Simplificando mucho pero mucho la cosa sería el período que va entre el clasicismo y el modernismo.
Para que en dos palabras nos entendamos, en orden cronológico, la música clásica más o menos conocida (por mí) comprende:
(No me pidan que empiece con la música del Renacimiento o más atrás, por favor...):
1.- El barrocco: incluye a Bach y a todo lo demás; es decir a Vivaldi, Albinoni, Couperin (y su insoportable clavecín), Händel, Corelli y los “Concerto grosso”.
2.- El clasicismo: Mozart, Haydn y el primer Beethoven y por ende no mucho más que decir.
3.- El romanticismo: Incluye la mayor parte de Beethoven, a Chopin, Schubert, a los extraordinarios rusos Glinka, Rimski-Kórsakov y Tchaikovski y casi todo lo que me gusta.
4.- El modernismo (o música clásica contemporánea, o del Siglo XX) es el de Debussy, Ravel, el denso de Mahler, Prokófiev, Shostakóvich, Stravinski, y el dodecafonismo, o sea la parte en que empiezo a extrañar el Renacimiento.
Este breve racconto tiene como fin adicional despejar cualquier tipo de duda acerca de mi intención de escribir un artículo de tipo académico.
Y bien, la obra que elegí corresponde al cuarto movimiento del Quinteto para piano en la mayor de Franz Schubert (conocido como “La trucha”).
Uno de los motivos de la elección, además de compartir algo de Schubert (romántico por donde se lo mire), es poder apreciar los distintos instrumentos tocando un mismo tema y sus variaciones. Y cómo dialogan entre ellos. Y todo.
La cuestión es que la versión tiene a Daniel Barenboin en piano, a Jacqueline Du Pre en violoncelo, a Itzhak Perlman en violín, a Zubin Mehta en contrabajo y a Pinchas Zuckerman en viola.
Esto es lo que en fútbol se llama “tener robo”.
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