Las mil y una noches

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Las mil y una noches

Notapor Jenofonte » Sab Jul 31, 2010 9:18 am

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¡Antorcha en las tinieblas, ella aparece y es el día! ¡Ella aparece y con su luz se iluminan las auroras!
¡Los soles irradian con su claridad y las lunas con las sonrisas de sus ojos!
¡Que los velos de su misterio se rasguen, e inmediatamente las criaturas se prosternan encantados a sus pies!
¡Y ante los dulces relámpagos de su mirada, el rocío de las lágrimas de pasión humedece todos los párpados!
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Las mil y una noches, como la Biblia, los poemas homéricos y algunos pocos libros más—entre ellos el Quijote—, son más que un libro, aunque se nos presenten en forma de tal, de igual modo que el paisaje es más que un cuadro y el alma más que un cuerpo.

Toda obra literaria de alguna importancia puede leerse y gozarse en un texto limpio de notas, terso como un cristal; pero ese cristal es un espejo en el que puede verse la imagen del pueblo que lo escribió, y si los más de los lectores, distraídos con el argumento, no se detienen a precisar los rasgos de esa imagen, bueno es llamarles la atención sobre ella en notas que sean como amigables palmaditas en el hombro.

Empezaremos, pues, por los personajes considerados como individuos, y seguiremos por los mismos personajes como representaciones de grupos psicológicos, sociales y étnicos. Hay en Las mil y una noches personajes que son personalidades tan poderosas y bien plasmadas como las de Homero y Shakespeare y que, por tanto, brindan rico material a la introspección moderna. Reyes lascivos y sanguinarios como Enrique VIII; mujeres tan tiernas y dulces como Antígona; amigos tan leales como Aquiles y Patroclo; toda una galería de figuras que nadie se ha tomado el trabajo de estudiar y que merecen ser estudiadas tanto como las de Shakespeare, Goethe y Balzac, tanto más cuanto que casi todas ellas solo aparecen en el libro con una psicología esquemática, cuyo dibujo se impone completar.


Rafel Cansinos Assens

Las mil y una noches son todo un mundo, son todo el Oriente, con sus fantasías exuberantes, con sus locuras luminosas, con sus orgías sanguinarias, con sus pompas inverosímiles ... Leyéndolas he respirado el perfume de los jazmines de Persia y de las rosas de Babilonia, mezclado con el aroma de los besos morenos ... Leyéndolas he visto el extraño desfile de califas y de mendigos, de verdugos, de cortesanos, de bandoleros, de santos, de jorobados, de tuertos y de sultanes, que atraviesa las rutas asoleadas, entre trapos de mil colores, haciendo gestos inverosímiles. Y como si todo hubiera sido un sueño de opio, ahora me encuentro aturdido, sin poderme dar una cuenta exacta de lo que en mi mente es recuerdo de escenas admiradas en Ceylán, en Damasco, en El Cairo, en Aden, en Beyrouth y lo que sólo he visto entre las páginas mardrusianas. Porque es tal la naturalidad, o, mejor dicho, la realidad de los relatos de Schehrazada, que verdaderamente puede asegurarse que no hay en la literatura del mundo entero una obra que así nos obsesione y nos sorprenda con su vida inesperada y extraordinaria.

E. Gómez Carrillo
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Re: Las mil y una noches

Notapor Jenofonte » Sab Jul 31, 2010 10:36 am

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[align=center]Historia del Príncipe Ahmad y el hada Pari-banú[/align]

En los días de antaño y de tiempos pasados, había un sultán de la India que tenía tres hijos; el mayor era el príncipe Hussein, el segundo el príncipe Ali, y el más joven el príncipe Ahmad, y además tenía una sobrina, llamada Princesa Nur al-Nihar, hija de su hermano menor que, al morir muerte prematuramente, dejó a su única hija a cargo de su tío. El Rey se preocupó con mucha diligencia de su instrucción y cuidó que se le enseñara a leer y escribir, coser y bordar, cantar y tocar hábilmente todos los instrumentos que dan gozo y alegría. Esta princesa también era bella y en belleza, en ingenio y en sabiduría superaba a todas las doncellas de su edad en todos los países. Ella se crió con sus primos los Príncipes a lo largo de toda su vida; y comían juntos, jugaban juntos y dormían juntos, y el rey había decidido en su mente que cuando llegara a la edad de casarse él la daría en matrimonio a alguno de los reyes vecinos, pero, cuando ella llegó a edad de la discreción, su tío percibió que los tres Príncipes sus hijos estaban muy enamorados de ella, y cada uno deseaba en su corazón cortejarla y casarse con ella. Por lo cual el rey quedó muy confuso y se dijo: "Si doy a Nur al-Nihar en matrimonio a cualquiera de sus primos, los dos otros no estarán satisfechos y murmurarán en contra de mi decisión; Con todo, mi alma no puede soportar verlos afligidos y decepcionados. Y si la caso con un desconocido, los tres príncipes mis hijos se afligirán y llenarán de tristeza su alma, más aún, quién sabe si no se matarán entre ellos o se iran a una ciudad distante en lo más lejano de la tierra ? El asunto es complicado y peligroso, así es que me Incumbe como su padre el adoptar medidas de tal manera que si uno de ellos la desposa, los otros dos puedan aceptarlo. Largo tiempo estuvo el sultán dando vueltas al asunto en su mente, y al fin tuvo una idea, y, enviando por los tres príncipes, se dirigió a ellos diciendo: "¡Hijos míos, están en mi opinión, en igualdad de méritos los unos frente a los otros, no puedo dar preferencia a ninguno de ustedes para casarse con la princesa Nur al-Nihar; ni tampoco es posible que pueda casarse con los tres. Pero he pensado en un plan por el que ella será la esposa de uno de ustedes, pero sin que sea causa de enojo o envidia de sus hermanos, para que el amor y afecto mutuos siguan sin disminuir, y uno nunca estén celosos de la felicidad del otro. En resumen, mi idea es la siguiente: - Vayan y viajen a países distantes, cada uno un separándose de los demás, y tráiganme de vuelta la cosa más admirable y maravillosa que puedan encontrar en el luga al que viajaren, y el que vuelva con la más rara de las curiosidades será el marido de la princesa Nur al-Nihar. Si ustedes consienten a esta propuesta, les proveeré del dinero que necesiten para viajar y para la compra de objetos raros y singulares, ¡Pidan a la real hacienda, lo que necesiten!. Los tres príncipes, que siempre fueron obedientes a su señor, consintieron con una sola voz a esta propuesta, y cada uno quedó satisfecho y confiado de que podría traer al Rey el más extraordinario de los regalos y lograr así a la princesa a la esposa. Así es que el sultán ordenó dar dinero a cada uno sin medida o cuenta, y les aconsejó que se preparan para el viaje sin demora y salieran de su casa en la paz de Dios .-- Pero como Shahrazad vio que llegaba la aurora, se interrumpió...

Noche 644º
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Re: Las mil y una noches

Notapor Lucas » Mar Sep 14, 2010 11:55 pm

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[align=center]Historia del pescador Califa y del Emir de los creyentes[/align]

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y el pasado de la edad y del momento, había en la ciudad de Bagdad un hombre que era pescador de oficio y se llamaba Califa. Y era un hombre tan pobre, tan desgraciado y tan sin recursos, que no había podido reunir las escasas monedas de cobre necesarias para casarse; y así es que seguía soltero, mientras que los más pobres de los pobres tenían mujer e hijos.
Un día se echó sus redes a la espalda, como tenía por costumbre, y se fué a la orilla del agua para arrojarlas muy de mañana, antes de que llegasen los demás pescadores. Pero las arrojó por diez veces consecutivas sin sacar nada en absoluto.
Y su despecho fué extremado en un principio; y se le oprimió el pecho, y su espíritu se hallaba perplejo y se sentó en la ribera presa de la desesperación. Pero acabó por calmar sus malos pensamientos y dijo: "¡Alah me perdone mi impulso! ¡Sólo hay recurso en El! ¡El se cuida de la subsistencia de sus criaturas, y lo que El da no puede quitárnoslo nadie, y lo que rehúsa Él, nadie nos lo puede dar! Tomemos, pues, los días buenos y los malos como vengan, y aprestemos un pecho henchido de paciencia contra las desgracias. ¡Porque la mala fortuna es como el grano que no se revienta y sólo se resuelve a fuerza de cuidados pacienzudos!"
Cuando el pescador Califa se hubo reconfortado el alma con estas palabras, se levantó animosamente, y remangándose la ropa, lanzó al agua sus redes tan lejos como alcanzaba su brazo, y esperó un buen rato; tras de lo cual atrajo a sí la cuerda y tiró de ella con todas sus fuerzas; pero pesaban tanto las redes, que hubo de tomar precauciones infinitas para arrastrarlas sin romperlas. Por fin lo consiguió, acarreándolas delicadamente; y cuando las tuvo delante de él, las abrió, con el corazón palpitante; pero no encontró dentro más que un mono muy grande, tuerto y lisiado.
Al ver aquello, exclamó el desgraciado Califa: "¡No hay fuerza ni poder más que en Alah! ¡En verdad que pertenecemos a Alah y a El volveremos!
¡Pero qué fatalidad me persigue hoy!
¿Y qué significa esta suerte desastrosa y este sino calamitoso? ¿Qué va a sucederme, pues, en este día bendito? Pero todo esto está escrito por Alah (¡exaltado sea!)" Y así diciendo, cogió al mono y le ató con una cuerda a un árbol que había en la ribera; luego tomó un látigo que llevaba consigo, y enarbolándolo en el aire, quiso emprenderla a golpes con el mono para desahogar su contrariedad. Pero de pronto el mono movió la lengua con ayuda de Alah, y de una manera elocuente dijo a Califa:
"¡Oh, Califa, detén tu mano y no me pegues! ¡Déjame por el momento atado a este árbol, y ve a arrojar tu red al agua una vez más, fijándote en Alah, que te dará tu pan del día!"
Cuando Califa oyó este discurso del mono tuerto y lisiado, contuvo su gesto amenazador y fue hacia el agua, donde arrojó su red, dejando flotar la cuerda. Y cuando quiso atraerla a sí, encontró la red más pesada todavía que la vez primera; pero tirando de ella con lentitud y precaución, consiguió llevarla a la orilla, y he aquí que halló dentro otro mono que no era tuerto ni ciego, sino muy hermoso, con los ojos prolongados con kohl, las uñas teñidas con henné, los dientes blancos y separados por lindos intervalos, y un trasero sonrosado y no de color crudo, como el trasero de los demás monos; y llevaba ceñido al talle un traje rojo y azul muy agradable a la vista, y pulseras de oro en las muñecas y en los tobillos, y pendientes de oro en las orejas; y se reía mirando al pescador, y guiñaba los ojos y chascaba la lengua.
Al ver aquello, exclamó Califa: "¡Por lo visto, hoy es día de monos! ¡Loores a Alah, que ha convertido en monos los pescados del agua!
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Noche 265
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