Mi conciencia me dicta que debo decir algo acerca de este libro.
¡Novelón!
La historia comienza con las inquietudes de un pobre campesino, que labra un pequeño campo de tierra y que cuida de su anciano padre. Solo tiene eso, la tierra y una mísera casa en la que malvivir, y duro trabajo por delante, mucho trabajo. En adelante, como espectadores privilegiados, vamos asistiendo a toda su vida, a la creación de una familia y la consecución de sus más osados sueños. El personaje de su primera mujer: O-lan, es sencillamente alucinante. Habrá personajes igual de admirables y dignos de respeto, pero no más.
Como labrador, Wang Lung, cree provenir de la tierra, y a esta adjudica las más preciadas virtudes. El agua la anega a veces, la sequia cierne su sombra sobre ella, pero el agua termina por retirarse y la sequia termina por desaparecer, y la tierra resurge de nuevo para seguir ofreciendo sus dones. La tierra esclaviza y al mismo tiempo proporciona libertad. Te exige trabajo y sacrificio, pero luego colma tus necesidades. Para Wang Lung la tierra lo es todo y decide que sea su inversión vital. De ella cree provenir su fuerza y todo lo que se necesita. El dinero… los objetos… las personas… vienen y van, la tierra permanece.
La buena tierra.
Una obsesión.
Admiro de Pearl S. Buck, su conocimiento de la China prerrevolucionaria. ¡Y cómo lo relata! En ciertos momentos parece un cuento oriental. También me ha recordado a la Biblia. Aunque quizás lo más exacto seria describirlo como la epopeya de un hombre sencillo, de un humilde campesino y su obsesión por la tierra. La naturalidad en que la autora describe las costumbres, o la vida en esclavitud de la mujer en aquel tiempo, es impactante. Ya pude verlo en “Viento del Este, viento del oeste”, pero en ese caso era gente de ciudad, gente rica y aquí el centro de atención es el campesinado.
Por la historia transitan diferentes y coloridos personajes: gente honrada y sencilla, truhanes de la peor especie, ricos y poderosos, rameras, esclavas, ladrones… Al final me he quedado con la sensación de que el presentimiento de Wang Lung es bastante certero. Para los que se alejan de la generosa madre tierra, del arduo trabajo de sol a sol, del gratificante sudor, solo queda la decadencia.
Y el círculo acaba por cerrarse para otorgar mayor protagonismo a la verdadera y muda protagonista de la historia.
Pasó la primavera y pasó el verano con sus cosechas, y en el ardiente sol de otoño, antes de comenzar el invierno, Wang Lung se halló sentado contra la pared donde se había sentado su padre. Y ahora ya no pensaba en nada, excepto en lo que comía, y en lo que bebía, y en su tierra. Pero no en las cosechas que daría, ni en la simiente que plantaría en ella, ni en nada sino en la tierra misma, y a veces se bajaba y cogía un puñado del suelo, sentándose con él en la mano; y le parecía lleno de vida entre sus dedos. Se sentía contento así, apretando esa tierra, y pensaba en ella agitadamente y en su buen ataúd que tenía en su cuarto. Y la tierra bondadosa le esperaba sin prisa hasta que viniese a ella.
Saludos

