El autor es un antropólogo que después de sacar sus estudios adelante se encuentra en la gran ciudad de Occidente un poco perdido, sin saber de qué vale y adónde le lleva el conocimiento adquirido en la universidad. Decide entonces embarcarse en un trabajo de campo y después de muchos dimes y diretes encuentra a los Dowayos, un pueblo minoritario residente en Camerún, como digno merecedor de sus pesquisas. Nadie ha estudiado antes con profundidad a ese pueblo, así que allí se va, sin ninguna experiencia. Eso, lo de la nula experiencia, sumado al espíritu post colonial africano, convierte cada paso en una anécdota divertidísima. Con esto quiero decir lo que quiero decir: es un libro muy divertido. Los dowayos son considerados por los demás pueblos del alrededor, como atrasados, salvajes, tercos y zoquetes, lo que añadido al choque con el antropólogo blanco totalmente inexperto, adjudica un poso de surrealismo al estudio, y ya digo: muchas sonrisas.
Por otra parte, sus aclaraciones solían terminar siempre en un círculo que llegue a conocer muy bien.
--¿Por qué hacéis esto? –preguntaba yo.
--Porque es bueno.
--¿Por qué es bueno?
--Porque nuestros antepasados nos lo dijeron.
Entonces insistía astutamente:
--¿Por qué os lo dijeron vuestros antepasados?
--Porque es bueno.
No pude jamás sacarlos de los “antepasados”, con los cuales empezaban y terminaban todas las explicaciones.
Al principio me desconcertaba su inflexibilidad en las catalogaciones.
--¿Quién ha organizado este festival?
--El hombre de las púas de puercoespín en el pelo.
--yo no veo a nadie con púas de puercoespín en el pelo.
--No. Es que no las lleva.
Saludos


