El molino encantado o La casa en ruinas
(Historia del doctor)
De: Contado después de la cena y otros cuentos, Jerome K. Jerome
Bien, todos ustedes conocen a mi cuñado, el señor Parkins, (comenzó el señor Coombes, sacándose de la boca su larga pipa de arcilla, y llevándosela tras su oreja; no conocíamos a su cuñado, pero dijimos que sí, por ahorrar tiempo), y desde luego saben que una vez alquiló un viejo molino en Surrey, y se fue a vivir allí.
Asimismo, deben saber que, hace años, dicho molino estuvo habitado por un viejo ruin y avaro, que murió allí, ocultando —se rumoreaba— todo su dinero en algún lugar cercano. Como es natural, todos los que, desde entonces, vivieron en el molino trataron infructuosamente de encontrar el tesoro; y los sabelotodo del lugar afirmaban que nadie daría con él, a menos que, llegada la ocasión, el fantasma del molinero avaro tomase en estima a alguno de los inquilinos y le revelase el secreto de su escondite.
Mi cuñado no daba mucha importancia a dicha historia, considerándola simples habladurías de vieja, y, a diferencia de sus predecesores, no hizo ningún intento por descubrir el oro oculto.
—A menos que entonces el negocio fuera bien diferente de lo que es ahora —decía mi cuñado—, no veo cómo bien pudo haber ahorrado algo, no importa cuán avariento pueda haber sido; de todas formas, no lo suficiente como para compensar la molestia de buscarlo.
A pesar de todo, no podía del todo olvidarse de la idea de aquel tesoro.
Una noche se fue a la cama. Hasta aquí nada de extraordinario, admito, pues a menudo iba a acostarse de noche. Lo notable fue, sin embargo, que en cuanto el reloj de la iglesia de pueblo tocó la última campanada de las doce, mi cuñado se despertó sobresaltado y se sintió incapaz de conciliar el sueño de nuevo.
Joe (su nombre de pila era Joe) se incorporó sobre el lecho, y lanzó una mirada alrededor.
Al pie de la cama algo permanecía inmóvil, oculto tras la sombra.
Se movió hacia la luz de luna, y entonces mi cuñado descubrió la figura de un viejecito arrugado, en pantalones bombachos y con una larga coleta.
En ese instante, la historia del tesoro escondido y el viejo avaro fulguró en su mente.
—Ha venido a mostrarme dónde lo tiene escondido —dedujo mi cuñado; y resolvió que no gastaría todo el dinero en sí mismo, sino que dedicaría una pequeña parte en hacer el bien a los demás.
La aparición se movió hacia la puerta: Mi cuñado se puso los pantalones y lo siguió. El fantasma bajó la escalera directo a la cocina, avanzó hasta la chimenea, se plantó delante, suspiró y desapareció.
A la mañana siguiente, Joe tenía un par de albañiles en casa, a los que mandó echar a un lado los fogones y tirar abajo la chimenea, mientras esperaba detrás con un saco de patatas donde guardar el oro.
Derribaron mitad de la pared, y no hallaron siquiera un mísero cuatro-peniques. Mi cuñado no sabía qué pensar.
La siguiente noche, el viejo apareció de nuevo, y de nuevo se dirigió a la cocina. Esta vez, sin embargo, en lugar de ir al fogón, se detuvo en el centro de la estancia, y allí suspiró.
—Oh, ahora ya veo lo que quiere decir —reflexionó mi cuñado—; se encuentra bajo el piso. ¿Por qué el viejo idiota se detuvo delante de la estufa, haciéndome pensar que se escondía sobre la chimenea?
Empleó el día siguiente en levantar el suelo de la cocina; pero lo único que hallaron fue un tenedor de tres puntas, cuyo mango estaba roto.
A la tercera noche, reapareció el fantasma, casi imperturbable, y por tercera vez partió rumbo a la cocina. Llegado allí, contempló el techo y desapareció.
—¡Hum! Parece algo desorientado y no está muy convencido de dónde se halla —masculló Joe, mientras regresaba despacio a la cama—; debí pensar que sucedería eso desde el principio.
Así y todo, parecía no haber dudas ahora sobre donde se escondía el tesoro, y nada más desayunar comenzaron a echar abajo el techo. Removieron cada pulgada del techo, llegando hasta los tableros del piso de arriba. Y encontraron casi tanto dinero como el que se esperaría hallar dentro de una olla vacía de un cuarto de galón .
La cuarta noche, cuando el fantasma se apareció, como de costumbre, mi cuñado reaccionó salvajemente arrojándole sus botas; y las botas atravesaron el cuerpo, y rompieron un espejo.
La quinta noche, cuando Joe se despertó, como siempre le sucedía ahora a las doce, el fantasma se hallaba cabizbajo, con aire afligido. En sus grandes ojos tristes brillaba una mirada que realmente conmovió a mi cuñado.
—Después de todo —pensó—, el pobre tipo lo hace lo mejor que puede. Tal vez haya olvidado dónde lo puso en realidad, y trate de hacer memoria. Le daré otra oportunidad.
El fantasma pareció agradecido y muy contento en ver como Joe se disponía a seguirle, y lo guió hacía el ático, donde señaló el tejado y desapareció.
—Pues bien, esperemos que esta vez haya acertado —dijo mi cuñado; y al día siguiente se pusieron manos a la obra para levantar el tejado.
Emplearon tres días para remover el techo por completo, y todo lo que hallaron no fue sino el nido de un pájaro; después, protegieron la casa de las inclemencias cubriéndola con lonas.
Cualquiera presumiría que esto lo hubiese curado al pobre tipo de su búsqueda del tesoro. Mas no fue así.
Determinó que algo debía existir tras todo aquel asunto, o de lo contrario el fantasma no hubiera continuado manifestándosele como hizo; y así, llegado ya tan lejos, continuaría hasta el final, y resolvería el misterio, costara lo que costase.
Así, noche tras noche, saldría de su cama y seguiría al viejo espectro impostor por la casa. Cada noche, el viejo le indicaría un lugar diferente; Y, cada día siguiente, mi cuñado procedería a poner patas arriba el molino en el punto indicado, y buscar el tesoro.
Al cabo de tres semanas, no hubo estancia en el molino digna de habitar. Cada pared había sido echada abajo, cada piso levantado, cada techo agujereado. Y entonces, tan repentinamente como habían comenzado, las visitas del fantasma cesaron; y mi cuñado fue dejado en paz, para reconstruir el lugar a su acomodo.
¿Qué indujo a este viejo espectro a gastar una broma tan tonta a un padre de familia contribuyente? ¡Ah!, es precisamente algo a lo que no hallo respuesta.
Algunos aventuraron que el fantasma de aquel miserable viejo había actuado así para castigar a mi cuñado por no haber creído en él desde un principio; en cambio, otros sostenían que probablemente se tratase del aparecido de algún fontanero o vidriero local ya fallecido, preocupado, como es natural, ante el ruinoso estado de abandono de la casa. Pero nadie sabía nada con certeza.


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