejo, importante; un gran señor que tenía mucho apego a la vida. Era para él muy penoso morir; no creía en Dios ni comprendía por qué moría y dominábale el terror. Era horrible ver cómo sufría.
Su vida era grande, rica y llena de interés; su corazón y su cerebro estaban siempre preocupados y satisfechos. Pero estaban cansados, agotados, casi como todo su cuerpo por otra parte, que se iba enfriando poco a poco. Sus ojos y sus oídos, acostumbrados a ver y oír siempre lo bello, estaban igualmente cansados, y la alegría misma pesaba demasiado sobre su pobre corazón, harto trabajado. Cuando todavía no se estaba muriendo pensaba en la muerte; algunas veces con cierto placer. Se decía que le daría el reposo, que le libraría de todos aquellos abrazos, muestras de estimación y relaciones que tanto le fastidiaban. Sí, lo pensaba con placer; pero ahora, estando a punto de morir, sentía que un horror indescriptible penetraba en su alma.
Quisiera vivir todavía un poco, aunque no fuera más que hasta el lunes próximo, mejor aún hasta el miércoles o jueves. Pero no sabía con precisión el verdadero día de su muerte, ya que en la semana hay solamente siete.
Y precisamente aquel día desconocido se presentó ante él un diablo muy ordinario, como muchos. Se introdujo en la casa disfrazado de cura; pero el alto dignatario comprendió en seguida que el diablo no había ido allí por ir, y se puso alegre. «Una vez que el diablo existe la muerte no es realidad; por el contrario, la inmortalidad es algo real. En rigor, si la inmortalidad no existe se puede prolongar la vida vendiendo el alma en condiciones ventajosas.) Esto era evidente, casi claro.
Pero el diablo tenía un aspecto cansado y aburrido. Durante un rato bastante largo no dijo nada y miró a su alrededor con una mueca de disgusto, como si se hubiera equivocado de dirección. Esto inquietó al dignatario, que se apresuró a ofrecer un sillón al diablo. Pero aun después de sentado el diablo conservaba su aire aburrido y guardaba silencio.
«¡Helos aquí tales como son! —pensó el dignatario examinando con curiosidad al visitante—. ¡Dios mío, qué hocico tan desagradable! Ni en el infierno debe pasar por guapo.»
—Yo me lo figuraba a usted de otro modo —dijo en voz alta.
—¿Qué? —preguntó el diablo haciendo un gesto.
—Yo no me lo figuraba a usted así.
—¡Tonterías!
Todo el mundo le decía lo mismo al verle por primera vez, y esto le fastidiaba.
«Y sin embargo, no puedo ofrecerle té o vino —se dijo el dignatario—. Quizá ni siquiera sepa beber.»
—¡Bueno, ya está usted muerto! —comenzó el diablo con tono flemático.
—¿Qué es lo que dice usted? —exclamó indignado el dignatario—. ¡Estoy vivo todavía!
—No diga tonterías —respondió el diablo, y continuó—: Está usted muerto... Y bien, ¿qué hacemos ahora? Este es un asunto serio y hay que tomar una decisión...
—Pero ¿es de veras que... estoy muerto? Puesto que hablo...
—¡Ah, Dios mío! Cuando sale usted de viaje, ¿no tiene que pasar por la estación antes de subir en el tren? Ahora está usted en la estación, precisamente...
—¿En la estación?
—Sí.
—Ahora comprendo. Entonces, ¿esto ya no es yo? ¿Y dónde estoy yo? Es decir, mi cuerpo...
—En una habitación vecina. Le están lavando ahora con agua caliente.
Al dignatario le dio vergüenza, sobre todo cuando pensó en su vientre cubierto de espesas capas de grasa. Pensó además que son siempre las mujeres quienes lavan a los muertos.
—¡Esas costumbres estúpidas! —dijo con cólera.
—Eso no es cuenta mía —objetó el diablo—. N. perdamos tiempo y vamos al grano... Tanto más cuanto que empieza usted a oler mal.
—¿En qué sentido?
—En el sentido más ordinario; se empieza usted a pudrir, y eso huele muy mal. ¡Pero ya estoy harto de sus preguntas! Tenga la bondad de escuchar bien le que voy a decirle: no lo he de repetir.
Y en términos lleno de enojo, con una voz cansada de repetir siempre la misma cosa, expuso al dignatario lo que sigue:
El viejo dignatario muerto tenía ante sí dos perspectivas a elegir: o pasar a la muerte definitiva, o bien aceptar una vida de un género especial un poco extraño, capaz de provocar dudas. Tenía libre la elección. Si elegía lo primero sería la nada, el silencio eterno, el vacío...
—«¡Dios mío, eso precisamente era lo que me daba siempre horror!», pensó el dignatario.
—Eso era el reposo imperturbable —dijo el diablo examinando con curiosidad el techo tallado—. Desaparecerá usted sin dejar ninguna huella, sin existencia. Tendrá un fin absoluto, no hablará usted jamás, ni pensará, ni deseará nada, ni experimentará alegría ni dolor; nunca pronunciará la palabra «yo»; en fin, no existirá usted ya, se extinguirá, cesará de vivir, se hará nada...
—¡No, no quiero! —gritó con fuerza el dignatario.
—¡Y, sin embargo, eso sería el reposo! Eso también vale algo. Un reposo tal que es imposible imaginársele más perfecto.
—¡No, no quiero reposo! —dijo decididamente el dignatario mientras su corazón cansado no imploraba más que reposo, reposo, reposo.
El diablo alzó sus hombros peludos y continuó con un tono fatigado, como el viajante de un almacén de modas al fin de una jornada de trabajo.
—Pero, por otro lado, voy a proponerle a usted la vida eterna...
—¿Eterna?
—Que sí. En el infierno. No es eso precisamente lo que usted hubiera deseado, pero así y todo es la vida. Tendrá usted algunas distracciones, conocimientos interesantes, conversaciones... y sobre todo conservará su «yo». En fin, habrá de vivir usted eternamente.
—¿Y sufrir?
—Pero ¿qué es eso del sufrimiento? —y el diablo hizo una mueca—. Eso parece terrible hasta que uno se acostumbra. Y debo decirle a usted que es precisamente de la costumbre de lo que se lamentan allí.
—¿Hay allí mucha gente?
—Bastante... Sí, se lamentan tanto que últimamente hasta hubo perturbaciones bastante graves: reclamaban nuevos suplicios. Pero ¿dónde encontrar esos suplicios nuevos? Y, sin embargo, aquellas gentes gritaban: «¡Esto es la rutina! ¡Esto se ha hecho trivial!»
—¡Qué brutos son!
—Sí, pero vaya usted a llamarles a la razón. Felizmente, nuestro Maestro...
El diablo se levantó respetuosamente y su rostro adquirió una expresión aún más desagradable. El hombre hizo también un gesto cobarde para manifestar su respeto.
—Nuestro Maestro ha propuesto a los pecadores que se martiricen ellos mismos...
—¿Una especie de autonomía? —dijo sonriendo el dignatario.
—Sí, lo que usted quiera... Ahora los pecadores se rompen la cabeza... ¡Vamos, querido, hay que decidirse!
El otro reflexionó, y teniendo ahora plena confianza en el diablo le preguntó:
—¿Qué me recomendaría usted?
El diablo frunció las cejas.
—No, en cuanto a eso... no soy amigo de dar consejos.
—Entonces no quiero ir al infierno.
—Muy bien, será como usted guste. No tiene usted más que poner su firma.
Desplegó ante el dignatario un papel muy sucio, que más bien parecía un moquero que un documento tan importante.
—Firme aquí —y señaló con su garra—. Digo, no, aquí no. Aquí se firma cuando se elige el infierno. Para la muerte definitiva es aquí donde hay que firmar.
El dignatario, que había cogido ya la pluma, la dejó en seguida sobre la mesa y suspiró.
—Naturalmente —dijo con un tono de reproche—, eso a usted lo mismo le da; pero a mí... Dígame, si gusta: ¿con qué se martiriza allí a los pecadores? ¿Con el fuego?
—Sí, con el fuego también —respondió con flema el diablo—. Tenemos días de asueto.
—¿De veras? —exclamó con alegría el hombre.
—Sí, los domingos y días de fiesta se descansa. Y además hemos introducido la semana inglesa: los sábados no se trabaja más que desde las diez de la mañana hasta el medio día.
—¡Vaya, vaya! ¿Y por Navidad?
—Por Navidad, lo mismo que por Pascuas, se dan tres días libres. Aparte de esto se da un mes de vacaciones en el verano.
—¡Vamos, eso es muy liberal! —exclamó el otro con alegría—. No me lo esperaba... Pero dígame, en rigor ¿aquello es malo, lo que se dice malo, malo?...
—Tonterías! —respondió el diablo.
El dignatario tuvo un sentimiento de vergüenza. El diablo estaba visiblemente de mal humor; probablemente no había dormido aquella noche, o bien hacía mucho tiempo que estaba mortalmente aburrido de todo aquello: de dignatarios muriéndose, de la nada, de la vida eterna...
El dignatario vio barro en la pierna derecha del diablo. «No son muy limpios», se dijo.
—Entonces —repuso el hombre—, ¿es la Nada?
—La Nada —repitió el diablo como un eco.
—¿O la vida eterna?
—O la vida eterna.
El hombre se puso a reflexionar. En la habitación vecina habían terminado ya el servicio fúnebre en su honor y él seguía reflexionando. Y los que le veían en su lecho mortuorio, con su rostro grave y severo, no adivinaban qué extraños pensamientos asaltaban su cráneo frío. Tampoco veían al diablo. Olía a incienso, a cirios ardiendo y alguna otra cosa más.
—La vida eterna —dijo el diablo pensativo, cerrando los ojos—. Se me ha recomendado muchas veces que les explique lo que eso quiere decir. Creen que no me expreso con suficiente claridad; pero ¿es que estos idiotas la pueden comprender?
—¿Es de mí de quien habla usted?
—No solamente de usted... Hablo en general. Cuando se piensa en todo esto...
Hizo un gesto de desesperación. El dignatario intentó manifestarle su compasión.
—Le comprendo. Es un oficio penoso el suyo, y si yo por mi parte pudiera...
Pero el diablo se enfadó.
—¡Le ruego a usted que no toque a mi vida personal o me veré obligado a enviarle a usted al diablo! Se le presenta una cuestión y usted no tiene más que responder: ¿la muerte o la vida eterna?
Pero el dignatario seguía reflexionando y no podía decidirse. Fuera porque su cerebro comenzara a abismarse o porque nunca hubiera sido muy sólido, el dignatario se inclinaba más bien a la vida eterna. ‹¿Qué es eso del sufrimiento?», se decía. ¿No había sido toda su vida una serie de sufrimientos? Y, sin embargo, amaba la vida. No temía los sufrimientos. Pero su corazón cansado pedía reposo, reposo, reposo...
En este momento se le conducía ya al cementerio. A las puertas del departamento de donde había sido jefe se detuvo el cortejo y los curas dieron comienzo a un oficio religioso. Llovía, y todo el mundo abrió los paraguas. El agua a chorros caía de los paraguas, corría por el suelo y formaba charcos en el pavimento.
«Mi corazón está cansado hasta de las alegrías», continuaba reflexionando el dignatario que conducían al cementerio. «No pide más que reposo, reposo, reposo. Quizá sea demasiado estrecho mi corazón, pero estoy terriblemente cansado...»
Y estaba casi decidido por la Nada, la muerte definitiva. Se había acordado de un corto episodio. Fue antes de caer enfermo. Tenía gente en casa, se reían. Él también reía mucho, a veces hasta llorar de risa. Y, sin embargo, precisamente en el momento en que se creía más feliz sintió de repente un deseo irresistible de estar solo. Y para satisfacer este deseo se escondió, como un muchacho que teme que lo castiguen, en un rinconcito.
—¡Pero despache usted! —le dijo el diablo con tono disgustado—. ¡El fin se acerca!
Hizo mal en pronunciar aquella palabra; el dignatario casi se había decidido por la muerte definitiva, pero la, palabra «fin» le espantó y experimentó un deseo irresistible de prolongar su vida a cualquier precio. No comprendiendo ya nada, perdiéndose en sus reflexiones, no pudiendo tomar decisión neta, remitió la solución al Destino.
—¿Se puede firmar con los ojos cerrados? —preguntó tímidamente.
El diablo le echó una mirada bizca y respondió:
—¡Siempre tonterías!
Pero probablemente todos aquellos tratos le tenían fatigado; reflexionó un instante, suspiró y puso de nuevo ante el dignatario el pequeño papel, que más bien parecía un moquero sucio que un documento importante.
El otro tomó la pluma, sacudió la tinta, cerró los ojos, puso el dedo sobre el papel y... precisamente en el último momento, cuando había firmado ya, abrió un ojo y miró.
—¡Ah, qué es lo que he hecho! —gritó con horror, arrojando la pluma.
—¡Ah! —le respondió como un eco el diablo.
Las paredes repitieron esta exclamación. El diablo, marchándose, se echó a reír. Y cuanto más se alejaba, más ruidosa se hacía su risa, semejando una serie de truenos...
En este momento se procedía ya al entierro del alto dignatario. Los pedazos de tierra húmeda caían pesadamente, con un ruido sonoro, sobre la tapa del ataúd. Podría creerse que el ataúd estaba vacío, que no había nadie dentro: tan sonoro era aquel ruido.
Leyendo:
The marquis of Carabas - Rafael Sabatini
Sin querer queriendo, Memorias - Roberto Gómez Bolaños
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Mar Jul 27, 2010 10:04 am

Ahora le toca el turno a: Agatha Christie y su miss Marple...:

[align=center]Imagen[/align]

[align=center]Los cuatro Sospechosos

Agatha Christie[/align]

La conversación giraba en torno a los crímenes que quedaban sin resolver y sin castigo. Cada uno por turno dio su opinión: el coronel Bantry, su simpática y gordezuela esposa, Jane Helier, el doctor Lloyd e incluso miss Marple. El único que no habló fue el que, en opinión de la mayoría, estaba más capacitado para ello. Sir Henry Clithering, ex comisionado de Scotland Yard, permanecía silencioso, retorciéndose el bigote o más bien dicho, tirando de él y con una media sonrisa en sus labios, como si le divirtiera algún pensamiento.
—Sir Henry —le dijo finalmente Mrs. Bantry—, si no dice usted algo, gritaré. ¿Hay muchos crímenes que quedan impunes?
—Usted piensa en los titulares de la prensa, Mrs.
Bantry: SCOTLAND YARD FRACASA DE NUEVO y, a continuación, la lista de crímenes sin resolver.
—Que en realidad deben ser un porcentaje muy pequeño, supongo —dijo el doctor Lloyd.
—Sí, los cientos de crímenes que se resuelven y los responsables castigados rara vez se pregonan. Pero eso no es precisamente lo que discutimos. Los crímenes no descubiertos y los crímenes que quedan impunes son dos cosas por completo distintas. En la primera categoría entran todos los crímenes de los que Scotland Yard ni siquiera ha oído hablar, los que nadie ni siquiera sabe que se han cometido.
—Pero supongo que no debe haber muchos de ésosdijo —Mrs. Bantry.
—¿No?
—¡Sir Henry! ¿No querrá usted decir que sí los hay?
—Yo creo —dijo miss Marple pensativa— que debe de haber muchísimos.
La encantadora anciana, con su aire tranquilo y anticuado, hizo esta declaración con la mayor placidez.
—Mi querida miss Marple... —empezó el coronel Bantry.
—Claro que muchas personas son estúpidas —dijo miss Marple—. Y a las personas estúpidas se las descubre hagan lo que hagan. Pero también hay muchas que no lo son y uno se estremece al pensar lo que serían capaces de hacer de no tener principios muy arraigados.
—Sí —replicó sir Henry—, hay muchísimas personas que no son estúpidas. Muchas veces un crimen llega a descubrirse por un fallo insignificante y uno no deja de hacerse siempre la misma pregunta. De no haber sido por aquel fallo, ¿hubiese llegado a descubrirse?
—Pero esto es muy serio, —Clithering—dijo el coronel Bantry—, pero que muy grave.
—¿De veras?
—¿Pero qué dice usted? ¡Lo es! Claro que es serio.
—Usted dice que hay crímenes que quedan impunes, pero ¿es eso cierto? Tal vez no reciban el castigo de la ley, pero la causa y el efecto actúan aun fuera de la ley. Decir que cada crimen conlleva su propio castigo parecerá muy tópico y, no obstante, en mi opinión, nada hay más cierto.
—Tal vez —dijo el coronel Bantry—, pero eso no altera la gravedad.., la gravedad...
Se detuvo desorientado.
Sir Henry Clithering sonrío.
—El noventa y nueve por ciento de la gente sin duda comparte su opinión —comentó--. Pero, ¿sabe usted?, no es la culpabilidad lo importante, sino la inocencia. Eso es lo que nadie aprecia.
—No lo entiendo —exclamó Jane Helier.
—Yo sí —replicó miss Marple—. Cuando Mrs. Trent descubrió que le faltaba media corona que llevaba en el bolso, la persona más afectada fue la asistenta, Mrs. Arthur. Desde luego los Trent pensaron que había sido ella, pero eran buenas personas y, como sabían que tenía una familia numerosa y un marido aficionado a la bebida, pues... naturalmente no quisieron tomar medidas extremas. Pero cambiaron totalmente su actitud hacia ella. Ya no la dejaban al cuidado de la casa cuando se ausentaban y otras personas empezaron a comportarse con ella de un modo semejante. Y luego se descubrió de pronto que había sido la institutriz. Mrs. Trent la descubrió, a través de una puerta que se reflejaba en un espejo, por pura casualidad, a la que yo prefiero llamar Providencia. Y creo que eso es lo que quiere decir sir Henry. La mayoría de las personas se hubieran interesado únicamente por saber quién cogió el dinero, que resultó ser la más insospechada, como en las novelas policíacas. Pero, para quien realmente era importante, casi cuestión de vida o muerte, descubrir la verdad era para Mrs. Arthur, que no había hecho nada. Eso es lo que quiso usted decir, ¿verdad, sir Henry?
—Sí, miss Marple, ha dado usted en el clavo. La asistenta de su historia tuvo suerte en el caso que ha expuesto: se demostró su inocencia. Pero algunas personas pueden pasar toda su vida oprimidas por el peso de una sospecha completamente injusta.
—¿Se refiere usted a algún caso en particular, sir Henry? —preguntó Mrs. Bantry con astucia y con verdadera curiosidad.
—Pues, a decir verdad, sí, Mrs. Bantry. Uno muy curioso. Un caso en el que pensábamos que se había cometido un crimen, pero no teníamos la más remota posibilidad de probarlo.
—Veneno, supongo —exclamó Jane—. Algo que no deja rastro.
El doctor Lloyd se removió inquieto y sir Henry negó con la cabeza.
—No, querida señorita. ¡No fue el veneno secreto de las flechas de los indios sudamericanos! ¡Ojalá hubiera sido algo así. Tuvimos que habérnoslas con algo mucho más prosaico, tanto, que no cabe la esperanza de dar con el responsable. Un anciano que se cayó por la escalera y se desnucó, uno de tantos accidentes, lamentables accidentes, que ocurren a diario.
—¿Y que sucedió en realidad?
—¿Quién puede decirlo? —Sir Henry se encogió de hombros—. ¿Le empujaron por detrás? ¿Ataron un cordón de lado a lado de la escalera, que luego fue quitado cuidadosamente? Eso nunca lo sabremos.
—Pero usted cree que... bueno, que no fue un accidente ¿Por qué? —quiso saber el médico.
—Ésa es una historia bastante larga, pero... bueno, sí, estamos casi seguros. Como les digo, no hay posibilidad de poder culpar a nadie, las pruebas serían demasiado vagas. Pero el caso se puede mirar también desde otra perspectiva, la que mencionaba antes. Cuatro son las personas que pudieron hacerlo. Una es culpable, pero las otras tres son inocentes. Y, a menos que se averigüe la verdad, permanecerán bajo la terrible sombra de la duda.
—Creo —dijo Mrs. Bantry— que será mejor que nos cuente usted toda la historia.
—En realidad no creo que sea necesario que me extienda tanto —replicó sil- Henry—. Puedo resumir el principio. Es sobre una sociedad secreta alemana: "La Mano Vengadora" , algo parecido a la Camorra o a la idea que la gente tiene de ella. Una organización dedicada a la extorsión y el terrorismo. La cosa empezó repentinamente después de la guerra y se extendió con sorprendente rapidez, y fueron numerosas las víctimas de la organización. Las autoridades no pudieron con ella, porque sus secretos eran guardados celosamente y era casi imposible encontrar a nadie que quisiera traicionarlos.
En Inglaterra no se oyó hablar mucho de ella, pero en Alemania estaba causando un efecto paralizador Finalmente fue disuelta gracias a los esfuerzos de un hombre, un tal doctor- Rosen, que en un tiempo fue un miembro notable del Servicio Secreto. Se hizo miembro de la sociedad, se infiltró en sus círculos más íntimos y fue, tal como les digo, el instrumento que la desmoronó.
Pero, en consecuencia, se convirtió en un hombre marcado y se consideró prudente que abandonara Alemania, al menos durante algún tiempo. Se vino a Inglaterra y fuimos informados por la policía de Berlín. Se entrevistó personalmente conmigo y advertí enseguida lo resignado de su actitud. No le cabía la menor duda de lo que le reservaba el futuro.
—Me cogerán, sir Henry —me dijo—, no cabe la menor duda. —Era un hombre alto, de hermosas facciones y voz profunda, que sólo delataba su nacionalidad por su ligera pronunciación gutural—. Es una conclusión inevitable. No me importa, estoy preparado. Ya afronté ese riesgo al emprender esta empresa. He hecho lo que me propuse. La organización no podrá volver a levantarse, pero quedan muchos de sus miembros en libertad y se vengarán de la única manera que pueden: con mi vida. Es sólo cuestión de tiempo, pero desearía alargarlo lo más posible. Estoy reuniendo y preparando material muy interesante, el resultado de toda una vida de trabajo. Y si fuera posible, me gustaría poder completar mi tarea.
Habló con sencillez, pero con cierta grandeza que no pude dejar de admirar. Le dije que tomaríamos toda clase de precauciones, pero no me dejó insistir
—Algún día, más pronto o más tarde, me cogerán—repetía—. Y cuando ese día llegue, no se preocupe. No me cabe la menor duda de que habrá hecho todo lo posible por evitarlo.
Luego me expuso sus proyectos, que eran bastante sencillos. Se proponía adquirir una casita en el campo donde vivir tranquilamente y continuar su trabajo. Por fin escogió un pueblecito de Somerset, King’s Gnaton, situado a unas siete millas de la estación de ferrocarril y singularmente preservado de la civilización. Compró una casita preciosa en la que llevó a cabo algunas reformas y mejoras, y se instaló en ella muy contento, acompañado de su sobrina Greta, un secretario, una vieja criada alemana que le había servido fielmente durante casi cuarenta años y un mañoso jaidinero externo, que era nativo de King’s Gnaton.
—Los cuatro sospechosos —comentó Mr. Lloyd con voz apagada.
—Exacto, los cuatro sospechosos. No hay mucho más que decir. La vida transcurrió apaciblemente en King’s Gnaton durante cinco meses y entonces ocurrió la desgracia. El doctor Rosen se cayó una mañana por la escalera y fue hallado muerto media hora más tarde. En el momento en que debió ocurrir el accidente, Gertrud estaba en la cocina con la puerta cerrada y no oyó nada, o por lo menos eso dijo. Miss Greta estaba en el jardín plantando unos bulbos, también según dijo. El jardinero, Dobbs, estaba en el cobertizo, desayunando, según dijo. Y el secretario había ido a dar un paseo y tampoco tenemos otra cosa mejor que su palabra.
Ninguno de ellos tiene una coartada ni es capaz de atestiguar la declaración de los demás. Pero una cosa es cierta: nadie del exterior pudo hacerlo ya que la presencia de un extraño hubiera sido advertida con seguridad en el pueblecito de King’s Gnaton. La puerta principal y la de atrás estaban cerradas, y cada uno de los habitantes de la casa tenía su llave. De modo que ya ven que los sospechosos se reducen a estos cuatro: Greta, la hija de su propio hermano; Gertrud, que llevaba cuarenta años sirviéndole fielmente; Dobbs que nunca había salido de King’s Gnaton, y Charles Templeton, el secretario.
—Sí —intervino el coronel Bantry—. ¿Qué nos dice de él? A mí me parece el más sospechoso. ¿Qué sabía usted de él?
—Pues lo que sé de él es lo que le deja completamente al margen de sospechas, por lo menos de momento
—dijo sir Henry en tono grave—. Charles Templeton era uno de mis hombres.
—¡Oh! —exclamó el coronel Bantry visiblemente sorprendido.
—Sí, quise tener a alguien en la casa y que al mismo tiempo no llamara la atención en el pueblo. Rosen realmente necesitaba un secretario y yo le proporcioné a Templeton. Es un caballero, habla alemán a la perfección y es, en conjunto, un tipo muy capacitado.
—Pues entonces, ¿de quién sospecha usted? —preguntó Mrs. Bantry con extrañeza—. Todos parecen tan... buenos y tan inocentes.
—Sí, eso parece, pero podemos considerar el caso desde un ángulo distinto. Fraülein Greta era su sobrina y una muchacha encantadora, pero la guerra nos ha demostrado a menudo que un hermano puede volverse contra su hermana, un padre contra su hijo, etcétera, etcétera, y que las más encantadoras y gentiles jovencitas eran capaces de cosas sorprendentes. Lo mismo puede aplicarse a Gertrud y quién sabe qué otros factores pudieron obrar en su caso. Tal vez una disputa con su señor, un creciente resentimiento más intenso debido a los largos años de fidelidad. Las mujeres que tienen tantos años y pertenecen a esa clase, algunas veces pueden vivir increíblemente amargadas. ¿Y Dobbs? ¿Queda eliminado por no tener relación alguna con la familia? Con dinero se consiguen muchas cosas. Pudieron aproximarse a él de algún modo y sobornarlo.
Una cosa parece segura: debió llegar algún mensaje u orden del exterior. De otro modo, ¿por qué aquellos cinco meses de espera? No, los agentes de "La Mano Vengadora" debieron estar trabajando. No estarían seguros de la perfidia de Rosen y debieron retrasar su venganza hasta aseguraise de su posible traición sin ninguna duda. Luego, cuando verificaron sus sospechas, debieron enviar su mensaje al espía que tenían dentro de su misma casa. El mensaje que decía: «Mata».
—¡Qué horror-! —dijo Jane Helier con un estremecimiento.
—Pero ¿cómo llegaría el mensaje? Ese es el punto que traté de aclarar como única esperanza para resolver el misterio. Una de esas cuatro personas debió de ser abordada por alguien o comunicarse con ellos de alguna manera. La orden debía ser ejecutada, lo sabía muy bien, tan pronto como fuera recibido el aviso. Era la peculiaridad de "La Mano Vengadora".
Me puse a trabajar de una forma que probablemente les parecerá ridículamente meticulosa. ¿Quiénes habían estado en la casa aquella mañana? No descarté a nadie. Aquí está la lista.
Y sacando un sobre de su bolsillo, escogió un papel entre los que contenía.
—El carnicero, que trajo la carne de ternera. Hice averiguaciones y resultaron exactas.
El chico del colmado trajo un paquete de harina de maíz, dos Iibras de azúcar; una de mantequilla y otra de café. Fueron investigados y resultaron correctos.
El cartero trajo dos circulares para miss Rosen, una carta de la localidad para Gertrud, tres para el doctor Rosen, una con sello extranjero, y dos para Mr Templeton, una de ellas también con sello extranjero.
Sir Heniy hizo una pausa y luego extrajo varios documentos del sobre.
—Tal vez les interese verlos. Me fueron entregados por los interesados o bien recogidos de la papelera. No necesito decirles que fueron examinados por expertos para ver si se encontraban en ellos rastros de tinta invisible, etc.etc. No se ha encontrado nada.
Todos se acercaron para mirar Las catálogos para la señorita Rosen eran de un jardinero y de un establecimiento de peletería de Londres muy importante. El doctor Rosen recibió una factura de las semillas compradas a un jardinero local para su jardín y otra de una papelería de Londres. La carta dirigida a él decía lo siguiente:

Mi querido Rosen:
Acabo de regresar de la finca de Mr. Helmuth Spath. El otro día vi a Udo Johnson. Había venido para visitar a Ronald Periy, y me dijo que él y Edgar Jackson acaban de llegar de Tsingtau. Con toda Ecuanimidad, no puedo decir que envidie su viaje. Envíame pronto noticias tuyas. Como ya te dije antes: guárdate de cierta persona. Ya sabes a quién me refiero, aun que no estés de acuerdo conmigo. Tuya,
Georgine

—El correo de Mr. Templeton consistía en esta factura que como ustedes ven enviaba su sastre y una carta de un amigo de Alemania —prosiguió sir Henry—. Esta última, desgraciadamente, la rompió durante su paseo. Y por último tenemos la carta que recibió Gertrud.

Querida Mrs. Smvartz:
Esperamos que pueda usted asistir a la reunión del viernes por la noche. El vicario dice que tiene la esperanza de que vendrá y será usted bien venida. La receta del beicon era estupenda y le doy las gracias por ella. confio en que se encuentre bien de salud y podamos verla el viernes.
Queda de usted afictísima.
Emma Greene

El doctor Lloyd sonrió afablemente, al igual que Mrs. Bantry.
—Creo que esta última carta puede eliminarse —dijo el doctor
—Yo opino lo mismo —replicó sir Henry—, pero tomé la precaución de comprobar que existía esa tal Mrs. Greene y que se celebraba la reunión. Ya saben, nunca está de más ser precavido.
—Esto es lo que dice siempre nuestra amiga miss Marple —comentó el doctor Lloyd sonriendo—. Está usted ensimismada, miss Marple. ¿En qué piensa?
La aludida se sobresaltó.
—jQué tonta soy! —exclamó—. Me estaba preguntando por qué en la carta del doctor Rosen la palabra Ecuanimidad estaba escrita con mayúscula.
Mrts. Bantry exclamó:
—Es cierto. ¡Oh!
—Sí querida —respondió miss Marple—. ¡Pensé que usted lo notaría!
—En esa carta hay un aviso definitivo —dijo el coronel Bantry—. Es lo primero que me llamó la atención. Me fijo más de lo que ustedes creen. Sí, un aviso definitivo... ¿contra quién?
—Hay algo muy curioso con respecto a esa carta —explicó sir Henry—. Según Templeton, el doctor Rosen la abrió durante el desayuno y se la alargó diciendo que no sabía quién podía ser aquel individuo.
—¡Pero si no era un hombre! —dijo Jane Helier—. ¡Está firmada por una tal «Georgina»!
—Es difícil decirlo —dijo el doctor Lloyd—. Tal vez el nombre sea Georgey y no Georgina, aunque parezca más bien lo contrario. En todo caso, resulta un tanto chocante, porque esta letra no parece de mujer
—Eso es igualmente curoso —dijo el coronel Bantry—, que la enseñara fingiendo no saber quién se la escribía. Tal vez pretendía observar la reacción de alguien al verla, pero ¿de quién?, ¿del chico o de ella?
—¿ tal vez de la cocinera? —insinuó Mrs. Bantry—. Quizá se encontrase en la habitación sirviendo el desayuno. Pero lo que no comprendo es... es muy curioso que...
Frunció el entrecejo contemplando la carta. Miss Marple se acercó a ella y, señalando la hoja de papel con un dedo, cuchichearon entre sí.
—Pero, ¿por qué rompió la otra carta el secretario?
—preguntó Jane Helier de pronto—. Parece... ¡oh! No sé... parece extraño.¿ Por qué había de recibir cartas de Alemania? Aunque, claro, si como usted dice está por encima de toda sospecha...
—Pero sir Henry no ha dicho eso —replicó miss Marple a toda prisa, abandonando su conversación con Mrs. Bantry—. Ha dicho que los sospechosos son cuatro. De modo que incluye a Mr. Templeton. ¿Tengo razón, sir Heniy?
—Sí, miss Marple. La amarga experiencia me ha enseñado una cosa: nunca diga que nadie está por encima de toda sospecha. Acabo de darles razones por las cuales tres de estas personas pudieran ser culpables, por improbable que parezca. Entonces no apliqué el mismo procedimiento a Charles Templeton, pero al fin tuve que seguir la regla que acabo de mencionar.
Y me vi obligado a reconocer esto: que todo ejército, toda marina y toda policía tienen cierto número de traidores en sus filas, por mucho que se odie admitir la idea. Y por ello examiné el caso contra Charles Templeton sin el menor apasionamiento.
Me hice muchas veces la pregunta que miss Helier acaba de exponer. ¿Por qué fue el único que no pudo presentar la carta que recibieira con sello alemán? ¿Por qué recibía correspondencia de Alemania?
Esta última pregunta era del todo inocente y por lo tanto se la hice a él, siendo su respuesta bastante sencilla. La hermana de su madre estaba casada con un alemán y la carta era de una prima suya alemana. De modo que me enteré de algo que ignoraba hasta entonces, que Charles Templeton tenía parientes alemanes. Y eso le colocó inmediatamente en la lista de sospechosos. Es uno de mis hombres, un muchacho en el que siempre he confiado, pero para ser justo y ecuánime debo admitir que es el que encabeza la lista.
Pero ahí lo tienen: ¡No lo sé! No lo sé y, con toda probabilidad, nunca lo sabré. No se trata sólo de castigar a un asesino, sino de algo que considero cien veces más importante. Se trata, quizá, de la posibilidad de haber arruinado la carrera de un hombre honrado a causa de meras sospechas, sospechas que por otra parte no me atrevo a despreciar.
Miss Marple carraspeó y dijo en tono amable:
—Entonces, sir Henry, si no le he entendido mal, ¿de quien sospecha principalmente es del joven Templeton?
—Sí, en cierto sentido. Y en teoría los cuatro habrían de verse igualmente afectados por esta situación, pero no es ése el caso. Dobbs, por ejemplo, aun cuando yo lo considere sospechoso, eso no altera en modo alguno su vida. En el pueblo nadie recela de que la muerte del doctor Rosen no fuese accidental. Gertrud tal vez se haya visto algo más afectada. La situación puede representar alguna diferencia, por ejemplo, en la actitud de Fraülein Rosen hacia ella, aunque dudo de que eso le afecte excesivamente.
En cuanto a Greta Rosen... bueno, aquí llegamos al punto crucial de todo este asunto. Greta es una joven muy hermosa y Charles Templeton un muchacho apuesto, convivieron cinco meses bajo el mismo techo sin otras distracciones exteriores y ocurrió lo inevitable. Se enamoraron el uno del otro, aunque no quieren admitir el hecho con palabras.
Y luego ocurrió la catástrofe. Ya habían transcurrido tres meses, y un día o dos después de mi regreso, Greta Rosen vino a verme. Había vendido la casita y regresaba a Alemania, una vez arreglados los asuntos de su tío. Acudió a mí, aunque sabía que me había retirado, porque en realidad deseaba verme por un asunto personal. Tras dar algunos rodeos al fin me abrió su corazón. ¿Cuál era mi opinión? Aquella carta con sello alemán, la que Charles había roto, la había preocupado y seguía preocupándola. ¿Había dicho la verdad? Sin duda debió decirla. Claro que creía su historia, pero... ¡oh!, si pudiera saberlo con absoluta certeza.
¿Comprenden? El mismo sentimiento, el deseo de confiar, pero la terrible sospecha persistiendo en el fondo de su mente, a pesar de luchar contra ella. Le hablé con absoluta franqueza, pidiéndole que hiciera lo mismo, y le pregunté si Charles y ella estaban enamorados.
—Creo que sí —me contestó—. Oh, sí, eso es. Eramos tan felices. Los días pasaban con tanta alegría.
Los dos lo sabíamos, pero no había prisa, teníamos toda la vida por delante. Algún día me diría que me amaba y yo le contestaría que yo también. ¡Ah! ¡Pero puede usted imaginárselo! Ahora todo ha cambiado. Una nube negra se ha interpuesto entre nosotros, nos mostramos retraídos y cuando nos vemos no sabemos qué decirnos. Quizás a él le ocurre lo mismo. Nos decimos interiormente: ¡Si estuviéramos seguros! Por eso, sir Henry, le suplico que me diga: «Puede estar segura, quienquiera que matase a mi tío no fue Charles Templeton». ¡Dígamelo! ¡Oh, se lo suplico! ¡Se lo suplico, se lo suplico!
Y maldita sea -exclamó sir Henry, dejando caer su puño con fuerza sobre la mesa—, no pude decírselo. Se fueron separando más y más los dos. Entre ellos se interponía la sospecha como un fantasma que no podían apartar.
Se reclinó en la butaca con el rostro abatido y grave mientras movía la cabeza con desaliento.
—Y no hay nada más que hacer, a menos —volvió a enderezarse con una sonrisa burlona— a menos que miss Marple pueda ayudarnos. ¿Puede usted, miss Marple? Tengo el presentimiento de que esa carta está en su línea. La de la reunión benéfica. ¿No le recuerda alguien o algo que le haga ver este asunto muy claro?
¿No puede hacer algo por ayudar a dos jóvenes desesperados que desean ser felices?
Tras la sonrisa burlona se escondía cierta ansiedad en su pregunta. Había llegado a formarse una gran opinión del poder deductivo de aquella solterona frágil y anticuada, y la miró con cierta esperanza en los ojos.
Miss Marple carraspeó y se arregló la manteleta de encaje.
—Me recuerda un poco a Annie Poultny —admitió-. Claro que la carta está clarísima, para Mrs. Bantry y para mí. No me refiero a la que habla de la reunión benéfica, sino a la otra. Al haber vivido tanto en Londres y no tener ninguna afición por la jardinería, sir Henry, no es de extrañar que no lo haya notado usted.
—¿Eh? —exclamó sir Henry—. ¿Notado qué?
Mrs. Bantry alargó la mano y escogió una de las cartas, un catálogo que abrió y leyó pausadamente:

Mr. Helmuth Spath. Lila, una flor maravillosa, su tallo alcanza una altura inusitada. Espléndida para cortar y adornar el jardín. Una novedad de sorprendente belleza.
Udo Johnson. Amarilla y cálida. De aroma peculiar y agradable.
Edgar Jackson. Crisantemo de hermosa forma y color rojo ladrillo muy brillante.
Ronald Perry. Rojo brillante. Sumamente decorativa.
Tsingtau. Color naranja brillante, flor muy vistosa para jardín y de larga duración una vez cortada.
Ecuanimidad...

Recordarán ustedes que esta palabra aparecía en la caría escrita también en mayúscula.

Flor de extraordinaria perfección en su forma. Tonos rosa y blanco.

Mrs. Bantry, dejando el catálogo, terminó diciendo con una gran excitación:

—Y ¡Dalias!
—Las letras iniciales de sus nombres componen la palabra «MUERTE» -explicó miss Marple satisfecha.
—Pero la carta la recibió el propio doctor Rosen —objetó sir Henry.
—Esa fue la maniobra más inteligente— explicó miss Marple—. Eso y la amenaza que se encerraba en ella.
¿Qué es lo que haría al recibir una carta de alguien desconocido y llena de nombres extraños para él? Pues, naturalmente, mostrársela a su secretario y pedirle su opinión.
—Entonces, después de todo...
—¡0h, no! —exclamó miss Marple—. El secretario, no. Vaya, eso precisamente demuestra que no fue él. De ser así, nunca hubiera permitido que se encontrase la carta e igualmente no se le hubiese ocurrido destruir una carta dirigida a él y con sello alemán. Su inocencia resulta evidente y , si me permito decirlo, deslumbran te..
—Entonces, ¿quién...?
—Pues parece casi seguro, todo lo seguro que puede ser, algo en este mundo. Había otra persona presente durante el desayuno y pudo... es natural, dadas las circunstancias, alargar la mano y leer la carta. Y así fue. Recuerden que recibió un catálogo de jardinería en el mismo correo...
—Greta Rosen —dijo sir Henry despacio—. Entonces su visita...
—Los caballeros nunca saben ver a través de estas cosas —replicó miss Marple—. Y me temo que muchas veces a las viejas nos ven como a... brujas, porque vemos cosas que a ellos les pasan inadvertidas, pero es así. Una sabe mucho de las de su propio sexo por desgracia. No me cabe la menor duda de que se alzó una barrera entre ellos. El joven sintió una repentina e inexplicable aversión hacia ella. Sospechaba puramente por instinto y no podía ocultarlo. Y creo que la visita que le hizo la joven a usted fue sólo puro despecho. En realidad se sentía bastante segura, pero antes de marcharse quiso que usted fijara definitivamente sus sospechas en el pobre Mr. Templeton. Debe usted reconocer que, hasta después de su visita, no le parecieron completamente justificadas sus propias sospechas.
—Estoy convencido de que no fue nada de lo que ella dijo... —comenzó a decir sir Henry.
—Los caballeros —continuó miss Marple con calma— nunca ven estas cosas.
—Y esa joven... —se detuvo—... Icomete semejante crimen a sangre fría y queda impune!
—¡Oh, no, sir Henry! —dijo miss Marple—. Impune no. Usted y yo no lo creemos. Recuerde lo que dijo no hace mucho rato. No. Greta Rosen no escapará a su castigo. Para empezar, deberá vivir entre gente extraña, chantajistas y terroristas, que no le harán ningún bien y probablemente la arrastrarán a un final miserable. Como usted dice, no vale la pena preocuparse por el culpable, es el inocente quien importa. Mr. Templeton, me atrevo a aventurar, se casará con su prima alemana ya que el hecho de que rompiera su carta resulta... bueno, un tanto sospechoso, empleando la palabra en un sentido distinto al que le hemos dado toda la noche. Parece ser que lo hizo como si temiese que Greta la viera y le pidiera que se la dejase leer. Sí, creo que entre ellos debió de haber algo. Y luego está Dobbs, a quien, como usted dice, las sospechas no le afectarán mucho. Probablemente lo único que le interesa son sus desayunos. Y la pobre Gertrud, que me recuerda a Annie Poultny. Pobrecilla Annie Poultny. Cincuenta años sirviendo fielmente a miss Lamh y luego sospecharon que había hecho desaparecer su testamento, aunque no pudo probarse. Aquello destrozó el corazón de aquella criatura tan fiel. Y después de su muerte, se encontró en un compartimiento secreto en la caja donde guardaban el té y donde la propia miss Lamb lo había guardado para mayor seguridad. Pero era ya demasiado tarde para la pobre Annie.
Por eso me preocupa esa pobre mujer alemana. Cuando se es viejo, uno se amarga fácilmente. Lo siento mucho más por ella que por Mr. Templeton, que es joven, bien parecido y, según comentaba usted, goza de bastante popularidad entre las damas. ¿Querrá usted escribirle a ella, sir Henry, para decirle que su inocencia está fuera de toda duda? Con su señor muerto y el peso de las sospechas... ¡Oh! ¡No quiero ni pensarlo!
—Le escribiré, miss Marple—-dijo sir Henry mirándola con curiosidad—. ¿Sabe una cosa? Nunca llegaré a comprenderla. Siempre repara usted en algo que no esperaba.
—Me temo que mi experiencia resulta insignificante —replicó miss Marple humildemente—. Apenas si salgo de St. Mary Mead.
—¡Y no obstante ha resuelto usted lo que podríamos llamar un problema internacional! —dijo sir Henry—.
Porque lo ha resuelto. De eso estoy completamente convencido.
Miss Marple enrojeció y luego, parpadeando, explicó:
—Creo que fui bien educada para lo que se acostumbraba en mis tiempos. Mi hermana y yo tuvimos una institutriz alemana, una persona muy sentimental. Nos enseñó el lenguaje de las flores, un estudio casi olvidado hoy en día, pero encantador. Un tulipán amarillo, por ejemplo, simboliza el Amor Sin Esperanza, mientras un Aster Chino significa Muero de Celos a Tus pies. Esa carta estaba firmada: Georgine, que me parece recordar significa dalia en alemán y eso lo dejaba todo muy claro. Ojalá pudiera recordar el significado de dalia, pero escapa a mi memoria, que ya no es tan buena como antes.
—De todas formas no significa MUERTE.
—No, desde luego. Horrible, ¿no? En este mundo hay cosas muy tristes.
—Sí —replicó Mrs. Bantry con un suspiro—. Es una suerte tener flores y amigos.
—Observen que nos coloca en último lugar —dijo el doctor Lloyd.
—Un admirador solía enviarme orquídeas rojas cada noche —dijo Jane Helier con aire soñador.
—«Espero sus favores», eso es lo que significa —dijo miss Marple con agudeza.
Sir Henry carraspeó de un modo peculiar y volvió la cabeza.
Miss Marpie lanzó una repentina exclamación.
—Acabo de recordarlo. La dalia significa «Traición y Falsedad».
—Maravilloso —replicó sir Henry—. Absolutamente maravilloso.

Y suspiró.
Última edición por Jenofonte el Dom Ago 01, 2010 2:35 pm, editado 1 vez en total
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Dom Ago 01, 2010 2:34 pm

[align=center]SERVIR AL HOMBRE

Damon Knight[/align]

Los kanamitas no eran muy atractivos, es cierto. Parecían un poco cerdos y un poco hombres, y ésta no es una combinación agradable. Verlos por vez primera era un auténtico shock; éste era su handicap. Cuando una cosa con el aspecto de una fiera viene de las estrellas y te ofrece un regarlo, te sientes inclinado a no aceptarlo.
No sé cómo esperábamos que fueran los visitantes interestelares..., es decir, los que habíamos pensado alguna vez en ello. Quizá ángeles, o bien algo demasiado extraño para ser realmente espantoso. Posiblemente fue por eso que nos horrorizamos tanto y experimentamos tal repugnancia cuando aterrizaron en sus grandes naves y vimos cómo eran en realidad.
Los kanamitas eran bajos y muy peludos..., con pelos gruesos y erizados de un color grismarrón en todo su cuerpo abominablemente rechoncho. Su nariz parecía una trompa y tenían ojos pequeños, y manos muy gruesas de tres dedos cada una. Llevaban tirantes de cuero verde y pantalones cortos, pero creo que los pantalones eran una concesión a nuestras ideas sobre decencia pública. La ropa estaba cortada a la última moda, con bolsillos verticales y medio cinturón en la parte posterior. Sea como fuere, los kanamitas tenían sentido del humor.
Había tres de ellos en aquella sesión de las N.U., y puedo asegurarles que su presencia en una solemne Sesión Plenaria resultaba muy extraña..., tres rechonchas criaturas con aspecto de cerdos, vestidas con tirantes verdes y pantalones cortos, sentadas a la larga mesa de debajo de la tarima, rodeadas por los bancos atestados de delegados procedentes de todas las naciones. Estaban correctamente erguidos, y miraban cortésmente a todos los oradores. Sus orejas planas caían por encima de los audífonos. Creo que más tarde aprendieron todos los idiomas humanos, pero en aquella época sólo sabían francés e inglés.
Parecían completamente a sus anchas... y esto, junto con su sentido del humor, fue algo que me impulsó a experimentar cierta simpatía hacia ellos. Yo formaba parte de la minoría; no creía que fueran a atacar el mundo. Habían explicado que lo único que querían era ayudarnos y yo les creí. Como traductor de las N.U., mi opinión no importaba, pero me pareció que su venida era lo mejor que había ocurrido jamás a la Tierra.
El delegado de Argentina se puso en pie y dijo que su Gobierno estaba interesado en la demostración de una nueva y barata fuente de energía, que los kanamitas habían realizado en la sesión precedente, pero que el Gobierno argentino no podía comprometerse en cuanto a su política futura sin un examen mucho más concienzudo.
Era lo que decían todos los delegados, pero yo tuve que prestar particular atención al señor Valdés, porque tenía cierta tendencia a tartamudear y su dicción era mala. No tropecé con demasiadas dificultades en la traducción, y sólo tuve una o dos vacilaciones, tras lo cual conecté la línea polaco-inglés para oír cómo se las arreglaba Gregori con Janciewicz. Janciewicz era la cruz que Gregori tenía que soportar, igual que Valdés era la mía.
Janciewicz repitió las observaciones anteriores con unas cuantas variaciones ideológicas, y entonces el secretario general cedió la palabra al delegado de Francia, que presentó al doctor Denis Lévéque, el criminalista, y se procedió a introducir una gran cantidad de complicados aparatos.
El doctor Lévéque hizo hincapié en que la cuestión que preocupaba a mucha gente había sido expresada por el delegado de la URSS en la sesión precedente, al inquirir: «¿Cuál es el móvil de los kanamitas? ¿Qué se proponen al ofrecernos estos regalos sin precedentes sin pedir nada a cambio?» A continuación, el doctor dijo:
- A petición de varios delegados y con el pleno consentimiento de nuestros huéspedes, los kanamitas, mis compañeros y yo hemos elaborado una serie de pruebas con los aparatos que ven ustedes aquí. Ahora las repetiremos.
Un murmullo agitó la cámara. Hubo una descarga de flashes, y una de las cámaras de televisión pasó a enfocar el cuadro de instrumentos del equipo del doctor. Al mismo tiempo, la enorme pantalla de televisión que había detrás del podio se encendió, y vimos las esferas de dos cuadrantes, con sus respectivas manecillas en el cero, y una tira de papel con una aguja inmovilizada sobre ella, los ayudantes del doctor estaban fijando unos alambres a las sienes de uno de los kanamitas, anudando un tubo de goma envuelto en lona alrededor de su antebrazo, y pegando algo a la palma de su mano derecha.
En la pantalla, vimos que la tira de papel empezaba a moverse y la aguja trazaba un lento zigzag a lo largo de ella. Una de las manecillas empezó a saltar rítmicamente; la otra dio una sacudida y se detuvo, oscilando ligeramente.
- Estos son los instrumentos habituales para comprobar la verdad de una afirmación - dijo el doctor Lévéque -. Nuestro primer objetivo, puesto que la fisiología de los kanamitas es desconocida para nosotros, fue determinar si reaccionaban o no a estas pruebas del mismo modo que los humanos. Ahora repetiremos uno de los muchos experimentos que fueron realizados con el fin de averiguarlo.
Señaló hacia la primera esfera.
- Este instrumento registra el latido cardíaco del sujeto. Muestra la conductividad eléctrica de la piel en la palma de su mano, una medida de transpiración, que aumenta con el esfuerzo. Y éste - señalando hacia la tira de papel y la aguja - muestra el tipo de intensidad de las ondas eléctricas que emanan de su cerebro. Se ha demostrado, con sujetos humanos, que todas estas lecturas varían sensiblemente si el sujeto dice la verdad o no.
Cogió dos cartulinas, una roja y una negra. La roja era un cuadrado de un metro de lado aproximadamente; la negra era un rectángulo de un metro y medio de largo. Se volvió hacia el kanamita.
- ¿Cuál de los dos es el más largo?
- El rojo - dijo el kanamita.
Las dos agujas saltaron violentamente, al igual que la línea trazada sobre el papel.
- Repetiré la pregunta - dijo el doctor -. ¿Cuál de los dos es el más largo?
- El negro - contestó la criatura.
Esta vez los instrumentos continuaron su ritmo normal.
- ¿Cómo llegaron a este planeta? - preguntó el doctor.
- Andando - repuso el kanamita.
Los instrumentos volvieron a reaccionar, y un coro de risas ahogadas invadió la cámara.
- Una vez más - dijo el doctor -, ¿cómo llegaron a este planeta?
- En una nave espacial - contestó el kanamita, y los instrumentos no saltaron.
El doctor se enfrentó de nuevo con los delegados.
- Se realizaron muchos de estos experimentos - dijo -, y mis colegas y yo mismo estamos convencidos de que los mecanismos son efectivos. Ahora - se volvió hacia el kanamita - pediré a nuestro distinguido huésped que conteste a la pregunta formulada en la última sesión por el delegado de la URSS, es decir, ¿cuál es el motivo de que los kanamitas ofrezcan estos regalos a los habitantes de la Tierra?
El kanamita se levantó. En inglés, dijo:
- En mi planeta hay un proverbio: «Hay más misterios en una piedra que en la cabeza de un científico.» Los fines de los seres inteligentes, aunque a veces parezcan oscuros, son muy sencillos si se comparan con las complejidades del universo natural. Por lo tanto, espero que los habitantes de la Tierra me comprendan y me crean si les digo que nuestra misión en su planeta es simplemente ésta: traerles la paz y muchas cosas que nosotros mismos disfrutamos, y que en el pasado hemos llevado a otras razas esparcidas por toda la galaxia. Cuando su mundo deje de tener hambre, cuando deje de haber guerras y sufrimientos innecesarios, nos consideraremos recompensados.
Y las agujas no saltaron ni una sola vez.
El delegado de Ucrania se puso en pie de un salto, solicitando que se le cediera la palabra, pero el tiempo había finalizado y el secretario general cerró la sesión.
Encontré a Gregori cuando salíamos de la cámara de las N.U. Su rostro estaba encarnado de excitación.
- ¿Quién ha promovido este circo? - preguntó.
- Las pruebas me han parecido veraces - le dije.
- ¡Un circo! - exclamó con vehemencia - ¡Una farsa de segundo orden! Si eran veraces, Peter, ¿por qué se ha suprimido el debate?
- Seguramente mañana habrá tiempo para el debate.
- Mañana el doctor y sus instrumentos estarán de vuelta en París. Pueden ocurrir muchas cosas antes de mañana. En nombre del cielo, ¿cómo es posible que alguien confíe en unos seres que parecen alimentarse de niños?
Me sentí un poco molesto. Repuse:
- ¿Estás seguro de que no te preocupa más su política que su aspecto?
El repuso, «Bah», y se alejó.
Al día siguiente empezaron a llegar informes de todos los laboratorios gubernamentales del mundo donde la fuente energética de los kanamitas estaba siendo verificada. Eran tremendamente entusiásticos. Yo no entiendo de estas cuestiones, pero parecía que aquellas pequeñas cajas de metal proporcionarían más energía eléctrica que una pila atómica, por casi nada y para casi siempre. Y se decía que eran tan baratas de fabricar que todo el mundo podría tener una. A primeras horas de la tarde se sabía que diecisiete países ya habían empezado a edificar fábricas para elaborarlas.
Al día siguiente, los kanamitas mostraron los planos y muestras de un aparato que incrementaría la fertilidad de cualquier terreno cultivable de un sesenta a un ciento por ciento. Aceleraba la formación de nitratos en el subsuelo, o algo parecido. Ya no se hablaba de otra cosa más que de los kanamitas. Al día siguiente de esto, lanzaron su bomba.
- Ahora ya disponen de energía potencialmente ilimitada y mayor suministro alimenticio - dijo uno de ellos. Señaló con su mano de tres dedos hacia un instrumento que se encontraba sobre la mesa que había junto a él. Era una caja colocada encima de un trípode, con un reflector parabólico en la parte anterior -. Hoy les ofrecemos un tercer regalo que, por lo menos, es tan importante como los dos primeros.
Hizo señas a los cámaras de la televisión para que tomaran un primer plano del aparato en cuestión. Entonces cogió una gran cartulina cubierta de dibujos y rótulos en inglés. Nosotros lo vimos en la pantalla de encima del podio; todo era claramente legible.
- Nos han informado de que esta emisión se transmite a todo su mundo - dijo el kanamita -. Deseo que todos los que tengan equipo apropiado para tomar fotografías de la pantalla de televisión, lo utilicen.
El secretario general se inclinó hacia delante y formuló vivamente una pregunta, que el kanamita ignoró.
- Este aparato - dijo - proyecta un campo en el cual ningún explosivo, sea de la naturaleza que fuere, puede estallar.
Reinó un silencio expectante.
El kanamita dijo:
- Ya no puede ser suprimido. Si una nación lo tiene, todas deben tenerlo.
Como nadie pareciera comprender, explicó bruscamente:
- No habrá más guerras.
Esta fue la mayor novedad del milenio, y resultó perfectamente cierta. Sucedió que los explosivos a los que se refiriera el kanamita incluían las explosiones de gasolina y diesel. Hicieron simplemente imposible que se armara o equipara un ejército moderno.
Naturalmente, hubiéramos podido volver a los arcos y flechas, pero esto no habría satisfecho a los militares. Y mucho menos después de tener bombas atómicas y todo el resto. Además, no habría ninguna razón para hacer la guerra. Todas las naciones tendrían pronto de todo.
Nadie volvió a dedicar otro pensamiento a los experimentos con el detector de mentiras, ni preguntó a los kanamitas cuál era su política. Gregori se sintió desconcertado; no tenía nada con qué probar sus sospechas.
Abandoné mi empleo en las N.U. unos meses después, porque preví que de todos modos tendría que acabar haciéndolo. En aquel momento, las N.U. estaban en auge, pero al cabo de uno o dos años no tendría nada que hacer. Todas las naciones de la Tierra estaban en camino de bastarse a sí mismas; no iban a necesitar mucho arbitraje.
Acepté un puesto de traductor en la Embajada kanamita, y fue allí donde volví a tropezarme con Gregori. Me alegré de verle, pero no pude imaginarme lo que estaba haciendo allí.
- Pensaba que estabas en la oposición - le dije -. No irás a decirme que te has convencido de la bondad de los kanamitas.
Me pareció avergonzado.
- Sea como fuere, no eran lo que yo creía - dijo.
Viniendo de él, esto era una verdadera concesión, y le invité a bajar al bar de la embajada para tomar una copa. Era un lugar muy íntimo, y él se puso confidencial al segundo daiquiri.
- Me fascinan - dijo -. Aún detesto instintivamente su aspecto..., esto no ha cambiado, pero me sobrepongo. Evidentemente, tú tenías razón; no querían hacernos más que bien. Pero ¿sabes? - se inclinó por encima de la mesa -, la pregunta del delegado soviético no fue contestada.
Me temo que solté una carcajada.
- No, hablo en serio - prosiguió -. Nos contaron lo que querían hacer... «traerles la paz y muchas cosas que nosotros mismos disfrutamos». Pero no dijeron por qué.
- ¿Por qué los misioneros...?
- ¡Tonterías! - exclamó airadamente -. Los misioneros tienen un motivo religioso. Si estas criaturas tienen una religión, nunca han hablado de ella. Te diré aún más, no enviaron a un grupo de misioneros, sino a una delegación diplomática... a un grupo que representaba la voluntad y política de todo su pueblo. Ahora bien, ¿qué tienen que ganar los kanamitas, como pueblo o como nación, con nuestro bienestar?
Yo dije:
- Cultura...
- ¡Qué cultura ni qué bobadas! No, es algo menos evidente, algo oscuro que pertenece a su psicología y no a la nuestra. Pero confía en mí, Peter, no existe una cosa tal como el altruismo completamente desinteresado. De una forma u otra, tienen algo que ganar...
- Y ésa es la razón de que estés aquí - dije -, intentar averiguarlo, ¿verdad?
- Exacto. Quería formar parte de uno de sus grupos de intercambio con destino a su planeta natal, pero no pude; el cupo estaba lleno una semana después de que hicieran el anuncio. En lugar de eso, estoy estudiando su idioma, y ya sabes que el idioma refleja las características básicas de las personas que lo utilizan. Ya domino bastante bien su jerga lingüística. No es muy difícil, la verdad, y me está proporcionando algunos indicios. Algunas expresiones son muy parecidas a las nuestras. Estoy seguro de que no tardaré en encontrar la solución.
- Todo es cuestión de estudio - dije, y volvimos a trabajar.
A partir de entonces vi a Gregori con frecuencia, y me mantuvo informado de sus progresos. Un mes después de aquella primera entrevista lo encontré enormemente excitado; dijo que había conseguido obtener un libro de los kanamitas y que estaba intentando descifrarlo. Escribían en ideogramas, peores que los chinos, pero estaba decidido a desentrañarlo aunque le costara años. Quería que yo le ayudara.
Bueno, me interesó a pesar mío, pues sabía que sería una larga tarea. Pasamos algunas tardes juntos, trabajando con material extraído de los tablones de anuncios kanamitas y sitios por el estilo, así como del diccionario inglés-kanamita extremadamente limitado que proporcionaban al personal. Al principio me remordía la conciencia acerca del libro robado, pero gradualmente fui sintiéndome absorbido por el problema. Al fin y al cabo, los idiomas son mi fuerte. No pude evitar sentirme fascinado.
Desciframos el título a las pocas semanas. Era Cómo servir al hombre, evidentemente un manual que distribuían entre los nuevos miembros kanamitas del personal de la embajada. Ahora llegaban continuamente, un cargamento una vez al mes; estaban abriendo toda clase de laboratorios de investigación, clínicas y así sucesivamente. Si en la Tierra había alguien que desconfiaba de ellos aparte de Gregori, debía encontrarse en el Tíbet.
Era asombroso ver los cambios que se habían forjado en menos de un año. Ya no había ejércitos permanentes, ni escasez, ni desempleo. Cuando cogías un periódico no veías las palabras «BOMBA H» o «V-2»; las noticias siempre eran buenas. resultaba difícil acostumbrarse a ello. Los kanamitas estaban trabajando en bioquímica humana, y en nuestra embajada corría la voz de que estaban a punto de anunciar métodos para hacer nuestra raza más alta, más fuerte y más sana -prácticamente una raza de superhombres- y ya tenían una cura potencial para las enfermedades cardíacas y el cáncer.
Estuve quince días sin ver a Gregori después de haber descifrado el título del libro; me fui de vacaciones a Canadá. Al volver, me quedé impresionado al observar el cambio que había experimentado.
- ¿Qué ha pasado, Gregori? - le pregunté -. Pareces el demonio en persona.
- Bajemos al bar.
Fui con él, y se tomó un escocés de un solo trago como si lo necesitara.
- Vamos, hombre, ¿qué es lo que pasa? - apremié.
- Los kanamitas me han incluido en la lista de pasajeros de la próxima nave de intercambio - dijo -. A ti también, de lo contrario no estaría hablando contigo.
- Bueno - dije -, pero...
- No son altruistas.
Intenté razonar con él. Le hice notar que habían convertido la Tierra en un paraíso comparándola con lo que era antes. El se limitó a menear la cabeza.
Entonces le pregunté:
- Bueno, ¿qué hay de las pruebas realizadas con el detector de mentiras?
- Una farsa - replicó, sin calor -. Ya te lo dije en su momento. Sin embargo, en aquella ocasión dijeron la verdad.
- ¿Y el libro? - pregunté, molesto -. ¿Qué hay de ese... Cómo servir al hombre? Eso no te lo dieron para que lo leyeras. Está escrito en serio. ¿Cómo puedes explicarlo?
- He leído el primer párrafo de ese libro - dijo -. ¿Por qué crees que llevo una semana sin dormir?
- ¿Por qué? - inquirí yo, y él esbozó una extraña sonrisa.
- Es un libro de cocina - repuso.

FIN
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Mar Ago 31, 2010 3:41 pm

[align=center]Caperucita Roja[/align]

Ese día encontré en el bosque la flor más linda de mi vida. Yo, que siempre he sido de buenos sentimientos y terrible admirador de la belleza, no me creí digno de ella y busqué a alguien para ofrecérsela. Fui por aquí, fui por allá, hasta que tropecé con la niña que le decían Caperucita Roja. La conocía pero nunca había tenido la ocasión de acercarme. La había visto pasar hacia la escuela con sus compañeros desde finales de abril. Tan locos, tan traviesos, siempre en una nube de polvo, nunca se detuvieron a conversar conmigo, ni siquiera me hicieron un adiós con la mano. Qué niña más graciosa. Se dejaba caer las medias a los tobillos y una mariposa ataba su cola de caballo. Me quedaba oyendo su risa entre los árboles. Le escribí una carta y la encontré sin abrir días después, cubierta de polvo, en el mismo árbol y atravesada por el mismo alfiler. Una vez vi que le tiraba la cola a un perro para divertirse. En otra ocasión apedreaba los murciélagos del campanario. La última vez llevaba de la oreja un conejo gris que nadie volvió a ver.
Detuve la bicicleta y desmonté. La saludé con respeto y alegría. Ella hizo con el chicle un globo tan grande como el mundo, lo estalló con la uña y se lo comió todo. Me rasqué detrás de la oreja, pateé una piedrecita, respiré pro¬fundo, siempre con la flor escondida. Caperucita me miró de arriba abajo y respondió a mi saludo sin dejar de masticar.
-¿Qué se te ofrece? ¿Eres el lobo feroz?
Me quedé mudo. Sí era el lobo pero no feroz. Y sólo pretendía regalarle una flor recién cortada. Se la mostré de súbito, como por arte de magia, yo espe¬raba que me aplaudiera como a los magos que sacan conejos del sombrero, pero tampoco ese gesto de fastidio. Titubeando, le dije:
-Quiero regalarte una flor, niña linda.
-¿Esa flor? no veo por qué.
-Está llena de belleza -dije, lleno de emoción.
-No veo la belleza -dijo Caperucita-. Es una flor como cualquier otra.
Sacó el chicle y lo estiró. Luego lo volvió una pelotita y lo regresó a la boca. Se fue sin despedirse. Me sentí herido, profundamente herido por su desprecio. Tanto, que se me soltaron las lágrimas. Subí a la bicicleta y le di alcance.
-Mira mi reguero de lágrimas.
-¿Te caíste? -dijo-. Corre a un hospital.
-No me caí.
-Así parece porque no te veo las heridas.
-Las heridas están en mi corazón -dije.
-Eres un imbécil.
Escupió el chicle con la violencia de una bala.
Volvió a alejarse sin despedirse.
Sentí que el polvo era mi pecho, traspasado por la bala de chicle, y el rio de la sangre se estiraba hasta alcanzar una niña que ya no se veía por ninguna par¬te. No tuve valor para subir a la bicicleta. Me quedé toda la tarde sentado en la pena. Sin darme cuenta, uno tras otro, le arranqué los pétalos a la flor. Me arrimé al campanario abandonado pero no encontré consuelo entre los murciélagos, que se alejaron al anochecer. Atrapé una pulga en mi barriga, la destripé con rabia y esparcí al viento los peda¬zos. Empujando la bicicleta, con el peso del desprecio en los huesos y el corazón más desmigajado que una hoja seca pisoteada por cien caballos, fui hasta el pueblo y me tomé unas cervezas. «Bonito disfraz», me dijeron unos borrachos, y quisieron probárselo. Esa noche había fuegos artificiales. Todos estaban de fiesta. Vi a Caperucita con sus padres debajo del samán del parque. Se comía un inmenso helado de chocolate y era descaradamente feliz. Me alejé como alma que lleva el diablo.
Volví a ver a Caperucita unos días después en el camino del bosque.
-¿Vas a la escuela? -le pregunté, y en seguida caí en la cuenta de que nadie asiste a clases con sandalias plateadas, blusa ombliguera y faldita de juguete.
-Estoy de vacaciones -dijo-. ¿O te parece que éste es el uniforme?
El viento vino de lejos y se anidó en su ombligo.
-¿Y qué llevas en el canasto?
-Un rico pastel para mi abuelita. ¿Quieres probar?
Casi me desmayo de la emoción. Caperucita me ofrecía su pastel. ¿Qué debía hacer? ¿Aceptar o decirle que acababa de almorzar? Si aceptaba pasaría por ansioso y maleducado: era un pastel para la abuela. Pero si rechazaba la invitación, heriría a Caperucita y jamás volvería a dirigirme la palabra. Me parecía tan amable, tan bella. Dije que sí.
-Corta un pedazo.
Me prestó su navaja y con gran cuidado aparté una tajada. La comí con delicadeza, con educación. Quería hacerle ver que tenía maneras refinadas, que no era un lobo cualquiera. El pastel no estaba muy sabroso, pero no se lo dije para no ofenderla. Tan pronto terminé sentí algo raro en el estómago, como una punzada que subía y se transformaba en ardor en el corazón.
-Es un experimento -dijo Caperucita-. Lo llevaba para probarlo con mi abuelita pero tú apareciste primero. Avísame si te mueres.
Y me dejó tirado en el camino, quejándome.
Así era ella, Caperucita Roja, tan bella y tan perversa. Casi no le perdono su travesura. Demoré mucho para perdonarla: tres días. Volví al camino del bosque y juro que se alegró de verme. Aparte de la policía, señores, nadie quiere saber de mí.
Ni siquiera Caperucita Roja. Ahora más que nunca soy el lobo del bosque, solitario y perdido, envenenado por la flor del desprecio. Nunca le conté a Caperucita la indigestión de una semana que me produjo su abuela. Nunca tendré otra oportunidad. Ahora es una niña muy rica, siempre va en moto o en auto, y es difícil alcanzarla en mi destartalada bicicleta. Es difícil, inútil y peligroso. El otro día dijo que si la seguía molestando haría conmigo un abrigo de piel de lobo y me enseñó el resplandor de la navaja. Me da miedo. La creo muy capaz de cumplir su promesa.

Triunfo Arciniegas, Caperucita Roja y otras historias perversas.
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Valentina » Jue Sep 02, 2010 11:23 am

Diferente, pero mucho significado...
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Sab Sep 04, 2010 2:46 pm

[align=center]Imagen Martes, 12 de octubre de 1916[/align]

El cabo de la reserva Georg Pichler, de civil segundo contable de una tienda de confección de la Zelinkagasse, fue herido y hecho prisionero de guerra por los rusos siendo comandante, en octubre de 1916. Tenía una herida de bala en la pierna y otra en el hombro. Durante varios meses estuvo internado en Tiflis en un pequeño hospital de guerra que antes había sido una "han", una fonda para comerciantes que estaban de paso.
A Georg Pichler no le iba mal. Sólo la muda de su vendaje le causaba miedo y malestar. Cuando volvía a estar tumbado en su cama disfrutaba pensando que ahora tendría otros dos días de tranquilidad, que no le molestarían en cuarenta y ocho horas. La idea de que, mientras él se podía estirar a gusto debajo de su manta caliente, su antiguo jefe, el sargento Votrubec, iba y venía por la trinchera reblandecida por la lluvia, tiritando de frío, sin tabaco, con el estómago vacío y con la posibilidad de recibir un tiro en el vientre, esa idea le reconciliaba por completo con su destino.
Al principio estaba apático y no se interesaba por lo que le rodeaba. Se hallaba contento de haber recuperado la vida, contento de haberse librado para siempre de la guerra. El tiempo transcurría apaciblemente a la espera del rancho. A mediodía había sopa de verdura o una papilla de mijo, llamadakacha, y por la noche, té. Cuando algún domingo recibía una ración de fiambre en gelatina, el insólito acontecimiento le proporcionaba material de reflexión para muchos días.
Sólo al principio de la séptima semana de su estancia en el hospital apareció el aburrimiento. Georg Pichler empezó a estudiar las caras de sus compañeros de habitación. Todas se parecían de una manera exasperante. Se esforzó –sin ningún éxito– en entablar una conversación con su enfermero, un tártaro viejo y gruñón que al andar arrastraba la pierna derecha. Reprimió el odio que sentía hacia su vecino de cama, que le despertaba todas las noches con su tos interminable, le perdonó ese y otros defectos, y trató de comunicarse con él. Hablaba con él como si se tratase de un niño pequeño: despacio, con mucha paciencia y con expresiones extremadamente simplificadas. El intento fracasó. Georg Pichler no hablaba una palabra de ruso y su vecino sólo hablaba probablemente tártaro.
Todas las mañanas los dos médicos hacían su ronda. Uno de ellos, el más viejo, entendía francés. Georg Pichler dedicó algunas horas de la tarde a preparar frases en francés. Cuando por la mañana hizo comentarios en la lengua de Racine sobre la probable duración de la guerra y sobre su propia persona el médico asintió amablemente con la cabeza, le dio unos golpecitos en el hombro izquierdo, el sano, y se dirigió a la cama siguiente. No había comprendido ni una palabra.
Finalmente, Georg Pichler logró, con la ayuda de algunos verbos y sustantivos que habían quedado en su memoria de la época del colegio, explicar al médico que deseaba lectura. A la mañana siguiente recibió una gramática polaca, el primer tomo de una novela húngara desgastada y una Biblia albanesa.
Como el mundo exterior le estaba vedado, Georg Pichler se replegó completamente sobre sí mismo. Inventó toda clase de métodos para acortar el tiempo, que se extendía interminable entre la hora de despertarse y la hora de dormir. Desmontó la maquinaria de su reloj y volvió a montarla y eso lo repitió hasta que le robaron el reloj. Estudió la lista de su compañía, realizó una estadística con los nombres de sus antiguos subalternos y comprobó que el nombre de Anton aparecía siete veces, el hombre de Johann cinco veces y los nombres de Franz y de Heinrich tres veces, respectivamente. Hacia apuestas consigo mismo sobre el número de sílabas y letras que tenían los poemas que todavía sabía de memoria de la época del colegio. "El castillo de Niedek se alza en Alsacia", constaba de 241 sílabas y 1.172 letras. "Buenos días viejo, ¿le gusta la cachimba?"; tenía casi tantas letras como "Placidus, un general noble". Justo cuando estaba descomponiendo "Canto al emperador Barbarroja", se produjo el acontecimiento inesperado que puso de una vez por rodas fin a su pasatiempo más reciente.
Llegó un transporte de prisioneros de guerra heridos de poca consideración, que fueron enviados ese mismo día a otro lugar. Durante una hora Pichler les oyó ir y venir por los pasillos. No llegó a ver a ninguno de los prisioneros. Pero a la mañana siguiente un médico arrojó un periódico sobre la cama de Pichler. Era un periódico vienés que llevaba la fecha: 12 de octubre de 1916.
El cabo Pichler se quedó un segundo sin respiración de excitación y alegría. No entendía, de pronto, cómo había podido soportar la vida durante tantas semanas sin el períodico diario. Por un instante luchó con la decisión de proceder económicamente, de dosificar el cúmulo de noticias que debía contener la publicación, de leer sólo media columna todas las mañanas. Pero la carne es débil: Pichler leyó el periódico en media hora, lo leyó de un tirón, desde la primera página hasta la última linea, hasta los anuncios.
Cuando terminó la lectura, arrojó el periódico al suelo descuidadamente. Había hecho su servicio, le había distraído durante media hora, y ya no valía para nada. Al cabo de una hora el aburrimiento le obligó a coger el periódico del suelo. Después de todo –se dijó a sí mismo– sólo lo había leído superficialmente, sólo había echado una ojeada a muchas cosas, apenas había mirado la información bursátil y la sección económica. Leyó el periódico con detenimiento una segunda vez y descubrió en la crónica local y en la crítica teatral detalles que le habían pasado inadvertidos.
A la mañana siguiente despertó con el presentimiento seguro de que el médico le dejaría el número siguiente sobre la cama, el número del 13 de octubre de 1916. Esta vez, se propuso, repartiría sistemáticamente el material de lectura a lo largo del día. Por la mañana, la parte política, por la tarde la sala de audiencia.
El médico vino y no trajo ningún periódico. Dio al paciente unas palmaditas en la espalda y se dirigió a la cama siguiente. George Pichler leyo el periódico del 12 de octubre por tercera vez. Esta vez leyó también los anuncios, el boletín del mercado y los comunicados oficiales. Cuando una semana después leyó el periódico por decimoséptima vez, la fisonomía eternamente cambiante del tiempo se había convertido para él en una máscara inmóvil. Siempre ocurría lo mismo en todo el mundo. Noche tras noche se representaba en la ópera el ballet "Arlequín electricista" y en el Burgtheater "Don Carlos". El juez territorial doctor Bendiener condenaba incansablemente al comerciante Emanuel Grünberg a seis semanas de arresto y a una multa de 600 coronas por especulación ilícita. La señora Ludmilla Stangl, de sesenta años, caía bajo el parachoques del tranvía y sufría a diario nuevas y dolorosas contusiones en la zona de la cadera derecha. Una ley inexorable empujaba todas las tardes al mozo de mercado en paro de veinte años Karl Fiala a la tienda del ropavejero Moritz Wassermann donde, día tras día, propinaba al vendedor un golpe violento en la cabeza con una barra de hierro. Por decimoséptima vez le robaban a la infortunada señora Melitta Neuhäusel, esposa de un fabricante, Rathausstrasse 14, un broche de brillantes valorado en 40.000 coronas. Todos los días, a las tres, aparecía como una visión fantasmagórica ante la puerta del cementerio central el cortejo fúnebre, que incesantemente acompañaba a la paz eterna al cadáver del consejero imperial Emil Kronfeld, fallecido rras una corta enfermedad. En cada sesión del ayuntamiento el concejal doctor Adolf Lichtvoll pronunciaba imperturbable el mismo discurso, y siempre volvía a interrumpirle su colega, el concejal Wowerka con el comentario: "¡No nos venga con monsergas!" Cuando Georg Pichler tenía en las manos el viejo y desgastado periódico, ya no estaba en el hospital de guerra de Tiflis, sino en casa, en Viena. Tras la cuadragésima lectura del periódico; sabía de memoria el editorial desde la primera a la última línea. Una carta de lector había cambiado radicalmente su manera de pensar, convirtiéndole en un defensor entusiasta de la incineración de cadáveres. Estaba impaciente por probar por fin la crema para sabañones "Agathol", no dejaba de preguntarse si aparecería finalmente un concesionario para la patente austríaca número 96.137, "vástago de rótula para sistema de embrague", y cavilaba día y noche sobre la identidad del que había hecho, por travesura o con mala intención, el disparo que había destrozado el gran espejo del café Nizza de la Althanplatz.
Ahora ya conocía a los proveedores más baratos de cualquier artículo de primera necesidad. Sabía donde podían comprarse a buen precio cabras de leche o de engorde, sellos sueltos y colecciones enteras, calzoncillos de punto de seda, zumo de limón, cartón alquitranado, chapas delgadas de cualquier tipo, pieles de zorro, ruedas de piñón libre, sal gruesa, candelabros de latón y botellas aislantes. Cuando cerraba los ojos veia largas filas de personas peregrinando a la tienda de M. Goldammer, Kleine Sperlgasse 8, para vender allí "a precios fabulosos" sus pantalones viejos, su ropa, sus zapatos, pañuelos, uniformes, pieles y toda clase de objetos.
En la primavera de 1918, Georg Pichler fue puesto en libertad y enviado a su patria como inválido de intercambio. Por entonces había leído el diario de la mañana del martes 12 de octubre de 1916, doscientas setenta veces.
Ese día –el 12 de octubre de 1916– se había apoderado de él. Ese día tenía vida eterna, se había tragado a todos los demás días, sólo él existía. Lo que había sucedido ese día estaba grabado de manera indeleble en los recuerdos de Georg Pichler. El tiempo se había detenido el martes 12 de octubre de 1916.
Cuando Georg Pichler salió de la estación a la Wiener Strasse –su anciana madre y su hermano menor habían ido a recogerle– vio un perro grande e hirsuto que merodeaba delante de la puerta de una taberna. En seguida declaró que aquel perro no era otro que el bulldog que se le había extraviado a la señora Therese Endlicher, que atendía al nombre deRiki y que por su entrega en el tercer distrito, Ungargasse 23, se recibiría una espléndida gratificación. Trató de acercarse al perro con palabras amables. El perro gruñó, enseñó los dientes y arremetió contra la pantorrilla derecha de Georg Pichler.
Cogieron el tranvía. El hermano llevaba la mochila y ofreció a Georg cigarrillos egipcios. La madre le pidió que contase algo de Rusia. Georg Pichler dijo que de Rusia no sabía nada. Su mirada había caído sobre el cartel de una barbería.
–Friedrich Huschak, peluquero –leyó–: Me gustaría saber si ese Huschak es pariente del profesor Huschak, que el 12 de octubre de 1916 pronunció en la gran sala del instituto anatómico una conferencia sobre la estructura microscópica del pulmón humano.
Por la noche Georg Pichler acudió a la cerveceria Otto Remisch, Mariahilfer Gürtel 18. Allí fue hacia el dueño y le tendió la mano.
–Mi más sincera enhorabuena, aunque sea con retraso.
El dueño de la cerveceria chupó la punta del cigarro y puso cara de asombro.
–Mi más sincera enhorabuena por el vigésimo quinto aniversario de la fundación de su establecimiento –repitió Pichler. –Ah, sí –dijo el dueño de la cervecería–. De eso ya hace bastante tiempo. Yo no quería que saliese en el periódico. Pero el señor doctor, que viene todas las noches a tomar una cerveza –allí está sentado, buenas noches doctor, buenas noches– se había empeñado.
–¿Y cómo terminó el proceso de la empresa maderera? –preguntó Pichler. El dueño de la cervecería declaró que él no había tenido ningún pleito. –Me refiero al interesante proceso que entablaron los accionistas de la empresa maderera contra el Tesoro público. El dueño de la cervecería dijo que no sabía nada de ese proceso. En la imaginación de Georg Pichler las personas que conocía del periódico del 12 de octubre estaban inseparablemente relacionadas entre sí. Cada cual estaba al tanto de lo que les sucedía a los demás. El juez de distrito, doctor Bendiener, temblaba con la señora Therese Endlicher por el bulldog Riki que se había extraviado. El profesor Huschak caminaba profundamente conmovido en el cortejo fúnebre del consejero imperial Kronfeld, fallecido tras una breve enfermedad.
–El proceso –informó Pichler al dueño de la cervecería– tuvo lugar el 12 de octubre de 1916, el día del vigésimo quinto aniversario de la fundación de su establecimiento. Por fuerza tiene usted que recordarlo.
El dueño de la cervecería le miró con recelo, hizo una seña al camarero, se encogió de hombros y desapareció detrás del mostrador. A la mañana siguiente Georg Pichler leyó el periódico. La lectura le aburrió. Encontró en sus páginas sucesos que le desconcertaban y nombres de personas que no significaban nada para él.
–Hay que ver –dijo a su hermano– qué pocas cosas interesantes traen los periódicos últimamente. Uno lee las cosas y una hora después ya no sabe lo que ha leído.

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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Dom Jul 31, 2011 11:50 am

[align=center]Cuando Pilato se opuso
Hugo Correa[/align]

El Tierra, alto como un rascacielos de cuarenta pisos, se erguía imponente entre las dunas del desierto azul. Al norte una cordillera, cuya dentada cumbre hendía el cielo, se extendía a lo largo del horizonte hasta que sus últimas estribaciones, en forma de mano, penetraba en el arenal como quietas garras afiladas. Por el oeste y el sur solamente el yermo que, a la luz del sol, despedía iridiscentes destellos.
Tras la cordillera, sobre sus faldeos septentrionales, en cuevas revocadas con barro aglutinado, disimulados sus accesos por hirsutos bosques, vivían los dumis. Desde la sala de mando, situada bajo la aguzada proa, el capitán Ortúzar —hombre robusto, bajo y cejijunto, con una expresión colérica troquelada en su rostro, sin la cual sus aplastados rasgos habrían parecido faltos de relieve—, repantigado en su asiento, observaba en la pantalla del televisor diversas escenas de las poblaciones dumis, que el explorador autómata —un minúsculo helicóptero teledirigido— captaba y transmitía al cohete.
—¡Qué mezcla de reptiles e insectos! Jamás podríamos convivir con ellos.
—Es una imposibilidad social —apoyó Murchinson, el ingeniero de vuelo estelar.
—Y en la Tierra todavía se atreven a mencionar la incomunicabilidad de los espíritus. Debemos felicitarnos de nuestra condición humana.
—Bueno, imagino que los dumis también se dirán lo mismo, pero a la inversa.
—Sí, el optimismo es la calidad esencial de lo viviente. Sin embargo creo que esos bichos se sienten avergonzados de su aspecto y costumbres: las investigaciones de Rossi lo confirman.
—Mm. Eso está por verse, capitán. Su imprevisto servilismo bien puede ser una estrategia. Me parece una actitud exagerada.
Porque múltiples y contradictorias fueron las reacciones ante el arribo del hombre. Empezaron con el asesinato a mansalva de Véliz: una de sus venenosas lancetas traspasó al radioperador y su cuerpo, que se hinchó horrorosamente hasta reventar, fue devorado en medio de una gran algarabía. No conformes con eso, se lanzaron contra el cohete en un mal urdido ataque. El Tierra —una inexpugnable fortaleza, cuyas alarmas descargaban automáticamente su artillería— repelió la agresión en medio de un chirriar de carnes correosas y bocanadas de rojo humo. La totalidad de los pueblos dumis habría sido incapaz de tomarse la astronave, aunque hubiese contado con algún rudimento de organización militar.
Y ocurrió lo inesperado: los dumis depusieron sus armas y, con el más abyecto servilismo, ofrecieron a los hombres el gobierno de sus territorios; reconocían así la superioridad humana.
Treinta días deberían permanecer los expedicionarios en el nuevo mundo antes de volver a la Tierra. La oportunidad de asegurarse la conquista decidió al capitán Ortúzar, jefe de la expedición, a aceptar la oferta, siempre que los dumis se mantuvieran lejos del Tierra, pues su repulsivo aspecto y fetidez natural los hacían vecinos poco gratos. La condición fue aceptada con humildad. Desde esa fecha los hombres pudieron circular libremente entre aquellos seres, recibiendo además su colaboración en los estudios e investigaciones.
—¿Estrategia? No, Murchinson. Si usted llama así al terror, le acepto la idea. Nos temen, Murchinson. Eso es todo. No pueden olvidar esa noche en que un centenar de ellos fue achicharrado en un abrir y cerrar de ojos. ¿Hay estrategia que valga frente a una técnica infinitamente superior? Multiplique por mil la diferencia entre los conquistadores españoles y los aborígenes americanos: aún así se quedaría corto en la relación hombre-dumi.
El televisor enfocaba a Rossi, el arqueólogo, parado ante una construcción similar a una torre trunca.
—Capitán, esto es el paraíso de la amoralidad: canibalismo, anarquía, política, hurto legalizado y otras cosillas del mismo corte. Y, ¿sabe una cosa? Están muy felices así. Sólo un aspecto de la civilización humana les ha llamado la atención. Usted se va a reír: les ha impresionado la historia de Cristo. Jamás han tenido un redentor.
—¿Cree usted que les ha hecho falta? En ese sentido su evolución no se ha visto entorpecida.
—¡Pero este es un pueblo antiquísimo, capitán! Y usted ve que su civilización es nula.
—Bueno; también puede haber mucho de cretinismo congénito, ¿no?
—Podría ser, aunque meses antes de nuestro arribo había aparecido un profeta.
—¿Un profeta?
—Sí, vive en el desierto, se dice hijo de un ser superior, y algunos dumis acuden todos los días a escucharlo. ¿Qué le parece?

Descendió la noche, anunciada por las sombras de los vecinos montes, las que reptaron sobre las dunas hasta tocar el cohete. Millones de luces perforaron la inmensidad: el Tierra, aislado baluarte de otro mundo, despedía metálicos reflejos en la penumbra turquesa. Una estrella enorme, que se destacaba nítida de sus vecinas, derramó una pálida luz desde el cenit.
—Es una nova, como creíamos. Apareció hace treinta años, precisamente la noche en que nació el profeta —informó Rossi, en la sala de mando. Una brisa tibia, saturada de efluvios minerales, se arrastró por el desierto—. Esa sería la nueva estrella de Belén, capitán. También se supone que fue una nova.
—Al menos nosotros no somos los reyes magos, ¿verdad, Rossi? —agregó con indiferencia—: ¿Estos engendros vinculan la aparición de esa estrella con la llegada del profeta?
El arqueólogo se quedó mirando las tenebrosas montañas del fondo, morada de los dumis.
—No se explayan mucho sobre el tema. Si no hubiesen conocido la historia de Cristo, de seguro que habrían guardado silencio. Aún así son parcos.
—Nada en común tienen los hombres con estas hediondas alimañas, Rossi. Son subproductos de la naturaleza. Así como me he negado a mostrarles el cohete, me niego a considerarlos mis semejantes.
—Cuesta aceptarlo, capitán —apoyó Nasokov, el astrogador jefe.
—Y esa profecía, ¿qué ecos ha despertado entre estas bestias?
—Sólo expectación, la que fue interrumpida por nuestra llegada.
La mayoría de los dumis encontraban ridícula la historia. Pero como el traductor electrónico captaba a medias las voces de su infernal idioma, lo averiguado por Rossi, llenando los vacíos con conjeturas, hacían un todo vago. La doctrina del profeta parecía similar a la del Mesías terrestre: amor al prójimo, humildad, rechazo de los bienes materiales en beneficio de la vida eterna, etcétera. También realizó algunos portentos que podían considerarse milagros: profetizó el arribo del Tierra y se opuso al ataque del cohete. Se acarreó así la enemistad de la mayoría; ahora nada querían saber de él. Incluso se hablaba de eliminarlo, para que dejase de perturbar al pueblo dumi.
—Cuenta con algunos fieles, además de un grupo de discípulos, pero tan apáticos que estoy seguro que a la primera lo abandonarán.
—A estos bichos nadie los hará entender, Rossi. Los desequilibrados, esos que creen poder arreglar el mundo, existen en todas partes, así sean gusanos los pobladores de un planeta. Pero los dumis nunca podrán comprender ni los más mínimos principios de convivencia. ¡Se comen entre ellos!
—Sí —asintió Rossi—, arreglan sus malos entendidos en combates singulares, y el vencedor, luego de elegir las presas más apetitosas, deja el resto a la «colectividad». Y se va solo a banquetearse.
—Desconocen la ley y la política. —El capitán acompañaba sus palabras con enérgicos movimientos de sus cortos brazos—. Sólo se unieron para atacarnos, pero sin elaborar ningún plan previo, porque ni para eso les da.
—Pero en más de una ocasión han venido a solicitar su juicio, capitán. Eso ya es algo: toman en serio su papel de súbditos.
—Porque no quieren hacer frente a ninguna responsabilidad. Hemos reemplazado sus rudimentos de gobierno en forma ventajosa para ellos: siguen disfrutando de su libertad, haciendo todas las fechorías que les place, a sabiendas que no intervendríamos en sus asuntos así decidieran devorarse mutuamente en una sola orgía. Lo cual sería una espléndida solución, ¿no? Porque he de decirles una cosa: durante la colonización de este planeta no va a quedar ni un dumi vivo. Estamos procediendo en forma humanitaria porque todavía no ha llegado el momento de poner las cosas en su lugar. Pero cuando los hombres vengan en busca del espacio vital que está faltando en nuestro mundo, comenzará la matanza. Supervivencia, muchachos, nada más. El hombre no va a compartir con el dumi este magnífico planeta, susceptible de colonizar sin recurrir a costosos métodos artificiales.
Las palabras del capitán resonaron con un eco definitivo. Una de la lunas —inmensa como una rueda de molino—, con sus llanuras festoneadas de rojo y gualda, desérticas como las del satélite terrestre, emergía en esos instantes del arenal. Su luz tornasolada envolvió al Tierra con un gélido manto.
—¿Qué ocurre?
En la pantalla apareció el rostro de uno de los hombres que montaban guardia.
—El centinela ha detectado un grupo de dumis que se dirige hacia acá, capitán. ¿Qué hacemos?
El capitán pareció asombrado.
—Yo les hablaré.
En breves segundos el explorador, sostenido por su silencioso rotor, se detuvo sobre los dumis. Un haz de luz deslumbró a los monstruos. Retrocedieron agitando sus múltiples brazos.
—¿Qué desean? ¡No deben aproximarse ni un metro más!
El traductor irradió las palabras de Ortúzar por medio del parlante del autómata. Uno de los dumis —que en nada se distinguía del resto— silbó su respuesta, la cual fue captada por los micrófonos del helicóptero.
—Hemos capturado a un individuo que se hace pasar por profeta. Como ha conseguido engatusar a una parte de nuestro pueblo, deseamos que usted nos autorice para sacrificarlo ante el peligro que separe al pueblo dumi y acarree una guerra.
—¿Desde cuándo están tan melindrosos? —preguntó el capitán a Rossi—. ¿No se matan a diario entre ellos para almorzarse sin consultarnos?
—Únicamente por razones personales, o cuando tienen mucha hambre, capitán. Nunca ha habido guerras entre los pueblos dumis.
—Ah, tienen sus principios.
Permaneció pensativo unos instantes. La muchedumbre, enfocada por el ojo electrónico, esperaba inmóvil la sentencia.
—¿Y si de verdad fuese el redentor? —exclamó el arqueólogo.
—¿Y qué?
—Pues significaría, ni más ni menos, que usted estaría haciendo el papel de Poncio Pilato, capitán.
Ortúzar se mordisqueó las uñas y miró a sus hombres, que guardaron silencio.
—¿Y qué más da después de todo? Ellos sabrán lo que hacen.
—No es tan simple, capitán —replicó Rossi—. Por mucho que pertenezca a una especie repulsiva, ese profeta trata de predicar buenas cosas. Quizá su doctrina cambie a este pueblo. Yo que usted no daría un juicio así a la ligera.
—Sí, es cierto. Me están poniendo en un aprieto.
—Dígales que esperen unos minutos.
El capitán Ortúzar, por primera vez en sus cuarenta años de vida, vacilaba. Pero se decidió a seguir el consejo de Rossi. Los dumis contestaron que esperarían allí su decisión.

Ortúzar comenzó a pasearse por la sala de mando. Observó el instrumental reluciente, los complejos cuadrantes, las palancas y botones policromos, las pantallas de radar y televisión, todo el maravilloso instrumental capaz de conducir la astronave a través del Cosmos sin la intervención humana.
«Están condenados. Cualquiera sea mi decisión, en nada alterará su futuro. Les haría un favor si me opusiese al sacrificio de ese profeta. Si una astronave hubiera llegado a la Tierra en vísperas del Gólgota, y su capitán hubiese evitado la Crucifixión, la humanidad no hubiera tenido que esperar tanto tiempo la llegada de la tecnología.»
Se detuvo frente a la biblioteca y, presionando un botón, susurró el nombre de Poncio Pilato ante el micrófono. Una voz impersonal reseñó la biografía del tetrarca.
«¡Qué estúpido! Por eludir responsabilidades perdió la oportunidad de convertirse en el más grande benefactor de la humanidad. ¡Una lavada de manos que sumergió al mundo en quince siglos de tinieblas! Que desencadenó un período de estúpidas guerras religiosas para imponer cosas abstractas, sin ningún resultado positivo.»
Miró el televisor: en la pantalla, el sombrío grupo.
«¡No hay escapatoria para ustedes! En dos siglos más serán destruidos.»
Se asomó a la ventana. La luz, alta sobre el horizonte, interponía una cortina invisible sobre las nacientes estrellas, tornándolas tenues, casi imperceptibles. Sólo la gran estrella, la nova, mantenía su radiante fulgor. Muy pronto el segundo satélite haría su aparición; en el horizonte un resplandor rojizo, como un gigantesco domo transparente, anunciaba su salida.
«Si Dios existe, no cabe duda que se olvidó de los dumis. Y si es que espera mi sentencia en Su Hijo, es evidente que llegó demasiado tarde. ¡Nada podrá hacer para salvar a su pueblo! Sin embargo...»
El capitán se golpeó la frente.
«¡Casi se me va! No debo permitir que ese profeta muera.»

El arqueólogo, Murchinson, y los dos astrogadores se aproximaron al capitán.
—Señores, me opondré al sacrificio de ese profeta.
Se produjo un corto silencio, que interrumpió Rossi:
—¿Está seguro de lo que hace, capitán?
—No se ponga suspicaz, Rossi —rió el capitán—. ¿Cree que trato de hacer una sutileza teológica? No. Soy práctico ante todo: la doctrina de ese profeta convertiría a los dumis en seres mansos y humildes. Y todavía en la Tierra quedan espíritus retrógrados que, por ese motivo, se opondrían a su exterminio. Sería fatal: los dumis, a la larga, como hijos autóctonos de este mundo, podrían llegar a asimilar nuestros conocimientos y reducir a los hombres, que tendrían en su contra el hecho de ser trasplantados. ¿Han comprendido? Supervivencia, señores. Debemos mirar más adelante y no conformarnos con la labor de meros exploradores. Mi decisión será trascendental para la raza humana, porque no les dejaremos irritantes problemas.
De nuevo fue el arqueólogo el que habló, en vista del silencio de los demás:
—¿No le parece que extrema su acuciosidad, capitán?
—Yo creo que el capitán tiene razón —terció Murchinson—: me parece una idea excelente.
—A mí también —dijo Nasokov.
Los otros asintieron por turno.
—¿Y qué piensa hacer con el profeta y sus discípulos? —preguntó Rossi.
—Encerrarlos en la bodega y llevarlos a la Tierra, simplemente. Servirán de muestra. Es la única manera de garantizar su supervivencia.
—Es que en la Tierra se formarían una excelente impresión de los dumis con esa muestra, capitán —insinuó Rossi.
Ortúzar montó en cólera:
—¡Yo mando aquí, Rossi! Si es preciso mataré a esos bichos una vez que nos encontremos en el espacio para evitar lo que usted dice. ¿O piensa que no lo había previsto?
El capitán se dirigió al televisor y habló con voz seca:
—Mi sentencia es ésta: deben ustedes entregarme al profeta de inmediato.
La respuesta pareció irritada, aunque temerosa:
—¿Podríamos conocer los motivos de esa decisión?
—No; esa es mi sentencia, y deben acatarla.
—Señor, en este caso especial creemos que usted debe explicar al pueblo dumi las razones que lo movieron a dar ese juicio.
—¿Qué me dicen ustedes? —El capitán se volvió a sus hombres entre divertido y amoscado—. ¿Darles explicaciones a esos engendros? ¡Tienen cada ocurrencia!
Y añadió, dirigiéndose a los monstruos:
—En este caso especial, queridos dumis, se hará lo que yo ordene. Y juro que si no obedecen los exterminaré a todos. ¿De acuerdo?
Los dumis cambiaron palabras en voz baja. El capitán no perdía de vista al profeta, el cual se distinguía por un raro adorno que surgía de su cabezota.
—Usted manda, señor —la voz llegó incolora a través del parlante—. Creemos que esto es una arbitrariedad porque...
—¡Basta! —rugió el capitán—. Hagan avanzar al profeta y sus discípulos. Y ustedes, a retroceder. ¡Cuidado con intentar una traición!
De mala gana el grupo se abrió para dejar paso a los condenados.
—¡Apúrense! ¡Antes que me arrepienta!
Los quince dumis se alejaron de sus captores, y avanzaron en desordenado tropel hacia el cohete.
—Capitán —tartamudeó Rossi—, dé contraorden. Está cometiendo un error...
Rossi tropezó con una saliente del panel de instrumentos y perdió el equilibrio. Al tratar de recuperarlo dio la impresión de abalanzarse sobre Ortúzar. Nasokov, el más próximo, reaccionó en un abrir y cerrar de ojos: resonó un golpe seco, y Rossi, alcanzado en el mentón, cayó al suelo. Hizo un débil esfuerzo por incorporarse y volvió a desplomarse pesadamente.
—Déjenlo ahí —ordenó el capitán. Y mandó a los que montaban guardia en la cámara de acceso—: Apréstense a recibir al Hijo de Dios. En cuanto haya entrado, tráiganlo a mi presencia.
Agregó, dirigiéndose a los otros:
—Trataré de contener el asco en vista a la personalidad que nos visita.

El grueso de la tripulación dormía. La monstruosa criatura ingresó bamboleándose en el recinto. Recordaba a los arácnidos y lagartos, paralelamente. Cabeza grande, poliédrica, de donde surgían, por cuatro lados, otros tantos ojos de múltiples facetas y raras antenas vibrátiles. Numerosos tentáculos articulados, rematados en extrañas garras afiladas, recubiertos de cerdas, entre los cuales relucían gotículas verdosas, como rocío en el pasto, emergían del informe cuerpo. Placas de una sustancia durísima, parecidas a élitros, protegían sus flancos, pecho y espaldas. Caminaba semierguido, apoyándose en un haz de patas cortas y delgadas. La oscura tonalidad del monstruo contribuía a acentuar su fealdad.
Sucesivamente penetraron en el cohete los catorce discípulos, y el dantesco grupo, en el centro de la cámara, ofreció un aspecto que habría podido denominarse de humildad, de haber sido posible asimilar sus actitudes a las humanas. Un olor acre y repulsivo se esparció por el ambiente, a pesar del aire acondicionado.
—Que el profeta, ese que tiene adorno en la cabeza, suba —ordenó el capitán—. Los demás deben esperar ahí hasta nueva orden.
Rossi fue arrastrado fuera de la sala de navegación: aún no recuperaba el conocimiento. Los otros mantenían los ojos fijos en el ascensor: se abrió la puerta de corredera e hizo su entrada el dumi. Avanzó con cierta majestad, desplazándose con esa curiosa manera de sus congéneres, que parecían caminar al sesgo. Los hombres tuvieron que reprimir un gesto de pavor. El capitán lo conminó a detenerse a una prudente distancia.
—Bueno, imagino que usted estará agradecido con nosotros por haberlo salvado de una muerte segura.
Al decir esto el capitán hizo un rápido guiño a Murchinson, diciéndole entre dientes:
—¿Hablará en parábolas esta alimaña?
—Ciertamente —replicó el profeta. Es decir, emitió una serie de silbidos y chirridos, mezclados con un vagido prolongado, que rebotó en los rincones de la sala. El traductor cumplió su misión en una milésima de segundo y una voz humana, opaca y metálica, retransmitió la respuesta—. No esperábamos menos de la bondad humana.
—¡Ah! —exclamó el capitán. Ahora fueron voces electrónicas, capaces de reproducir con mucha fidelidad la fonética dumi, las que salieron por el parlante. El esperpento torció cómicamente la cabeza para escuchar mejor—: Significa eso que mi intervención no ha contrariado sus planes.
—Hace mil años —replicó el dumi— se hizo una profecía en nuestro pueblo: que los dumis serían redimidos el día que llegaran unos seres del más allá. La primera parte de esa profecía se ha cumplido: los hombres llegaron a nuestro mundo.
—¿La conocía usted, Rossi? —preguntó el capitán, buscando al arqueólogo con la vista. Sólo entonces recordó que aquél dormía en su camarote. Hizo un gesto de contrariedad, y volvió a interpelar al profeta—: ¿Qué más decía esa profecía?
—Que esos seres, pertenecientes a una raza superior, ya redimida, arribarían a nuestro planeta precisamente por la época en que yo estaría predicando mis doctrinas. También se ha cumplido esa parte.
El capitán se puso nervioso. Algo marchaba mal. ¿Por qué tenía que estar conversando con aquél fétido bicho? Ya había cumplido su propósito: estaba en su poder.
—Por último —prosiguió el dumi—, que esos seres tratarían de evitar nuestra redención, oponiéndose a que yo fuese sacrificado.
—¡Oliveira, Fresnay! —rugió el capitán, asaltado por una repentina sospecha.
No alcanzó a completar la orden: el profeta se precipitó sobre él. Ortúzar sacó la pistola e hizo fuego. El monstruo reventó en una nube de humo rojo. Tosieron los hombres, asfixiados por el nauseabundo hedor. Cayeron a tierra, donde se quedaron inmóviles, esfumados sus cuerpos tras la niebla escarlata.

El capitán volvió en sí: se encontró maniatado en una silla. Ante sus ojos, semivelados aún por el narcótico, adquirió forma uno de los dumis. Ahogó un gemido. Varios monstruos deambulaban por la vasta sala, examinando curiosos el panel de instrumentos. No lo tocaban: se limitaban a mirarlo, intercambiando comentarios por lo bajo, que el traductor electrónico no alcanzaba a captar. Persistía en el ambiente el hedor del dumi volatilizado, aunque el acondicionador de aire seguía funcionando. Una garra informe, velluda, saturada de gotícula, se agitó ante sus ojos. Ortúzar echó la cabeza atrás para alejarse de la bestia. Al mirar en derredor, en busca de auxilio, pudo ver a sus compañeros, también atados, que empezaban a recuperar la conciencia. Pero no tuvo tiempo de seguir observando. Algo le rozó el cuerpo: una lanceta roja, larga como un florete, surgida de una de las extremidades del dumi, se proyectaba sobre su pecho. Sintió la aguzada punta del aguijón presionándolo con suavidad. En sus oídos resonaron simultáneamente las sibilantes palabras del engendro, y la voz metálica del traductor.
—Desconecte las alarmas y abra las puertas.
La orden no admitía réplica ni dilación. Ortúzar se dirigió al panel, y accionó varias palancas. Apoyada contra su columna vertebral sentía el extremo del punzón. Las ataduras le permitían mover las manos con cierta desenvoltura. Vagamente cruzó por su imaginación la idea de poner en marcha los reactores: la aceleración del cohete reduciría a la impotencia a sus captores, aunque también los hombres sufrirían los efectos de la inercia. Pero comprendió que la lanceta lo atravesaría antes que el Tierra, impulsado por el chorro atómico, comenzara a elevarse.
—Vuelva a su sitio —ordenó el dumi.
Otro dumi se asomó al ventanal para avisar a los de afuera que las escotillas estaban abiertas.
—Habéis mirado en menos a los dumis, hombres —dijo entonces el que hacía las veces de jefe, el mismo que amenazara al capitán, sin duda uno de los apóstoles—. Si bien desconocemos los secretos científicos y técnicos de los humanos, somos grandes sicólogos. ¿Qué mejor que hacerles creer a los hombres que el Hijo de Dios había llegado a predicar sus doctrinas entre nosotros? El hombre no perdería la oportunidad de burlarse de Dios: en su retorcida mente nacería la ocurrencia de oponerse al sacrificio del Redentor. ¡Una demostración que el Hacedor había sido superado! Porque aquél que usted mató, capitán, no era profeta ni el Hijo de Dios; era sólo un dumi corriente. Él y nosotros, sus «discípulos», ingerimos ciertas plantas que, de ser volatilizados nuestros cuerpos por vuestras malditas armas, esparcirían un gas que os reducirían a la impotencia, pero sería inofensivo para nosotros. El éxito superó nuestras expectativas: vuestros ingeniosos sistemas de ventilación llevaron rápidamente ese gas a todo el cohete antes de purificarlo, y todos los tripulantes quedaron a nuestra merced en cosa de segundos. Como ustedes ven, el que murió nos ha redimido.
—¿Redimido? ¿Qué quieres decir? —tartamudeó el capitán.
—Nos ha redimido de ustedes. Escuchen: dentro de doscientos años terrestres, cuando los hombres, cansados de vuestro silencio, lleguen aquí, estaremos en condiciones de hacerles frente. Porque ustedes nos enseñarán todos sus conocimientos y nos convertiremos en un pueblo altamente civilizado. E impediremos que la especie humana pise nuestros territorios.
—¿Y la profecía?
—No conocíamos profetas ni redentores. Vengan.
El grupo de prisioneros fue conducido a la ventana de observación. Miles de dumis —fieras siluetas que se movían bajo la luz policroma de las lunas— rodeaban al Tierra; muchos entraban en su interior a través de las abiertas escotillas.
—Capitán —balbuceó Rossi—, cuando Nasokov me golpeó quería advertirle una cosa.
—¿Qué?
—Según las tradiciones bíblicas, la redención, debido a su origen divino, no puede ser impedida por nadie.
Ya en descenso la gran nova, opacada por las lunas, cintilaba tenue sobre el desierto.

[align=center]Fin[/align]
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor pablom » Dom Jul 31, 2011 4:36 pm

"Según las tradiciones bíblicas, la redención, debido a su origen divino, no puede ser impedida por nadie."
Así que desde esa perspectiva, Pilatos sólo hizo lo que tenía que hacer; lejos está de ser un tema personal...
Excelente cuento.
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Mar Ene 03, 2012 9:39 pm

Actualmente las fotos son digitales, pero los antiguos podemos recordar esas horrorosas antiguas fotos de carné.

[align=center]La foto, un cuento de Mijail Zoschenko.[/align]

Este año necesité una foto para un carné. No sé cómo debe ser en otras ciudades, pero en la nuestra, en provincias, retratarse para una foto no es cosa sencilla ni habitual.
Aquí tenemos una casa de fotos artísticas. Pero esta casa, además de los ciudadanos particulares, retrata también a grupos y eventos. Y tal vez por eso uno debe esperar demasiado tiempo para recibir su encargo.
Así pues, siendo yo más una persona privada que un grupo o evento, me ocupé con tiempo de este cometido y me retraté dos meses antes del plazo convenido.
Cuando me entregaron mis fotos me asombró lo poco parecido que había salido. Tenía ante mí a un sujeto avejentado y de una apariencia carente de todo interés.
De modo que le dije a la empleada que me entregó las fotos:
—¿Cómo es que retratan así a la gente? Mire usted qué rayas y qué arrugas corren por toda la cara.
Y la empleada contesta:
—Es una foto como otra cualquiera. Además, debe usted tener en cuenta que el retocador de fotos está de baja. No hay nadie para borrar los defectos de su apariencia antifotogénica.
Y el fotógrafo, que se encontraba tras la puerta, añade:
—¿Qué es lo que no le gusta a este marrullero?
Y yo replico:
—Pues que no me ha sacado usted muy bien que digamos, querido. Me ha desgraciado la cara. ¿O le parece que yo soy así?
El fotógrafo dice:
—Yo retrato a artistas de opereta y ni ellos se enfadan tanto. Y ahora me sale éste con que tiene demasiadas arrugas... El objetivo tiene demasiado contraste y mucho relieve... De modo que si no entiende de técnica, no se meta a crítico.
Y yo le digo:
—¿Y para quiero su relieve en mi cara? Hágase cargo. Me bastaría retratarme simplemente como soy, le digo. Que se me pueda mirar, digo yo.
Y el fotógrafo añade:
—Y aún se quiere mirar, el tipo. Lo han retratado y él además quiere mirarse en la foto. Caprichitos, con los tiempos que corren. Ve los defectos. Pues no, lamento mucho haberlo retratado tan decentemente. La próxima vez le sacaré de tal manera que se pondrá usted a llorar ante su foto.
No me puse a discutir con él. Qué importa qué foto haya en el pase, me dije. Igualmente todos me ven como soy.
Con estas reflexiones me llegué al cuartelillo. El sargento de la milicia se puso a pegar la foto a mi pase. Pero va y dice:
—Me parece que este de la foto no es usted.
—¿Dónde ve que no soy yo? —le digo—. Le puedo asegurar que soy yo. Pregúnteselo al fotógrafo, él se lo confirmará.
A lo que el sargento replica:
—Si cada vez tengo que preguntarle al fotógrafo esto será el acabóse. No, yo quiero ver en la foto a la persona indicada. En cambio aquí observo algo completamente distinto. Aquí aparece alguien más parecido a un enfermo de tifus. No tiene ni mejillas. Vaya usted a hacerse una foto nueva.
—Camarada sargento —le digo—, entiéndame.
—No, no —dice—no quiero oír nada. Hágase otra foto.
Me voy corriendo al taller de fotografía. Y le digo al fotógrafo:
—Ya ve lo mal que retrata usted. Hasta se niegan a pegar su producción.
A lo que el fotógrafo replica:
—La producción es de lo más normal. Aquí, claro está, lo único que hay que tener en cuenta es que para usted no habíamos encendido toda la iluminación. Le hemos retratado con una sola bombilla. Y merced a esta particularidad, las sombras han caído sobre su cara y se la han oscurecido. Pero, sin embargo, no lo han oscurecido hasta el punto de que no se ve nada. Por ejemplo, las orejas han salido como es debido.
—De acuerdo —le digo—, las orejas están, pero las mejillas ¿dónde han ido a parar? Porque las mejillas, le digo, deben verse como una parte constituyente de la cara humana.
A lo que el fotógrafo dice:
—No sé, sus mejillas no se las ha tocado nadie. Yo tengo las mías.
—Entonces —le digo— ¿dónde están las mías? Me refiero a las mejillas. Me he pasado, le digo, dos semanas en una casa de descanso. Me he echado encima cuatro kilos. Y usted, en cambio, con su retrato, Dios sabe lo que me ha hecho.
Y el fotógrafo dice:
—¿Pero qué dice? ¿Me he llevado yo sus mejillas? Me parece que se lo he dicho bien claro, sobre sus mejillas han caído unas sombras. Y por esta razón se han esfumado
Y yo le digo:
—¿Y ahora yo qué hago sin mis mejillas?
—Eso es asunto suyo me dice—. Porque otra foto yo no se la hago. Si tuviera que retratar de nuevo a todo el mundo perdería el premio de producción y no cumpliría el plan. Y para mí el plan es mucho más importante que su apariencia antifotogénica.
Los presentes me dicen:
—No ponga usted nervioso al fotógrafo. Porque si no, hará peor las fotos.
Y uno de clientes me informa:
—Vaya usted al mercado. Allí hay un fotógrafo que retrata con un aparato «Cañón».
Corro al mercado. Encuentro al fotógrafo. Y éste me dice:
—No, yo sólo retrato si me traen el papel. Sin papel mejor que ni venga a verme, porque no lo voy a retratar. En cambio, con papel le saco. Y si tiene usted un plumón, también le saco. Porque me ha venido a ver mi tía de Barnaúl y para dormir no tiene con qué taparse.
Ya quería marcharme, cuando oigo que un vendedor me llama.
Y me dice:
—A ver, acércate a mi tienda. Que yo ya tengo lista mi producción.
Miro y veo que, en efecto, tiene sobre un periódico dispuestas todo tipo de fotos diferentes. Hasta un número de trescientas.
Y el vendedor me dice:
—Elige la que quieras y haz con ella lo que te apetezca. Como si te la quieres pegar en la frente. Espera, yo mismo te la elijo. ¿Cómo la quieres por el tamaño o por el parecido?
—Por el parecido —le digo—. Lo único que elígeme una que tenga mejillas. Y el otro me dice:
—Puede ser con mejillas. Sólo que entonces te costarán cinco rublos más. A ver, toma esta foto. No la encontrarás mejor. Tiene mejillas y no se puede decir que carezca de cierto parecido.
Pagué trescientos rublos por dos fotos y me dirigí al cuartelillo.
El sargento de la milicia se pone a pegar la foto. Pero luego dice:
—Pero si es mujer.
—¿Dónde ve usted una mujer? —le digo—. Es un varón con chaqueta.
Y el sargento dice:
—¿Cómo puede ser, maldita sea, un hombre, si lleva un broche en el pecho? Justamente por este broche es por donde yo he visto que se trata de una mujer.
Miré bien la foto y vi que en efecto era una mujer con un jersey de punto bajo la chaqueta. En el pecho un broche con un paisaje. Aunque el peinado era de hombre. Y las mejillas se parecían a las mías. El sargento me dice:
—Preséntese usted con unas fotos verdaderas. Y si me viene usted de nuevo con un retrato de mujer o de niño, dudo mucho que salga usted de aquí, por cuanto me empiezo a barruntar que usted quiere esconderse bajo una apariencia ajena.
Toda una semana me la pasé como envuelto en la neblina. Busqué y rebusqué dónde podía retratarme. Y al octavo día, mientras hablaba con un fotógrafo, me sentí mal. Me sacaron al jardín, me tumbaron en la hierba para que me diera el aire. Al volver en mí, me dirigí al cuartelillo. Coloqué sobre la mesa sus fotos sin mejillas y le dije al sargento:
—Esto todo lo que tengo, camarada sargento. Y no se prevé que consiga nada diferente.
El sargento miró las fotos, luego me miró a mí y dijo:
—Esta vez sí que ha salido usted pasable. Se le parece.
Le quise decir que no me había retratado de nuevo. Pero luego me miré en un espejo y en efecto vi que me parecía un poco. La cosa había resultado.
Y el sargento entretanto decía:
—Y aunque en las fotos se le ve algo más escuchimizado de lo que está en realidad, pero, me dice, creo que dentro de un año coincidirá con ellas.
A lo que yo le repliqué:
—Coincidiré antes, porque he de fotografiarme de nuevo para el carné de viajero, para el carné del partido y para mandárselas a mis parientes.
Entonces el sargento pegó mi foto y me felicitó efusivamente por haber conseguido el carné.
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor pablom » Mié Ene 04, 2012 11:23 pm

Zoschenko... ¡Otro ruso! Y van...
Personalmente debo a Jenofonte el feliz conocimiento de Bulgákov y quién sabe de cuántos rusos más, ello a través de la recomendación personal y también a partir de un tema de BV que se llamaba "Otros escritores rusos" o algo así.

La proliferación de carnets, la economía de recursos para ciertos sectores, el "plan" y la forma en que este ruso nos muestra la burocracia soviética con una sonrisa pero no sin angustia.

Otro ruso querible.

Saludos.

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