
¡Antorcha en las tinieblas, ella aparece y es el día! ¡Ella aparece y con su luz se iluminan las auroras!
¡Los soles irradian con su claridad y las lunas con las sonrisas de sus ojos!
¡Que los velos de su misterio se rasguen, e inmediatamente las criaturas se prosternan encantados a sus pies!
¡Y ante los dulces relámpagos de su mirada, el rocío de las lágrimas de pasión humedece todos los párpados![/align]
Las mil y una noches, como la Biblia, los poemas homéricos y algunos pocos libros más—entre ellos el Quijote—, son más que un libro, aunque se nos presenten en forma de tal, de igual modo que el paisaje es más que un cuadro y el alma más que un cuerpo.
Toda obra literaria de alguna importancia puede leerse y gozarse en un texto limpio de notas, terso como un cristal; pero ese cristal es un espejo en el que puede verse la imagen del pueblo que lo escribió, y si los más de los lectores, distraídos con el argumento, no se detienen a precisar los rasgos de esa imagen, bueno es llamarles la atención sobre ella en notas que sean como amigables palmaditas en el hombro.
Empezaremos, pues, por los personajes considerados como individuos, y seguiremos por los mismos personajes como representaciones de grupos psicológicos, sociales y étnicos. Hay en Las mil y una noches personajes que son personalidades tan poderosas y bien plasmadas como las de Homero y Shakespeare y que, por tanto, brindan rico material a la introspección moderna. Reyes lascivos y sanguinarios como Enrique VIII; mujeres tan tiernas y dulces como Antígona; amigos tan leales como Aquiles y Patroclo; toda una galería de figuras que nadie se ha tomado el trabajo de estudiar y que merecen ser estudiadas tanto como las de Shakespeare, Goethe y Balzac, tanto más cuanto que casi todas ellas solo aparecen en el libro con una psicología esquemática, cuyo dibujo se impone completar.
Rafel Cansinos Assens
Las mil y una noches son todo un mundo, son todo el Oriente, con sus fantasías exuberantes, con sus locuras luminosas, con sus orgías sanguinarias, con sus pompas inverosímiles ... Leyéndolas he respirado el perfume de los jazmines de Persia y de las rosas de Babilonia, mezclado con el aroma de los besos morenos ... Leyéndolas he visto el extraño desfile de califas y de mendigos, de verdugos, de cortesanos, de bandoleros, de santos, de jorobados, de tuertos y de sultanes, que atraviesa las rutas asoleadas, entre trapos de mil colores, haciendo gestos inverosímiles. Y como si todo hubiera sido un sueño de opio, ahora me encuentro aturdido, sin poderme dar una cuenta exacta de lo que en mi mente es recuerdo de escenas admiradas en Ceylán, en Damasco, en El Cairo, en Aden, en Beyrouth y lo que sólo he visto entre las páginas mardrusianas. Porque es tal la naturalidad, o, mejor dicho, la realidad de los relatos de Schehrazada, que verdaderamente puede asegurarse que no hay en la literatura del mundo entero una obra que así nos obsesione y nos sorprenda con su vida inesperada y extraordinaria.
E. Gómez Carrillo

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