Creo que para muchos es la mejor obra de Delibes. En verdad está muy bien, pero a mí “Las ratas” también me ha gustado mucho, no sabría poner una por encima de la otra. Lo que llevo comprobado hasta el momento, es que la literatura de Delibes me llega muy directa.
La acción trascurre en la posguerra, época de grandes privaciones. El quesero, padre de Daniel el Mochuelo, se ha empeñado en que su hijo progrese y sea un hombre de provecho, para ello decide sacrificar su vida, ahorrar con gran esfuerzo, a pesar de que eso le agria el carácter, y a los once años mandarle a la ciudad a estudiar. El niño no querría ir, le gusta su vida tal y como transcurre. La noche anterior a su marcha no puede dormir, su vida en el pueblo y las aventuras con sus amigos: Roque el Moñigo y Germán el Tiñoso, se le pasan por la mente toda la noche.
Yo diría que el protagonista de esta novela no es Daniel el Mochuelo, sino el pueblo en sí. Un pueblo pequeño de la zona norte de Castilla, un valle. Y con el pueblo, una galería de personajes, que conforman todo un universo.
En el momento de surcar por nuevas sendas, cuando se nos arranca de nuestra natural andadura, nos damos cuenta de lo que se nos va y que no recuperaremos. En bastantes ocasiones, el camino es fruto de extrañas circunstancias, de casualidades o de imperativos externos y no de nuestro ferviente deseo. Esa vista atrás es lo que queda.
"El Moñigo no había querido despedirse porque Roque bajaría a la estación a la mañana siguiente. Le abrazaría en último extremo y vigilaría si sabía ser hombre hasta el fin. Con frecuencia le había advertido el Moñigo:
—Al marcharte no debes llorar. Un hombre no debe llorar aunque se le muera su padre entre horribles dolores.
Daniel, el Mochuelo, recordaba con nostalgia su última noche en el valle. Dio media vuelta en la cama y de nuevo atisbó la cresta del Pico Rando iluminada por los primeros rayos del Sol. Se le estremecieron las aletillas de la nariz al percibir una vaharada intensa a hierba húmeda y a boñiga. De repente, se sobresaltó. Aún no se sentía movimiento en el valle y, sin embargo, acababa de oír una voz humana. Escuchó. La voz le llegó de nuevo, intencionadamente amortiguada:
—¡Mochuelo!
Se arrojó de la cama, exaltado, y se asomó a la carretera. Allí abajo, sobre el asfalto, con una cantarilla vacía en la mano, estaba la Uca—uca. Le
brillaban los ojos de una manera extraña.
—Mochuelo, ¿sabes? Voy a La Cullera a por la leche. No te podré decir adiós en la estación.
Daniel, el Mochuelo, al escuchar la voz grave y dulce de la niña, notó que algo muy íntimo se le desgarraba dentro del pecho. La niña hacía pendulear
la cacharra de la leche sin cesar de mirarle. Sus trenzas brillaban al sol.
—Adiós, Uca—uca —dijo el Mochuelo. Y su voz tenía unos trémolos inusitados.
—Mochuelo, ¿te acordarás de mí?
Daniel apoyó los codos en el alféizar y se sujetó la cabeza con las manos. Le daba mucha vergüenza decir aquello, pero era ésta su última oportunidad.
—Uca—uca... —dijo, al fin—. No dejes a la Guindilla que te quite las pecas, ¿me oyes? ¡No quiero que te las quite!
Y se retiró de la ventana violentamente, porque sabía que iba a llorar y no quería que la Uca—uca le viese. Y cuando empezó a vestirse le invadió una
sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto del que el Señor le había marcado. Y lloró, al fin."
Saludos

