[align=center]Los cuentos de Canterbury[/align]
Son una colección de historias escritas por Geoffrey Chaucer a finales del siglo 14. Los cuentos (sobre todo en verso, aunque algunos están en prosa) se supone forman parte de una especie de concurso de cuentos narrados por un grupo de peregrinos que van a la catedral de Canterbury. Chaucer utiliza los cuentos y las descripciones de los personajes para hacer un retrato crítico de la sociedad inglesa de ese tiempo, llenos de ironía muestran las debilidades de la Iglesia.
Se nota que Chaucer fue influenciado por El Decamerón, que conoció durante una misión que cumplió en Italia en el 1372. Pero los cuentos son relatados por gente de pueblo, a diferencia de los nobles del libro de Boccacio. Escrito de manera amena, puede ser algo rústico comparado con el Decamerón, pero al igual que este sus cuentos tienen lo que en este tiempo llamamos crudeza pero que en ese entonces solo era llano y franco, sin hipocresías.
He aquí como Chaucer, en el prólogo de su obra, retrata a los demás peregrinos:
El Caballero era un hombre distinguido. Desde los inicios de su carrera había amado la caballería, la lealtad, honorabilidad, generosidad y buenos modales. Había luchado con bravura al servicio de su rey.
También había una Monja, una Priora que sonreía de modo natural y sosegado; su mayor juramento era: «¡Por San Eligio!». Se llamaba señora Eglantine
Se hallaba también un Monje de buen aspecto, administrador de las posesiones del convento y amante de la caza; un hombre cabal con cualidades más que sobradas para convertirse en abad.
Nos acompañaba también un Fraile mendicante, un festivo y alegre distrital de aspecto solemne. No existía en las cuatro Ordenes mendicantes nadie que le superase en adulación y chismorreo.
Había también un Mercader de barba partida, de vestido multicolor, montado en silla elevada, botas con hermosas y limpias hebillas.
También estaba un Erudito de Oxford que llevaba largo tiempo estudiando lógica. Su caballo era delgado como un poste y os aseguro que él no estaba más gordo. Tenía un aspecto enjuto y atemperado.
No faltaba también un Magistrado, prudente y habilidoso, que frecuentaba los porches, y era muy conocido, discreto y distinguido; o al menos así lo parecía; sus palabras rezumaban sabiduría.
Integraba también el grupo un Terrateniente, de barba blanca como pétalos de margarita. Era de temperamento sanguíneo. Por las mañanas le apetecía pan remojado en vino.
Entre los demás se hallaban un Mercero, un Carpintero, un Tejedor, un Teñidor y un Tapicero, todos ataviados con librea uniforme, perteneciente a un gremio poderoso y honorable.
Se encontraba, además, en el grupo un Marino que vivía en la parte occidental del país; me imagino que procedía de Dartmouth. Cabalgaba lo mejor que podía, montado sobre un caballo de granja y vestía una túnica de basta sarga que le llegaba a las rodillas.
Nos acompañaba un Doctor en Medicina. No tenía rival en cuestiones de medicina y cirugía, pues poseía buenos fundamentos en astrología.
Entre nosotros se hallaba una digna Comadre que procedía de las cercanías de la ciudad cle Bath; por desgracia, era un poco sorda. Tejiendo telas llegaba a superar incluso a los famosos tejedores de Ypres y Gante.
Nos acompañaba también un hombre religioso y bueno, Párroco de una ciudad, pobre en dinero, pero rico en santas obras y pensamientos. Era, además, hombre culto, un erudito que predicaba la verdad del Evangelio de Jesucristo y enseñaba con devoción a sus feligreses.
Por último, había un Administrador, un Molinero, un Alguacil, un Bulero, un Intendente y, el último de todos, yo. El Molinero era un sujeto alto y fornido, de osamenta grande y poderosos músculos que utilizaba a las mil maravillas en las justas de lucha de un extremo al otro del país, pues se llevaba el premio en cada una de ellas.
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