Erckmann-Chatrian

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Erckmann-Chatrian

Notapor Jenofonte » Jue Jul 15, 2010 5:08 pm

Erckmann-Chatrian era el nombre con el que firmaban sus obras los dramaturgos y narradores franceses Émile Erckmann y Alexandre Chatian, franceses originarios de la Lorena.
De sus obras he leído El amigo Fritz, Historia de un conscripto de 1813 y Waterloo, además de algunos cuentos.
Historia de un conscripto de 1813, como su nombre lo indica, relata la experiencia que tuvo un joven que, a pesar de tener una limitación física es reclutado en los ejércitos de Napoleón, luchando en las batallas de Gross-Gorshen y Leipzig. Primero, la experiencia de convertirse en soldado, las interminables caminatas cruzando Europa, después el enfrentamiento con el enemigo. Las ansias de gloria y el miedo a la muerte, el entusiasmo por el Emperador y las angustias en el hospital. Y por sobre todo, la añoranza de la tierra lejana a la que no se sabe si se volverá.

Mientras pensaba en estas cosas, se abrió la puerta y entr{o un hombre alto, recio, con el pelo canoso. Era uno de los que había visto antes trabajando abajo. Se había puesto una camisa y traía en la manos un jarro y dos vasos.
—¡Buenas noches! —me dijo, mirándome con rostro grave.
Hice una inclinación de cabeza. Detrás del hombre entró la vieja; llevaba un lebrillo, y poniéndolo en el suelo, cerca de mí, me dijo:
—Tome un baño de pies. Eso le sentará bien.
Al ver esto, me enternecí. «Todavía existen buenas almas en el mundo», pensaba. Me descalcé. Como las ampollas se habían abierto, estaban sangrando, y la buena vieja repitió:
—¡Pobre muchacho, pobre muchacho!
El hombre me preguntó:
—¿De dónde es usted?
—De Falsburgo, en Lorena.
—¡Ah! ¡Bueno!
Después, al cabo de un momento, dijo a su mujer:
—Trae una torta; este joven beberá un vaso de vino, y en seguida le dejaremos dormir en paz, que bien lo necesita.
Empujó la mesa hasta colocarla cerca de mí, de manera que, sin sacar los pies del lebrillo, que tanto me aliviaba, tuve el jarro a mi alcance. Llenó los dos vasos de vino blanco, que era bastante bueno, y me dijo:
—¡A su salud!
La vieja había salido. Volvió con una torta todavía caliente, untada con manteca fresca, medio derretida. Entonces me di cuenta del hambre que traía; casi me desmayé. Al parecer, aquellas gentes tan bondadosas se dieron cuenta, porque la mujer me dijo:
—Antes de comer, hijo mío, hay que sacar los pies del agua.
Y me enjugó los pies con su delantal, antes de que yo pudiera darme cuenta de lo que intentaba hacer.
Entonces, exclamé:
—Pero, ¡señora, por Dios, me trata usted como a un hijo!
Al cabo de unos instantes, me respondió:
—Tenemos un hijo en el ejército.
Percibí que su voz se tornaba temblorosa al pronunciar estas palabras, y mi corazón se acongojó; pensé en Catalina, en mi tía, y no pude contestar palabra alguna.
—Coma y beba —me dijo el hombre, cortando la torta.
Así lo hice, y comí con más deleite que nunca. Los dos me miraban gravemente. Cuando hube terminado, el hombre me levantó.
—Sí —dijo—, tenemos un hijo en el ejército; el año pasado le enviaron a Rusia, y aún no hemos tenido noticias suyas...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El sargento Pinto nos decía:
—Tenéis suerte, reclutas; si alguno de nosotros se escapa de ésta, podrá alabarse de haber visto algo que valía la pena. Mirad esas líneas azules que avanzan fusil al hombro, a lo largo del Floss-Graben; cada línea es un regimiento, y hay unos treinta; eso hace sesenta mil prusianos, sin contar las líneas de jinetes; cada línea es un escuadrón, y a su izquierda, cerca de Rippach, aquellas otras que avanzan y relucen al sol, son los dragones y coraceros de la guardia imperial rusa; los vi por primera vez en Austerlitz, donde los dejamos muy bien arreglados. Lo menos hay dieciocho o veinte mil. Aquellos bosques de lanzas que se ven detrás son bandas de cosacos. De modo que dentro de una hora vamos a tener el gusto de vernos las caras con cien mil hombres, los mas tenaces con que cuentan los rusos y prusianos. Esta será una batalla para ganarse la cruz, y si no se gana ya no se debe contar con ella.
—¿Y qué vamos a hacer nosotros? —preguntó Klipfel.
—Muy sencillo —respondió el sargento—. Aquí estamos doce o quince mil hombres con Souham, un veterano que no ha retrocedido jamás un palmo. Nos clavaremos al suelo, uno contra seis o siete, hasta que el emperador sepa lo que ocurre y se repliegue para venir a socorrernos. Mira, ya salen los ayudantes con los partes.
Era verdad; cinco o seis oficiales atravesaban la llanura de Lutzen, detrás de nosotros, en dirección de Leipzig; iban como el viento y supliqué al Señor, desde el fondo de mi alma, que les permitiera llegar a tiempo y que enviara a todo el ejército en nuestra ayuda; porque resulta espantoso saber que no hay otro remedio que morir, y ni a mi mayor enemigo le deseo una situación semejante.
Leyendo:
Las columnas de Hércules - Paul Theroux
La fuga de Colditz - Patrick R Reid
El frente ruso - Jean-Claude Lalumière (no logró entusiasmarme)
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