por dean » Lun Dic 05, 2011 7:31 pm
De nuevo, pertinaz en mi ignorancia, no logro atrapar algo tangible, pero qué más da, incluso podría decir que me gusta esa sensación. Con Silvina Ocampo me sentía algo avergonzado, porque intuía mensajes ocultos demasiado elevados para mi entendimiento. También con Dylan Thomas, a pesar de que yo lo eligiese, me pasó algo parecido. Los personajes, o mejor, su aura, me resultaban inalcanzables. Ahora me quedo pensando, y después de leer, el cuento sigue colgando de un hilo, como queriendo estar presente aún cuando ya haya pasado página. No se trata de que se me escape, sino de que hay una fuga eterna, que no puedo taponar y que me hace volver una y otra vez a inspeccionarla y maravillarme con su libertad. Es lo que puedo decir de los tres cuentos, pero solo con este lo he visto claro. Ahora lo sé.
El dialogo es preciso y no lo es. Quiero decir que es muy creíble, profuso en detalles, hasta el punto de que te vas haciendo una idea clara de todo como si lo estuvieras viendo. La idea más obvia es la de que la mujer que yace junto al hombre de pelo entrecano, es la adultera esposa del amigo al otro lado del teléfono. Bien, bien, bien, las imágenes nítidas, la escena es tan clara, que en el transcurso de la acción los personajes parecen viejos conocidos. Y entonces llega el mazazo. La mujer ha llegado a casa. Todo bien, digo… todo mal. Y el hombre de pelo entrecano se derrumba. Y ahí es donde yo me pierdo y mi mente empieza a correr el maratón. ¿Qué pretende su amigo con esa mentira? El hombre de pelo entrecano parece tenerlo claro (o no) de lo contrario no se derrumbaría como si fuese él el que ha corrido el maratón y no yo. ¿La última llamada es una trampa? ¿Es una confirmación? Es curioso lo que al principio parecía una victoria clara. Relajación. La superioridad del hábil cazador blanco. Paternalismo incluso. Una victoria, que podría seguir siendo tal, aunque el marido engañado se enterase, pero no es así. La victoria desaparece, el cazador parece ser el cazado. Y algo se muere en el alma cuando un amigo se va.
La misma posibilidad, pero otra distinta.
El hombre de pelo entrecano muy bien pudiera ser “sincero”, bondadoso incluso. No necesita hacer más daño, de hecho no necesita hacer ninguno, porque ojos que no ven corazón que no siente. Incluso puede estar haciéndole un favor guardándole la mujer, que así todo queda en casa. Pero tras la última llamada comprende que todo ha sido inútil. ¿Qué incomodo, no? Al amigo se le ido totalmente la olla, porque de repente abrió los ojos. Y algo se muere en el alma cuando un amigo se va.
El caso es que algo se rompe, o un simple código o algo más fuerte, o solo se rompe un guión tan simple, que parece inasequible al fracaso.
No sé, no sé bien donde está el truco, aunque Salinger continua proporcionándome el sabor de la decepción. Lo curioso es que mientras dura la farsa todo me parezca normal y lógico, y solo al amenazar con destaparse me desconcierta. Algo tendrán que decir de esto los señores Suzuki y Fromm. De que Salinger pinte la decepción en el aire y de que la farsa resulte lo más normalito y esperado.
Que continúen las pesquisas, en cuanto vea al jabalí le disparo.
Saludos
"No puedo hacer frente a mis miedos, me da miedo". (Bob Esponja)
Mis lecturas:
Un artista del mundo flotante - Kazuo Ishiguro