Cuentos para Valentina

Espacio en el que podrás intercambiar opiniones sobre libros, ensayos y demás. Tus autores predilectos, libros recomendados, etc.

Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Jue Mar 25, 2010 8:46 pm

¿Cuentos?, los hay de todo tipo, tamaños y colores, ¿uno policial?, ¿que tal vez el siguiente?
(Tal vez sea muy largo para leerlo aquí y sea mejor copiarlo e imprimirlo...)

Copia del original
Hylton Cleaver

Paul Wattie cometería un crimen original. Era un hombre de edad mediana, con el ceño
de un revolucionario y el perfil de un rey. De gesto inescrutable y enigmático, agradaba a
las mujeres por sus maneras. Su víctima sería el hermano de una de estas mujeres.
Jennifer Scott estaba a salvo fuera del país, pero su hermano, no. La gente consideraba
inseparables a Wattie y a Scott; mas, desgraciadamente, Paul Wattie no podía hacer
concesiones a las personas que bebían y hablaban demasiado.
El joven Scott había recibido ciertas confidencias de Paul; y si bebía tanto era porque
había descubierto algo que no le confiaron. Wattie era un bígamo en perspectiva, y vivía
del dinero que le daban las mujeres. Paul Wattie suponía, y tal vez bien, que el joven Scott
escribiría en cualquier momento una inculpadora carta a su hermana, que estaba en
Georgetown.
Tom Scott estaba bebido esa noche; Paul Wattie demostró su disgusto y se fue antes.
Se le vio partir en una dirección; Tom Scott, rechazando el ofrecimiento de un taxi
hecho por el portero, caminó en dirección opuesta. A unos trescientos metros más allá,
Wattie esperaba al joven Scott; al llegar éste junto a él, ofrecióle su brazo para que se
apoyara.
Evitando las calles concurridas, y al mismo tiempo los taxis, de los cuales algún
conductor podía recordar después haber dejado dos pasajeros en algún lugar, los dos
hombres llegaron al pequeño alojamiento de Tom, situado encima de una caballeriza, y
cuya puerta principal estaba en un rincón poco visible. Wattie le dijo a Tom que no hiciera
ruido; el joven, que no estaba para tonterías ni peleas, sino más bien deprimido, sacó su
llave y, después de dos o tres tentativas, abrió la puerta.
Una vez arriba, Tom se desplomó en una silla; su aspecto era miserable y estaba medio
dormido. Wattie, que no quería dejar rastros de su visita, no quiso fumar ni beber. Estaba
apoyado contra la pared, con el abrigo desabrochado y las manos en los bolsillos. Mirando
a su víctima, le dijo:
—Lo mejor para usted, jovencito, es un baño bien caliente y tres aspirinas; después se
acostará a dormir.
Tom estaba adormecido ya, y parecíale que Wattie le daba un consejo más bien que la
reprimenda de un hombre mayor. Tom Scott suspiró, se encogió de hombros y se dejó
llevar al dormitorio.
Wattie ayudó a Tom a desvestirse, agregando otro gesto de generosidad al encender el
calentador del baño.
Tom se puso una robe de chambre y su amigo le dio las aspirinas; al llegar a este punto,
el joven hizo un tartamudeante comentario, según el cual las aspirinas debían tomarse
después del baño y una vez en cama.
Wattie, tomando la temperatura del agua de la bañera, le contestó que estaba en un
error. Tom, dejando su pijama en una silla, admitió que Wattie sería una nurse perfecta.
Tom, que no tenía las piernas muy firmes, entró en el agua y se arrodilló
cautelosamente, después se estiró cuan largo era, con satisfacción.
Wattie dijo que iría a tomar algo mientras Tom se remojaba, y éste agregó que a él
también le gustaría tomar lago; así que, un poco después, Wattie le trajo a Tom un último
whisky con soda, y se lo dejó en una silla cerca de la bañera.
33
Paul Wattie tuvo sumo cuidado en mantener un pañuelo entre su mano y todo lo que
tocaba: el frasco, el vaso, el sifón, la manija de la puerta y el calentador.
Aprovechando que Tom se había quedado dormido en la bañera, Wattie apretó los
dedos de su víctima contra el vaso.
Después, Wattie estudió el calentador.
Los constructores de estos aparatos se jactan de que no se puede abrir el paso del gas
sin estar abierta la llave del agua, pero hay una estratagema que anula esta seguridad: se
abren el agua y el gas al mismo tiempo, después se cierra el agua hasta que el chorro quede
reducido a un hilo casi imperceptible; y el gas sigue saliendo.
Si el gas está encendido, esta pequeña cantidad de agua hervirá, y el calentador
estallará; pero si el gas no está encendido y sigue saliendo... Wattie preparó todo para que
así fuera. Ya se oía el suave silbido y el olor del gas en el cuarto de baño.
¿Podría el tenue hilo de agua, ahora frío, despertar a Tom? Wattie pensó que, de todas
maneras, no despertaría a tiempo; el cuarto de baño estaría lleno de gas. A Tom lo
esperaban dos posibles formas de morir; asfixiado por el gas o ahogado en la bañera, ya
que de todas maneras estaría inconsciente.
El agua no podría desbordar, ya que, un poco más abajo de las llaves, había un
sumidero; por lo tanto, al llegar a ese nivel, empezaría a salir por ese sitio. Para entonces,
según los cálculos de Paul, el joven se deslizaría bajo el agua y se ahogaría. ¿O estaría
asfixiado ya? Paul Wattie no podía adivinar cuál de las dos cosas sucedería primero.
Parecería que el pobre joven se había ido a su casa y que había perdido el conocimiento
al pretender tomar un baño. Acaso había tratado de cerrar el paso del gas, y no lo
consiguió; también pudo haberse equivocado, y abrir el paso creyendo que lo cerraba.
Wattie miró alrededor.
Había pensado con minuciosidad en todo. No podría cerrar la puerta por el lado de
adentro, pero un hombre en las condiciones de Tom, difícilmente se preocuparía por ese
detalle.
Mañana vendría la mujer que hacía la limpieza. Acerca de este punto, Wattie sentía
cierta ansiedad. Deseaba que esa mujer no tuviera la ocurrencia de encender un fósforo; no
quería tener dos muertes en su conciencia.
Pensó que sería una buena idea tirar el teléfono de Tom al suelo, dejándolo con el tubo
descolgado. Paul no tenía la menor noción de cómo trabajaba la central; creía muy posible
que alguna persona, en el otro extremo de la línea, empezara a inquietarse al no obtener
contestación, y mandara algún mecánico a arreglar el aparato. De todos modos, nadie
llegaría a tiempo.
¿Qué pasaría si él, Tom, llamaba al número de Tom, al llegar a su casa, quejándose
después a la central de que no obtenía comunicación? En cualquier caso, no mandarían a
nadie hasta la mañana siguiente.
Wattie cerró la puerta del cuarto de baño; olfateó el aire y escuchó. No oía ningún
llamado de auxilio. En realidad, el fin de Tom sería muy apacible. Menos mal que la
central no podía oler el gas por teléfono.
Se acordó de dejar las luces encendidas, tal como Tom lo hubiera hecho y, al llegar al
pasillo que conducía a la salida, miró hacia ambos lados; una vez seguro de que no había
nadie, salió y cerró la puerta.
Wattie caminó silencioso y rápidamente, eligiendo calles solitarias. Iba estudiando la
posibilidad de volver al club y preguntar si el señor Scott se había retirado ya. Pensó que
era mejor no hacer esa tentativa, y se dirigió a su casa.
En la puerta de su departamento había un hombre sentado en el felpudo.
Estaba muy tranquilo apoyado contra la pared, tenía los brazos cruzados sobre el pecho,
y el ala del sombrero le cubría los ojos. Una ola de temor invadió la imaginación de
Wattie; la penumbra reinante le impedía ver la cara del hombre. Trató de alejar este temor;
34
pensándolo bien, era imposible que Scotland Yard se hubiera enterado tan pronto del
asunto y, más aún, que hubieran mandado un hombre a su casa. No podían haber
descubierto nada todavía, y las sospechas que pudieran tener caerían sobre el mismo Tom.
El hombre parecía un polizonte, pero cuando levantó la cabeza, Wattie lo reconoció.
—¡Santo Cielo! ¡Wenway! —dijo con tono de reserva.
Roger Wenway le contestó con una despreocupada sonrisa.
Erguido, era mucho más alto y corpulento que Wattie. Era uno de esos hombres
tranquilos y solitarios que nunca tienen un amigo íntimo y que nunca están mucho tiempo
en un mismo lugar.
—Has empleado bastante tiempo para venir andando desde el club.
Wattie permaneció inmutable a pesar del peligroso sentido de la frase. Contestó
simplemente:
—¿Así que fuiste al club?
—Primero vine aquí y no encontré a nadie; entonces caminé hasta el club; allí me
dijeron que te acababas de ir. No sé cómo no nos encontramos por el camino. Desde que
volví te estoy esperando.
—No tenía prisa. Estaba de mal humor y quise tomar un poco de aire. El joven Scott
estaba allí, y tan bebido, que me fui antes de que se le ocurriera pegarse a mi persona. No
sé cómo no lo viste en el club —dijo Wattie.
—Al no encontrarte pregunté por Tom, pero también se había ido. Pensé llamarlo,
aunque de nada hubiera valido.
Wattie sacó sus llaves y abrió la puerta.
—Puedes entrar. Uno nunca sabe si estás en el país, o fuera de él.
—Estoy aquí..., y sin un centavo. Claro que sólo por un día o dos, hasta que llegue mi
paga. Al desembarcar tenía unos pocos centavos, y esperaba que me dieras una cama y
desayuno.
Wattie se sacó el sombrero y lo colgó junto con su abrigo negro. Cruzó el hall con aire
de señorío desprovisto de cordialidad. Entró antes que Wenway, haciéndole seña de que lo
siguiera.
Tomó algunas cartas que había en la repisa y, después de mirar la escritura, las volvió a
dejar en el mismo lugar. Encendió las luces de la sala. En una mesa había una bandeja con
bebidas.
—Sírvete lo que quieras.
—Vi a Jennifer hace cosa de un mes —dijo Wenway después de sentarse.
— ¡Ah!, ¿estaba allí? ¿Cómo está Jennifer?
—Muy bella —contestó Wenway.
Wattie inclinó la cabeza.
—Por eso te buscaba. Jennifer está muy preocupada por Tom. No le ha dicho nada a su
padre, pero cree que Tom anda descarriado, y que tú deberías hacer algo. Le contesté que
yo vería lo que pasaba. Dice que le escribas.
—Sí, hace tiempo que tengo la intención de hacerlo. En realidad, Tom se ha estado
portando muy mal últimamente.
—Jennifer piensa que tienes mucha influencia sobre Tom.
Wattie hizo un gesto y se sirvió otra copa.
—Jennifer se podría haber casado contigo, creo —dijo
—¿Tú te habrías casado con Jennifer?
—¡Oh, no!, yo no me puedo casar con nadie. Un vagabundo inquieto como yo está
mejor solo; por lo demás, nunca me quedaré tranquilo en un mismo lugar.
—Ya veo.
—Aquí me tienes esta noche, sin un lugar donde dormir.
Wattie metió las manos en los bolsillos con ostentación.
35
—Te prestaré lo que quieras.
—No, no me prestes nada. No te lo devolvería. Todo lo que quiero es una cama... y
desayuno.
—No hay más que este sofá. Es un departamento muy chico (son para hombres solos),
y tiene servidumbre, pero después de las nueve y media no hay nadie.
—Con un par de mantas dormiré muy bien aquí.
Wattie no se sentía muy cómodo, aunque no quería demostrarlo. No sentía ninguna
simpatía por aquel hombre; además, su llegada en un momento tan crítico era una
eventualidad imposible de prever y difícil de afrontar.
Wattie no quería que Roger Wenway se quedara, pero tampoco podía sugerirle que se
fuera. Bebió un trago; la mano que sostenía el vaso era muy firme.
Wenway buscó algo en su libreta de bolsillo, y sacó una instantánea que le pasó a
Wattie.
—Es de Jennifer, me la dio a mí; le dije que te la mostraría.
Wattie tomó la fotografía sin mirar a Wenway; el individuo lo ponía nervioso; tamaña
adoración parecía perruna.
—Sí, muy buena. Ese clima le debe de venir bien a Jennifer, con el tipo que tiene —
comentó Wattie con frialdad.
—Jennifer usa shorts para salir en canoa... Hay muy poco que hacer allá. Trataré de ir
otra vez —añadió pensativo Wenway—. Le diré cómo van las cosas por aquí; también le
contaré que esta noche la pasé en tu casa.
Hablaron durante un rato, con una botella entre ellos y vasos en las manos; parecían
dos diplomáticos educados, cuyos países estuvieran en más o menos buenas relaciones.
—Mañana por la mañana iré a ver a Tom, antes que nada, para hablarle de su conducta.
—No creo que se levante muy temprano.
Wattie estaba en su oficina esperando que la primera noticia llegara por teléfono. Pero
no fue así; la trajo Wenway en persona.
Lo anunciaron, y entró con solemnidad detrás de una empleada. Una vez cerrada la
puerta, se quedó parado con el sombrero en la mano, mirando a Wattie, que dio señales de
sorpresa ante la expresión de Roger Wenway.
—¡Hola!... ¿Pasa algo?
—Sí, me temo que algo desagradable para ti. Se trata de Tom.
—¿Qué ha pasado?
Como un artista consumado, Wattie hizo la pausa exacta que haría un hombre inocente
antes de adivinar la verdad. Estaba haciendo este papel cuando Wenway contestó:
—Ha muerto.
Wattie quedó inmóvil; después se levantó y, dando la vuelta al escritorio, miró a
Wenway sin hablar. Parecía que la noticia le había hecho perder el don de la palabra.
—Parece que, tal como tú dijiste, Tom fue anoche a su casa —dijo Wenway—. Ellos
presumen que se dio un baño caliente; lo encontraron en la bañera, asfixiado por el
calentador. Por lo menos, se había deslizado bajo el agua y ahogado, pero el cuarto de baño
estaba lleno de gas.
Wattie le hizo una pregunta.
—¿Quién... le encontró?
—La mujer que hace la limpieza diaria. El lugar apestaba a gas, y mandó llamar a un
policía. Parece que Tom intentó llamar a alguien por teléfono, pero estaba demasiado
bebido para hacerlo; el aparato estaba en el suelo de su dormitorio. No puedo concebir por
qué quería darse un baño.
—¿Estaba en el baño?
36
—Sí. Debajo del agua. Lo extraordinario del caso es que el calentador estaba apagado y
el gas seguía saliendo. Ellos no pueden creer que Tom quisiera un baño frío; y en caso de
desearlo así, no tenía por qué abrir el paso del gas.
—Tal vez entró en el agua cuando estaba caliente, y luego quiso más agua; al tratar de
encender de nuevo el calentador resbalaría, y al caer perdió el conocimiento. ¿Está la
policía allí, todavía?
—Sí; y les dije dónde te podían encontrar.
—¿A mí?
Por primera vez, Wattie casi perdió la compostura.
—Tú eras amigo de Tom; estabas en el club y lo viste antes de irte. Puedes decirles en
qué estado se encontraba.
—Sí, sí. Ya veo.
Wenway se inclinó hacia adelante y empezó a morderse los nudillos de la mano.
—Linda vuelta al hogar. Y cuando pienso en Jennifer preocupándose...
—¿Dejó alguna carta o algo?
— ¡Por Dios!, no. No fue una cosa premeditada. Tom no pensaba en la muerte. ¿Por
qué iba a pensar en ella?
Hasta se llevó un whisky con soda al cuarto de baño. Estaba intacto; es el hábito del
bebedor: servirse un trago que no piensa beber.
—¿Eso es todo? ¿No encontraron nada más?
Wenway arqueó las cejas y miró a Wattie en forma un poco rara. Casi en seguida sus
cejas tomaron la acostumbrada posición, y cambió de tono.
—Tienen un detective bastante inteligente allí. Señaló una cosa que los tiene intrigados
a todos.
—¿De qué se trata?
—No pueden encontrar por ninguna parte una caja de fósforos —dijo Wenway.
Ni siquiera entonces cambió Wattie de expresión. Demostró sorpresa como es natural,
pero nada más. Miró fijamente a Wenway, sintiendo que le sucedería lo que no creyó que
podría pasarle.
Wenway repetía tontamente lo que ya había dicho.
—Ni una caja de fósforos. ¡Qué raro que hayan notado una cosa semejante!
—¿Cómo encendió el calentador, entonces? —preguntó Wenway humedeciéndose los
labios.
—Eso es lo que tratan de averiguar.
—Bien —dijo Wattie—. El gas estaba apagado cuando ellos llegaron. Tal vez Tom
nunca alcanzó a encenderlo.
—Eso significa —dijo Wenway con impaciencia— que, en una noche tan fría, Tom se
dio un baño helado para estar mejor.
—Quién sabe si no pensó que sería mejor.
—No era un baño de ducha. ¡Estaba adentro del agua! ¿Y por qué abrió el paso del gas
? ¿Para qué están las llaves ?
Wattie hizo otra tentativa.
—Supongo que abrió el gas, y después buscó los fósforos. Y no tenía... estaba muy
bebido... Le pareció que daba lo mismo. Tú sabes las tonterías que hace la gente a veces.
— ¡Sí; y se puso a dormir en el agua fría! —dijo Wenway en tono burlón.
Roger Wenway había estado contemplando el dibujo de la alfombra, pero de pronto
miró otra vez a Wattie, y al hacerlo, el silencio se tornó opresivo.
Wattie permanecía tranquilo. La expresión de Wenway fue cambiando, y de pronto dijo
agitando un dedo:
37
—Al venir hacía acá, pasé por tu club. Quería saber a qué hora exacta se fue Tom para
su casa; tú no lo sabías.
—Se fue después que yo me retiré.
—Casi en seguida. Quería saber también si se fue caminando o no. Parece que sí, y con
más o menos firmeza. Después con el mozo del bar. Me intrigaba el asunto de los fósforos;
es decir, desde que oí a aquel detective mencionar el detalle, todos quedamos intrigados.
Buscaron hasta en el dormitorio y en la pieza de vestir...
—Pero, ¿por qué?
—Supongo que será una de esas cosas que impresionan a la gente por lo raras. A mí, al
menos, me llamó la atención; una pequenez, pero inexplicable. En el club hablé con el
mozo del bar que los atiende a ustedes, y le dije: "El señor Scott fumaba mucho, ¿no?"
—Sí —dijo Wattie—. No mucho, pero bastante.
—Lo estuvieron embromando anoche. ¿Te acuerdas? Tal vez no los oíste. Cada vez
que se ponía un cigarrillo entre los labios decía: "Déme fuego alguien..." Por eso le
preguntaron por qué no se compraba una caja de fósforos. Tom contestó que en el club los
fósforos eran gratis, pero que no se sentía con ánimo de ir a buscarlos en aquel momento.
El hecho es que no tenía fósforos. El mozo del bar está seguro de eso...
Wattie carraspeó. De pronto, su apariencia pareció flaccida, y hasta se le notaba un
doble mentón. Habló con voz indiferente:
—¿No encontraron un encededor?
—No; si hubiera encendido el calentador con un encendedor, tendría que estar por allí
cerca.
—¿Quieres decir que en la cocina tampoco había fósforos?
—¡Ah!, la mujer que hace la limpieza nos habló de eso. Ella tiene una caja de tamaño
grande, que no se puede llevar en el bolsillo. Ya que Tom, como muchos otros, estaba
siempre usando los fósforos de la casa, ella prefería tener a mano una para su uso. La tenía
atada con una cuerda a la cocina de gas. Ahora bien, si Tom usó uno de los fósforos de esa
caja y, haciendo pantalla con la mano para que no se le apagara, lo llevó hasta el cuarto de
baño y encendió el calentador, tuvo que dejar después el fósforo en alguna parte.
A Wattie no se le movía ni un músculo de la cara.
¦—Y no han encontrado ni siquiera eso —siguió diciendo Wenway.
—Me parece que le dan demasiada importancia a un punto que no la tiene.
—Sí, pero me gusta ese detective. Me impresionó bien. Debe de estar por llegar en
cualquier momento... para hablar contigo.
Wenway se levantó para irse, y dirigió una penetrante mirada a Wattie. Parecía que
algo le preocupaba.
—Me voy; tengo una cita a las once y media para arreglar mi próximo viaje. No puedo
faltar; te llamaré más tarde.
La puerta se cerró tras él, y Wattie quedó solo, sintiéndose incapaz de trabajar ni de
pensar con claridad.
Wenway no tenía ninguna cita, simplemente quería irse de allí. Estaba en camino al
departamento de Wattie, y tomó el metro. Wattie se sentiría incapaz de pensar, pero
Wenway pensaba por dos.
Se sentía poseído por una extraña sospecha. Wattie salió del club antes que Scott. ¿En
dónde estuvo desde que salió hasta que llegó a su departamento?
Wenway sabía que el calentador fue encendido, y que en alguna parte tenía que haber
un fósforo quemado. ¿Dónde estaba esta prueba? Y si Wattie había acompañado al joven
Scott a su departamento, ¿por qué no lo admitía?
Wenway pensaba que cuando un hombre enciende un fósforo en casa ajena, y no tiene
un cenicero a mano, una innata meticulosidad le impide arrojarlo al suelo. En este caso, se
presentan dos posibilidades: algunos abrirán la caja otra vez y guardarán en ella el fósforo
38
quemado; otros se lo echarán al bolsillo, para encontrarlo después entre las monedas o
papeles.
Si Wattie encendió ese fósforo, existía la posibilidad de que se lo hubiera llevado.
La noche anterior, Wattie llevaba traje de etiqueta y abrigo negro liviano; ahora no
tenía puestos ninguno de los dos.
Además, Wenway, recordaba muy bien que, cuando entraron, Wattie se quitó el abrigo
y lo colgó en una percha. Se acordaba también de haberlo visto fumar, y no había olvidado
que encendió los cigarrillos con un encendedor plateado en forma de bola, que estaba sobre
una mesa.
Veinte minutos después, Wenway entraba en el departamento de Wattie. Lo primero
que hizo fue inspeccionar el abrigo negro que estaba en el hall. Metió una mano en el
bolsillo y sacó una caja de fósforos, tiró de la tapa y miró. Encima de los fósforos sin usar,
había uno ya quemado.
Wenway se sentó en una silla y empezó a analizar la situación. Se daba cuenta de que si
aquel detective más o menos inteligente supiera tanto como él, la única dificultad estribaría
en saber si el reciente descubrimiento, agregado a otros hechos anteriores en la vida de
Wattie, bastaría para convencer a un jurado.
En Inglaterra se dice que ningún hombre es condenado mientras exista una partícula de
duda en cuanto a su culpabilidad. Wenway veía que éste era un caso dubitativo para un
jurado, aunque él, personalmente, estuviera satisfecho. ¿Por qué había negado Wattie el
haber acompañado a Tom a su casa? Wenway estaba convencido de que Wattie había
estado con Tom.
Claro que todo esto iba a ser un golpe para Jennifer; solamente con la muerte de Tom
ya tendría bastante.
Naturalmente que muchas personas han muerto asfixiadas en el baño a causa de un
escape de gas del calentador, sin que estos casos pasen de trágicos accidentes. Pero que su
hermano fuera asesinado, y que por este crimen juzgaran al hombre de quien todavía
estaba enamorada, sería para Jennifer una pena insoportable. Para Wenway, esto era
innecesario.
Wenway quería volver al lado de Jennifer para consolarla, pero no pensaba dejar a
Wattie, que se había librado de muchas cosas, que se librara de pagar por este crimen.
Wenway permanecía sentado con el mentón apoyado en una mano, los hombros
encorvados, inmóvil y flemático. Poco a poco se iba transformando en un ser frío, cruel y
calculador, tal como Wattie lo había sido doce horas antes.
Wenway no volvió al escritorio de Wattie, y éste llegó temprano al departamento
aquella tarde. Wattie cerró la puerta de entrada, y Wenway oyó que sus pasos se detenían
en el hall; por la puerta entreabierta vio la mano de Wattie que tomaba el abrigo negro y
buscaba algo en el bolsillo.
Muy despacio, la mano volvió a dejar el abrigo; Wenway podía imaginar la expresión
de Wattie. Pasado un momento, Paul empujó la puerta y entró, deteniéndose sorprendido al
ver quién estaba allí.
La palidez de Wattie no era de extrañar. Wenway pensó que él estaría lo mismo o peor.
Se miraron un momento en silencio, y después habló Wenway:
—¿Fue la policía?
—Fue un individuo, supongo que era tu inteligente detective. Le dije lo que sabía;
pensé que ibas a volver, te estuve esperando.
—No. Tuve una caída y me torcí la muñeca —dijo Wenway, y levantando la mano
derecha mostró un vendaje—. Me dolió bastante, así que vine aquí para descansar un rato.
Es una maldita incomodidad; no puedo ni sostener una lapicera, y tengo una carta que
escribir. No es que se trate de algo importante, pero tengo unos papeles que mandar y
quería agregar una nota. ¿Podrías garabatear unas palabras por mí?
39
Wattie parecía titubear.
—Tengo sólo papel con esta dirección.
—No importa. Quiero despachar eso esta tarde, son solamente unas pocas líneas.
Wattie estaba en un dilema. ¿Cómo podía rehusarse a escribir? Tomó una hoja de papel
y esperó, mirando a Wenway por sobre el hombro.
—Escribe esto, por favor —dijo Wenway—: "Pido disculpas a todos por las molestias
que sufrirán. Siento no haber podido decir adiós".
Wattie titubeaba, pero no veía escapatoria ni qué objeción podía hacer.
Escribió, y luego levantó la cabeza mirando a Wenway con mirada inquisitiva.
—¿Quieres que firme esto por ti?
—No; prefiero más bien que sea anónimo. Voy a mandar algunos papeles a alguien que
conocía a bordo. Gracias. Lo pondré en un sobre que tengo listo y lo despacharé cuando
salga.
Wattie parecía intrigado por algo.
—Fuma un cigarrillo antes de irte.
Wenway le pasó una cigarrera con la mano izquierda, y Wattie lo aceptó sin darse
cuenta. Wenway sacó su caja de fósforos y extrajo uno. Trató de encenderlo y no pudo; se
quedó mirándolo con pretendido fastidio.
—Si hay algo que no me gusta es encontrar un fósforo quemado entre los sin usar.
Mientras decía esto, observaba a Wattie con el rabillo del ojo; primero vio que reprimía
un estremecimiento, que poco a poco se fue transformando en satisfacción cuando él tiró el
fósforo al suelo. Entonces Wenway volvió a levantar el fósforo y lo guardó otra vez en la
caja.
—Tal vez encuentre al que lo puso aquí. Será una casualidad.
Wattie volvió a salir y Wenway se quedó; allí estaba cuando Wattie regresó con las
mejillas enrojecidas. Había estado bebiendo.
Era bastante tarde y ya no había más servicio en esos departamentos de solteros. Los
dos hombres estaban sentados frente a frente; en la mesa que los separaba había una botella
y vasos medio llenos.
Por tercera vez, Wattie repetía, con voz áspera y una vehemencia desconocida en él, la
misma frase.
—Tengo dinero y deseo ayudarte. Podemos llegar a un arreglo. Te daré todo lo que
quieras para que te pongas al día. Todo lo que pido en cambio es tener la certeza de que
sujetarás la lengua.
—No tengo nada que contar.
—El arreglo es... no contar nada. Te pago..., y tú no dices nada a nadie, sin importarte
lo que pregunten... acerca de mí.
Wenway lo miró serenamente.
—No quiero tu dinero. Mejor dicho, sería un inconveniente si me lo encontraran por la
mañana.
Los ojos enrojecidos de Wattie no se apartaban de los de Wenway. Los párpados se le
caían; sacudía la cabeza, sintiéndose incapaz de mantenerse despierto. Solamente el
pensamiento de su propia seguridad lo revivía y le obligaba a implorar.
De pronto, se agitó en su silla y miró con recelo a Wenway; le pareció verlo a través de
la niebla. Trató de hablar sin poder casi pronunciar las palabras.
—Me imagino que no pusiste nada... en mi último trago..., ¿no? Tenía... un gusto
raro..., y siento... algo.
—Sí. Claro que puse algo —dijo Wenway.
Wattie no pudo hablar más; la cabeza le cayó sobre el pecho.
—Una droga —continuó Wenway, esperando que Wattie le alcanzara a oír—. Yo viajo
mucho y para mí es fácil conseguir esas cosas.
40
Hizo una pausa mirando a Wattie con disgusto.
—Creíste que habías planeado el crimen perfecto. Fue una forma brutal, sórdida y
desagradable de matar a Tom. Pero me has dado una idea respecto de lo que haré contigo.
Cometiste un crimen casi perfecto y lo arruinaste con un paso en falso. Aprovechando tu
experiencia, yo haré lo mismo..., y si evito tu equivocación, será perfecto. Creo que es lo
mejor para todos. Morirás mejor que en la horca y en forma menos notoria.
Wenway no estaba seguro de si Wattie lo oía ya. Se quitó la venda de la muñeca y tomó
a Wattie en sus brazos; no era pesado, y él, Wenway, era un hombre fuerte y corpulento.
Lo llevó al dormitorio y empezó a desvestirlo.
En esta operación tuvo alguna dificultad y hasta rompió un gemelo de Wattie al
quererlo sacar, pero no podía detenerse a buscarlo; además, esto podía haberle pasado al
mismo Wattie. Después le puso un pijama y una bata, y lo llevó al cuarto de baño.
No había temor de inundar el baño, ya que no pensaba tapar la bañera.
Sentó a Wattie en una silla apoyándole la cabeza en el borde de la bañera, cerca de la
salida del gas, como si lo hubiera hecho deliberadamente. Después abrió el gas.
Al lado de Wattie colocó la famosa caja de fósforos, y fuera de ésta, el fósforo que le
sirvió de prueba. Esto le pareció un toque artístico. No sólo estaba usando el modelo
criminal empleado por Wattie, sino también el mismo instrumento... El que sirvió para
acarrear la muerte a Scott, serviría para la de Wattie.
Wenway salió del cuarto de baño y cerró la puerta. Después de echarle llave por el lado
de afuera, aseguró con un alfiler una hoja de papel en ella. Una hoja de papel con la
escritura de Wattie y que decía:
"Pido disculpas a todos por las molestias que sufrirán. Siento no haber podido decir
adiós."
Wenway volvió a la sala y se sirvió otra copa. Estuvo un rato bebiendo despacio...
Después mojó una toalla y se tapó con ella la boca y la nariz. Así protegido, rompió una
tabla de la puerta del baño con un atizador de la chimenea.
Sacando la llave de la cerradura, que estaba por el lado de afuera, pasó la mano por el
agujero en el panel, y la colocó por el lado de adentro. Y por último, tal vez porque el olor
a gas era insoportable, salió corriendo hacia el pasillo, cerró la llave principal del gas y,
abriendo las otras puertas, gritó pidiendo ayuda.
En el barco que iba hacia Georgetown, Wenway pensaba en lo que diría a Jennifer.
Seguramente, la muerte de Tom había acabado con la resistencia de Wattie. Parecía
obsesionado por la idea de que él tenía la culpa, ya que no debió dejar solo al joven aquella
noche. Habían sido tan inseparables... El pobre hombre daba muestras de no estar en sus
cabales.
Wenway se estaba haciendo limpiar los zapatos. El lustrador le había desdoblado la
vuelta de una pierna del pantalón, y la estaba cepillando. Wenway era poco cuidadoso con
sus trajes.
Al desdoblar la otra, cayó el pedazo de gemelo.
Wenway lo miró fijamente, y se agachó a levantarlo.
¡Era precisamente la prueba que podía haberlo llevado a la horca!
Humedeciéndose los labios, se acercó al costado del barco y con ademán indiferente
tiró al mar la prueba inculpadora. Su gesto de recriminación a su propio descuido era digno
de verse.
Leyendo:
Las columnas de Hércules - Paul Theroux
La fuga de Colditz - Patrick R Reid
El frente ruso - Jean-Claude Lalumière (no logró entusiasmarme)
Avatar de Usuario
Jenofonte
Usuario 4
 
Mensajes: 555
Registrado: Sab Mar 06, 2010 1:25 pm

Re: Cuentos para Valentina

Notapor Valentina » Vie Mar 26, 2010 1:53 pm

Listo , ya lo leí, me estas dando mucho trabajo,aparte del libro que estoy leyendo ...
El crimen perfecto ...¿lo habrá realmente?, siempre queda algo, creo que eso lo hace interesante, me encanta los cuentos policiales,alguna detalle pasado por alto por el homicida,¿ Poirot al rescate o Maigret?, es que he leído tanto de esto, que al comienzo de cada libro, ya estoy buscando el detalle o creándome el perfil siniestro jajjajajajja,lo ultimo que leí me quedo un sabor amargo,el final era tan siniestro que no quise leer por un tiempo, este tipo de lectura, pero vuelvo después a lo mismo, me atrapa.
En este caso ya conocemos al criminal,y vamos viendo que paso por alto,era perfecto hasta que....creo que perdió por autosuficiencia y peor fue victima de su propia trampa.
El final lógico ,me gusto...aplaudo como una niña, jajjajjajaja
Gracias Jenofonte
Avatar de Usuario
Valentina
Usuario 3
 
Mensajes: 221
Registrado: Sab Mar 06, 2010 10:03 am

Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Vie Mar 26, 2010 6:00 pm

La espada dormida
Manuel Peyrou

Un estado de alarma ante el misterio, un agudo sentido de la realidad de lo invisible y,
si se quiere, la íntima certeza de que todo enigma es sólo una provocación de la verdad,
pudorosa o tiránica, que quiere probar largamente nuestra voluntad de sacrificio antes de
entregarnos sus revelaciones, animan la vida de los místicos y la de los detectives. A veces
hasta sus procedimientos se confunden, lo que es una prueba de sus afinidades. La historia
está llena de místicos con alma de sabuesos, de hombres que olfateaban la eternidad y
buscaban las huellas digitales del Señor en los picaportes o en el cristal de las ventanas; a
la inversa, tampoco puede negarse la existencia de detectives dueños de revelaciones
sobrenaturales, en cuyos éxtasis policíacos aparece en forma concreta el proceso de un
crimen, con detalles y evidencias que serán luego desarrollados a priori, hasta llegar a una
verdad idéntica a la revelada. Claro es que todo eso no autoriza a conceder crédito al
primer investigador aficionado que ponga los ojos en blanco y hable con unción de las
latitudes del misterio, o pretenda ordenar sólo intuitivamente un rompecabezas del género
policial. Es conveniente desconfiar de la cultura metafísica de esos pesquisantes.
Pero la mística del delito ofrece a veces casos concretos. Voy a referirme aquí a uno de
ellos. Una intención criminal fue transmitida en forma invisible, casi como una revelación
colectiva. Tres hombres, el criminal, la víctima y el investigador, concibieron un crimen en
forma simultánea, especulando sobre sus consecuencias y obrando en forma sistemática.
Con tanto misterio compartido casi pudieron fundar una religión, pero fueron modestos y
se limitaron a escribir dos cartas. La primera, aunque firmada por la presunta víctima,
contó en realidad con la colaboración del proyectista del crimen, pues allí aparecen sus
intenciones. La segunda es obra de detectives, y fue entregada al correo, con la solución, el
día antes del suceso. Reservaré, por supuesto la forma en que llegaron a mi poder y me
limitaré a transcribirlas, colaborando al final con unos breves párrafos necesarios al relato.
“Señor L. Vane.
Addington House, Londres.
Querido amigo:
La lectura de su último libro me ha recordado los tiempos de la universidad, cuando
usted no soñaba probablemente con llegar a escritor, ni mucho menos yo a lector habitual
de sus obras.
Paseaba al azar hace días buscando algún libro interesante cuando una vidriera atrajo
mi atención. Vi su nombre y un título: “El alfanje de plata. Aunque las historias de
misterio no son de mi predilección, he seguido con interés el argumento de su novela, sin
negarme al fuerte influjo de esa atmósfera que usted logra alrededor de un nudo que me
parece simple, pero efectivo. La historia del collar, la garganta sedosa de la mujer
estrangulada, la fría luz nocturna en el jardín, me apasionaron vivamente. El título me
parece bueno, pero debo confesarle que no me di cuenta, hasta el final, que se refería a la
luna.
Aunque hace cinco años que dejamos la universidad, he conservado más interés, más
viviente curiosidad, por todo lo que concierne a mis antiguos compañeros que por las
nuevas gentes que he conocido. Se me ha pasado el tiempo en un soplo, como cuando la
soledad nos invita a pensar en el pasado y en el futuro, en muchos casos, o cuando una
mujer nos impide pensar en nada. A veces, por contraste, me asalta la idea de que el tiempo
no ha pasado de modo alguno y que, doblando la esquina, puedo encontrar a usted y pasear
de nuevo por las orillas del Ysis, y saludar de nuevo a Miss Cynthia o a Miss Ellen.

Ya veo que está usted arqueando las cejas y mascullando un “hum…” dubitativo. —Es
que le extraña mi estilo sentimental, sabiendo que está muy lejos de mi costumbre. Sin
embargo, me han ocurrido en los últimos tres meses cosas tan extrañas, me encuentro
rodeado de una atmósfera tan curiosa de misterio y de atracción a la vez, que no puedo
menos que sentirme como el que arregla sus maletas antes de un viaje azaroso.
Usted ha oído hablar posiblemente del matrimonio Bernard. Él es un hombre severo,
encanecido en el estudio de la filología, con vastos conocimientos literarios y un renombre
de ensayista que ha traspuesto los límites del país. Pero no es el tipo del escritor común, tal
como lo concebimos nosotros. Una de las paradojas de su vida, por ejemplo, es que ha
alternado con su sedentario oficio tiempos de acción y de aventura en varias partes del
mundo. Confieso que tenía de su persona una idea errónea: creía que de tal modo vivía
dedicado a estudiar la raíz de las palabras que se había olvidado de pronunciarlas al oído de
su mujer. No hay tal cosa. Hice el descubrimiento un día en que advertí que era celoso; lo
confirmé, después, tratando de penetrar su modalidad. Sin embargo, debe usted saber que,
por lo que a mí respecta, esos celos carecen de fundamento. Admiro a Aline con el respeto
y la imparcialidad con que se admira, por ejemplo, una obra pictórica: no tengo ningún
interés en llevarme el cuadro a casa, o de observarlo a menor distancia de la que permite
una visión integral y serena.
El hecho es que estando en casa de don José del Carrillo, ese ricachón sudamericano,
cuyas cenas serían perfectas si no hubiera que escuchar sus opiniones, se inició el tema que
ha provocado el conflicto en que me encuentro. Estábamos en la sala de armas. Se la
describiré. Ha sido formada en la planta baja, con dos ventanas que dan al jardín, un jardín
heteróclito, que no responde a las normas corrientes en nuestro país. No es precisamente un
jardin de curé, como decimos aquí. Es algo más pretencioso. Junto a un almendro, por
ejemplo, están los rosales, y en el cantero hay un árbol americano, o indio, no sé bien, que
parece cubierto por pequeños copos nevados. Observando bien, se nota que es algodón,
aunque no estoy seguro de que sea hidrófilo, ni de que sirva para restañar la sangre…
Ese desatino estilístico, que debe haber sido cometido cuando Carrillo adquirió la
propiedad no altera, sin embargo, la belleza del conjunto. Yo me pasé ayer varias horas
contemplando el jardín. Nunca me ha parecido más hermoso, nunca la palidez de la
mañana primaveral ha acentuado mejor el suave contraste del verde con el rosa, con el
morado, y con el viejo musgo de las paredes. Es curioso cómo, en los momentos de
peligro, nos asalta un sincero amor a la naturaleza. Puedo decir, como un personaje de
novela, que si salgo con vida de este lance no desearé otra cosa en mi existencia que
sentarme a contemplar el almendro.
Pero volvamos al salón. Tiene unos diez metros de largo por cuatro o cinco de ancho.
En un rincón hay un billar y una pequeña mesa con sillones. El resto está ocupado por la
pedana. Los muros están cubiertos por armas de todas clases y tiempos, pues Carrillo es un
coleccionista pacífico de instrumentos guerreros. Pero el sitio de honor está ocupado por la
espada de Luis Bernard, famoso duelista que después de numerosos lances dio en
obsequiarla al anfitrión, estipulando que la retiraría sólo para realizar el último duelo de su
vida. De modo que esa espada duerme ahora un momentáneo y decorativo sueño en la
panoplia. Y casi me estremezco al pensar que despertará en el brazo de uno de los
esgrimistas más hábiles de Europa…
Los temas se fueron sucediendo y al final comenzamos a hablar de riesgos y ganancias.
Le referiré esta parte del diálogo con la mayor exactitud a fin de que usted trate de
comprender los motivos que tuvo Bernard para invitarme a un desafío tan extraño.
—Las apuestas están en decadencia —dijo Bernard con un aire pontificial que lo hace a
veces muy irritante—. Ahora es común ver dos caballeros impasibles esperando que una
mosca se pare en tal o cual terrón de azúcar. Esto no es digno, ni para los caballeros ni para
la mosca. Antes, los motivos empleados ayudaban a dignificar la apuesta.

—¿Los motivos empleados? —interrogué.
—Sí; los motivos importaban riesgo, o el precio de la apuesta eran la vida o el honor, o
algo parecido. Por ejemplo, si yo fuera un caballero feudal apostaría a conquistar tal o cual
dama y el riesgo sería un lance de vida o muerte…
En ese momento me miró con cierta insistencia.
—No es usted felizmente un caballero feudal —contesté, por decir algo—. Por otra
parte, si lo fuera tendría que admitir que otros caballeros aplicaran la misma teoría y
pretendieran hacer una apuesta sobre su propia mujer.
Bernard me miró con anhelosa expectativa y reflexionó un instante.
—Si usted pretende… Si usted piensa que puede existir ese caballero…
Sólo entonces me di cuenta de que había cometido una indiscreción. Me acordé que
justamente en esos días se rumoreaba que la señora Bernard pensaba divorciarse. Lo peor
es que se mencionaba mi nombre como la causa de tal decisión. Como usted comprenderá,
esto no es más que una habladuría de gente ociosa. Me quedé confundido y vacilante.
—Si usted piensa que es posible tal apuesta —dijo Bernard, ya con gesto agresivo—
estoy dispuesto a concertarla. Usted comprenderá el absurdo de la situación, agravada en lo
que a mí respecta por el hecho de que Bernard me observaba como si me considerara
culpable de algo. Sin saber cómo, me ruboricé. Usted sabe cómo ocurren esos equívocos.
Uno de los circunstantes me miró. Eso hizo pensar a otro que yo estaba complicado en
algo. Me entraron deseos de aceptar la apuesta para perderla y disuadir a Bernard de sus
sospechas.
—Podríamos concertar esa apuesta… —dije, sin convicción.
—Sólo que… —cortó él, sin dejarme proseguir— sólo que, en tal caso, ya que
actuamos como caballeros, el riesgo debe ser equivalente al asunto debatido y en ese caso
el único riesgo es un lance de honor.
Hice un gesto afirmativo.
—Perfectamente —dijo Bernard—. Usted tiene un mes para cortejar a Aline. Si dentro
de un mes ella no ha iniciado nuestro divorcio…
—Sí; ya comprendo —contesté con alivio, pensando que se me ofrecía la oportunidad
de desligarme de tan molesto compromiso—. Ya comprendo —repetí, pensando que
bastaría no preocuparme de Aline para perder la apuesta y rehuir el lance.
—Efectivamente —continuó Bernard—. Si dentro de un mes Aline no me ha
abandonado, paga usted el precio de la apuesta, es decir, el riesgo de batirse conmigo.
El horizonte se me oscureció.
—Sin embargo —objeté con timidez—, opino que en caso de que Aline optara por mí
tendría yo que ofrecer una reparación…
—¿Sí? —contestó Bernard con sarcasmo—. ¿De modo que usted se casa con mi ex
esposa y además tiene la oportunidad de matarme? No, señor mío; hemos hablado de una
apuesta. Usted debe pagar si pierde, y perderá si Aline continúa conmigo.
No sé qué extraño fenómeno conmovió mis nervios. Algo sordo, insistente, un rumor
como un trémolo sacudió mis nervios y concebí una violenta indignación contra ese
hombre que estaba jugando con mi honor y mis sentimientos. Sin embargo, una lucidez
que nunca me abandona en los momentos de apuro dirigía mis pensamientos. Decidí, pues,
aceptar el desafío, a pesar de conocer sus riesgos; Bernard, como ya le he explicado, tiene
fama de terrible espadachín y se habla de varios lances que sostuvo en la época en que era
estudiante en Heidelberg.
Ha pasado un mes; Bernard ha estado ausente y yo ni siquiera he visto a Aline. Debo,
pues, pagar el precio de esta ridícula apuesta y designar mis padrinos. Éstos se reunirán
con los de Bernard, y mañana, seguramente, se efectuará el lance.
Esta carta, como usted comprenderá, no implica un llamado de auxilio, que sería, por
otra parte, inútil al llegar a su poder demasiado tarde. Le he escrito confiando en nuestra

antigua amistad y en espera de que usted, que tantos misterios ha esclarecido, ahonde las
extrañas causas de la actitud de Bernard y las participe a las autoridades, en caso de que
algo me ocurra, o me las comunique a mí, si por algún azar resulto ileso.
Con renovada amistad, lo saluda su antiguo condiscípulo, René Florey.”
*
“Sr. Inspector Don Pablo Courvoisier.
París.
Mi viejo rival y amigo:
La invitación al crimen, El retorno de la espada, La sangre en el jardín, o cualquier
otro epígrafe policíaco merece la historia que voy a relatarle. Se desprende de ella una
nueva manera de hacer matar, una nueva forma de turismo eterno. Muchas veces la
averiguación de un misterio nos ha encontrado juntos; ésta es la primera en que yo le
transmito el resultado por correspondencia. En cierta ocasión, ante una vacilación suya, yo
afirmé con excesiva crueldad que usted era un detective por correspondencia. Perdóneme.
Ahora el azar quiere que yo resulte un agente postal de misterios. Si este ensayo tiene éxito
instalaré una oficina dedicada a resolver, mediante el pago de una módica suma, crímenes
por carta certificada, enigmas contra reembolso, y coartadas a precio de costo; los
laberintos por vía aérea, naturalmente, pagarán doble tarifa.
El caso es, bromas aparte, que he recibido una carta de mi antiguo condiscípulo de la
Universidad de Oxford, René Florey. De ella se desprende que este joven inexperto se ha
dejado llevar a una situación que casi equivale al suicidio. Para mejor comprensión, le
envío una copia y le enuncio las observaciones que me sugiere.
Debo advertirle, de inmediato, que nunca me he considerado un amigo íntimo de René
Florey. Fui su compañero en la universidad, pero nos dejamos de ver y escribir apenas
concluidos nuestros estudios. Su mensaje confidencial, pues, me sorprende un poco; lo
considero, sin embargo, producto de un espíritu exaltado que en un momento de peligro no
ha sabido a quién confiarse. Por otra parte, y me permito subrayarlo, es completamente
absurdo aceptar una apuesta como la indicada en esa carta. Si René Florey es un hombre
normal debió tomar a broma las provocaciones un poco pueriles de Luis Bernard; debió, en
todo caso, solicitar explicaciones por sus sospechas, pero nunca prestarse al juego de hacer
una apuesta sobre tal asunto. Si Bernard se había vuelto loco, René no tenía por qué
seguirlo en su locura. Sin embargo, dejaré por el momento esta parte del problema y me
concretaré a estudiar lo que a primera vista sugiere la carta.
En primer lugar, es evidente que el llamado Luis Bernard ha iniciado la conversación
de las apuestas, de los caballeros feudales y de la conquista de las damas para provocar a
René Florey, a quien sospechaba como admirador de su esposa y posible candidato a
marido en caso de que ella se divorciara. Esto no es nada extraño, puesto que yo mismo he
leído en las revistas comentarios sobre la amistad de Aline Bernard y René Florey.
En segundo término, usted habrá notado que el hecho de plantear una apuesta de esta
índole es el mismo caso de Cymbeline, de Shakespeare, pero sólo inicialmente, porque
Bernard se inspiró probablemente en esa obra para realizar una especie de ajedrez mental
que le facilitara la posibilidad de cometer el crimen.
Quizás en esos días estaba leyendo esta obra y se le ocurrió realizar algo parecido para
deshacerse de René. No voy a entrar en detalles literarios que a usted poco interesarían. El
caso es que en Cymbeline dos hombres hablan de la posibilidad de conquistar a la mujer de
uno de ellos. Hacen la apuesta: Si el presunto rival la conquista, gana una joya (solución

curiosa, porque hace suponer que la mujer era tan insignificante que era necesario
completarla con un premio); si no la conquista debe responder en pelea, puesto que su
pretensión, por infundada, ha constituido un insulto. El galán de Cymbeline termina por
mentir que ha conquistado la dama para cobrar la joya y evitar el duelo. Bernard se
entretuvo en imaginar cuál sería la actitud de Florey ante una apuesta semejante. Buscó las
posibles variantes. Pensó que si en Cymbeline un hombre puede aceptar la apuesta de
conquistar a una dama, es justamente porque aún no la ha conquistado. Pero cuando un
hombre normal ya está seguro del amor de una mujer, no confesará tal hecho si debe
mantener el secreto hasta que la justicia le permita casarse con ella. Bernard explotaba la
segura negativa de Florey a toda actitud que implicara un reconocimiento de sus
pretensiones hacia Aline. Estaba seguro de que René negaría, puesto que tenía la
certidumbre de que había un entendimiento entre ambos. Pensando en todo esto insistió en
hacer una apuesta y en que el pretendiente debería pagar con el riesgo del lance si no
obtenía éxito. Estaba seguro de que Florey se conduciría en forma totalmente contraria a la
del personaje de la obra inspiradora. La única posibilidad en contra era la de que Florey se
acobardara y confesara públicamente sus amores con Aline.
Con este madurado plan, Bernard conseguía matar en duelo a Florey e impedir el
divorcio de su esposa. Mi amigo, por otra parte, se condujo con imperdonable inseguridad,
facilitando las maniobras de su enemigo. Dijo dos o tres cosas que constituían una
provocación, cuando justamente Bernard esperaba una provocación. Por otra parte, Florey
conocía la fama de espadachín de su rival, pero no podía rehuir el lance sin perder la
estimación de Aline. De acuerdo. Con todo esto, a estas horas René Florey habrá sido
legalmente asesinado por Luis Bernard, salvo que…”.
*
El inspector Courvoisier interrumpió la lectura ante la llegada de su ayudante Durand,
que entró estrepitosamente seguido de varios periodistas.
—Señor inspector —dijo Durand con agitación—, ha sido muerto en duelo el
conocido…
—Sí —interrumpió Courvoisier con suficiencia—; ha sido muerto el famoso duelista
Luis Bernand.
El inspector Pablo Courvoisier contuvo un gesto de asombro. Miró nuevamente la carta
que tenía en la mano, y después de vacilar un instante, continuó leyendo:
“…salvo que, como muchas veces ocurre, el presunto asesino no haya previsto ese
pequeño detalle que generalmente pierde a los de su clase. El detalle en este caso es el
siguiente: si se trata de un desafío, la elección de armas corresponde al ofendido. Pero aquí
no existe ofensor ni ofendido. Bernard mismo había insistido en que se trataba de una
apuesta. En este caso, si René Florey no es tan ingenuo como quiere hacerlo creer en su
carta y conserva la inteligencia que nunca le discutimos cuando era nuestro compañero en
la universidad, ha intuido que se trataba de obligarlo a llegar al desafío, se ha plegado al
juego de su enemigo, ha dejado llegar las cosas hasta el último momento y ha instruido a
sus padrinos para que exijan que la elección de armas se deje librada a la suerte. El motivo
de esa maniobra es evidente. Si se elige un arma que no sea la espada, en la que Bernard
tiene una superioridad reconocida, todas las otras permiten a René una relativa igualdad de
condiciones. Bernard, ante este inconveniente imprevisto, no ha sabido qué argumentar. Y
ha terminado por sacrificar la seguridad de su triunfo en aras de una solución inmediata. Y
si después de todo esto la suerte ha favorecido a René, es decir, si el lance se efectúa a
pistola, a estas horas el joven habrá eliminado seguramente el último obstáculo que se

oponía a su casamiento con Aline. Y la espada de Bernard continuará durmiendo en la
colección de don José del Carrillo.
Quedan por aclarar los motivos que lo indujeron a escribirme la carta y las causas que
motivaron su aparente pedido de auxilio. Yo creo que es una coartada inútil, producida por
un exceso de precauciones. Si yo me hubiera engañado con la carta le habría escrito a usted
diciendo que Florey era víctima de las maquinaciones de un bandido. Yo soy amigo de
René, pero también soy amigo de la verdad. En todo caso, ésta no puede perjudicar a
Florey puesto que no ha hecho sino utilizar el mismo juego de su contrario.
Lo saluda con afecto su colega amateur, L. Vane.”
El inspector Courvoisier dobló despacio la carta de su amigo londinense, la guardó en
el bolsillo interior del saco y, tomando sus anteojos, los limpió maquinalmente mientras
reflexionaba. Después de una breve vacilación se compuso el pecho y dijo:
—Señores de la prensa; voy a relatarles un suceso sin precedentes en los anales
policíacos: un crimen que fue minuciosamente preparado por la propia víctima…
Los periodistas extrajeron sus lápices y rodearon al infalible Mr. Courvoisier.
Leyendo:
Las columnas de Hércules - Paul Theroux
La fuga de Colditz - Patrick R Reid
El frente ruso - Jean-Claude Lalumière (no logró entusiasmarme)
Avatar de Usuario
Jenofonte
Usuario 4
 
Mensajes: 555
Registrado: Sab Mar 06, 2010 1:25 pm

Re: Cuentos para Valentina

Notapor Valentina » Dom Mar 28, 2010 10:42 am

Realmente bueno ,habìa leido algo similar,me impresionò mucho.
Avatar de Usuario
Valentina
Usuario 3
 
Mensajes: 221
Registrado: Sab Mar 06, 2010 10:03 am

Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Dom Mar 28, 2010 5:52 pm

Un nuevo cuento:

Funeral Cuádruple
Ray Bradbury

Perdón, dijo Douser, pero usted parece un delincuente.
El hombre bien vestido miró sus guantes impecables, zapatos lustrados, el abrigo de setenta dólares descuidadamente plegado sobre el brazo. Luego el hombre bien vestido examinó a Douser Mulligan y se apartó un poco.
—Por supuesto, un delincuente del tipo intelectual, continuó Douser, y se apresuró a añadir, para no ofender al hombre: Es decir, de los mejores, lo reconozco.
Estudió sus ropas.
—Excelente.
Sus uñas bien cuidadas.
—Muy bien.
Su corte de pelo. Bello pelo gris, largo, cortado y peinado, un cuello limpio.
—Váyase, dijo el hombre.
—No quiero, dijo Douser.
—Si no se aleja, dijo el hombre, llamaré a la policía.
—Usted no es de ésos, observó Douser. Si lo hiciera, llamaría en una voz tan suave y serena que ningún policía normal escucharía. Hay que llamar a gritos a la policía. Usted, señor, no es de los que gritan. Odia la notoriedad y detesta hacer una escena.
Los ojos verdes y entrecerrados del hombre mostraban diversión. Una mano enguantada se curvó sobre el puño del bastón, como si meditara en la posibilidad de sacar de allí a Douser con él, pero luego emitió una breve risa.
—Váyase, hombrecillo.
—No, insistió Douser, si no admite usted que es un delincuente.
—Está bien, si eso lo complace. Soy un delincuente. ¿Está contento ahora?
Douser parpadeó.
—No mucho. Así no es tan divertido. Los demás no lo admiten nunca. Entonces tengo que morderles el tobillo o darles puntapiés en las espinillas. Le aseguro que da mucho trabajo. Pero usted es algo nuevo. Un tipo que se reconoce un malhechor con las uñas cuidadas por la manicura. Me dolerá meterlo en la cárcel.
—¿Eso piensa hacer?, dijo el hombre de pelo blanco, poniendo un sombrero gris y pulcro sobre el pelo gris y pulcro.
Douser se encogió de hombros.
—No veo cómo evitarlo. Usted es un mal hombre. Pero si resolviera usted enmendarse podríamos hacer un trato.
El hombre no era mucho más alto que Douser, que era muy bajo. Detrás de él estaban los árboles del parque en el ocaso, los bancos con gente, los grupos que hablaban de política en la acera, los coches, los peatones. Más atrás, las luces de neón rojas y amarillas de los cines y las luces cuadradas de los escaparates. El hombre ladeó la cabeza.
—Usted es una persona peculiar. Más bien me gusta.
—Eso es raro: la mayoría de la gente me odia.
—¿Quiere tomar un café conmigo?, invitó el hombre. Soy abogado y me llamo Earl Lajos. Me gustaría saber qué lo motiva.
—Eso es recíproco, dijo Douser. Podemos charlar un rato y mientras tanto decidiré si lo meto o no en la cárcel. ¿Le parece bien?
—Espléndido, dijo Lajos. Salieron del parque caminando a compás.

Las gambas del plato miraban a Douser. Douser miraba a las deliciosas criaturas. Lajos blandía delicadamente los cubiertos; cortaba, ensartaba y masticaba con silenciosa destreza mientras Douser comía como si arrojara palomitas de maíz a un pequeño incinerador.
—¿Lleva usted insignia policial?, preguntó el abogado.
—Sólo tengo el corazón debajo de la chaqueta, dijo tristemente Douser. El fiscal del distrito me concedió un lugar en el Museo de Mamíferos Extinguidos, orden de los detectives privados, hace un par de años.
—Eso me alegra, dijo Lajos. —Atravesó con fría precisión otra gamba y la devoró sin piedad molécula por molécula—. Había oído hablar de usted, señor... ¿Douser, no es verdad? Sí: así se llama. Usted... irrita a la gente. Como ya no tiene autoridad legal, se limita hacer enfadar criminales. Ya recuerdo. Aparentemente su hermano, un policía, fue asesinado hace años en San Francisco y eso le cambió la mente. Ahora es una persona encantadora, pero que tiene odio maniático a los malhechores. —Lajos depositó los cubiertos en el plato vacío y se inclinó hacia delante—. Pues bien, ¿le gustaría capturar a tres delincuentes? No uno ni dos: tres. Cuéntelos. —Alzó un trío de dedos manicurados.
—Tres, suspiró Douser.
Lajos jugueteaba con su vaso de agua.
—Por supuesto, no los tendrá si no me deja absolutamente en paz, libre e ileso.
—Me lo temía —dijo Douser, haciendo una mueca—. Tres por uno. Un buen trato. Preferiría que fueran cuatro. Pero si no acepto no tendré ni siquiera a los tres. —Se mordió el labio—. Está bien, pero por un plazo determinado. —El hombre frunció el ceño y Douser continuó—. Le prometo que no le molestaré durante tres... bueno, cuatro años. —Lajos sonrió complacido—. Pero en primer lugar, dígame el nombre de esos delincuentes. No quiero ebrios consuetudinarios ni ladrones de gallinas.
—Le aseguro, respondió Lajos, que estos tres son delincuentes purísimos, de primera agua y calidad superior. Se trata de Calvin Drum, el gran actor de Hollywood; William Maxil, que aspira a ser nombrado fiscal de distrito en las elecciones de la primavera, y Joey Marsons, especialista en quinielas y en carreras de caballos.
—¡Dios mío!, exclamó Douser. Aquí está mi mano, señor Lajos.
Se dirigieron a Beverly Hills en el gran coche de Lajos. Lajos le dio algunos detalles: los tres delincuentes mencionados se habían comprometido a ayudarse y protegerse mutuamente. Pero además...
—...estos caballeros me cortan el paso. Su desaparición me daría más espacio. Le ayudaré a reunir pruebas contra ellos, señor Mulligan.
—Es curioso, dijo Douser, pero hace tiempo que estoy pensando en esos tres pájaros. La verdad es que he hecho algunas investigaciones al respecto.
—¿De veras?, preguntó Lajos, como si no lo supiera.

La casa de Lajos era una gran montaña blanca entre árboles oscuros. Se detuvieron en el camino de acceso de ladrillo, y entraron en el vestibulo y luego en una habitación. Todo marchaba perfectamente y Douser estaba listo para todo.
Se oyó un portazo, una llave giró en la cerradura y Douser se dijo: "Bien, bien, una trampa. Es natural. Qué excitante”.
Los señores Drum, Maxil y Marsons levantaron la vista de su partida de cartas y miraron amenazantes a Douser. Por su expresión, Douser era ya una perdiz derribada. El señor Lajos, que estaba detrás de él, sacó un pequeño revólver y lo apretó con gran delicadeza contra la columna vertebral de Douser. Drum, el actor, gritó alegremente:
—¡Sorpresa!
Drum aplastó un cigarrillo king-size que se había quemado hasta el tamaño corriente.
—Llegáis tarde, dijo.
—Sólo es porque nos paramos a ver a su mujer, dijo Douser.
Drum alzó las cejas negras.
—¿Cómo?
Lajos rió.
—No es cierto, Drum.
—Una mujer muy bella, ciertamente.
—Si has molestado a Elice... dijo Drum, en voz muy baja.
—Eso es, Elice, dijo Douser, provisto ahora de un nombre que podía usar como una palanca. Sus ojos negros, pequeños y brillantes, recorrieron la habitación cuadrada y llena de humo, midiendo rápidamente las distancias entre las sillas, las ventanas, las puertas, las personas sentadas ante la mesa redonda. Clic, clic, clic. Treinta y cinco centímetros por cincuenta y por veinte más...
Douser se alejó del revólver que tenía a la espalda como si disparara pequeñas bandas elásticas. Se sentó en una silla vacía, y se arrellanó cómodamente.
—¿Empezamos ya, Lajos, o esperamos a que estén distraídos?
Maxil estaba a la derecha de Douser, con un traje deformado. Tenía papada y vientre prominente, pero no demasiada grasa en el resto del cuerpo. Sus ojos eran saltones y blancos, como unas canicas pálidas en su rostro fatigado. Parecía que no se hubiera bañado. A la izquierda de Douser se encontraba el nervioso Marsons, caballuno, que toqueteaba sin cesar las barajas sobre la mesa. Del otro lado estaba Drum, el héroe de los anuncios de cuellos.
—Tenemos un plan acerca de ustedes, dijo Douser, y chasqueó los labios. Lajos y yo nos presentaremos en las elecciones para alcalde y fiscal de distrito. ¿No es verdad, abuelita?
Lajos avanzó delicadamente hacia Douser.
—Por favor, silencio, dijo.
Douser ignoró esa pequeña interrupción.
—Primero eliminamos a los peces gordos, es decir, a ustedes, y luego Lajos y yo... Bueno, ¿saben?, a Lajos no le gusta verse relegado al segundo puesto...
El bonito revólver pequeño tocó la oreja derecha de Douser.
—Sí, señor, dijo Douser, y calló.
El rostro aristocrático de Lajos parecía algo tenso mientras hablaba con sus amigos.
—No creáis nada de lo que él diga. Miente. Nos encontramos en el parque, como estaba previsto. Yo iba de un lado a otro, hasta que él me vio. Mordió el anzuelo. Le prometí tres delincuentes, y aquí estamos. Así de sencillo.
Douser rió un poco.
—Pobres tontos.
Maxil mordisqueaba un puro.
—Basta, Douser. Ya sabemos cómo es. Nos hemos enterado de la forma en que irrita a la gente. No puede separarnos. Somos buenos amigos, ¿no es verdad, muchachos?
—Sí, por supuesto, ciertamente, ejem, dijeron todos con apagado fervor.
—No puede separarnos, repitió Maxil, reforzando sus convicciones.
—Así es, dijeron todos.
—No nos puede engañar, dijo Maxil.
—No puede, dijeron todos.
Douser acercó la silla a la mesa y puso encima de ésta sus pequeñas manos como arañas mecánicas. Las arañas se movían con sus palabras.
—Amigos míos, ¿cómo pueden pensar que yo habría caído en una trampa tan evidente? ¿Creen que yo podría tragarme el viejo cuento de la abuelita Lajos? ¿Yo, Douser? Sin duda saben demasiado acerca de mí para eso. Es cierto, vivir no me importa un comino; pero naturalmente no hubiera venido aquí así, en patines. Piénsenlo un poco.
Los dejó pensar un poco. Lajos tragó saliva. Drum, el actor, dejó arder los símbolos heráldicos de su cigarrillo king-size. Marsons cortaba el mazo de naipes. Maxil se tocaba el estómago con manos curiosas.
Douser continuó.
—La única razón de que me haya metido en la jaula de los leones, queridos míos, es que el tío Lajos me ha preparado el camino.
La expresión "queridos míos" despertó la atención general. Douser agregó rápidamente:
—Y si ahora él me mata, demostrará que es culpable y sólo desea impedir que hable.
Los ojos de Lajos se achicaron hasta convertirse en piedrecillas verdes. Sus uñas cuidadas se apretaron impacientes contra el revólver.
Douser sacó tabaco y papel de liar. Empezó a liar un cigarrillo en silencio. Hizo un surco en el papel para poner el tabaco y dijo:
—Un maldito tipo en una maldita novela policíaca hacía esto todo el rato. Cada vez que había un silencio en la conversación. No sé por qué diablos. Creo que el tipo se llamaba Sam Spade.
La habitación cuadrada los retenía en una red de humo.
Lajos resopló con delicadeza, arqueando las ventanas de la nariz.
—Nuestro plan peligra. Yo te advertí, Maxil, que traer a Douser sería como pelear contra el papel cazamoscas. Mejor hubiera sido evitarlo. Hace dos minutos que está en la habitación y mira cómo nos está azuzando metódicamente unos contra otros. ¿Lo ves? ¿Lo ves?
Maxil dijo, con los párpados caídos:
—Lo estoy viendo.
Marsons apoyó la uña sobre una carta.
—Terminemos de una vez. Hace años que este tipo se entromete en los asuntos de los demás. Habíamos pensado matarlo antes de que empezara. Muy bien, matémoslo. No permitiremos que estropee nuestros planes para las elecciones de primavera, ¿verdad?
Drum lanzó una maldición: era hermoso verlo.
—Sí, eso es lo que digo. Queremos que muera, así que mátenlo.
—¿Quién ha dicho algo acerca de una rata que hacía gritar a un elefante?, dijo Douser, casi en voz alta. Arrojó lejos el cigarrillo a medio liar. Algún día aprenderé a hacer esto, maldito sea. —Miró a Maxil—. Usted quiere ser fiscal del distrito. Cuando lo sea, ayudará a los capitalistas de juegos. Marsons será su mano derecha, el presidente de las apuestas y las quinielas. Drum, más conocido como Drum ta ta tum, será el contacto con los actores y las actrices. Un excelente negocio. Y en caso de que haya problemas, aquí está nuestro Chanel Número Cinco y Uñas Bien Cuidadas Lajos. —Douser se frotó las manos y se echó atrás—. Pero —gritó— ¡el señor Lajos tiene sus propios planes! ¡Él también querría ser fiscal del distrito! Y por eso, esta noche, mientras veníamos aquí, me dio mil dólares a cuenta de otros nueve mil.
Maxil dijo con una mirada soñolienta.
—¿Y para qué nos cuenta eso? Siga adelante. ¿Por qué habla tanto?
—Porque no aguanto al señor Lajos. No me gustan los traidores. Y pienso que ha llegado la hora de que lo traicionen.
—Pero usted morirá sin ganar nada, dijo Maxil.
—Sí, corro un riesgo. Hace tiempo que debería haber muerto. Pero me parece que podríamos hacer un trato, si ustedes me ayudan a perseguir a otros delincuentes que a ustedes no les gusten. Yo me mantengo apartado, ustedes me dejan tranquilo y yo los dejo tranquilos a ustedes. Es un buen negocio. Lo único que tienen que hacer es entregarme a Lajos, un típico asesino por la espalda.
Drum dijo:
—Parece una buena idea. ¿No es verdad, Maxil?
—Quizás, dijo Maxil, empezando a despertarse. Usted está dispuesto a todo con tal de cazar a un delincuente, ¿no es así, Douser?
—A todo. Incluso a proteger a unos cuantos si así puedo cazar a una docena. Y ya veo que eso no les molesta.

Durante ese diálogo, Lajos se ponía cada vez más alto, pálido e indignado; trataba de encontrar palabras pero no tenía a mano ninguna buena. Todos empezaron a pensar demasiado.
—¡Miente! —chilló Lajos.
Douser dijo:
—Llamen a Rochester siete seis uno uno y pregunten por Bert. Bert les dirá todo.
Maxil miró amorosamente el teléfono. Lajos sorprendió esa mirada, y echó a andar de un lado a otro alrededor de la mesa, repitiendo:
—¡No llamaremos a nadie! ¡No llamaremos a nadie!
Maxil dejó caer un centímetro de ceniza gris rosada de su puro y dijo a Marsons:
—Llama a Rochester siete seis uno uno.
—Si él toca el teléfono, declaró Lajos, irguiéndose, yo me voy. He terminado con vosotros. Ya no podemos confiar los unos en los otros.
—Es sólo una llamada rutinaria, para mayor seguridad, dijo Maxil.
Lajos abrió las mandíbulas, las cerró, sacudió la cabeza.
—Está bien. Llamad. ¡Vamos!
Marsons marcó letras y números y escuchó la abeja eléctrica que zumbaba del otro lado. Alguien mató a la abeja quitándole el aguijón. Douser estaba sentado, tranquilo y pequeño. Drum se inclinó hacia delante como hacía en aquella escena de Amar es hermoso. Maxil escuchaba con sus ojos de gordo atentos. Marsons dijo nerviosamente:
—¿Bert?
El receptor estaba en mitad del silencio, sostenido por el puño de Marsons, de modo que se oyó la voz de Bert, diminuta y alta entre el humo, remota.
—¿Sí?, dijo Bert.
Marsons parpadeó.
—Lo llamo a propósito de una cosa que ha ocurrido esta noche, Bert, dijo.
—¿Quiere decir los mil dólares?, preguntó Bert.
Lajos tragó saliva; sus mejillas y las finas arrugas que le rodeaban la boca palidecieron. Maxil mordió el puro. Marsons casi dejó caer el teléfono. Drum lanzó una maldición. Douser sonrió.
—Se los guardaré aquí a Douser, dijo Bert, hasta que venga a buscarlos. No le costó mucho ganarlos.
Marsons colgó el auricular entre el silencio.
—No es verdad, dijo Lajos, mirando a Maxil, a Drum, a Marsons. Douser miente.
Maxil dijo:
—Quítale el revólver, Drum.
Drum se puso de pie y dio la vuelta a la mesa.
Lajos dijo:
—No te acerques. Es una trampa. Tenéis que escucharme, darme una oportunidad. Democráticamente.
Drum siguió avanzando. No creyó que Lajos fuese a disparar.
Lajos tampoco lo creía. Fue una cosa instintiva. El arma estalló con un estruendo alto y seco y una breve llamarada azul y roja.
—Uh, dijo Drum. Nunca había dicho en el escenario nada más convincente. Permaneció inmóvil con una bala en el estómago.
Marsons arrojó lejos su mazo de naipes como una bandada de palomas que levantan vuelo aleteando. Maxil parecía corpulento y congelado. Douser se movió apenas, para ponerse justamente fuera de peligro.
Lajos miró el agujero de la bala, incrédulo.
—No quería hacer eso, dijo, asombrado. Tomad, dijo, retrocediendo horrorizado. Tomad esto. Arrojó el arma y Marsons la recogió. ¡Fue sin querer! ¡No tengo la culpa! ¡Fue un accidente! sollozó.
Drum seguía de pie, y la muerte estaba debajo de él, cortándole las fibras y las raíces de su ser. La muerte se apartó gritando "cuidado" y Drum se derrumbó como una gigantesca encina, y quedó inmóvil.
Uno menos, pensó Douser, encantado. Dos, en realidad. Uno muerto y otro culpable de homicidio. ¡Qué alegría!
Ahora todo el mundo temblaba. Incluso Maxil. Marsons parecía el flanco de un caballo nervioso. Lajos lloraba como una mujer, mojándose la corbata de diez dólares, echado en el sofá, con el traje arrugado. Douser estaba muy excitado, como en el circo.
—Cállese —gritó Marsons al lloroso Lajos.
Maxil dijo:
—Levántese de una vez, hombre. Animo.
Como el llanto no se detenía, Maxil se dirigió a Douser, cuyo corazón bailaba una danza rosada y caliente.
—¿Para qué vino aquí, Douser?
—Para verlos a ustedes y buscar más delincuentes.
Maxil encendió el puro como si evocara viejos pensamientos y teorías.
—¿Y para eso arriesga la vida?
—Ya la he arriesgado antes, por menos. Ahora trabajo desde dentro hacia fuera. Antes estaba fuera. Así es mejor.
—Lo que nos ha contado, dijo Maxil, equilibrando la idea con gran destreza sobre la punta ardiente del puro, no tiene sentido. Si Lajos quería tendernos una trampa, ¿por qué entraron tan despacio? ¿Cómo no se acercaron disparando a la carrera?
El corazón de Douser se movió en cuatro direcciones. Era un buen momento para liar un cigarrillo. Sacó papel y tabaco y empezó a poner pulgaradas del segundo sobre el primero. Pensaba muy rápido pero no iba a ninguna parte. Douser dijo:
—Al principio pensábamos entrar y sorprenderlos descuidados. Eso es lo que pretendía Lajos. Él quería matar primero a Marsons, luego a usted, y poner el arma en manos de Drum, y matar a Drum con el revólver que le quitaría a usted, y luego huir y llamar a la policía. Necesitaba mi ayuda por si se asustaba. Pensaba que yo podía dar puntapiés y golpes y gritos y saltar sobre la espalda de la gente.
Maxil masticó todo eso. Lajos dejó de sollozar el tiempo suficiente para decir:
—Él... él está mintiendo...
Douser rió.
—Y usted está tratando de salvar su propia piel. Drum, el perfil inolvidable de Studio Films está muerto. ¿Quién fue el que lo mató? No he sido yo. Ni usted, Maxil. Ha sido él. Y qué olor. ¿Por qué no tratan de enterrar eso?
Maxil asintió pesadamente.
—Sin embargo, hay una cosa muy importante sin explicar... Maxil se irguió en su silla y se miró el estómago. ¿Por qué no siguió tirando Lajos después de matar a Drum? ¿Por qué no nos mató también a mí y a Marsons?
Douser, que trataba torpemente de liar su cigarrillo, tuvo que admitir:
—Esa es una buena pregunta. Muy buena.
Maxil también lo pensaba. Luego dijo:
—Lajos dejó caer el revólver en seguida. No quiso matar a Drum. Fue un accidente. Creo, Douser, que él sólo quería matarlo a usted. Como habíamos planeado. Lo trajo aquí para matarlo, y usted empezó a hablar. Aquí abajo tenemos un tonel de cemento fresco y en Santa Mónica hay una barca lista para arrojarlo a los peces...
—¡No fue ningún accidente!, gritó Douser. Se puso nervioso. Mientras veníamos, no cesaba de repetir: "Espero poder hacerlo, tengo miedo de ponerme nervioso". Lajos hace doble juego, y usted no puede probar lo contrario. Mire, Maxil, desde ahora, estaré de su parte. Usted está metido en esto hasta el cuello, tiene que admitirlo. ¿Cómo hará para ocultar la muerte de Drum?
—Lo mataré a usted y pondré mi revólver en la mano de Drum, y el de Lajos en la suya, dijo Maxil.
—Yo nunca uso revólver, dijo Douser.
—Esta noche traía uno.
—Odio las armas de fuego. Toda la policía lo sabe. Si me encuentran con un revólver en la mano, sabrán que algo huele mal. Le meterán en la cárcel y le presionarán. Y usted sabe que Lajos se echará a llorar y contará todo. Y entonces, ¿qué hará usted?
Maxil parecía preocupado.
—Estoy abierto a todas las sugerencias.
—Mate a Lajos. Échele la culpa del crimen. De todos modos, ya no sirve para nada. No se puede confiar en él. Lajos tuvo un estallido de histeria renovada.
—Buena idea, dijo Maxil. Gracias.
—De nada.
—¡No!, chilló Lajos.
Las cosas se desarrollaron rápidamente. Clic, clic, la vieja sangre caliente, el viejo grito salvaje. La habitación estaba llena de emociones. Maxil se movió en su silla.
—No, gritó Lajos. Douser sugirió que lo matara antes de que se pusiera demasiado histérico. Maxil asintió, sacó el revólver y pensó a lo largo de su brillante cañón azul. Pensó y pensó y pensó, mientras apuntaba a Lajos.
—No, dijo Lajos, en voz áspera y ronca.
—¿Quién es el jefe aquí? ¿Usted o él? Vamos, Maxil, dispare.
Maxil disparó.
Douser se puso de pie en el universo mareado y giratorio y dijo:
—Marsons, ¿tiene un revólver?
—Sí. Marsons se acarició la pistolera que llevaba debajo del brazo.
—Apúnteme mientras le hablo, Marsons. Vamos. Sáquelo y apúnteme. Muy bien. —Douser medía distancias y tiempos y aspiraba cortas bocanadas calientes—.
Oiga, Marsons, ¿no le parece raro todo lo que está pasando, toda esa gente muerta?
Maxil dijo:
—Siéntese Douser.
Todo el mundo parecía confuso, irritado, inseguro. Drum, tendido en la alfombra, no podía creer que estuviera muerto. ¡Eso no podía haberle ocurrido a él, al gran Calvin Drum!
Lajos tampoco aceptaba la realidad de la disolución. Su cara, unida a esa cosa que se enfriaba y era su cuerpo, parecía ridículamente enfadada y furiosa. Tanto él como Drum habían muerto sin creerlo y sin comprender cómo diablos había ocurrido eso. ¡No era justo!
—Marsons, mire a su alrededor, dijo con elocuencia Douser. Sus ojos negros brillantes saltaban de un objeto a otro. Drum está muerto. ¿Y por qué? Lajos lo mató. ¿Quién le dijo a Drum que le quitara el arma a Lajos? ¡Fue Maxil! Maxil sabía que Lajos estaba nervioso como un gato enfermo y que era capaz de tirar. Pero le dijo a Drum que se apoderara del arma. ¡Era una sentencia de muerte! ¡Mire a Drum! ¡Muerto! Y luego, para igualar las cuentas, Maxil mata a Lajos. Por Dios, hombre, está clarísimo. Todos sus amigos han muerto. ¿No es raro?
—¡Douser!, gritó Maxil, mientras se ponía de pie.
—¡Cuidado, Marsons!, gritó Douser, mientras corría como un hurón, midiendo distancias, gritando, esquivando, rodeando. ¡Tírele a Maxil! ¡Tírele a Maxil antes de que él lo mate!
Douser se desvaneció detrás de Marsons cuando Maxil disparó. La bala, destinada al cuerpo de Douser que se movía rápidamente, atravesó la cadera de Marsons.
—Oh, Maxil, imbécil, gimió el confuso y dolorido Marsons, apenas comprendió su situación. Dolorido apretó el gatillo. El revólver de Marsons disparó tres veces seguidas. Tres balas golpearon a Maxil y lo hundieron en su silla. Maxil examinó su nuevo estómago con dedos curiosos e incrédulos. Sus ojos se abrieron mucho y se congelaron. Dios mío, debió de pensar mientras llegaba la muerte, antes tenía sólo un ombligo; y ahora, mira, ¡tengo cuatro! ¡Hay tres nuevos!
Douser resopló, enganchó los dedos en los codos de Marsons, tiró hacia atrás, dio puntapiés en las piernas de Marsons y se dejó caer rodando a un lado. Oyó que el revólver chocaba contra el suelo y que Marsons lanzaba una amarga maldición. Douser se puso de pie antes, y pateó la cara extrañísima de Marsons que giró y rodó e hizo el muerto. Un gran silencio invadió el campo de batalla. Douser advirtió que era la primera vez en su vida que veía tantos cadáveres asombrados en una sola habitación.
Silbando como un detective de cuento policíaco, aunque un poco fuera de sí, Douser abandonó la escena.
El teléfono de la tienda tragó la moneda de Douser cuando atendieron.
—Hola, ¿Bert? Has hecho un trabajo maravilloso esta noche. Maravilloso...
—Está bien, Douser. Volveré a hacerlo cuando quieras. Un sereno como yo se aburre y se cansa de pasar la noche solo, haciendo sus rondas. ¿Recordé bien lo que me habías dicho?
—Con toda exactitud. Y no lo olvides, Bert... De ahora en adelante, dirás siempre lo mismo.
Bert se aclaró la garganta.
—¿Quiere decir los mil dólares? Se los guardaré aquí a Douser hasta que venga a buscarlos.
—Espléndido, Bert. Muy bien. Buenas noches, Bert. Douser colgó, sonriendo. Salió de la tienda, sacó el papel de liar y el tabaco. Intentó liar un cigarrillo. Finalmente lo tiró al suelo y lo pisoteó.
—Al diablo, dijo. Algún día aprenderé.
Pasó un hombre que parecía un asaltante de bancos.
—Señor, dijo Douser, poniéndose a la par del extraño, ¿tiene un cigarrillo?
Leyendo:
Las columnas de Hércules - Paul Theroux
La fuga de Colditz - Patrick R Reid
El frente ruso - Jean-Claude Lalumière (no logró entusiasmarme)
Avatar de Usuario
Jenofonte
Usuario 4
 
Mensajes: 555
Registrado: Sab Mar 06, 2010 1:25 pm

Re: Cuentos para Valentina

Notapor Valentina » Mié Mar 31, 2010 12:00 pm

Entre tanta muerte un poco de humor negro ,fatal ironìa.Solo puedo decir, Douser es un maestro, pero igual represento un riesgo pero que mas ....un loco sin remordimientos, es su verdad contra el resto.
Avatar de Usuario
Valentina
Usuario 3
 
Mensajes: 221
Registrado: Sab Mar 06, 2010 10:03 am

Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Mié Mar 31, 2010 12:17 pm

Tengo más cuentos... (pero recuerda que todos los cuentos policiales son más o menos negros..., bueno, algunos son grises)

ImagenImagen
Leyendo:
Las columnas de Hércules - Paul Theroux
La fuga de Colditz - Patrick R Reid
El frente ruso - Jean-Claude Lalumière (no logró entusiasmarme)
Avatar de Usuario
Jenofonte
Usuario 4
 
Mensajes: 555
Registrado: Sab Mar 06, 2010 1:25 pm

Re: Cuentos para Valentina

Notapor Valentina » Mié Mar 31, 2010 12:28 pm

Bueno...que sean negros muy negros,quiero despabilarme hoy ...nada de grises aunque termine con ataque jajjajajaj.
Que mas se puede pedir para hoy ...lluvia, tazon de tilo caliente y un cuento policial...posiblemente mañana amanezco como lechuga.
Avatar de Usuario
Valentina
Usuario 3
 
Mensajes: 221
Registrado: Sab Mar 06, 2010 10:03 am

Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Mié Mar 31, 2010 12:59 pm

LA MANO MUERTA

Wilkie Collins & Charles Dickens

Cuando el presente siglo diecinueve era muchos años más joven de lo que es ahora, cierto amigo mío llamado Arthur Holliday llegó a la ciudad de Doncaster justo en plena semana de las carreras, o en otras palabras, a mediados de septiembre.
Era uno de estos jóvenes caballeros atolondrados, perdonavidas, afectuosos y parlanchines que poseen el don de la familiaridad en sumo grado, trepando por la vida descuidadamente, haciendo amigos por doquiera que vayan. Su padre era un rico fabricante y había comprado una propiedad en el Condado lo suficientemente grande como para causar la envidia de todos los caballeros bien nacidos del contorno. Arthur era su único hijo, futuro propietario de la finca y la gran empresa a la muerte de su padre; en vida de éste, no le faltaba dinero ni nadie le pedía cuentas.
Será rumor o difamación, como prefiráis, pero se decía que el anciano caballero fue bastante alocado en su juventud y que, a diferencia de muchos padres, no le parecía mal que su hijo siguiese el mismo camino. Puede ser cierto o no. Personalmente sólo conocí a Mr. Holliday entrado en años y por entonces era el más tranquilo y respetable caballero que jamás conociera.
Bien, como iba diciendo, un mes de setiembre el joven Arthur llega a Doncaster, habiendo decidido de repente, dado su carácter casquivano, ir a las carreras. Solo llegó a la ciudad hasta el atardecer y enseguida fue a procurarse cena y cama en el mejor hotel. Estaban dispuestos a darle cena, pero todos rieron en cuanto mencionó la cama. En Doncaster, en la semana de las carreras, los visitantes que no han reservado alojamiento suelen pasar la noche en sus carruajes a la puerta de la posada. Yo mismo he visto forasteros poco afortunados, durmiendo bajo los portales. Incluso siendo rico, las probabilidades de Arthur de encontrar alojamiento eran también dudosas (visto que no había escrito con antelación para reservarlo). Probó el segundo hotel, y el tercero, y después dos de las posadas, obteniendo siempre la misma respuesta. No quedaba un solo alojamiento para la noche. Todo el dinero de sus bolsillos no le procuraría una cama en Doncaster durante la semana de las carreras.
Para un joven del temperamento de Arthur, la novedad de ser echado a la calle como un vulgar vagabundo de cada casa donde pidió habitación, se presentaba como una experiencia nueva y divertida. Siguió cargado con su maleta, pidiendo una cama en todos los lugares posibles que pudo encontrar en Doncaster, hasta que se halló en las afueras de la ciudad.
Para entonces, el último resplandor del crepúsculo se había desvanecido, la luna asomaba empañada en niebla, el viento era frío, las nubes se amontonaban pesadamente y, ¡la perspectiva era que pronto iba a llover!
Ante el mal cariz de la noche se derrumbaron las buenas intenciones del joven Holliday. Empezó a contemplar su situación desde un punto de vista más serio que divertido, y buscó a su alrededor alguna otra posada, ansioso por su difícil alojamiento nocturno.
Los suburbios de la ciudad hacia donde se había desviado no estaban iluminados y no podía ver gran cosa de las casas por las que pasaba, excepto que cada vez eran más pequeñas y sucias cuanto más se alejaba. Al final de la ventilada calle por la que ahora transitaba, brillaba el torpe destello de una lámpara de aceite, la débil y solitaria luz luchando inútilmente con la neblinosa oscuridad de su entorno. Decidió llegar hasta la luz y entonces, si no había allí nada parecido a una posada, volver al centro de la ciudad e intentar asegurarse al menos una silla para pasar la noche en uno de los principales hoteles.
Cuando llegó cerca de la luz, oyó voces y acercándose vio que ésta iluminaba la entrada de un patio estrecho en cuya pared estaba pintada en un desteñido color carne una larga mano señalando con un flaco dedo índice esta inscripción:

LOS DOS PETIRROJOS

Sin dudarlo, Arthur entró en el patio para ver lo que Los dos petirrojos podían hacer por él. Cuatro o cinco hombres estaban de pie al lado de la puerta, al final del patio, de cara a la entrada de la calle. Los hombres escuchaban a otro individuo, mejor vestido que los demás, contando a su audiencia algo en voz baja que parecía interesarles mucho.
Al entrar en el patio, Arthur fue adelantado por un forastero con una mochila en la mano, que evidentemente dejaba la casa:
No dijo el hombre de la mochila, dándose la vuelta y dirigiéndose animadamente hacia un hombre gordo, calvo, de aspecto astuto, con un sucio delantal blanco, que le había seguido por el pasillo , no, señor posadero, no me asusto fácilmente por fruslerías; pero no me importa confesar que no puedo soportar esto. Al oír estas palabras, el joven Holliday pensó que al forastero le habían pedido un precio exorbitante por una cama en Los dos petirrojos y que no quería o podía pagarlo. En cuanto se dio la vuelta, Arthur, muy seguro de sus bolsillos llenos, se dirigió apresuradamente, por miedo de que otro viajero sorprendido por la noche se le anticipase, al astuto posadero del sucio delantal y la cabeza pelada.
Si tiene una cama para alquilar le dijo , y este caballero que se ha ido no le paga su precio, yo lo haré.
¿Lo hará, señor? preguntó el posadero de un modo meditabundo y dudoso.
Dígame su precio insistió el joven Holliday, pensando que la duda del posadero provenía de algún rústico recelo hacia él . Dígame su precio y le daré el dinero en seguida, si quiere.
¿Está dispuesto a darme cinco chelines? preguntó el posadero, restregándose la papada y mirando pensativamente al cielo sobre su cabeza.
Arthur casi se le rio en la cara; pero pensando que era prudente controlarse, ofreció los cinco chelines con la mayor seriedad que le fue posible. El posadero tendió la mano, pero repentinamente la retiró.
Usted actúa justamente dijo , y antes de tomar su dinero, haré lo mismo con usted. Mire, las cosas están así. Por cinco chelines puede tener una cama para usted solo, pero sólo puede tener la mitad de la habitación en donde se halla. ¿Entiende lo que quiero decir, joven?
Naturalmente contestó Arthur algo irritado . ¿Quiere decir que es una habitación doble y que una de las camas ya está ocupada?
El posadero asintió con la cabeza y restregó de nuevo su papada más fuerte que antes. Arthur dudó y mecánicamente descendió uno o dos escalones hacia la puerta. La idea de dormir en una misma habitación con un perfecto desconocido, no le resultaba una perspectiva muy agradable.
Estuvo tentado de guardar los cinco chelines en el bolsillo y salir a la calle otra vez.
¿Sí o no? inquirió el posadero . Decídase cuanto antes, porque hay mucha gente además de usted que quiere una cama esta noche en Doncaster.
Arthur miró hacia el patio, oyendo la fuerte lluvia repiquetear en la calle. Pensó que haría una o dos preguntas antes de decidir, imprudentemente, dejar Los dos petirrojos.
¿Qué clase de hombre ocupa la otra cama? preguntó . ¿Es un caballero? Quiero decir... ¿es una persona tranquila y educada?
El hombre más tranquilo que jamás me he cruzado dijo el posadero, frotando furtivamente sus gordezuelas manos una sobre otra . Tan sobrio como un juez y tan regular en sus costumbres como un reloj. No hace ni diez minutos que han sonado las nueve y ya está en cama. No sé si ésta es la idea que usted tiene de un hombre tranquilo, pero puedo decirle que lo es mucho más de la que yo tengo.
¿Usted cree que duerme? preguntó Arthur.
Sé que duerme contestó el posadero , y lo que es más, se ha ido tan deprisa que le garantizo que no le despertará. Por aquí, señor dijo el posadero hablando por encima del joven Holliday, como si se dirigiese a un nuevo huésped que se acercase a la casa.
Aquí tiene dijo Arthur, decidido a adelantarse al forastero, quien quiera que fuese . Tomo la cama.
Le dio los cinco chelines al posadero, quien asintió con la cabeza, guardó cuidadosamente el dinero en el bolsillo de su chaleco y encendió una vela.
Suba y vea la habitación le dijo al nuevo huésped de Los dos petirrojos, señalándole el eamino hacia la escalera, bastante ágil, considerando lo gordo que estaba.
Subieron al segundo piso de la casa. El posadero entreabrió una puerta frente al rellano, entonces se detuvo y se giró hacia Arthur.
Tenga en cuenta que es un trato tan justo por mi parte como por la suya dijo . Usted me da cinco chelines y yo a cambio le doy una cama limpia y cómoda; le garantizo, de antemano, que no será interrumpido o molestado por el hombre que duerme en su misma habitación.
Habiendo dicho estas palabras, miró fijamente por un momento a la cara del joven Holliday y entonces le hizo pasar a la habitación.
Era más grande y limpia de lo que Arthur esperaba. Las dos camas estaban paralelas, con una separación de unos dos metros entre las mismas. Eran de la misma medida y ambas tenían las mismas cortinas blancas, que se podían correr, si era necesario, a su alrededor.
La cama ocupada era la que estaba más cerca de la ventana. Las cortinas estaban corridas a su alrededor, excepto una parte en un extremo, en el lado de la cama más alejado de la ventana. Arthur vio los pies del hombre que dormía, levantando un pequeño y puntiagudo montón en las escasas ropas, como si estuviera echado sobre su espalda. Tomó la vela y avanzó suavemente para correr la cortina, se detuvo a medio camino y escuchó por un momento; luego se volvió hacia el posadero.
Es un durmiente muy silencioso dijo Arthur.
Sí dijo el posadero , muy silencioso.
El joven Holliday avanzó con la vela en la mano y miró al hombre cautamente.
¡Qué pálido está! comentó.
Sí -afirmó el posadero , bastante pálido, ¿no?
Arthur miró al hombre más de cerca. Las sábanas estaban subidas hasta su barbilla y yacían perfectamente inmóviles sobre su pecho. Sorprendido y vagamente asustado al ver aquello, Arthur se inclinó más sobre el extraño, miró sus cenicientos labios partidos, escuchó reteniendo la respiración por un instante, miró otra vez la extraña cara inanimada, los inmóviles labios y el pecho. Se volvió hacia el posadero con sus propias mejillas tan pálidas por el momento como las hundidas mejillas del hombre de la cama.
Venga aquí susurró, sin aliento . ¡Venga aquí, por Dios! Este hombre no duerme, está muerto.
Lo ha averiguado antes de lo que esperaba dijo el posadero, sosegadamente . Sí, está muerto, seguro. Ha muerto hoy, a las cinco en punto.
¿Cómo ha muerto? ¿Quién es? preguntó Arthur, titubeando ante la audaz frialdad de la respuesta.
En cuanto a quién es continuó el posadero , no sé de él más que usted. Aquí están sus libros, cartas y cosas, selladas en este sobre marrón para la encuesta del juez que se celebrará mañana o pasado. La semana que ha vivido aquí ha estado casi siempre dentro como si estuviera enfermo. Mi chica le subió el té hoy a las cinco y cuando lo estaba tomando cayó en un desmayo o ataque, o una mezcla de ambas cosas, por lo que sé. No pudimos reanimarle y el doctor dijo que estaba muerto. Y aquí está. La encuesta del juez se hará lo antes posible y esto es todo lo que sé.
Arthur mantuvo la vela cerca de los labios del hombre. La inmóvil llama ardía hacia arriba regularmente. Hubo un momento de silencio; la lluvia golpeaba monótonamente contra los vidrios de las ventanas.
Si no tiene nada más que decirme continuó el posadero , supongo que me puedo ir. ¿No querrá sus cinco chelines de vuelta, verdad? Aquí está la cama que le prometí, limpia y cómoda. Aquí está el hombre que le garanticé que no le molestaría, silencioso para siempre en este mundo. Si tiene miedo de quedarse solo con él no es asunto mío. He mantenido mi parte del trato y pienso guardar el dinero. Yo no soy de Yorkshire, joven caballero, pero he vivido lo bastante en estos lugares para agudizar mi ingenio y me pregunto si la próxima vez que venga aquí encontrará el modo de avivar el suyo. Con estas palabras el posadero se volvió hacia la puerta, riendo para sí suavemente, muy satisfecho de su propia malicia.
Para entonces, Arthur, asustado y sobresaltado como estaba, se iba recobrando para sentirse indignado por el engaño de que había sido objeto y también por la insolente manera con que el posadero exteriorizaba su regocijo por ello.
No se ría le dijo, cortante , hasta que sepa que puede reírse de mí. No tendrá los cinco chelines por nada. Me quedo la cama.
¿Lo hará? dijo el posadero . Entonces le deseo un buen descanso. Con esta breve despedida salió y cerró la puerta tras sí.
¡Un buen descanso! Apenas dichas estas palabras, en cuanto se cerró la puerta, Arthur se arrepintió de las palabras que se le acababan de escapar. Aunque no fuese muy sensible ni le faltase el coraje moral y psíquico, la presencia del muerto produjo instantáneamente un escalofriante efecto en su mente en cuanto se quedó solo en la habitación. Estaba obligado, por sus precipitadas palabras, a permanecer allí hasta la mañana siguiente.
A un hombre más viejo no le hubiesen importado nada las palabras, y hubiese actuado sin referirse a ellas, con sentido común. Pero Arthur era demasiado joven para rechazar el ridículo ante sus inferiores, demasiado joven para pasar por ver humillada su propia jactancia, así que no podía negarse a la prueba: tenía que pasar la noche en el mismo cuarto que el muerto.
«Sólo son unas pocas horas pensó para sí , me puedo ir en seguida por la mañana.»
Mientras este pensamiento cruzaba su mente estaba mirando la cama ocupada, y el bulto de los pies llamó su atención. Se adelantó y corrió las cortinas, absteniéndose al hacerlo de mirar la cara del muerto, intentando no grabar una impresión funesta en su mente. Corrió las cortinas con suavidad y suspiró involuntariamente al hacerlo.
«Pobre hombre pensó, casi tan tristemente como si lo hubiese conocido . ¡Ah! pobre hombre.»
Fue hacia la ventana. La noche era oscura y no se veía nada. La lluvia continuaba golpeteando fuertemente los cristales. Dedujo al oírlo que la ventana daba a la parte trasera de la casa ya que delante quedaba resguardada por el patio y los edificios superiores.
Siguió de pie ante la ventana, escuchando con alivio el ruido monótono de la lluvia, que era algo vivo que le acompañaba. Mientras seguía allí oyó sonar las campanas de una iglesia lejana: eran las diez.
¡Sólo las diez! ¿Cómo iba a pasar las horas hasta que la casa despertase por la mañana?
En otras circunstancias habría bajado al bar, pedido una bebida, charlando y riendo con la gente allí reunida, tan familiarmente como si se conocieran de toda la vida. Pero detestaba la sola idea de pasar el rato de este modo. La situación en que se había colocado le estaba alterando profundamente. Hasta ahora su vida había sido la de un joven frívolo y despreocupado, sin problemas ni pruebas que afrontar. No había perdido a nadie que amase o amigo que apreciase. Hasta esta noche, ni siquiera en pensamiento, se había topado con la muerte.
Dio varias vueltas por la habitación y se detuvo. En sus oídos resonó el ruido que hacían sus botas en el suelo pobremente alfombrado. Dudó un poco y acabó por quitárselas y caminar hacia un lado y otro silenciosamente.
Había abandonado ya todo deseo de dormir o descansar. La idea de echarse en la cama desocupada le hizo imaginarse una espantosa mímica de la postura del muerto. ¿Quién era? ¿Cuál era su pasado? Debía de haber sido pobre o no hubiese pasado por un lugar como Los dos petirrojos; probablemente estuviese debilitado por una larga enfermedad o no hubiese muerto como describió el posadero. Pobre, enfermo, solitario, muerto en un lugar extraño, muerto, tan sólo con un forastero para apiadarse de él. Una triste historia; verdaderamente, mirándolo bien, una historia muy triste.
Mientras estas ideas pasaban por su cabeza, se había detenido al lado de la ventana que estaba cerca de la cama con las cortinas corridas.
Primero miró como ausente; después se dio cuenta de que sus ojos estaban fijos en la cama; entonces le poseyó un perverso deseo de hacer lo que hasta ahora había evitado: mirar al muerto.
Tendió sus manos hacia las cortinas, pero dándose cuenta giró rápidamente y anduvo hacia la chimenea, para ver lo que había sobre la repisa e intentar de este modo dejar de obsesionarse por el muerto.
Encima de la chimenea había un tintero con un poco de tinta en ei recipiente, dos toscas porcelanas de lo más vulgares, una sucia tarjeta, repujada con una serie de acertijos impresos en todas direcciones y en varios colores. Tomó la tarjeta y fue a leerla en la mesa donde estaba la vela, sentándose resueltamente de espaldas a la cama tapada.
Empezó a leer el primer acertijo, el segundo, el tercero, siguiendo la primera esquina; le dio la vuelta con impaciencia para mirar la otra cara. Antes de empezar a leerla el sonido de la campana de la iglesia le interrumpió.
Las once.
Había pasado una hora en la habitación del muerto.
Miró de nuevo la tarjeta. Era difícil ver las letras a causa de la poca luz que le había dejado el posadero una vela de sebo con un par de anticuadas pantallas de acero. Hasta ahora su mente había estado demasiado ocupada para pensar en ello.
Había dejado la mecha de la vela hasta que había pasado la llama y ardía con una extraña forma de tejadillo, en el tope del cual iban cayendo pedacitos de algodón carbonizados en pequeños copos. Arregló la mecha, la luz brilló directamente y la habitación resultó menos oscura.
De nuevo volvió a los acertijos, leyéndolos terca y resueltamente, ahora en una esquina, ahora en otra. A pesar de todos sus esfuerzos no podía fijar su atención. Siguió mecánicamente en su ocupación sin entender lo que leía. Era como si una sombra de la cama se interpusiese entre su mente y las alegres letras, una sombra que nada podía disipar. Al fin abandonó el esfuerzo, tiró la tarjeta con impaciencia y volvió a su paseo suave por la habitación.
¡El muerto, el muerto, el muerto oculto en la cama!
De nuevo la persistente idea obsesionándole.
¡Oculto! ¿Era sólo el cuerpo que yacía allí o era que aquel cuerpo estaba oculto, lo que le preocupaba? Se detuvo ante la ventana, oyendo de nuevo el golpeteo de la lluvia, atisbando hacia la negra oscuridad.
¡Todavía el muerto!
La oscuridad le obligó a volver en sí e hizo trabajar su memoria, reviviendo con una vívida y penosa claridad la impresión que tuvo cuando vio el cuerpo por primera vez. De pronto, le pareció que aquella cara se levantaba en medio de la oscuridad, encarándosele a través de la ventana, con su pálida blancura, la terrible y sombría línea de luz entre los imperfectamente cerrados párpados, más abiertos que antes, los labios separándose más y más, las facciones creciendo y moviéndose, hasta que parecieron llenar la ventana y acallar la lluvia y apagar la noche.
El sonido de una voz gritando desde el inicio de la escalera le sustrajo repentinamente del sueño de su perturbada fantasía.
Reconoció la voz del posadero.
Cierra a las doce, Ben le oyó decir ; me voy a dormir.
Enjugó el sudor de su frente, razonó consigo mismo por un rato y resolvió librar su mente de la horrible fealdad que aún persistía, obligándose a afrontar, aunque sólo fuese por un momento, la solemne realidad. Sin permitirse un momento de duda, separó las cortinas a los pies de la cama y miró.
Allí estaba, apoyada en la almohada, la cara blanca, triste, tranquila, con su terrible misterio de quietud. ¡Ningún movimiento, ningún cambio! Lo miró un instante antes de correr las cortinas de nuevo, pero este momento le calmó, le devolvió en mente y cuerpo a sí mismo. Volvió a su anterior ocupación de andar arriba y abajo de la habitación, perseverando esta vez, hasta que el reloj sonó de nuevo.
Las doce.
Mientras se apagaba el eco de las campanadas, le siguió abajo el confuso ruido de los bebedores que se marchaban. El próximo ruido después de un corto silencio, fue el de los cerrojos al cerrar la puerta y el de los postigos detrás de la posada. Luego siguió el silencio y ya no fue turbado por nada.
Ahora estaba solo, absoluta, desesperadamente solo con el hombre muerto, hasta la próxima mañana.
Tenía que arreglar la mecha de nuevo. Iba a hacerlo, pero de repente miró con atención a la vela, luego detrás, sobre su hombro, a la cama tapada, y de nuevo la vela. La habían cambiado por primera vez para mostrarle el camino por la escalera y casi la tercera parte se había consumido. Pasada otra hora se quedaría a oscuras, a menos que llamase en seguida al hombre que había cerrado la posada, para pedirle una vela nueva.
Su mente se había visto muy afectada desde que entró en la habitación y su absurdo miedo de quedar en ridículo y que se pusiese en duda su coraje seguía influyéndole.
Se demoró, indeciso, alrededor de la mesa, esperando hasta convencerse para abrir la puerta y llamar desde el rellano al hombre que había cerrado la posada. En su actual estado de ánimo, tan dubitativo, era una especie de descanso ganar unos pocos instantes ocupándose en la fútil ocupación de reanimar la llama. Su mano temblaba un poco cuando aprctó la mecha, que cerró un poco demasiado abajo. En un instante la vela se apagó y la habitación quedó sumida en una total oscuridad.
La impresión que la ausencia de luz produjo instantáneamente en su mente fue de angustia por la cama tapada, angustia que no tenía una forma precisa, pero que era lo bastante fuerte, en su vaguedad, para dejarlo pegado a la silla, hacer latir más rápido su corazón y dejarlo escuchando intensamente.
Ningún sonido en la habitación, sino el ruido de la lluvia contra la ventana, más alto y violento ahora. Todavía la vaga angustia, el inexplicable miedo lo poseía y mantenía en la silla. Puso la maleta encima de la mesa, sacó la llave de un bolsillo, la abrió y buscó su caja escritorio donde sabía que había una caja de cerillas. Cuando tuvo una cerilla entre sus dedos esperó antes de frotarla en la tosca mesa de madera, escuchando intensamente de nuevo, sin saber por qué. Seguía sin haber otro ruido en la habitación que el persistente e incesante repiqueteo de la lluvia.
Encendió la vela de nuevo sin más demora y en el instante de encenderla, el primer objeto que vio en la habitación fue la cama tapada.
Justo antes de que se acabara la luz había mirado en aquella dirección y no había observado ningún cambio, ningún desarreglo en los pliegues de las cortinas ajustadamente corridas.
Cuando ahora miró hacia la cama, vio colgando por un lado de ésta una mano larga y blanca.
Yacía perfectamente inmóvil a mitad de aquel lado de la cama, donde se unían la cortina de la cabecera y la de los pies. No se veía nada más. Las colgantes cortinas ocultaban todo menos la larga mano blanca.
Se la quedó mirando, incapaz de moverse, incapaz de llamar, no sintiendo nada, no sabiendo nada, todas sus facultades sumándose y perdiéndose, excepto la vista.
Nunca pudo explicar por cuanto tiempo mantuvo este primer pánico. Pudo haber sido un instante. Pudieron ser muchos minutos. Cómo llegó a la cama, si fue corriendo o lentamente, cómo consiguió descorrer las cortinas y mirar dentro, nunca lo ha recordado ni lo recordará mientras viva.
Bástenos saber que sí llegó hasta la cama y miró detrás de las cortinas.
El hombre se había movido.
Uno de sus brazos estaba fuera de las sábanas; su cara había girado un poco en la almohada; sus párpados estaban muy abiertos. Sin embargo, a pesar del cambio de posición y expresión, la cara seguía perfectamente inmutable. La palidez y quietud de la muerte aparecían en su inmovilidad.
Una mirada mostró esto a Arthur, una mirada antes de que volase sin resuello hacia la puerta y alarmase a toda la casa.
El hombre a quien el posadero llamara Ben fue el primero en aparecer por la escalera. En tres palabras, Arthur le contó lo que ocurría y le mandó a buscar al médico más próximo.
Yo, que os cuento esta historia, estaba por entonces en casa de un amigo médico, ejerciendo en Doncaster y cuidando de sus pacientes durante su visita a Londres; y yo, por aquel tiempo, era el médico más próximo a la posada. Me mandaron a llamar cuando el forastero se puso enfermo por la tarde, pero no estaba en casa y buscaron en otro sitio. Cuando el hombre de Los dos petirrojos llamó al timbre, de noche, estaba pensando en acostarme.
Naturalmente, no creí una palabra de la historia acerca «del hombre muerto que ha vuelto a la vida de nuevo». Sin embargo, me calé el sombrero, cogí uno o dos frascos de medicina estimulante y corrí hacia la posada, no esperando encontrar nada más extraordinario que un paciente con un ataque.
Mi sorpresa al averiguar que el hombre me había contado la verdad, fue tal, si no igual, que mi sorpresa al encontrarme cara a cara con Arthur Holliday tan pronto como entré en el dormitorio. No había tiempo entonces para dar o pedir explicaciones. Nos estrechamos la mano asombrados, y ordené que todos, menos Arthur, salieran de la habitación y me precipité hacia la cama.
El fuego de la cocina aún no se había apagado. Había mucha agua caliente y franela. Con esto, mis medicinas y toda la ayuda que Arthur pudo darme bajo mi dirección, arranqué al hombre literalmente de las puertas de la muerte. En menos de una hora desde mi llegada, estaba vivo y hablando en la cama donde había yacido esperando la encuesta del juez.
Naturalmente, me preguntaron qué le había pasado, y podría deleitarles, en respuesta, con largas teorías, llenas de lo que los niños llaman palabras difíciles. Prefiero contar, sin embargo, que en este caso causa y efecto no podían juntarse satisfactoriamente en una teoría.
Hay misterios de la vida humana y sus condiciones de los que la ciencia no ha comprendido aún nada; les confieso cándidamente que al devolver a aquel hombre a la existencia estaba, moralmente hablando, dando palos de ciego en la oscuridad. Sé (por el testimonio del médico que le atendió por la tarde) que la maquinaria vital, hasta donde pueden apreciar nuestros sentidos, se había, en este caso, parado indudablemente; también estoy seguro (ya que lo recobró) que el principio vital no se había extinguido. Cuando añado que había sufrido una larga y complicada enfermedad y que todo su sistema nervioso estaba completamente trastornado, os he contado todo lo que realmente sé de la condición física de mi paciente muerto vivo en Los dos petirrojos.
Cuando «volvió en sí», como se dice, era algo sorprendente de mirar, con su cara descolorida, sus hundidas mejillas, sus extraviados ojos negros y su largo cabello negro. La primera pregunta que me hizo sobre su persona, cuando pudo hablar, me hizo sospechar que me hallaba ante un hombre de mi profesión. Le mencioné esta conjetura y me confirmó que estaba en lo cierto.
Dijo que venía de París, donde trabajó en un hospital; que recientemente había regresado a Inglaterra, para dirigirse a Edimburgo para continuar sus estudios; que se había puesto enfermo durante el viaje y que se había detenido en Doncaster para descansar y recuperarse. No añadió una palabra ni siquiera sobre su nombre, y naturalmente, no le pregunté nada al respecto. Sólo le pregunté, cuando dejó de hablar, qué especialidad pensaba cursar.
Cualquiera dijo amargamente que dé de comer a un pobre.
Ante esto, Arthur, que hasta ahora lo observaba en silenciosa curiosidad, prorrumpió impetuosamente en su usual modo humorístico: Mi querido muchacho (todo el mundo era «mi querido muchacho» para Arthur), ahora que ha vuelto a la vida, no empiece siendo pesimista en sus proyectos. Le diré que puedo ayudarle y si yo no puedo, sé que mi padre puede.
El estudiante de medicina lo miró fijamente.
Gracias dijo con frialdad . ¿Puedo preguntarle quién es su padre? añadió.
Es bien conocido en esta parte del país contestó Arthur . Es un importante fabricante y su nombre es Holliday.
Mi mano estaba sobre la muñeca del hombre durante esta breve conversación. En el momento en que fue pronunciado el nombre de Holliday, sentí acelerarse el pulso bajo mis dedos, detenerse, seguir de golpe y latir luego por un instante o dos, con febrilidad.
¿Cómo ha venido usted aquí? preguntó el forastero, rápido, excitado, casi apasionadamente.
Arthur le explicó brevemente lo sucedido desde que alquilara la cama en la posada.
Estoy en deuda entonces con el hijo de Mr. Holliday, por la ayuda que me ha salvado la vida dijo el estudiante de medicina, hablando consigo mismo, con un raro sarcasmo en su voz . Venga aquí.
Mientras hablaba, tendió su larga, blanca y huesuda mano derecha.
Con todo mi corazón dijo Arthur, estrechando la mano cordialmente . Puedo confesarlo ahora continuó, riendo , sobre mi honor, casi pierdo el juicio del miedo.
El forastero no parecía escuchar. Sus fieros ojos negros miraban fijamente la cara de Arthur y sus largos dedos huesudos aferraban su mano. El joven Holliday, por su parte, devolvió la mirada, asombrado y perplejo por el raro lenguaje y modos del estudiante de medicina. Las dos caras estaban juntas; miré a ambos y para mi sorpresa quedé impresionado por el parecido entre ellos, no en las facciones o complexión, sino en la expresión. Debió de ser un fuerte parecido o yo no lo hubiese notado, ya que soy muy lento para darme cuenta de los parecidos.
Me ha salvado la vida dijo el forastero, sin dejar de mirar fijamente a la cara de Arthur, apretando aún su mano . Si hubiese sido mi propio hermano, no habría hecho más.
Puso un gran énfasis en estas tres palabras: «mi propio hermano» y su cara cambió de aspecto cuando lo dijo; un cambio que no podría describir.
Espero que aún podré ayudarle dijo Arthur . Hablaré con mi padre en cuanto llegue a casa.
Parece estar orgulloso de su padre y quererlo mucho dijo el estudiante de medicina . ¿Supongo que él también está orgulloso de usted?
Naturalmente que lo está contestó Arthur riendo . ¿Hay algo maravilloso en ello? ¿No está su padre orgulloso...?
Repentinamente, el forastero soltó la mano de Holliday y volvió la cara.
Perdone dijo Arthur . Espero no haberle herido involuntariamente: ¿No habrá perdido a su padre?
No puedo perder lo que nunca he tenido respondió el estudiante con una risa sarcástica.
¡Lo que nunca ha tenido!
El forastero repentinamente tomó la mano de Arthur y le miró de nuevo a la cara fijamente.
Sí dijo, repitiendo la risa amarga . Ha traído de nuevo al mundo a un pobre diablo que nada tiene que hacer en él. ¿Le sorprende? Tengo el gusto de contarle lo que generalmente otros en mi situación guardan en secreto. No tengo nombre ni padre. ¡La caritativa ley de la sociedad me dice que soy el hijo de nadie! Pregúntele a su padre si también será el mío, y ayúdeme a encontrar un camino en esta vida mía sin apellido.
Arthur me miró más perplejo que nunca.
Le indiqué con una seña que no comentase nada al respecto y de nuevo puse mis dedos en su muñeca. No. A pesar de la extraordinaria confesión que acababa de hacer no estaba, como yo suponía, empeorando. Su pulso era ahora regular y su piel húmeda y fresca. No había ningún síntoma de fiebre.
En vista de que ninguno de nosotros le contestaba, se volvió hacia mí y empezó a comentar la extraña naturaleza de su caso, pidiéndome consejo sobre el tratamiento médico que debía seguir. Le dije que debía considerar cuidadosamente su enfermedad y que más tarde le mandaría una receta. Me pidió que lo hiciese en seguida, ya que seguramente dejaría Doncaster pronto por la mañana antes de que yo despertase. Era inútil explicarle lo absurdo y loco de tal modo de actuar. Me escuchó educada y pacientemente pero se mantuvo firme, sin dar ninguna razón o explicación, y me repitió que si quería darle la oportunidad de ver mi receta, debería hacerla en seguida.
Oyendo esto, Arthur ofreció prestarnos su escribanía portátil que llevaba consigo y trayéndola a la cama sacó el papel de la caja en su modo descuidado. Con el papel cayeron sobre la cama un paquete de sellos y una pequeña acuarela de un paisaje.
El estudiante de medicina tomó el dibujo y lo miró. Sus ojos se fijaron en las iniciales claramente cifradas en una esquina. Se sobresaltó y tembló; su pálida cara se puso aún más blanca; volvió sus fieros ojos hacia Arthur y lo atravesaron.
Un bonito dibujo dijo en un raro y tranquilo tono de voz.
¡Ah, y hecho por una chica muy guapa! dijo Arthur . ¡Oh, una chica muy guapa! Me gustaría que no fuese un paisaje, sino un retrato suyo.
¿La admira mucho?
Arthur, medio en broma, medio en serio, se besó la mano como respuesta.
Amor a primera vista dijo el joven Holliday, guardando el dibujo . Pero el asunto no marcha bien. Es la historia de siempre. Está monopolizada, como de costumbre; ligada por un precipitado compromiso con un hombre pobre que nunca parece conseguir el dinero suficiente para casarse con ella. Tuve suerte de saberlo a tiempo, o seguramente hubiese arriesgado una declaración cuando me dio este dibujo. Tenga, doctor, pluma, tinta y papel, listos para usted.
¿Cuándo le dio este dibujo? ¿Se lo dio? ¿Se lo dio?
Repitió estas palabras despacio para sí y de pronto cerró los ojos. Una súbita mueca pasó por su cara y vi una de sus manos agarrar las sábanas y estrujarlas con fuerza. Pensé que volvería a enfermar y pedí que no hubiese más charla. Abrió los ojos cuando hablé, los fijó interrogadoramente de nuevo sobre Arthur y dijo clara y distintamente:
Usted la quiere y ella le quiere; el pobre hombre puede apartarse de su camino. ¿Puede decir que, pensándolo bien, no le dará su persona como le ha dado el dibujo?
Antes de que el joven Holliday pudiese contestar, se volvió hacia mí y dijo en un susurro:
Respecto a la receta... A partir de entonces, aunque habló con Arthur, no volvió a mirarle.
Cuando hube escrito la receta, la miró y aprobó, sorprendiéndonos a ambos con un «Buenas noches» brusco. Me ofrecí para quedarme, pero negó con la cabeza. Arthur ofreció también quedarse y con su cara vuelta, dijo:
No.
Comprendiendo que yo no cedería, aceptó que se quedase el camarero de la posada.
Gracias a los dos dijo, cuando nos pusimos de pie para irnos . Tengo que pedirles un último favor, no a usted, doctor, porque confío en su discreción profesional, sino a Mr. Holliday.
Cuando habló, sus ojos aún estaban fijos en mí y nunca más se volvió hacia Arthur.
Suplico a Mr. Holliday que no mencione a nadie, y menos aún a su padre, los sucesos ocurridos y las palabras dichas en esta habitación. Le ruego que me entierre en su memoria como si para él estuviese enterrado en la tumba. No puedo darle mis razones para pedirle algo tan extraño. Sólo puedo implorarle que lo cumpla.
Su voz falló por primera vez y escondió la cara en la almohada. Arthur, completamente confundido, le dio su palabra. Inmediatamente después me llevé al joven Holliday a casa de mi amigo, pensando regresar a la posada y ver de nuevo al estudiante antes de que partiese.
Volví a la posada a las ocho en punto, absteniéndome a propósito de despertar a Arthur, que descansaba de la excitación de la pasada noche en uno de los sofás del salón de la casa de mi amigo. En cuanto estuve solo en mi dormitorio, tuve una sospecha, lo que me hizo decidir a que Arthur y el joven estudiante a quien había salvado la vida no se viesen nunca más, si yo podía evitarlo.
Ya he contado ciertas habladurías escandalosas que sabía respecto a la juventud del padre de Arthur. Cuando, en mi cama, pensaba en lo ocurrido en la posada: el cambio en el pulso del estudiante cuando se mencionó el nombre de Holliday; el parecido que había notado entre la expresión de su cara y la de Arthur; el énfasis que puso en las tres palabras «mi propio hermano»; su incomprensible aceptación de su propia ilegitimidad; mientras pensaba en estas cosas, las informaciones antes mencionadas irrumpieron de pronto en mi mente y se enlazaron como una cadena en mis anteriores reflexiones. Algo me susurró: «Mejor será que estos dos jóvenes no vuelvan a verse». Lo sentía antes de dormirme; lo sentí cuando desperté; y como os he dicho, fui solo a la posada a la mañana siguiente.
Perdí mi última oportunidad de ver de nuevo a mi paciente sin nombre. Hacía una hora que se había marchado cuando pregunté por él.
Ya os he dicho todo lo que sé sobre el hombre a quien devolví la vida en la habitación doble de la posada de Doncaster. Lo que voy a añadir son meras deducciones y conjeturas; hablando claro, no son hechos concretos.
Primero os diré que el estudiante de medicina estuvo increíblemente en lo cierto adivinando que era muy probable que Arthur se casara con la joven que le diera la acuarela del paisaje. La boda tuvo lugar un año después de los acontecimientos que acabo de relatar.
La joven pareja vino a vivir en el vecindario donde yo estaba establecido. Estuve presente en la boda y quedé muy sorprendido de que Arthur, ni antes ni después de la boda, quisiera hablarme del anterior compromiso de su novia.
Sólo se refirió a ello una vez en que estábamos a solas, contándome en aquella ocasión que su esposa había hecho todo a lo que el honor y el deber la obligaba, y que el compromiso se rompió con la entera aprobación de sus padres. Nunca supe nada más sobre esto. El nuevo matrimonio Holliday vivió feliz durante tres años. Al cabo de este tiempo se declararon síntomas de una seria enfermedad en Mrs. Holliday.
Resultó ser una larga y lenta enfermedad sin esperanza. Yo la atendí siempre. Habíamos sido grandes amigos cuando no estaba enferma y lo fuimos más estrechamente en su dolencia. Mantuvimos largas e interesantes conversaciones durante los períodos en que parecía recuperarse. Puedo contaros brevemente el contenido de una de estas conversaciones, dejándoos deducir lo que os plazca.
La entrevista a que me refiero ocurrió poco antes de su muerte.
Llamé como de costumbre, la encontré sola y comprendí al ver sus ojos que había estado llorando. Al principio sólo me contó que estaba moralmente deprimida, pero poco a poco se volvió más comunicativa y me contó que había estado releyendo unas cartas antiguas, dirigidas a ella antes de que conociera a Arthur, por el hombre con quien había estado comprometida en matrimonio. Le pregunté cómo se había roto el compromiso. Me contestó que no se había roto, sino muerto de un modo misterioso. La persona con quien estaba comprometida su primer amor , era muy pobre y no había posibilidades inmediatas de casarse. Tenía mi misma profesión y había marchado al extranjero para ampliar sus estudios.
Habían mantenido una correspondencia regular hasta que, como creía, había regresado a Inglaterra.
Desde aquel momento no supo nada más de él. Tenía un temperamento sensible y susceptible y ella temía haber hecho o dicho algo inadvertidamente que le hubiese podido ofender.
De cualquier modo, no le escribió más y después de esperar un año, se casó con Arthur.
Le pregunté cuándo había sucedido aquello y averigüé que las cartas habían cesado exactamente por las mismas fechas en que fui llamado para atender al misterioso paciente de la posada Los dos petirrojos.
Quince días después de esta conversación, ella murió. Al correr del tiempo Arthur se casó de nuevo. En los últimos años ha residido casi siempre en Londres y le he visto raramente.

Tengo que pasar sobre algunos años antes de llegar a una conclusión acerca de esta interrumpida narración. Y aún al llegar al final, lo que tengo que deciros llamará vuestra atención unos breves minutos.
Una lluviosa tarde de otoño, cuando todavía practicaba la medicina en el medio rural, estaba sentado, solo, pensando en un caso a mi cuidado que me tenía perplejo, cuando llamaron a la puerta de mi habitación.
Entre grité, mirando con curiosidad para ver quién me buscaba. Después de un breve instante se movió el picaporte y apareció una mano larga, blanca y huesuda, empujando lentamente la puerta sobre una arruga de la alfombra que no permitía abrirla libremente.
Detrás de la mano apareció un hombre cuya cara me causó inmediatamente una extraña sensación. Había algo familiar en su aspecto y también algo que sugería un cambio.
Se presentó tranquilamente como Mr. Lorn; traía unas excelentes referencias profesionales y me propuso ocupar el por entonces vacante puesto de asistente mío. Mientras hablaba me di cuenta de que no lo hacíamos como desconocidos y que aunque yo parecía asombrado de verle, él no lo estaba en absoluto.
Tuve en la punta de la lengua decirle que me parecía que ya nos habíamos conocido antes. Pero algo en su cara y algo en mi propia impresión no puedo decir qué me impidió decírselo, y sintiéndome atraído hacia él, lo acepté sin dudarlo para el puesto.
Aceptó la propuesta y se quedó aquel mismo día. Desde el principio nos llevamos como viejos amigos, pero, durante todo el tiempo que estuvo en mi casa nunca me hizo una confidencia sobre su pasado y no me acerqué nunca al tópico prohibido más que por insinuaciones que resueltamente no quiso entender.
Creo desde hace tiempo que mi paciente de la posada pudiera ser un hijo ilegítimo del viejo Mr. Holliday y que también pudiera ser el hombre comprometido con la primera esposa de Arthur. Y ahora se me ocurre otra idea: que Mr. Lorn es la única persona en este mundo que podría aclararme ambas dudas.
Se quedó conmigo hasta que me trasladé a Londres a probar fortuna allí por segunda vez, y entonces él siguió su camino y yo el mío, y no nos hemos vuelto a ver.
Ya nada puedo añadir. Puedo estar en lo cierto en mis conjeturas o tal vez estar equivocado. Todo lo que sé es que cuando llegaba tarde por las noches, en aquellos días en el campo, y encontraba a mi ayudante dormido y lo despertaba, me solía mirar como el forastero de Doncaster lo hizo cuando se levantó de la cama aquella noche memorable.

***
Leyendo:
Las columnas de Hércules - Paul Theroux
La fuga de Colditz - Patrick R Reid
El frente ruso - Jean-Claude Lalumière (no logró entusiasmarme)
Avatar de Usuario
Jenofonte
Usuario 4
 
Mensajes: 555
Registrado: Sab Mar 06, 2010 1:25 pm

Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Dom Abr 04, 2010 4:08 pm

¿Han escuchado un audiolibro?, puede ser muy interesante, no es necesario leer las palabras y puede uno concentrarse en el relato aunque se esté con la luz apagada.Claro que no se si es tan conveniente cuando se trata de una obra de Edgar Allan Poe...:

[youtube]9wTwFuhSgEU&feature=related[/youtube]
Leyendo:
Las columnas de Hércules - Paul Theroux
La fuga de Colditz - Patrick R Reid
El frente ruso - Jean-Claude Lalumière (no logró entusiasmarme)
Avatar de Usuario
Jenofonte
Usuario 4
 
Mensajes: 555
Registrado: Sab Mar 06, 2010 1:25 pm

Siguiente

Volver a Literatura

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 0 invitados