Leyendo lo que la Sra. Fernández cuenta de las conferencias, recordé a ese gran conferencista que fue Mark Twain, quien dió la vuelta al mundo entreteniendo al público con su sabiduría y agudo humor...
Puedo renunciar a cualquiera de mis diecinueve vicios mayores en el momento en que me lo proponga, sin inconvenientes ni malestares.
En una ocasión puse a prueba este designio a gran escala, en el campo de la medicina. Hacia ya unos dias que estaba postrado en cama con lumbago. Mi enfermedad se obstinaba en no evolucionar. Finalmente, el médico dijo:
--Mis remedios no tienen su justa oportunidad si evaluamos contra que han de combatir, además del lumbago.
--Fuma usted desmedidamente, ¿no es verdad?
--Eso es.
--Y hace terribles excesos con el café.
--Los hago.
--¿Y con el té?
--También.
--Mezcla todo tipo de alimentos que jamás convivieron en feliz compañía.
--Si
--Bebe cada noche dos "escoceses" calientes, ¿no?
--En efecto.
--Pues bien, ya ve a qué me enfrento. Dada la situación, hay pocas posibilidades de progresar. Debe usted hacer una reducción de todos esos artículos, restringir notablemente su consumo por espacio de unos días.
--No puedo, doctor.
--¿Por qué no?
--No tengo la suficiente fuerza de voluntad. Puedo eliminarlos por completo, pero me resulta imposible moderarlos.
Contestó el galeno que esa sería la mejor solución, y anunció que vendría a visitarme veinticuatro horas más tarde y empezaría de nuevo su labor. En el interín enfermó, y no pudo acudir; pero no le necesitaba. Renuncié a las cosas convenidas durante dos días con sus noches; a decir verdad, renuncié asismismo a toda clase de comida y bebida, excepto el agua, y al término de las cuarenta y ocho horas el lumbago se desalentó y me abandonó. Estaba curado; di cumplidas gracias, y volví a degustar todas las exquisiteces de costumbre.
Convencido de haber dado con una valiosa terapia médica, se la recomndé a una dama. Su salud se había deteriorado gradualmente, y se hallaba en un punto muerto en el que los medicamentos no producían en su organismo el menor efecto positivo. Le aseguré que sabía como restablecerla en una semana. Eso le dió ánimos, la llenó de esperanza, y aseguró que haría todo lo que yo le indicara. Le mandé que se abtuviera de renegar, beber, fumar y comer durante cuatro días, y que concluídos éstos podría levantarse. Y no me cabe duda de que así habría sido, pero la enferma dijo que dificilmente podría dejar las blasfemias, la bebida y el tabaco si nunca había sido aficionada a ellos. Ahí quedó todo. La dama había descuidado sus hábitos, y no le quedaba ninguno. Ahora que le habrían aportado un beneficio, no tenía ninguno en reserva. Nada le quedaba de lo que pudiera deshacerse. Era una nave que se hundía, sin lastre para echar por la borda y aligerar el peso. ¡Qué lástima! Uno o dos pequeños vicios la habrían salvado, mas se había convertido en una indigente moral. Cuando estaba en posición de adquirirlos la disuadieron sus padres, gente ignorante aunque educada en la buena sociedad, y ahora era demasiado tarde para iniciarse. Era lamentable, pero nada había que pudiera hacerse. Tales cuestiones deberían atenderse mientras la persona es joven; de lo contrario, al implantarse la vejez y la enfermedad, no hay elementos eficaces con los que auyentarlas.
Mark Twain, Siguiendo el ecuador, --El médico y el lumbago--.




