Muchos son los detalles que lo proclaman: el callejón de Midaq fue una de las joyas de otros tiempos y actualmente es una de las rutilantes estrellas de la historia de El Cairo. ¿A qué El Cairo me refiero? ¿Al de los fatimíes, al de los mamelucos o al de los sultanes? La respuesta sólo la saben Dios y los arqueólogos. A nosotros nos basta con constatar que el callejón es una preciosa reliquia del pasado. ¿Cómo podría ser de otra manera con el hermoso empedrado que lleva directamente a la histórica calle Sanadiqiya? Además tiene el café que todos conocen como el Café de Kirsha, con muros adornados de coloridos arabescos. De los del callejón, actualmente desconchados, todavía se desprenden los olores de las antiguas drogas, populares especias y remedios de hoy y de mañana...
Aunque el callejón está totalmente aislado del bullicio exterior, tiene una vida propia y personal. Sus raíces conectan, básica y fundamentalmente, con un mundo profundo del que guarda secretos muy antiguos.
Los ruidos del día se habían apagado y se comenzaban a oír los del atardecer, susurros dispersos, un «Buenas noches a todos» por aquí, un «Pasa, es la hora de la tertulia» por allá. «¡Despierta, tío Kamil y cierra la tienda!» «¡Cambia el agua del narguile, Sanker!» «¡Apaga el horno, Jaada!» «Este hachís me duele en el pecho.» «Cinco años de apagones y bombardeos es el precio que hemos de pagar por nuestros pecados.»
Y ya en la última página, sentencia :
Pero aquella burbuja, como las otras, acabó también reventando y el callejón de Midaq cayó de nuevo en el olvido y la indiferencia. En él se lloraba por la mañana, si había algún motivo, y se reía ruidosamente por la noche, al crujido de las puertas y las ventanas que se abrían o cerraban.
La acción transcurre en El Cairo durante la segunda guerra mundial, con los británicos ejerciendo su hegemonía en Egipto. En definitiva malos tiempos para la gente humilde. Se trata de una obra completamente coral. Me ha recordado a “La colmena”, de Cela, perdida en las brumas de mi memoria, pero de manera siempre agradable.
Si hay un protagonista indiscutible es el callejón mismo. La vida que se deposita en él. Grandezas y miserias del mundo. Sus negocios, alguno fructífero, y otros arrastrándose, viendo pasar la vida en cámara lenta. Un tremendo contraste de personajes dibujados con maestría. Personas buenas y algunas menos buenas. Verdaderos santos y arquetipos de la mezquindad más absoluta. Y gente que se las arregla para sobrevivir, alguno de la manera más increíble que se pueda imaginar, como un especialista en crear deformaciones y convertir en lisiados a mendigos para que despierten más compasión. Hamida, una joven muy bella, que reniega del callejón, egoísta, ambiciosa y manipuladora, es la que se lleva los mejores planos. Pero no me ha quedado la sensación de juzgar y condenar a nadie, al contrario, el sabor que me queda es el de la comprensión. A lo mejor son cosas mías, pero yo veo una gran lección de humanidad en la prosa de Mahfuz. Además la particular visión de algún personaje, que podría ser perfectamente el doble de Job, un buen musulmán, me ha permitido ver la mejor cara de su religión, compartida con otras religiones y no religiones.
Me ha gustado mucho, pero mucho, y pienso repetir con este autor. Poco a poco ya me voy acercando al corazón de África. Ando en busca del gran escritor africano negro. Acepto recomendaciones. De momento tengo el frigo a Wole Soyinka.
Saludos

