Luciano de Samosata

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Luciano de Samosata

Notapor Jenofonte » Mié Jun 02, 2010 12:20 pm

Luciano de Samosata es un escritor sirio que escribió en griego ático. Vivió más o menos entre los años 121 y 180, pero se tiene muy pocos datos biográficos.
Fue uno de los primeros humoristas, escribiendo ensayos satíricos con un tremendo saracasmo. Las emprendió contra todo, las religiones, las supersticiones, filosofías y costumbres, burlándose sobre todo de la credulidad de la gente. Por algún tiempo se ganó la vida dando conferencias, pero después de conseguir un empleo en la Administración Pública se dedicó tranquilamente a escribir. Su Historia verdadera es el primer libro de Ciencia Ficción y en el narra un viaje realizado a la luna, donde entra en contacto con sus habitantes, los selenitas (claro que el autor advierte en la introducción que en realidad no todo lo que cuenta es "verdadero"). Increiblemente se conservan casi todas sus obras, unas ochenta, las que han servido de alimento a innumerables escritores posteriores como Erasmo de Rotterdam, Rabelais, Cervantes, Quevedo y Swift, por nombrar algunos..

TIQUÍADES. — ¿Puedes decirme, Filocles, qué razón impulsa a muchos hombres a sentir un enorme deseo de contar fabulaciones, hasta el extremo de divertirse sin decir nada saludable, al tiempo que prestan enorme atención a quienes se dedican a contar relatos de esta índole?
FILOCLES. — Hay muchas razones, Tiquíades, que fuerzan a algunos hombres a contar fabulaciones de cara a obtener algún provecho.
TIQUÍADES. — Eso nada tiene que ver con la epopeya, como dicen, y mi pregunta no iba en el sentido de los que mienten para obtener algún provecho. Se les podría disculpar, y en especial algunos de ellos son dignos de aplauso, por ejemplo, quienes engañaron a los enemigos o quienes en situaciones embarazosas, para salir indemnes, emplearon ese tipo de estratagema, tal cual solía hacer, pongamos, Ulises para sacar a flote su propia vida y el regreso de sus compañeros. Me refiero, querido amigo, a los que sin justificación de tipo práctico ponen la mentira muy por delante de la verdad, disfrutando y complaciéndose machaconamente en ello sin justificación explicable alguna. Quiero saber qué ventajas obtienen de ella.
FILOCLES. — ¿Es que has llegado ya a distinguir a tipos de ese estilo, a quienes es consustancial la pasión por la mentira?
TIQUÍADES. — Ya lo creo; muchísimos.
FILOCLES. — ¿Pues qué otra, sino la estupidez, va a ser la causa de que no digan la verdad, dado que por lo visto prefieren lo peor frente a lo mejor?
TIQUÍADES. — No es eso, Filocles. Podría yo ponerte como ejemplo a muchos hombres inteligentes y de criterio excelente que, sin embargo, se han visto atrapados, no sé cómo, por ese vicio y se han convertido en embusteros, hasta el punto de que me solivianta si hombres tan extraordinarios en las demás facetas se complacen engañándose a sí mismos y a quienes les salen al paso. Debes de haber conocido a los hombres de antaño antes que yo, por ejemplo, Heródoto y Ctesias de Cnido, y antes que ellos, a los poetas y al propio Homero, hombres famosos todos ellos que, sin embargo, echan mano de lo fantasioso en sus escritos, hasta el punto que han conseguido engañar no sólo a quienes en aquella época los escuchaban; antes bien la huella de sus fantasías se ha ido transmitiendo sucesivamente hasta nuestros días, bien envuelta en versos y metros preciosos. Por lo menos yo siento vergüenza muchas veces por esos versos de ellos, cuando explican, por ejemplo, la castración de Urano y el encadenamiento de Prometeo, y la sublevación de los Gigantes, y todo el panorama trágico del Hades y cómo, por amor pasional, Zeus se convirtió en toro o en cisne, y cómo una persona cualquiera, de mujer cambió su forma en ave o en oso, y en lo que a Pegasos, Quimeras, Gorgonas y Cíclopes y demás seres semejantes se refiere, variopintas y portentosas fabulillas podrían hechizar almas de niños que aún tienen miedo de Momo y de Lamia. Y a lo mejor es corriente entre los poetas ese tipo de temas, pero ¿cómo no va a resultar ridículo que ciudades y naciones enteras cuenten cuentos pública y oficialmente, si los cretenses no se avergüenzan de enseñar la tumba de Zeus, y los atenienses cuentan de qué don de la tierra nació Erictonio, y que los primeros habitantes brotaron del Ática como las verduras; y aún son más respetables ellos que los tebanos que explican que algunos hombres, los llamados «espartos», salieron de los dientes de un dragón? Y quien no crea que toda esa serie de fabulaciones irrisorias son verdaderas, sino que, examinando punto por punto con toda sensatez esas historias, se piensa que es propio de un Corebo o de un Margites el hacer caso de cuentos tales, como que Triptólemo avanzó por los aires a lomos de dragones alados, o que Pan vino desde la Arcadia como un aliado especial para la batalla de Maratón, o que Oritía fue raptada por Bóreas; quien piense así, digo, es tildado, a ojos de los demás, de impío y de necio por no creer unas historias tan claras y tan verdaderas. Hasta ese punto es poderosa la mentira.


Luciano de Samosata, El aficionado a la mentira o el incrédulo.
Leyendo:
The marquis of Carabas - Rafael Sabatini
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