¿Cuentos?, los hay de todo tipo, tamaños y colores, ¿uno policial?, ¿que tal vez el siguiente?
(Tal vez sea muy largo para leerlo aquí y sea mejor copiarlo e imprimirlo...)
Copia del original
Hylton Cleaver
Paul Wattie cometería un crimen original. Era un hombre de edad mediana, con el ceño
de un revolucionario y el perfil de un rey. De gesto inescrutable y enigmático, agradaba a
las mujeres por sus maneras. Su víctima sería el hermano de una de estas mujeres.
Jennifer Scott estaba a salvo fuera del país, pero su hermano, no. La gente consideraba
inseparables a Wattie y a Scott; mas, desgraciadamente, Paul Wattie no podía hacer
concesiones a las personas que bebían y hablaban demasiado.
El joven Scott había recibido ciertas confidencias de Paul; y si bebía tanto era porque
había descubierto algo que no le confiaron. Wattie era un bígamo en perspectiva, y vivía
del dinero que le daban las mujeres. Paul Wattie suponía, y tal vez bien, que el joven Scott
escribiría en cualquier momento una inculpadora carta a su hermana, que estaba en
Georgetown.
Tom Scott estaba bebido esa noche; Paul Wattie demostró su disgusto y se fue antes.
Se le vio partir en una dirección; Tom Scott, rechazando el ofrecimiento de un taxi
hecho por el portero, caminó en dirección opuesta. A unos trescientos metros más allá,
Wattie esperaba al joven Scott; al llegar éste junto a él, ofrecióle su brazo para que se
apoyara.
Evitando las calles concurridas, y al mismo tiempo los taxis, de los cuales algún
conductor podía recordar después haber dejado dos pasajeros en algún lugar, los dos
hombres llegaron al pequeño alojamiento de Tom, situado encima de una caballeriza, y
cuya puerta principal estaba en un rincón poco visible. Wattie le dijo a Tom que no hiciera
ruido; el joven, que no estaba para tonterías ni peleas, sino más bien deprimido, sacó su
llave y, después de dos o tres tentativas, abrió la puerta.
Una vez arriba, Tom se desplomó en una silla; su aspecto era miserable y estaba medio
dormido. Wattie, que no quería dejar rastros de su visita, no quiso fumar ni beber. Estaba
apoyado contra la pared, con el abrigo desabrochado y las manos en los bolsillos. Mirando
a su víctima, le dijo:
—Lo mejor para usted, jovencito, es un baño bien caliente y tres aspirinas; después se
acostará a dormir.
Tom estaba adormecido ya, y parecíale que Wattie le daba un consejo más bien que la
reprimenda de un hombre mayor. Tom Scott suspiró, se encogió de hombros y se dejó
llevar al dormitorio.
Wattie ayudó a Tom a desvestirse, agregando otro gesto de generosidad al encender el
calentador del baño.
Tom se puso una robe de chambre y su amigo le dio las aspirinas; al llegar a este punto,
el joven hizo un tartamudeante comentario, según el cual las aspirinas debían tomarse
después del baño y una vez en cama.
Wattie, tomando la temperatura del agua de la bañera, le contestó que estaba en un
error. Tom, dejando su pijama en una silla, admitió que Wattie sería una nurse perfecta.
Tom, que no tenía las piernas muy firmes, entró en el agua y se arrodilló
cautelosamente, después se estiró cuan largo era, con satisfacción.
Wattie dijo que iría a tomar algo mientras Tom se remojaba, y éste agregó que a él
también le gustaría tomar lago; así que, un poco después, Wattie le trajo a Tom un último
whisky con soda, y se lo dejó en una silla cerca de la bañera.
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Paul Wattie tuvo sumo cuidado en mantener un pañuelo entre su mano y todo lo que
tocaba: el frasco, el vaso, el sifón, la manija de la puerta y el calentador.
Aprovechando que Tom se había quedado dormido en la bañera, Wattie apretó los
dedos de su víctima contra el vaso.
Después, Wattie estudió el calentador.
Los constructores de estos aparatos se jactan de que no se puede abrir el paso del gas
sin estar abierta la llave del agua, pero hay una estratagema que anula esta seguridad: se
abren el agua y el gas al mismo tiempo, después se cierra el agua hasta que el chorro quede
reducido a un hilo casi imperceptible; y el gas sigue saliendo.
Si el gas está encendido, esta pequeña cantidad de agua hervirá, y el calentador
estallará; pero si el gas no está encendido y sigue saliendo... Wattie preparó todo para que
así fuera. Ya se oía el suave silbido y el olor del gas en el cuarto de baño.
¿Podría el tenue hilo de agua, ahora frío, despertar a Tom? Wattie pensó que, de todas
maneras, no despertaría a tiempo; el cuarto de baño estaría lleno de gas. A Tom lo
esperaban dos posibles formas de morir; asfixiado por el gas o ahogado en la bañera, ya
que de todas maneras estaría inconsciente.
El agua no podría desbordar, ya que, un poco más abajo de las llaves, había un
sumidero; por lo tanto, al llegar a ese nivel, empezaría a salir por ese sitio. Para entonces,
según los cálculos de Paul, el joven se deslizaría bajo el agua y se ahogaría. ¿O estaría
asfixiado ya? Paul Wattie no podía adivinar cuál de las dos cosas sucedería primero.
Parecería que el pobre joven se había ido a su casa y que había perdido el conocimiento
al pretender tomar un baño. Acaso había tratado de cerrar el paso del gas, y no lo
consiguió; también pudo haberse equivocado, y abrir el paso creyendo que lo cerraba.
Wattie miró alrededor.
Había pensado con minuciosidad en todo. No podría cerrar la puerta por el lado de
adentro, pero un hombre en las condiciones de Tom, difícilmente se preocuparía por ese
detalle.
Mañana vendría la mujer que hacía la limpieza. Acerca de este punto, Wattie sentía
cierta ansiedad. Deseaba que esa mujer no tuviera la ocurrencia de encender un fósforo; no
quería tener dos muertes en su conciencia.
Pensó que sería una buena idea tirar el teléfono de Tom al suelo, dejándolo con el tubo
descolgado. Paul no tenía la menor noción de cómo trabajaba la central; creía muy posible
que alguna persona, en el otro extremo de la línea, empezara a inquietarse al no obtener
contestación, y mandara algún mecánico a arreglar el aparato. De todos modos, nadie
llegaría a tiempo.
¿Qué pasaría si él, Tom, llamaba al número de Tom, al llegar a su casa, quejándose
después a la central de que no obtenía comunicación? En cualquier caso, no mandarían a
nadie hasta la mañana siguiente.
Wattie cerró la puerta del cuarto de baño; olfateó el aire y escuchó. No oía ningún
llamado de auxilio. En realidad, el fin de Tom sería muy apacible. Menos mal que la
central no podía oler el gas por teléfono.
Se acordó de dejar las luces encendidas, tal como Tom lo hubiera hecho y, al llegar al
pasillo que conducía a la salida, miró hacia ambos lados; una vez seguro de que no había
nadie, salió y cerró la puerta.
Wattie caminó silencioso y rápidamente, eligiendo calles solitarias. Iba estudiando la
posibilidad de volver al club y preguntar si el señor Scott se había retirado ya. Pensó que
era mejor no hacer esa tentativa, y se dirigió a su casa.
En la puerta de su departamento había un hombre sentado en el felpudo.
Estaba muy tranquilo apoyado contra la pared, tenía los brazos cruzados sobre el pecho,
y el ala del sombrero le cubría los ojos. Una ola de temor invadió la imaginación de
Wattie; la penumbra reinante le impedía ver la cara del hombre. Trató de alejar este temor;
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pensándolo bien, era imposible que Scotland Yard se hubiera enterado tan pronto del
asunto y, más aún, que hubieran mandado un hombre a su casa. No podían haber
descubierto nada todavía, y las sospechas que pudieran tener caerían sobre el mismo Tom.
El hombre parecía un polizonte, pero cuando levantó la cabeza, Wattie lo reconoció.
—¡Santo Cielo! ¡Wenway! —dijo con tono de reserva.
Roger Wenway le contestó con una despreocupada sonrisa.
Erguido, era mucho más alto y corpulento que Wattie. Era uno de esos hombres
tranquilos y solitarios que nunca tienen un amigo íntimo y que nunca están mucho tiempo
en un mismo lugar.
—Has empleado bastante tiempo para venir andando desde el club.
Wattie permaneció inmutable a pesar del peligroso sentido de la frase. Contestó
simplemente:
—¿Así que fuiste al club?
—Primero vine aquí y no encontré a nadie; entonces caminé hasta el club; allí me
dijeron que te acababas de ir. No sé cómo no nos encontramos por el camino. Desde que
volví te estoy esperando.
—No tenía prisa. Estaba de mal humor y quise tomar un poco de aire. El joven Scott
estaba allí, y tan bebido, que me fui antes de que se le ocurriera pegarse a mi persona. No
sé cómo no lo viste en el club —dijo Wattie.
—Al no encontrarte pregunté por Tom, pero también se había ido. Pensé llamarlo,
aunque de nada hubiera valido.
Wattie sacó sus llaves y abrió la puerta.
—Puedes entrar. Uno nunca sabe si estás en el país, o fuera de él.
—Estoy aquí..., y sin un centavo. Claro que sólo por un día o dos, hasta que llegue mi
paga. Al desembarcar tenía unos pocos centavos, y esperaba que me dieras una cama y
desayuno.
Wattie se sacó el sombrero y lo colgó junto con su abrigo negro. Cruzó el hall con aire
de señorío desprovisto de cordialidad. Entró antes que Wenway, haciéndole seña de que lo
siguiera.
Tomó algunas cartas que había en la repisa y, después de mirar la escritura, las volvió a
dejar en el mismo lugar. Encendió las luces de la sala. En una mesa había una bandeja con
bebidas.
—Sírvete lo que quieras.
—Vi a Jennifer hace cosa de un mes —dijo Wenway después de sentarse.
— ¡Ah!, ¿estaba allí? ¿Cómo está Jennifer?
—Muy bella —contestó Wenway.
Wattie inclinó la cabeza.
—Por eso te buscaba. Jennifer está muy preocupada por Tom. No le ha dicho nada a su
padre, pero cree que Tom anda descarriado, y que tú deberías hacer algo. Le contesté que
yo vería lo que pasaba. Dice que le escribas.
—Sí, hace tiempo que tengo la intención de hacerlo. En realidad, Tom se ha estado
portando muy mal últimamente.
—Jennifer piensa que tienes mucha influencia sobre Tom.
Wattie hizo un gesto y se sirvió otra copa.
—Jennifer se podría haber casado contigo, creo —dijo
—¿Tú te habrías casado con Jennifer?
—¡Oh, no!, yo no me puedo casar con nadie. Un vagabundo inquieto como yo está
mejor solo; por lo demás, nunca me quedaré tranquilo en un mismo lugar.
—Ya veo.
—Aquí me tienes esta noche, sin un lugar donde dormir.
Wattie metió las manos en los bolsillos con ostentación.
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—Te prestaré lo que quieras.
—No, no me prestes nada. No te lo devolvería. Todo lo que quiero es una cama... y
desayuno.
—No hay más que este sofá. Es un departamento muy chico (son para hombres solos),
y tiene servidumbre, pero después de las nueve y media no hay nadie.
—Con un par de mantas dormiré muy bien aquí.
Wattie no se sentía muy cómodo, aunque no quería demostrarlo. No sentía ninguna
simpatía por aquel hombre; además, su llegada en un momento tan crítico era una
eventualidad imposible de prever y difícil de afrontar.
Wattie no quería que Roger Wenway se quedara, pero tampoco podía sugerirle que se
fuera. Bebió un trago; la mano que sostenía el vaso era muy firme.
Wenway buscó algo en su libreta de bolsillo, y sacó una instantánea que le pasó a
Wattie.
—Es de Jennifer, me la dio a mí; le dije que te la mostraría.
Wattie tomó la fotografía sin mirar a Wenway; el individuo lo ponía nervioso; tamaña
adoración parecía perruna.
—Sí, muy buena. Ese clima le debe de venir bien a Jennifer, con el tipo que tiene —
comentó Wattie con frialdad.
—Jennifer usa shorts para salir en canoa... Hay muy poco que hacer allá. Trataré de ir
otra vez —añadió pensativo Wenway—. Le diré cómo van las cosas por aquí; también le
contaré que esta noche la pasé en tu casa.
Hablaron durante un rato, con una botella entre ellos y vasos en las manos; parecían
dos diplomáticos educados, cuyos países estuvieran en más o menos buenas relaciones.
—Mañana por la mañana iré a ver a Tom, antes que nada, para hablarle de su conducta.
—No creo que se levante muy temprano.
Wattie estaba en su oficina esperando que la primera noticia llegara por teléfono. Pero
no fue así; la trajo Wenway en persona.
Lo anunciaron, y entró con solemnidad detrás de una empleada. Una vez cerrada la
puerta, se quedó parado con el sombrero en la mano, mirando a Wattie, que dio señales de
sorpresa ante la expresión de Roger Wenway.
—¡Hola!... ¿Pasa algo?
—Sí, me temo que algo desagradable para ti. Se trata de Tom.
—¿Qué ha pasado?
Como un artista consumado, Wattie hizo la pausa exacta que haría un hombre inocente
antes de adivinar la verdad. Estaba haciendo este papel cuando Wenway contestó:
—Ha muerto.
Wattie quedó inmóvil; después se levantó y, dando la vuelta al escritorio, miró a
Wenway sin hablar. Parecía que la noticia le había hecho perder el don de la palabra.
—Parece que, tal como tú dijiste, Tom fue anoche a su casa —dijo Wenway—. Ellos
presumen que se dio un baño caliente; lo encontraron en la bañera, asfixiado por el
calentador. Por lo menos, se había deslizado bajo el agua y ahogado, pero el cuarto de baño
estaba lleno de gas.
Wattie le hizo una pregunta.
—¿Quién... le encontró?
—La mujer que hace la limpieza diaria. El lugar apestaba a gas, y mandó llamar a un
policía. Parece que Tom intentó llamar a alguien por teléfono, pero estaba demasiado
bebido para hacerlo; el aparato estaba en el suelo de su dormitorio. No puedo concebir por
qué quería darse un baño.
—¿Estaba en el baño?
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—Sí. Debajo del agua. Lo extraordinario del caso es que el calentador estaba apagado y
el gas seguía saliendo. Ellos no pueden creer que Tom quisiera un baño frío; y en caso de
desearlo así, no tenía por qué abrir el paso del gas.
—Tal vez entró en el agua cuando estaba caliente, y luego quiso más agua; al tratar de
encender de nuevo el calentador resbalaría, y al caer perdió el conocimiento. ¿Está la
policía allí, todavía?
—Sí; y les dije dónde te podían encontrar.
—¿A mí?
Por primera vez, Wattie casi perdió la compostura.
—Tú eras amigo de Tom; estabas en el club y lo viste antes de irte. Puedes decirles en
qué estado se encontraba.
—Sí, sí. Ya veo.
Wenway se inclinó hacia adelante y empezó a morderse los nudillos de la mano.
—Linda vuelta al hogar. Y cuando pienso en Jennifer preocupándose...
—¿Dejó alguna carta o algo?
— ¡Por Dios!, no. No fue una cosa premeditada. Tom no pensaba en la muerte. ¿Por
qué iba a pensar en ella?
Hasta se llevó un whisky con soda al cuarto de baño. Estaba intacto; es el hábito del
bebedor: servirse un trago que no piensa beber.
—¿Eso es todo? ¿No encontraron nada más?
Wenway arqueó las cejas y miró a Wattie en forma un poco rara. Casi en seguida sus
cejas tomaron la acostumbrada posición, y cambió de tono.
—Tienen un detective bastante inteligente allí. Señaló una cosa que los tiene intrigados
a todos.
—¿De qué se trata?
—No pueden encontrar por ninguna parte una caja de fósforos —dijo Wenway.
Ni siquiera entonces cambió Wattie de expresión. Demostró sorpresa como es natural,
pero nada más. Miró fijamente a Wenway, sintiendo que le sucedería lo que no creyó que
podría pasarle.
Wenway repetía tontamente lo que ya había dicho.
—Ni una caja de fósforos. ¡Qué raro que hayan notado una cosa semejante!
—¿Cómo encendió el calentador, entonces? —preguntó Wenway humedeciéndose los
labios.
—Eso es lo que tratan de averiguar.
—Bien —dijo Wattie—. El gas estaba apagado cuando ellos llegaron. Tal vez Tom
nunca alcanzó a encenderlo.
—Eso significa —dijo Wenway con impaciencia— que, en una noche tan fría, Tom se
dio un baño helado para estar mejor.
—Quién sabe si no pensó que sería mejor.
—No era un baño de ducha. ¡Estaba adentro del agua! ¿Y por qué abrió el paso del gas
? ¿Para qué están las llaves ?
Wattie hizo otra tentativa.
—Supongo que abrió el gas, y después buscó los fósforos. Y no tenía... estaba muy
bebido... Le pareció que daba lo mismo. Tú sabes las tonterías que hace la gente a veces.
— ¡Sí; y se puso a dormir en el agua fría! —dijo Wenway en tono burlón.
Roger Wenway había estado contemplando el dibujo de la alfombra, pero de pronto
miró otra vez a Wattie, y al hacerlo, el silencio se tornó opresivo.
Wattie permanecía tranquilo. La expresión de Wenway fue cambiando, y de pronto dijo
agitando un dedo:
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—Al venir hacía acá, pasé por tu club. Quería saber a qué hora exacta se fue Tom para
su casa; tú no lo sabías.
—Se fue después que yo me retiré.
—Casi en seguida. Quería saber también si se fue caminando o no. Parece que sí, y con
más o menos firmeza. Después con el mozo del bar. Me intrigaba el asunto de los fósforos;
es decir, desde que oí a aquel detective mencionar el detalle, todos quedamos intrigados.
Buscaron hasta en el dormitorio y en la pieza de vestir...
—Pero, ¿por qué?
—Supongo que será una de esas cosas que impresionan a la gente por lo raras. A mí, al
menos, me llamó la atención; una pequenez, pero inexplicable. En el club hablé con el
mozo del bar que los atiende a ustedes, y le dije: "El señor Scott fumaba mucho, ¿no?"
—Sí —dijo Wattie—. No mucho, pero bastante.
—Lo estuvieron embromando anoche. ¿Te acuerdas? Tal vez no los oíste. Cada vez
que se ponía un cigarrillo entre los labios decía: "Déme fuego alguien..." Por eso le
preguntaron por qué no se compraba una caja de fósforos. Tom contestó que en el club los
fósforos eran gratis, pero que no se sentía con ánimo de ir a buscarlos en aquel momento.
El hecho es que no tenía fósforos. El mozo del bar está seguro de eso...
Wattie carraspeó. De pronto, su apariencia pareció flaccida, y hasta se le notaba un
doble mentón. Habló con voz indiferente:
—¿No encontraron un encededor?
—No; si hubiera encendido el calentador con un encendedor, tendría que estar por allí
cerca.
—¿Quieres decir que en la cocina tampoco había fósforos?
—¡Ah!, la mujer que hace la limpieza nos habló de eso. Ella tiene una caja de tamaño
grande, que no se puede llevar en el bolsillo. Ya que Tom, como muchos otros, estaba
siempre usando los fósforos de la casa, ella prefería tener a mano una para su uso. La tenía
atada con una cuerda a la cocina de gas. Ahora bien, si Tom usó uno de los fósforos de esa
caja y, haciendo pantalla con la mano para que no se le apagara, lo llevó hasta el cuarto de
baño y encendió el calentador, tuvo que dejar después el fósforo en alguna parte.
A Wattie no se le movía ni un músculo de la cara.
¦—Y no han encontrado ni siquiera eso —siguió diciendo Wenway.
—Me parece que le dan demasiada importancia a un punto que no la tiene.
—Sí, pero me gusta ese detective. Me impresionó bien. Debe de estar por llegar en
cualquier momento... para hablar contigo.
Wenway se levantó para irse, y dirigió una penetrante mirada a Wattie. Parecía que
algo le preocupaba.
—Me voy; tengo una cita a las once y media para arreglar mi próximo viaje. No puedo
faltar; te llamaré más tarde.
La puerta se cerró tras él, y Wattie quedó solo, sintiéndose incapaz de trabajar ni de
pensar con claridad.
Wenway no tenía ninguna cita, simplemente quería irse de allí. Estaba en camino al
departamento de Wattie, y tomó el metro. Wattie se sentiría incapaz de pensar, pero
Wenway pensaba por dos.
Se sentía poseído por una extraña sospecha. Wattie salió del club antes que Scott. ¿En
dónde estuvo desde que salió hasta que llegó a su departamento?
Wenway sabía que el calentador fue encendido, y que en alguna parte tenía que haber
un fósforo quemado. ¿Dónde estaba esta prueba? Y si Wattie había acompañado al joven
Scott a su departamento, ¿por qué no lo admitía?
Wenway pensaba que cuando un hombre enciende un fósforo en casa ajena, y no tiene
un cenicero a mano, una innata meticulosidad le impide arrojarlo al suelo. En este caso, se
presentan dos posibilidades: algunos abrirán la caja otra vez y guardarán en ella el fósforo
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quemado; otros se lo echarán al bolsillo, para encontrarlo después entre las monedas o
papeles.
Si Wattie encendió ese fósforo, existía la posibilidad de que se lo hubiera llevado.
La noche anterior, Wattie llevaba traje de etiqueta y abrigo negro liviano; ahora no
tenía puestos ninguno de los dos.
Además, Wenway, recordaba muy bien que, cuando entraron, Wattie se quitó el abrigo
y lo colgó en una percha. Se acordaba también de haberlo visto fumar, y no había olvidado
que encendió los cigarrillos con un encendedor plateado en forma de bola, que estaba sobre
una mesa.
Veinte minutos después, Wenway entraba en el departamento de Wattie. Lo primero
que hizo fue inspeccionar el abrigo negro que estaba en el hall. Metió una mano en el
bolsillo y sacó una caja de fósforos, tiró de la tapa y miró. Encima de los fósforos sin usar,
había uno ya quemado.
Wenway se sentó en una silla y empezó a analizar la situación. Se daba cuenta de que si
aquel detective más o menos inteligente supiera tanto como él, la única dificultad estribaría
en saber si el reciente descubrimiento, agregado a otros hechos anteriores en la vida de
Wattie, bastaría para convencer a un jurado.
En Inglaterra se dice que ningún hombre es condenado mientras exista una partícula de
duda en cuanto a su culpabilidad. Wenway veía que éste era un caso dubitativo para un
jurado, aunque él, personalmente, estuviera satisfecho. ¿Por qué había negado Wattie el
haber acompañado a Tom a su casa? Wenway estaba convencido de que Wattie había
estado con Tom.
Claro que todo esto iba a ser un golpe para Jennifer; solamente con la muerte de Tom
ya tendría bastante.
Naturalmente que muchas personas han muerto asfixiadas en el baño a causa de un
escape de gas del calentador, sin que estos casos pasen de trágicos accidentes. Pero que su
hermano fuera asesinado, y que por este crimen juzgaran al hombre de quien todavía
estaba enamorada, sería para Jennifer una pena insoportable. Para Wenway, esto era
innecesario.
Wenway quería volver al lado de Jennifer para consolarla, pero no pensaba dejar a
Wattie, que se había librado de muchas cosas, que se librara de pagar por este crimen.
Wenway permanecía sentado con el mentón apoyado en una mano, los hombros
encorvados, inmóvil y flemático. Poco a poco se iba transformando en un ser frío, cruel y
calculador, tal como Wattie lo había sido doce horas antes.
Wenway no volvió al escritorio de Wattie, y éste llegó temprano al departamento
aquella tarde. Wattie cerró la puerta de entrada, y Wenway oyó que sus pasos se detenían
en el hall; por la puerta entreabierta vio la mano de Wattie que tomaba el abrigo negro y
buscaba algo en el bolsillo.
Muy despacio, la mano volvió a dejar el abrigo; Wenway podía imaginar la expresión
de Wattie. Pasado un momento, Paul empujó la puerta y entró, deteniéndose sorprendido al
ver quién estaba allí.
La palidez de Wattie no era de extrañar. Wenway pensó que él estaría lo mismo o peor.
Se miraron un momento en silencio, y después habló Wenway:
—¿Fue la policía?
—Fue un individuo, supongo que era tu inteligente detective. Le dije lo que sabía;
pensé que ibas a volver, te estuve esperando.
—No. Tuve una caída y me torcí la muñeca —dijo Wenway, y levantando la mano
derecha mostró un vendaje—. Me dolió bastante, así que vine aquí para descansar un rato.
Es una maldita incomodidad; no puedo ni sostener una lapicera, y tengo una carta que
escribir. No es que se trate de algo importante, pero tengo unos papeles que mandar y
quería agregar una nota. ¿Podrías garabatear unas palabras por mí?
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Wattie parecía titubear.
—Tengo sólo papel con esta dirección.
—No importa. Quiero despachar eso esta tarde, son solamente unas pocas líneas.
Wattie estaba en un dilema. ¿Cómo podía rehusarse a escribir? Tomó una hoja de papel
y esperó, mirando a Wenway por sobre el hombro.
—Escribe esto, por favor —dijo Wenway—: "Pido disculpas a todos por las molestias
que sufrirán. Siento no haber podido decir adiós".
Wattie titubeaba, pero no veía escapatoria ni qué objeción podía hacer.
Escribió, y luego levantó la cabeza mirando a Wenway con mirada inquisitiva.
—¿Quieres que firme esto por ti?
—No; prefiero más bien que sea anónimo. Voy a mandar algunos papeles a alguien que
conocía a bordo. Gracias. Lo pondré en un sobre que tengo listo y lo despacharé cuando
salga.
Wattie parecía intrigado por algo.
—Fuma un cigarrillo antes de irte.
Wenway le pasó una cigarrera con la mano izquierda, y Wattie lo aceptó sin darse
cuenta. Wenway sacó su caja de fósforos y extrajo uno. Trató de encenderlo y no pudo; se
quedó mirándolo con pretendido fastidio.
—Si hay algo que no me gusta es encontrar un fósforo quemado entre los sin usar.
Mientras decía esto, observaba a Wattie con el rabillo del ojo; primero vio que reprimía
un estremecimiento, que poco a poco se fue transformando en satisfacción cuando él tiró el
fósforo al suelo. Entonces Wenway volvió a levantar el fósforo y lo guardó otra vez en la
caja.
—Tal vez encuentre al que lo puso aquí. Será una casualidad.
Wattie volvió a salir y Wenway se quedó; allí estaba cuando Wattie regresó con las
mejillas enrojecidas. Había estado bebiendo.
Era bastante tarde y ya no había más servicio en esos departamentos de solteros. Los
dos hombres estaban sentados frente a frente; en la mesa que los separaba había una botella
y vasos medio llenos.
Por tercera vez, Wattie repetía, con voz áspera y una vehemencia desconocida en él, la
misma frase.
—Tengo dinero y deseo ayudarte. Podemos llegar a un arreglo. Te daré todo lo que
quieras para que te pongas al día. Todo lo que pido en cambio es tener la certeza de que
sujetarás la lengua.
—No tengo nada que contar.
—El arreglo es... no contar nada. Te pago..., y tú no dices nada a nadie, sin importarte
lo que pregunten... acerca de mí.
Wenway lo miró serenamente.
—No quiero tu dinero. Mejor dicho, sería un inconveniente si me lo encontraran por la
mañana.
Los ojos enrojecidos de Wattie no se apartaban de los de Wenway. Los párpados se le
caían; sacudía la cabeza, sintiéndose incapaz de mantenerse despierto. Solamente el
pensamiento de su propia seguridad lo revivía y le obligaba a implorar.
De pronto, se agitó en su silla y miró con recelo a Wenway; le pareció verlo a través de
la niebla. Trató de hablar sin poder casi pronunciar las palabras.
—Me imagino que no pusiste nada... en mi último trago..., ¿no? Tenía... un gusto
raro..., y siento... algo.
—Sí. Claro que puse algo —dijo Wenway.
Wattie no pudo hablar más; la cabeza le cayó sobre el pecho.
—Una droga —continuó Wenway, esperando que Wattie le alcanzara a oír—. Yo viajo
mucho y para mí es fácil conseguir esas cosas.
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Hizo una pausa mirando a Wattie con disgusto.
—Creíste que habías planeado el crimen perfecto. Fue una forma brutal, sórdida y
desagradable de matar a Tom. Pero me has dado una idea respecto de lo que haré contigo.
Cometiste un crimen casi perfecto y lo arruinaste con un paso en falso. Aprovechando tu
experiencia, yo haré lo mismo..., y si evito tu equivocación, será perfecto. Creo que es lo
mejor para todos. Morirás mejor que en la horca y en forma menos notoria.
Wenway no estaba seguro de si Wattie lo oía ya. Se quitó la venda de la muñeca y tomó
a Wattie en sus brazos; no era pesado, y él, Wenway, era un hombre fuerte y corpulento.
Lo llevó al dormitorio y empezó a desvestirlo.
En esta operación tuvo alguna dificultad y hasta rompió un gemelo de Wattie al
quererlo sacar, pero no podía detenerse a buscarlo; además, esto podía haberle pasado al
mismo Wattie. Después le puso un pijama y una bata, y lo llevó al cuarto de baño.
No había temor de inundar el baño, ya que no pensaba tapar la bañera.
Sentó a Wattie en una silla apoyándole la cabeza en el borde de la bañera, cerca de la
salida del gas, como si lo hubiera hecho deliberadamente. Después abrió el gas.
Al lado de Wattie colocó la famosa caja de fósforos, y fuera de ésta, el fósforo que le
sirvió de prueba. Esto le pareció un toque artístico. No sólo estaba usando el modelo
criminal empleado por Wattie, sino también el mismo instrumento... El que sirvió para
acarrear la muerte a Scott, serviría para la de Wattie.
Wenway salió del cuarto de baño y cerró la puerta. Después de echarle llave por el lado
de afuera, aseguró con un alfiler una hoja de papel en ella. Una hoja de papel con la
escritura de Wattie y que decía:
"Pido disculpas a todos por las molestias que sufrirán. Siento no haber podido decir
adiós."
Wenway volvió a la sala y se sirvió otra copa. Estuvo un rato bebiendo despacio...
Después mojó una toalla y se tapó con ella la boca y la nariz. Así protegido, rompió una
tabla de la puerta del baño con un atizador de la chimenea.
Sacando la llave de la cerradura, que estaba por el lado de afuera, pasó la mano por el
agujero en el panel, y la colocó por el lado de adentro. Y por último, tal vez porque el olor
a gas era insoportable, salió corriendo hacia el pasillo, cerró la llave principal del gas y,
abriendo las otras puertas, gritó pidiendo ayuda.
En el barco que iba hacia Georgetown, Wenway pensaba en lo que diría a Jennifer.
Seguramente, la muerte de Tom había acabado con la resistencia de Wattie. Parecía
obsesionado por la idea de que él tenía la culpa, ya que no debió dejar solo al joven aquella
noche. Habían sido tan inseparables... El pobre hombre daba muestras de no estar en sus
cabales.
Wenway se estaba haciendo limpiar los zapatos. El lustrador le había desdoblado la
vuelta de una pierna del pantalón, y la estaba cepillando. Wenway era poco cuidadoso con
sus trajes.
Al desdoblar la otra, cayó el pedazo de gemelo.
Wenway lo miró fijamente, y se agachó a levantarlo.
¡Era precisamente la prueba que podía haberlo llevado a la horca!
Humedeciéndose los labios, se acercó al costado del barco y con ademán indiferente
tiró al mar la prueba inculpadora. Su gesto de recriminación a su propio descuido era digno
de verse.


