La historia de amor entre una menor: una adolescente blanca y un joven adulto adinerado chino, sirve de pretexto para construir literatura. Un amor tan imposible como intenso. Aquí se pasa a tientas por ese amor, en el centro de una atmosfera espesa. Y la familia… y el entorno… Indochina, Y Francia adivinándose a lo lejos como una premonición. Los personajes parecen difuminados, fantasmas de sí mismos. El tiempo trabaja a trompicones informalmente, al ritmo caprichoso de los recuerdos.
A mí me parece una novela áspera, pero hermosa. El estilo de la Duras me ha conquistado. Es, parece, no tengo ni idea, autobiográfica. Las relaciones humanas, el odio y el amor, en una sola toma, un zumo de dolor.
Nunca buenos días, buenas tardes, buen año. Nunca gracias. Nunca una palabra. Nunca la necesidad de buscar una palabra. Todo permanece, mudo, lejano. Es una familia pétrea, petrificada en una espesura sin acceso alguno. Cada día intentamos matarnos, matar. No sólo no se habla sino que tampoco se mira. Desde el momento en que se nos ve, no se puede mirar. Mirar es tener un impulso de curiosidad hacia, sobre, es perder. Nadie que sea mirado merece ser objeto de una mirada. Siempre es deshonroso. La palabra conversación está proscrita. Creo que es esa la que mejor expresa aquí la vergüenza y el orgullo. Toda comunidad, sea familiar o de otra índole, nos resulta odiosa, degradante. Estamos unidos en una vergüenza de principio por tener que vivir la vida. Ahí es donde estamos en lo más profundo de nuestra historia común, la de ser los tres hijos de esta persona de buena fe, nuestra madre, a la que la sociedad ha asesinado. Pertenecemos a esa sociedad que ha reducido a mi madre a la desesperación. A causa de lo que se le ha hecho a mi madre, tan amable, tan confiada, odiamos la vida, nos odiamos.
Saludos


