El amor y la gimnasia

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El amor y la gimnasia

Notapor Jenofonte » Vie Jul 16, 2010 6:13 pm

Es escritor italiano Edmundo de Amicis es muy conocido por su famoso libro Corazón, pero su obra no se limita a ese libro. También es autor, por ejemplo, de la novela El amor y la gimnasia, que cuenta la historia de un esmirriado secretario que se enamora de una muy atlética profesora de gimnasia y deberá, intentando hacerse notar por ella, arriesgarse a hacer algo bastante ajeno a su persona, el agotador ejercicio físico.

En la esquina de calle de los mercaderes, el secretario hizo una profunda reverencia al ingeniero Ginoni el ingeniero, quien le respondió con su habitual - ¡Buenos días, querido secretario - Después se dirigió a la calle de San Francisco de Asís, para volver a casa. casi veinteminutos para las nueve: era asi casi seguro que encontraría en la escalera lo que deseaba encontrar.
A diez pasos del portón se encontró con el bigotudo profesor de gimnasia Fassi, quien leía unas pruebas de imprenta; éste se detuvo y mostrándoles las hojas le dijo que revisaba el borrador de un artículo acerca de la barra fija escrito por la maestra Pedani, para el periódico de gimnasia "La Nueva Competición", del cual es uno de los principales redactores.
- Está muy bien - añadió - lo que dice. No necesita un solo retoque. ¡Ah! Es una verdadero maestra de gimnasia. No me refiero a lo que escribe: cada uno tiene sus habilidades. Además, en la gimnasia, como ciencia, el cerebro de una mujer no lo logra, ya se sabe. Pero como artista, no hay otra. Sí, la madre naturaleza la ha producido para eso: le dió un esqueleto con las proporciones más perfectas que he visto nunca, una caja toráxica que es una maravilla. La via yer realizar rotaciones del torso, que hacía como experimento. Tiene la flexibilidad de una niña de diez años. ¡Y vengan a decir a los señores de gimnasia estética que la gimnasia deforma al bello sexo! transforma el bello sexo! Si maneja las pesas como un hombre, teniendo el más hermoso brazo de mujer, si se lo viese descubierto, que se han visto bajo el sol. La admiro.
Así, abruptamente cortó discurso imitando al célebre Baumann, el gran gimnasiarca, como él lo llamaba, y era su Dios. El secretario se quedó en silencio.
Aquel feroz maestro Fassi, sin saberlo, lo atormentaba con todos los detalles descriptivos de la fuerza y la belleza de la maestra, en quien ya estaba pensando demasiado. Ahora esas dos imágenes del torso girando y el brazo desnudole llenó de una emoción que crecía a medida que se acercaba a las escaleras, dónde esperaba encontrase con su vecina.
Subía los primeros escalones con pasos lentos y suaves, con los oidos atentos, y cuando estaba en el primer rellano, al oír un roce de los pies, sintió la sangre llegando a sus mejillas. Eran la maestra Pedani y la maestra Zibelli que bajaban juntas, como de costumbre, para ir a la escuela. Reconoció la voz de contralto de la primera.
Cuando se encontraron de frente, a la mitad de la segunda parte de la escalera, el secretario se detuvo, sacándose el sombrero y, en lugar de mirar a la Pedani, vencido por la timidez, miró, como hacía siempre, a su compañera: la cual, también esta vez, creía ser ella la causa de su turbación, y lo animó con una sonrisa cariñosa. Tuvieron ahí uno de los habituales dialoguitos tontos de tales ocasiones.
- ¿Tan pronto van a la escuela? - Balbuceó.
- No tan pronto - dijo con voz dulce la maestra Zibelli - son en este momento las ocho y tres cuartos.
- Pensé que ... las ocho y media,
- Nuestros relojes están mejores que el suyo.
- Puede ser. Hay una niebla de esta mañana!
- La niebla anuncia el buen tiempo
- A veces ... Ojalá. E... fue un placer verlas!
- Hasta la vista
- Hasta la vista
Al llegar al final de la escalera, el secretario se volvió rápidamente y aún tuvo tiempo dar hacia atrás una mirada furtiva a la hermosa espalda y el brazo poderoso de la Pedani, en el momento que la Zibelli, sin que su amiga lo advirtiese, se volvía a darle una mirada sonriente.
Ahora tomó una resolución. No, no podía seguir así, esa nueva figura ridícula que había hecho en su presencia le dio el último empujón. No era posible dominar por más tiempo ese tormento, exacerbado por aquello encuentros cotidianos, en los que ni siquiera podía darse el gusto de mirarla. Se decidió: le enviaría la carta que tenía desde hace una semana sobre la mesita: necesitaba una sentencia, ya fuera de vida o muerte.


Edmondo de Amicis, Amore e ginnastica.
Leyendo:
Las columnas de Hércules - Paul Theroux
La fuga de Colditz - Patrick R Reid
El frente ruso - Jean-Claude Lalumière (no logró entusiasmarme)
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