¡Señor, apiádate de mí! En aquel entonces, en la Rusia de la guerra civil, cuando el general Denikin defendía con sus regimientos blancos el frente entre Kiev y Jarkov, mientras el almirante Koltschak amenazaba Moscú desde el este, en aquel entonces Cherchinski era el Presidente de la checa rusa. Hace tiempo que Cherchinski está muerto, y cuando hoy se habla de él en Occidente, se le tacha de hombre sin corazón, de tirano sanguinario, de asesino frío y despiadado. Es cierto, en aquellos días se derramó mucha sangre en Moscú. A diario se enviaban sospechosos al edificio de la checa y unos días después se recogían sus cadáveres con camiones y se enterraban en cualquier lugar. Contrarrevolucionarios, emisarios del extranjero, especuladores, saboteadores, oficiales blancos, miembros del Partido S. R., pequeños burgueses que habían infringido las leyes para poder sobrevivir, grandes y pequeños ladrones, todos corrían la misma suerte. Se les colocaba de cara a la pared, la fría boca de un revólver tocaba su nuca, un suspiro, un grito o una maldición entre los dientes apretados y todo había acabado. También había muchos inocentes entre las víctimas de la checa. ¿Pero qué significan esas palabras: culpa e inocencia? Cada mal actúa según la ley que Dios ha depositado en él. Cada cual hace lo que tiene que hacer.
Una vez la zarina prisionera preguntó en Jekaterinburg a uno de sus guardianes, un oficial rojo que había servido antes en los ulanos de la guardia imperial:
¿Por el amor de Dios, por qué hace ésto? ¿Por qué se ha hecho bolchevique? ¡Usted, un antiguo ulano de la guardia!
El oficial se cuadró delante de ella; para él seguía siendo la zarina. ¡Servicio! contestó . ¡Servicio! Vos nos lo habéis enseñado.
¡Pero entonces servía usted al zar y ahora sirve a ese Lenin!
El pueblo dijo el antiguo ulano de la guardia, y saludó militarmente llevándose la mano a la gorra , el pueblo ha tenido a bien querer que fuese así, y así tenía que suceder.
¡Servicio! Felix Edmundovich Cherchinski, el presidente de la checa rusa, hacía su servicio y nada más que su servicio. El pueblo había tenido a bien querer que fuese así.
El no era un hombre corriente. Procedía de la pequeña nobleza polaca, había llegado pronto a Rusia, estudió y se hizo comunista. Leía a los filósofos alemanes Schelling y Schopenhauer y a los grandes escritores de todos los países: Balzac, Hamsun, Turgeniev y Dostoievski. Recitaba los poemas de Verlaine y Baudelaire. Tocaba el violoncelo. Y a diario firmaba con mano tranquila dos docenas de sentencias de muerte.
Una vez vino a verle un cónsul sueco o danés, y después de la segunda taza de té le dijo:
No le comprendo, Felix Edmundovich. Después de todo usted no es un campesino que ha venido a Moscú para hacerse comunista. Usted es un occidental, una persona de cultura. ¿Por qué hace usted ese espantoso trabajo, por qué no deja que lo haga otro? Usted podría hacer cosas más importantes. Por ejemplo, en la organización del sistema de transportes...
Bueno, tengo que decirle que también he trabajado ya en ese terreno respondió Cherchinski . Como usted ya sabe, estuve tres años en la cárcel, encerrado en una celda. Entonces me dedicaba al sistema de transportes. Eramos cuatro y teníamos un cubo. A diario había que sacar ese cubo de la celda para poder vivir y respirar. Yo lo sacaba todos los días. Y, mire usted, el trabajo en la checa es también uno de esos cubos. ¿No es mejor que lo haga yo en lugar de un campesino cualquiera que es un comunista, pero sigue siendo el apestoso campesino al que todos odíamos? Quizá llegue un día en que ya no necesitemos ese cubo, quizá pueda llegar a verlo...
Ese era Cherchinski. Hace tiempo que está muerto. Y de él quiero hablar hoy, y de aquel otro hombre que estuvo luchando durante cuatro horas por su vida hasta que Dios se apiadó de él.
Hacia finales de 1918, el partido de los social revolucionarios decidió quitar de en medio a Lenin de un tiro de revólver. De esta misión se encargó una mujer; se llamaba Fanja Kaplanova. Una noche, cuando Lenin abandonaba una fábrica en la que había pronunciado un discurso ante una asamblea de trabajadores, se le acercó la Kaplanova. Lenin no se fijó en ella y, mientras se despedía de un viejo trabajador al que conocía de antes, ella extrajo el revólver de su bolso y disparó. Disparó tres veces seguidas, rápidamente, y Lenin quedó gravemente herido.
El gobierno soviético respondió a ese atentado con el terror rojo.
Para empezar, todos los antiguos oficiales del ejercito del zar recibieron la orden de presentarse en la checa. Los primeros que obedecieron esa orden personas inofensivas en su mayoría, ciudadanos tranquilos que se habían conformado con los nuevos tiempos fueron fusilados. Los otros, que más prudentes dejaron transcurrir algún tiempo antes de ir, fueron retenidos durante algunas semanas en el edificio de la checa y luego puestos en libertad.
Entre aquellos que se habían presentado el primer día se encontraba un hombre de unos cuarenta años llamado Sergej Sergejevich Volochin. Este Volochin había sido durante la guerra jefe del departamento de desciframiento del Estado Mayor de Kiev. Tras la derrota del ejército se había ganado la vida dando clases de francés y vendiendo cigarrillos hechos por él. Ahora estaba encerrado con cuatro o cinco compañeros de infortunio en uno de los sótanos de la checa. Dos se contaban episodios de la guerra, uno se quejaba continuamente de dolor de muelas, otro trataba de entablar una conversación sobre la política de las potencias occidentales, todos aguardaban el final.
Pero precisamente ese día fue interceptado en Moscú un radiotelegrama cifrado. El descifrador de la checa había intentado en vano interpretarlo, no supo qué hacer con él y ahora el telegrama estaba sobre la mesa de Cherchinski. Era sin duda un documento de la mayor importancia. Quizá contenía las instrucciones para un sabotaje o para la expropiación violenta de una oficina del soviet, quizá la orden para perpetrar un atentado o intentar un levantamiento armado. Los emigrantes trabajaban en las capitales de Europa incesantemente para derribar al régimen soviético, y la noticia de que Lenin había sido herido podía haber redoblado esa actividad.
El telegrama tenía que ser descifrado. Pero Cherchinski no poseía las antiguas claves zaristas y por eso hizo venir a su ayudante el camarada Aukskas, un letón.
Escuche, camarada dijo , tengo aquí un telegrama cifrado. Probablemente ha sido enviado desde Varsovia y está dirigido a alguna sociedad secreta contrarrevolucionaria. ¿No tenemos entre nuestros hombres a nadie que conozca las claves de la época zarista?
No, no tenemos ningún especialista de esa clase respondió Aukskas . Quizá el viejo Vojtinski; pero ése ya no sirve, sólo sabe balbucear dos palabras, "dame aguardiente"; es lo unico que sabe decir. Pero, espere un momento, está ese Volochin, usted ya conoce ese nombre, se presentó esta mañana. Es el especialista indicado, lee las claves como yo Pravda.
Volochin, sí, conozco ese nombre dijo Cherchinski . Hágale venir. Y tráigame también su ficha.
Sergej Sergejevich Volochin decía la ficha , cuarenra y dos años, natural del gobierno de Saratov, ex coronel. Sospechoso de actitudes contrarrevolucionarias, reconoce haber alojado en su casa a dos camaradas que vivían ilegalmente, afirma...
Ahí estaba ya. Un hombre delgado, mejillas hundidas, ojos inflamados, pero alrededor de la boca un gesto de energía, de determinación y dureza. Cherchinski echó una mirada al rostro y supo que no le iba a resultar fácil tratar con ese hombre. El camarada Aukskas se acercó a la mesa y cogió la ficha.
Ah, es usted dijo Cherchinski . ¿Quiere sentarse? Aquí tiene una silla, o si lo prefiere siéntese allí, en el sofá. De modo que es usted ese Volochin. Conozco su nombre. Aquí está su ficha. Las cosas no andan bien para usted. Ha dado asilo a dos oficiales blancos. ¿Sabía que eso va contra la ley?
Lo sabía.
¿Y conoce las consecuencias? Está bien. Le he hecho venir para verle. Soy así, me interesan los artistas, los sabios, los cientificos de todo tipo, la gente con facultades especiales. Bueno, pues ya le he visto. Camarada Aukskas, llévese la ficha.
Hizo una pausa y luego se dirigió de pronto a Volochin.
¿En realidad por qué no quiere trabajar usted para nosotros? Volochin sacudió la cabeza con un movimiento violento, ésa fue su respuesta.
Brussilov está con nosotros, usted lo sabe prosiguió Cherchinski . El general Russki está con nosotros, el general Gurko... No me importa que estén con ustedes dijo Volochin . Yo no trabajaré para ustedes.
No le entiendo opinó Cherchinski . El ex comandante de Moscú está con nosotros. El jefe de la Escuela de Caballería de Tver está con nosotros. Claro que hay oficiales y oficiales.
Volochin se encogió de hombros y no contestó. Pero el gesto de su boca se hizo aún más duro, aún más resuelto.
Voy a explicarle la situación; quizá sea bueno que le diga las palabras de Budjenni prosiguió Cherchinski . ¿Conoce usted a Budjenni? Antes era policía; ahora, con nosotros es divisionario. Hace tres semanas hizo prisionero en el sur a su antiguo jefe de regimiento, un coronel... no se cómo se llamaba ese coronel. Este se presentó ante Budjenni: coronel tal y tal, comandante del decimoquinto regimiento de dragones. "¡Qué!", exclamó Budjenni. "¿Quién es usted? ¿El comandante del decimoquinto regimiento de dragones? Yo conozco al comandante de ese regimiento, está aquí conmigo, aquí conmigo esta el decimoquinto regimiento de dragones. Y usted,¿dónde estaba? En el otro lado. Allí no esta Rusia." Cherchinski guardó silencio un rato .
Allí no está Rusia repitió entonces . Aquí, con nosotros, está Rusia. Nosotros, nosotros somos los que defendemos la tierra rusa. Y ahora recapacite, se lo pregunto una vez más. ¿Quiere usted trabajar para nosotros?
No dijo Volochin.
Entonces caerá usted en la fosa, con la cabeza y con los pies gritó Cherchinski , y no le sacarán ni diez mil mulas de allí.
Así que seré fusilado dijo Volochin.
Cherchinski se inclinó sobre su mesa.
Bien. Nuestra entrevista ha terminado. Puede irse.
Volochin se puso de pie y siguió al camarada Aukskas.
Caminó hasta la puerta, se detuvo y se dio la vuelta.
Tengo mujer e hija dijo y quisiera despedirme de ellas.
Cherchinski levantó la mirada.
De modo que es usted uno de esos sentimentales -opinó-. Quizá sería mejor que no se despidiese, quizá sería mejor que ella se enterase más tarde. Pero como quiera. Puede hacerlas venir, a su mujer y a su hija.
No puedo hacerlas venir contestó Volochin . No están aquí, están en Rostov del Don, y allí están los blancos.
Pues entonces no se despedirá dijo Cherchinski . Qué puedo hacer yo. No pretenderá que por darle gusto el comandante en jefe dé la orden de tomar hoy Rostov a cualquier precio.
Volochin seguía en el sitio sin moverse. Y tras vacilar un instante, dijo:
Quisiera ir a Rostov. Regresaré y me presentaré aquí.
Cherchinski dio una chupada a su cigarrillo, sopló el humo y miró al hombre a la cara.
De modo que quiere ir a Rostov dijo . Supongamos que se lo permito. ¿Cuánto tiempo necesita para ese viaje?
¡Camarada, no puede dejarle ir a Rostov! exclamó Aukskas, que todavía sostenía la ficha en sus manos . No regresará nunca. Se quedará con los blancos, trabajará para ellos.
Yo conozco mejor que usted al oficial ruso, camarada dijo Cherchinski . Mire a este hombre, mire su cara. Puede estar seguro de que regresará.
Se dirigió a Volochin.
¿Y bien, cuánto tiempo necesita para ese viaje?
Dos días para la ida, dos días para la vuelta. Y quisiera quedarme un día allí o tal vez solamente una hora.
Así que cinco días. Recibirá un salvoconducco y vía libre hasta Kursk, nuestros trenes sólo llegan hasta allí. El paso por los frentes es asunto suyo. Y dentro de cinco días se presenta usted aquí.
Volochin hizo ademán de tenderle la mano. Pero Cherchinski estaba inclinado sobre su mesa y ya no le prestaba atención.
Fuera recibió Volochin el salvoconducto. Y Aukskas dijo:
Dentro de cinco días se presentará ante mí, y si yo no estoy aquí, ante el camarada Stolechnikov. Yo no le habría concedido nunca ese permiso.
Luego dejó que se marchase .
Aquel ex coronel Volochin quería morir. La vida se había convertido en una carga para él. Todos los días el mismo dolor instalado en el pecho, por la noche no conciliaba el sueño. Era un hombre duro, duro consigo mismo, duro con los demás. Sólo cuando pensaba en ella se volvía débil y pequeño. Había pasado tiempo desde que lo averiguó, diez meses, casi un año. Nada había cambiado. Todavía seguía pensando en ella, todavía sentía esa presión angustiosa en el pecho que no quería desaparecer.
Tenía dieciocho años más que su mujer. Jelena Petrovna se llamaba ella. Era tan alegre, tan joven y despreocupada, caminaba por la vida como por un prado verde, reía todo el día. Una vez, cuando estaba enferma y tenía fiebre y dolores había canturreado con una melodía cualquiera: "¿Qué se puede hacer, qué se puede hacer sí, qué se puede hacer?" Cuánto tiempo había pasado desde que le dijo: "Serjoscha, estoy tan contenta de tenerte. Te necesito. ¡Qué haría yo si no te tuviese!" Ahora vive con el tratante en maderas Lebedjev. ¿Qué se puede hacer, qué se puede hacer, sí, qué se puede hacer?
¡Nada! Se guarda silencio. No se habla con nadie de lo que ha sucedido. Lo tiene que superar uno solo.
Pero es imposible. Es demasiado difícil. No se puede respirar cuando uno piensa en ello.
El se había enterado a través de un empleado de la fábrica de tabaco de Rostov que había venido a pasar unos días a Moscú. Al principio no lo había podido creer. Luego, él tenía dieciocho años más que ella, y ese Lebedjev era joven, eso lo explicaba todo. Le escribió cuatro veces; envió las cartas por Constantinopla y Bucarest. No había reproches en sus cartas, sólo tristeza. Nunca recibió una respuesta. Ella no quería que le recordasen que él existía todavía, que vivía. Y, sin embargo, una vez le había dicho: "Te necesito, Serjoscha. ¡Qué haría yo si no te tuviese!" ¡Palabras! Sólo habían valido aquel día. Y ahora le diría quizá a ese Lebedjev "Te necesito, estoy tan contenta de tenerte."
Una vez se había encontrado con un capitán de la compañía de vapores de Rostov. Al principio había hablado con él de cosas triviales y luego preguntó por ella, de manera casual, como por una extraña, ocultando al capitán que él era su esposo. "He oído que ahora vive con el tratante en maderas Lebedjev. Sí, con el tratante en maderas Lebedjev. Yo no la conozco, pero la gente lo dice, se habló de ello."
Cuando estaba en una esquina vendiendo sus cigarrillos, entonces, de repente una mujer joven cruzaba la calle, venía hacia él, pelo rojizo, ojos castaños, una cara delgada, en la mano balancea el bolsito y las piernas esbeltas que caminan tan seguras de sí mismas como si tuviesen voluntad propia se le nublaba la vista, no podía respirar, tenía que apoyarse en la pared de la casa.
"¿Qué valen esos cigarrillos?"
Una voz extraña, una cara extraña. ¡Qué haría además Jelena en Moscú! Seguro que se queda en Rostov. Noche tras noche va a visitarla ese Lebedjev. "¡Qué haría yo, querido, si no te tuviese!" Días grises, tristes, que no terminan nunca. Quizá llegue mañana una carta. Catorce horas todavía, y un minuto transcurre tan despacio. Y luego la noche. A veces le aliviaba el alcohol, a veces un somnífero, una droga; pero siempre solo durante unas pocas horas. Cuando se despertaba todavía era de noche. No tenía reloj. Se quedaba tumbado fumando un cigarrillo tras otro. Una vez, en el jardín de un merendero un perrito negro y despeluchado había corrido hacia ella y ella lo había cogido en brazos; quería a todos los animales. "¡Eres un díablillo negro, un pequeño y divertido espantapájaros; un enanito feo! Dime, ¿me quieres? Tienes que quererme, ¿me oyes? ¿Quieres azúcar? ¿No? ¿No quieres? ¡Anda, tómalo, toma un poco!"
¡No pensar en ella, olvidar el sonido de su voz! Quedarse tumbado soplando anillos de humo al aire. Una hora, todavía una hora. En la calle había ruido, debían ser aproximadamente las ocho. No llegó ninguna carta y comenzaba otro día triste.
Había pensado a menudo en viajar a Rostov. Ponerse delante de ella. No, nada de reproches. "Digame sólo una cosa, Jelena: ¿es usted feliz, le ama de verdad? Y ahora una pregunta más y luego me iré: ¿Cómo ha podido suceder? ¡Dígamelo!"
No había podido reunir el dinero para el viaje. Una vez había pasado hambre durante tres semanas, se había privado de todo, ahorró dinero. Habría sido suficiente para medio viaje. ¡Qué importaba! Dios ayudará.
Pero cuando Volochin estaba en la estación de Kursk despertó el orgullo dentro de él. ¿Para qué ese viaje? Cuando esté delante de ella y le pregunte: "¿Jelena, cómo ha podido suceder?", ¿qué dirá ella? Reirá, dirá con voz cantarina: "No lo sé, no lo sé, es así." Pero ahora las cosas eran distintas. El era un hombre muerto, iba a despedirse. "Aqui estoy, Jelena; sí, soy yo de verdad. No tengas miedo, no te molestaré. Regreso a Moscú, figuro en la lista, me espera una bala. ¡Déjame ver a la niña! Pobrecita Nina, que crezcas y seas guapa, que seas feliz. Y ahora, Jelena, adiós."
Adiós. Cómo le reconfortaba esa palabra. Su corazón se sentía más ligero... Adiós..., todo ese viaje y el regreso a la checa... Tengo que presentarme ante usted, camarada, me llamo Sergej Sergejevich Volochin y figuro en la lista..., y luego el sótano y luego la muerte... Todo eso quedaba compensado por esa pequeña palabra..., ¡adiós!..., sus músculos se tensaron. Era otra vez el soldado, el oficial... ¡Adiós!..., dijo en voz alta... ¡Adiós!
El tren iba despacio, paraba en todas las estaciones, hasta en las más pequeñas. En Serpuchov subió al compartimiento un médico rural que trató de distraerse y de hacer pasar el rato a los demás contando historias.
Ahí tienen a ese Kalinin, el presidente del ejecutivo, el auténtico campesino de barba larga, sólo que se santigua delante de su "Marxa" y no delante de las imágenes de los santos. Sabe hablar con los campesinos, eso es cierto. Aquí en esta región está en su ambiente. Y una vez fue a su pueblo, quería que sus paisanos viesen cómo había prosperado. Antes se mandó hacer un traje de paño inglés, pero hizo que le forrasen el pantalón; sería una lástima pensó, que la tela se desgastase con el roce, después de todo seguia siendo un campesino. "¡Qué alegría, padrecito Kalinitch", exclamaron los campesinos, "¡por fin has venido a vernos!" El se llama Kalinin, pero los campesinos le llaman Kalinitch; es una expresión cariñosa. "Y llevas una bonita chaqueta, ya vas vestido como un consejero de Estado." "¿Cuánto creéis, paisanos, que ha costado esta chaqueta?", dice Kalinin. "¿Tres fanegas de grano? Eso eran treinta rublitos antes de la guerra. ¡Pues me ha costado cien rublos!" Los campesinos se quedaron boquiabiertos. !Cien rublos! "Y aunque hubiese costado mil rublos; soy o no soy el gran jefe de todos los pueblos rusos?", exclamó Kalinin. "Con un solo kopek que entregase cada pueblo ruso se pagaría la chaqueta aunque costase dos mil rublos."
Volochin sólo escuchaba a medías. Estaba con sus pensamientos en otras cosas. Había olvidado comprar un regalo para su hija. Debería haber traído una muñeca pequeña o al menos un pan de especias, y voy con las manos vacías. ¿Que puedo hacer, qué puedo hacer? En Jarkov encontraré algo quizá un oso de madera que golpea el yunque con el martillo cuando se tira de la cuerda; le encantará a la pequeña Nina. El tren se detuvo a mitad del camino. Los pasajeros abrieron las ventanillas y se asomaron.
¿Qué ha pasado? ¿Por qué no continuamos el viaje?
El maquinista estaba de pie al lado de su locomotora, se frotaba las manos y canturreaba:
Un día hermoso, una mañanita espléndida, el sol brilla, ahora sería el momento para pasear por el bosque.
La gente bajó del tren, le rodeó y gritaba:
¿Qué significa esto? Ha perdido la razón. ¿Vamos a quedarnos aquí parados hasta la primavera? Yo tengo que ir a Jelez, a Orel, a Kurakovo.
Claro, vosotros dijo el maquinista . Vosotros vais sentados con vuestra tepluchka en un compartimiento caliente, estáis a gusto y bebéis té. ¿Y yo? ¿Dónde estoy yo? Si queréis que el tren funcione habrá que engrasarlo.
Se organizó una colecta y se reunieron treinta y un rublos. El maquinista cogió el dinero y luego se fue al bosque a recoger madera con el fogonero y los dos revisores. Algunos de los viajeros se sumaron a ellos. Las mujeres se quedaron sentadas en el terraplén mirando las nubes que erizaban el cielo y comiendo pipas de girasol. Los niños retozaban por los prados.
Medía hora más tarde el tren prosiguió su marcha.
Volochin atravesó la zona de combate disfrazado de campesino. El frente no era rígido, ni en el lado de los rojos ni en el de los blancos. Hizo rodeos, evitó los pueblos en los que había militares. Una vez estuvo bajo el fuego de metralla de los rojos en una pradera pantanosa. En la estación de Kupjiansk, un nudo ferroviario desde el que eran enviados los trenes de los blancos a la región del Donetz, a Taganrog y a Rostov, estuvo a dos pasos de un antiguo compañero de regimiento. Este le miró y no le reconoció.
Al tercer día por la mañana llegó a Rostov.
La casa, un pequeño edificio de una planta, se encontraba a las afueras de la ciudad. A lo lejos se divisaban el bosque y el rio. Desde la carretera, escondido detrás de una acacia, Volochin observaba con tensa atención las ventanas y la puerta cerrada. Abajo, a la derecha de la escalera, estaba la cocina, a la izquierda el comedor y el cuarto de estar. Arriba, detrás de una ventana con reja que daba al jardín, dormía la pequeña Nina.
Eran las siete de la mañana, todo estaba en calma. Tenía que esperar a que ese Lebedjev abandonase la casa; sólo entonces pediría permiso para entrar.
Una campesina llegó y llamó a la puerta, traía la leche. Un poco más tarde llegó un hombre con verduras. Cuando se fue todo siguió en silencio durante un largo rato; sólo se oía el canto de los pájaros en los frutales del jardín. Luego se abrió la puerta. No, no salió un hombre, sino una vieja criada con la bolsa de la compra en la mano. Su mirada indiferente rozó a Volochin que, apoyado en el tronco de la acacia, encendía su pipa. La criada siguió su camino hacia la ciudad. El tiempo pasaba, ya debían ser casi las ocho y medía. Ese Lebedjev seguía sin aparecer, probablemente estaba en la cama esperando el té. "Buenos días, corazoncito, ¿ha dormido bien mi palomita?" En algún lugar de la ciudad tiene su despacho, con teléfono y sillones de club. Sobre la mesa escritorio había cartas, fuera esperaban visitas, el teléfono no dejaba de sonar. "No, el señor Lebedjev no está todavía en el despacho; no puedo decirie cuándo llegará. Vuelva a llamar dentro de una hora." -¡Vania! ¡Vania! ¿Dónde estás? ¡Por que no vienes cuando te llamo! ¡Ven de una vez! ¿Dónde te has metido? Esa era la voz de Jelena y venía del jardín. Volochin saltó por encima de la valla. No siguió el camino de grava, corrió tras la voz a través de los arbustos.
¡Vania! ¡Vania! ¡Ven de una vez! ¿Por qué te escondes? ¿Con quién estará hablando? Ese Lebedjev no se llama Iván, se llama Aletej. Quizá es un criado, quizá es su chófer. Esa gente no da ni un solo paso, siempre va en coche. ¡Vania! ¡De modo que te has marchado de verdad! Pues tú verás lo que haces: crees que me molesta, pues te equivocas, sí, te equivocas.
La voz cantarina estaba muy cerca, dos pasos más y se encontraron uno frente a otro. Jelena Petrovna retrocedió asustada cuando vio al hombre en el jardín, un hombre con ropa de campesino. Pero luego caminó despacio hacia él. ¿Quién es usted? ¿Qué desea? Su cara está pálida, constató Volochin, y le sorprendió que en ese momento pudiese pensar con tanta ciaridad y calma. Quería decir: soy Serjoscha, aquél sin el cual usted no podía vivir; pero fue imposible, no podía extraer un solo sonido de su garganta.
Si es usted el hombre que trae las gallinas, vaya a la cocina, aquí no se le ha perdido nada, nada en absoluto dijo Jelena acercándose un paso.
Así que ya no me conoce dijo él en voz baja.
Ella le miró a la cara y luego levantó los brazos.
¡Sserjoscha!
Si, yo soy ese Sserjoscha, soy yo de verdad murmuró Volochin.
¡Sserjoscha! ¡Por fin has venido! Y estás aquí en el jardín. ¿Cuándo has llegado? Lo sabía, lo sabía. Pero ven, ¿qué haces ahí parado?
Algo maravilloso había sucedido. Jelena se había arrojado a su cuello y le había besado.
¡Sserjoscha dijo tomando aliento . Seguro que piensas: una sorpresa, pero yo lo sabía, de verdad, lo sabía. La vieja, la criada, se cortó ayer el dedo con el cuchillo de la cocina; durante una hora estuvo llorando. Qué aspecto tienes, como un auténtico campesino. Así que, primero, lloros y lamentos, y luego dijo: "¡Esto significa una gran alegría para nosotros o una sorpresa!" Yo tambien soñe hace tres días. ¡Pero qué delgado estás, pobrecillo! Las mejillas hundidas; no te había reconocido. Ahora comerás aquí, te darás la gran vida. Dicen... pero di algo, ¡deja que te bese! En Moscú, dice la gente, no hay leche ni mantequilla, ni huevos; aquí se puede comprar todo eso en cualquier tienda. Pero tú siempre has despreciado la buena vida, esas pequeñas comodidades ya te parecían excesivas. Que estabas en Moscú ya lo sabía. El viejo Koroljov te vio en el puente de hierro hace seis semanas. Caminabas tan deprisa que no pudo alcanzarte, ya sabes, cojea. Pero al menos me enteré de que estabas vivo.
Sí, estoy vivo o quizá no lo esté dijo Volochin cerrando los ojos . ¿Por qué no contestaste a mis cartas?
¿Tus cartas? No recibí nunca, ni una sola vez recibí una carta tuya ni una sola línea desde hace un año. Y a dónde hubiese podido escribirte, no sabía siquiera. ¿Por qué me miras de esa manera?, me pones triste.
Jelena se golpeó la mejilla con dos dedos.
¡Qué palabras son ésas Jelena, deberías avergonzarte, pide perdón en seguida se dijo a sí misma . Cómo podría estar triste, Sserjoscha, ahora que estás aquí. ¡Querido, no te enfades! Estás cansado. Un largo viaje. Quizá una semana, dormirás, pobrecillo. ¡Y ahora ríe de una vez, alégrate, pon la cara contenta! He estado tan sola. Pero ya sé que tú lo has pasado peor. Yo tengo a la niña, y Lisa también está aquí, y luego tengo la ardilla, está domesticada, se llama Vania y viene cuando la llamo. Y, sin embargo, estoy sola.
¿Y ese Lebedjev? preguntó Volochin con dureza.
¿Así que eso también lo sabes ya? Venía todos los días, bebía té y tomaba pastel de miel y siempre decía con una voz rarísima: "Jelena Petrovna, la amo, usted lo sabe, nunca amaré a otra mujer. Y si no quiere ser mía me pegaré un tiro o empezaré a beber, me convertiré en un borracho. Así es como terminaré." Entonces llegó Lisa y se enamoró de ella en el acto. No se ha convertido en un borracho ni se ha pegado un tiro. En primavera se casaron.
¿Quién? gritó Volochin . No comprendo. ¿Quién se ha casado? ¿De quién hablas?
Lebedjev se casó con mi hermana Lisa. Creí que lo sabías. Estoy cansado dijo él . Mi cabeza está hecha un lío. Quisiera sentarme, reflexionar un poco.
Y yo, mientras tanto, no paro de parlotear. Claro que estás cansado. ¡Ven! A lo mejor ya se ha despertado la niña.
Doce horas se pasan tan deprisa. Al anochecer Volochin estaba con Jelena en la estación.
No había dicho a su mujer lo que le esperaba, lo llevaba todo encerrado dentro de sí. Ella sólo sabía que los negocios le reclamaban en Moscú, negocios urgentes que no podía desa tender. Le había prometido que estaría de nuevo con ella dentro de dos meses, y ella le creyó.
Sólo por su exagerada alegría debería haber notado que su marido le ocultaba algo grave. Pero ella no notó nada. Y mientras sostenía su mano, dijo:
No me verás durante dos meses. Sserjoscha, durante dos meses, y estás gastando bromas. ¿Te parece bien? ¡Ahora mismo te pones triste¡ Deprisa aflígete, atormentate. Así está bien. ¡Y ahora, llora un poco!
Al atardecer del quinto día Volochin estaba en Moscú. Como no encontró en la checa al camarada Aukskas dejó que le condujesen ante Stolechnikov.
Soy el coronel Volochin dijo . Me detuvieron, pero el presidente de la checa en persona me dio permiso para ordenar mis asuntos privados dentro de un determinado plazo. Eso ya ha ocurrido. Anúnciele, por favor, que estoy aquí.
Stolechnikov garabateó algo sobre un trozo de papel que luego introdujo descuidadamente entre otros papeles.
Por favor, no olvide dar parte dijo Volochin . Tenía orden expresa de...
No tiene que preocuparse le interrumpió Stolechnikov malhumorado . Sé lo que tengo que hacer sin que usted me lo diga. Esperará a que le llamen.
Volochin fue conducido luego a una sala donde habían reunido a un grupo de diversos maleantes. Rateros, chulos, atracadores, un hombre que había falsificado cartillas de racionamiento y un chófer que, tras emborracharse con gasolina, había amenazado a los transeúntes.
Dos días más tarde entró Aukskas en el despacho de Cherchinski. Su mirada cayó sobre el telegrama cifrado que asomaba bajo una pila de papeles escritos. Se echó a reír.
Me parece que después de todo soy mejor psicólogo que usted, camarada presidente dijo . Naturalmente ese Volochin no ha regresado, no se ha presentado ante mí. Y en su ruso defectuoso añadió:
Quizá encuentra que el aire y el agua de Rostov sientan bien a la salud.
Cherchinski levantó la mirada
Hoy hace..., ¿cuánto tiempo ha pasado? Hace siete días. El hombre regresó. Se presentó ante usted, y usted lo ha olvidado.
Aukskas reflexionó.
Quizá se presentó ante Stolechnikov, desde luego no se presentó ante mí dijo . Stolechnikov está de servicio en Tula desde el mediodía de ayer. Pero lo más probable es que ese...
Ese hombre ha regresado exclamó Cherchinski . Ha regresado. Conozco a mi gente. Podría haber recibido un balazo de los nuestros o de los blancos. Pero si todavía vive, está aquí. ¡Mande buscarle! Encontraron a Volochin jugando con los dos rateros y el chófer una partida de "durak", una especie de "juego del tizne".
Unos minutos después se encontraba ante Cherchinski.
¿Se ha retrasado usted? preguntó sin levantar la mirada de su mesa el presidente de la checa rusa.
No. No me he retrasado contestó Volochin . Llegué incluso antes del tiempo acordado.
¿Desde cuándo está aquí?
Desde el jueves por la noche.
¿Ante quién se presentó?
Ante el camarada Stolechnikov. Y le dije que tenía orden expresa de...
Está bien. Con Stolechnikov hablaré más tarde le interrumpió Cherchinski . ¿Se despidió de la mujer y de la niña?
Me despedí.
Cherchinski le rozó con una mirada y luego preguntó:
¿Y bien? ¿Aparte de eso no tiene nada que decirme?
Aparte de eso no tengo nada que decir respondió Volochin en voz baja.
De modo que no se lo ha pensado. No quiere trabajar de ninguna manera para nosotros.
Yo sí quisiera dijo Volochin . pero ustedes ya no querrán. Cherchinski escudriñó su cara durante un minuto.
Eso es cierto dijo luego . No podremos utilizarle. Ha estado con los blancos y allí le habrán enseñado cómo sabotear nuestro trabajo o quizá algo peor.
Guardó silencio y esperó a que el otro contradijera, rechazase la sospecha. Pero Volochin no dijo ni una palabra.
¿Cómo se encuentran su mujer y su hijita? preguntó Cherchinski.
Se encuentran bien, gracias respondió Volochin y luego volvió el silencio.
Cherchinski tiró al suelo el resto de su cigarrillo.
A pesar de todo, me gustaría hacer todavía una prueba con usted dijo . Ya le comenté una vez que me interesaba por las personas que tenían facultades especiales, tengo esa debilidad. Ya se verá luego si puedo asumir todavía la responsabilidad de dejarle trabajar para nosotros. Aquí tengo un telegrama en clave. ¿Cuánto tiempo necesita para descifrarlo?
En ese preciso momento Volochin comprendió que estaba salvado. ¡Descifrar un telegrama, nada más que eso! Vivirá, podrá regresar con Jelena y Nina, quizá no dentro de dos meses, pero sí algún día. O las hará venir a Moscú, a la mujer y a la hija. Sintió una alegría salvaje, pero se obligo a guardar la calma, no quería que notasen cuánto le importaba ahora su vida.
¿Cuánto tiempo? Eso varía mucho dijo . Depende si se ha empleado una sola clave o sistemas combinados. Nosotros teníamos unas veinte claves, que tendré que probar una tras otra para ver cuál es la correcta. Además, sólo son cinco líneas, eso dificulta un poco más la cosa. Pero hasta ahora no he necesitado nunca más de cuatro horas.
Cuatro horas. Eso me parece mucho tiempo opinó Cherchinski . Pero estoy dispuesto a concederle esas cuatro horas. Son las dos. Si trae el telegrama descifrado a las seis, trabajará para nosotros. De lo contrario, en fin, usted conoce el resto. Entonces sufrirá el rigor de la justicia. Y recuerde: sólo haré esta prueba. Le será asignado un cuarto. ¿Tiene usted costumbre de fumar mientras trabaja?
El cuarto en el que trabajaba estaba comunicado por medio de puertas vidrieras con las dos habitaciones contiguas. Una mesa larga con papeles y utensilios para escribir. De la pared colgaba un cuadro que representaba una lucha de barricadas de la época de la Comuna de Paris, banderas rojas, humo de pólvora, carga de infantería y en un primer plano un trabajador joven que se desplomaba herido por una bala. Alguien había tirado al suelo un cartel de cartón blanco con la inscripción: "G. R. Nirod. Horas de visita: solamente de diez a doce." En un rincón había sobre una mesita un bonito reloj antiguo de estilo imperio, quizá había sido requisado en una de las casas vecinas o provenía aún de la época en que el edificio de la checa alojaba a una compañía de seguros. Todavía una chupada al cigarrillo y luego manos a la obra. Tenía la certeza de que había sido utilizada una sola clave y no una combinación de varias. Algo en aquella sucesión de letras aparentemente sin sentido se lo decía; en esas cosas nunca se equivocaba. El primer intento tentador: una clave cualquiera empleada a menudo, "El gran ejército del Don". "La intuición es buena, pero el trabajo metódico sigue siendo lo mejor", decía su maestro, el viejo general Charvenko. ¿Dónde está ahora el general Charvenko? Vive en Rusia, quizá envió personalmente el telegrama y no sospecha que seré yo quien lo descifre. Tengo tiempo de sobra, sólo han pasado veinte minutos y ya están resueltas dos claves, resueltas definitivamente. "El gran ejercito del Don" y "San Miguel Arcángel". Un bonito reloj antiguo. "San Miguel Arcángel", no, eso está resuelto. "La Iglesia de Cristo, el Salvador." Cherchinski tiene un reloj de plata corriente sobre su mesa. "¿Cómo se encuentran su mujer y su hijita?" Siempre dice "hijita"; de dónde sabe que Nina es todavía tan pequeña, que apenas tiene cinco años. Intuición, tiene ese don. Pero lo mejor sigue siendo..., no, esta clave no es la correcta. Probemos con "Moscú, la pétrea, la blanca". ¿O será, después de todo, una combinación? ¡No! A menudo se acierta ya al tercer o cuarto intento. Suerte, claro está que también hace falta un poco de suerte. A veces también sirve la psicología: si se conoce al remitente y al destinatario, puede adivinarse la clave que han acordado. Pero lo más importante es la concentración y el pensamiento claro y metódico. He dormido poco los últimos días. Descansar. Descansar durante un minuto. Todavía queda suficiente tiempo.
¿Cuándo estuvo sobre el puente de hierro? ¿Qué hacía yo allí? ¿Me habrá visto allí Koroljov realmente? Yo nunca he estado en el puente de hierro. Quizá Jelena lo dijo sólo para tranquilizarme. Estaba preocupada por mí, la pobre, y él quería, pero cojea, eso es cierto. Un día en invierno, cuando arrastraba una viga con su ayudante, se resbaló sobre el hielo.
¿Por qué tengo que pensar ahora, precisamente ahora, en el viejo Koroljov? Yo no estaba sobre el puente de hierro, él sólo quiso darle una alegría. ¡Vale! Y ahora a trabajar. Son las cuatro menos cuarto. Volochin ha probado once claves distintas y ahora se detiene en la decimosegunda. Afuera, detrás de la puerta de cristal, hay gente; sabe, en toda la casa se sabe, que en ese cuarto un hombre está luchando desesperadamente por su vida. Observan curiosos cómo vuela la pluma sobre el papel y cómo es arrojado el papel hecho una bola a un rincón. Aprietan sus caras contra los cristales, sus narices están completamente aplastadas. Uno de ellos tiene aspecto de chino. Son las cinco menos cuarto. Ya ha transcurrido más de la mitad del tiempo. ¿Por qué me han puesto aquí este reloj? Un suplicio díabólico, no puedo dejar de mirar al reloj. Quieren que pierda los nervios. ¡No! Eso no sucederá.
¡Calma, sobre todo calma y sangre fría!
Otra clave: "Príncipe Potemkin, el táurido." No sirve, tampoco es la correcta. Ese Potemkin fue siempre un mentiroso redomado, un inútil. "El lago Baikal, infinito como el mar." Esta es ya la decimocuarta clave que pruebo. Yo nací un catorce, quizá. El chino sigue ahí mirando fijamente por el cristal. Dicen que uno de los verdugos de la checa es un chino. Por lo visto, no lo hace por dinero, sino por placer, sólo se queda con la ropa de las víctimas. ¿Me estará esperando a mí? Escucha, díablo de ojos oblicuos, la chaqueta que llevo encima todavía me pertenece a mí y no a ti, estoy vivo, todavía no se ha acabado mi tiempo. Quizá no es el verdugo chino, parece más bien un calmuco.
¡Trabajar! Aprovechar cada minuto. "Un pueblo, un imperio, un Dios." Pero esa es una clave del ejército alemán, no una rusa. En Kiev obtuve, por descubrirla, el rango de coronel. Me quitaron los galones. Se acabó. ¡Para qué pensar en ello! Ahora una clave nueva, una clave fuerte: "El gran Dios de la Rusia ortodoxa." ¿Pero dónde está ese Dios, dónde está, dónde le encuentro? Quizá para los que le buscan, horas de visita sólo de diez a doce.
¡Qué pensamientos demenciales! No son míos, los ha pensado otro. El diablo está sentado debajo de la mesa, es negro, enrosca el rabo, insufla sus pensamientos en mi cabeza. Me han metido al díablo debajo de la mesa, quieren perderme. No lo conseguiréis. Estoy vivo, lucho. Jelena me necesita. Me lo volvió a decir: "Eres tan bueno conmigo, Sserjoscha, qué haría sin ti, si tú no estuvieses." ¿Y si me fusilan, qué hará ella? ¿Llorará por mí, estará triste? "Quizá piensas que estoy afligida. Ay, te equivocas, te equivocas."
¡Qué locura! Ella me quiere, sólo me quiere a mi y a nadie más. Tengo que trabajar, trabajar por ella. Pero algo ha clavado sus garras dentro de mi cabeza y no me deja pensar. Dentro de dos minutos serán las cinco y medía. Esos dos minutos, si cierro los ojos, concentro las ideas, sólo durante dos minutos. Los ojos se le cierran. Y ya está ahí la pesadilla, ve como corre con todas sus fuerzas con el telegrama en la mano, y la muerte le persigue, la muerte va sentada sobre un jamelgo y hace sonar el látigo, parece un cosaco. "Corre, hermanito, corre que ya te cojo." "¡No! No me cogerás, me defiendo lucho." Se despierta sobresaltado. Las seis menos veinticinco. Tiene que defenderse, tiene que luchar. Pero la mano que sostiene la pluma tiembla, no puede escribir. ¿Ha probado ya todas las claves? ¿No falta ninguna? "La Virgen de Kazan". "Impera zar para espanto de los enemigos". "La puerta de la Trinidad". "Kiev, la madre de todas las ciudades". ¿Ahora, qué? ¿Intentarlo de nuevo, empezar desde el principio? Ojalá tenga tiempo.
El chino, allí, está enseñando los dientes, pone los ojos en blanco. Ahora habla: "¡Hale! Quítate la ropa, sería una lástima por la chaqueta. ¿Ha costado treinta rublos? Y aunque hubiese costado cien rublos, mil rublos. Ahora me pertenece a mí. Y aunque hubiese costado dos mil rublos. ¿Soy o no soy el gran verdugo de Rusia? ¡Venga esa chaqueta! Y ahora ponte de cara a la pared. Se ha acabado tu tiempo." "¡No! ¡Mientes! Todavía no se ha acabado mi tiempo. Faltan..."
Volochin gime, su frente está empapada de sudor frío. Todavía faltan diez minutos para las seis.
Demasiado tarde. ¡Qué puedo hacer con esos diez minutos! Se acabó. Le fusilarán.
¡No! ¡El quiere vivir, tiene que vivir!
Su mirada cae sobre el cuadro de la pared, ve al hombre que, herido por una bala, cae al suelo con la mano apretada contra el corazón.
¡No! ¡Eso no debe suceder! Volochin se levanta de un salto y levanta los brazos y grita lleno de angustia y desesperación al gran Dios de la Rusia ortodoxa, grita tan fuerte que se oye a través de las puertas cerradas:
¡Gospody pomiluj!
Y entonces sucede algo extraño. Volochin se queda parado, se lleva la mano a la frente y respira profundamente.
"¡Gospody pomiluj! ¡Señor, apiádate de mí!" Pero si esa es, si esa es una de las claves zaristas, y él no había pensando en ella. Gospody pomiluj, le tiembla todo el cuerpo, pero no de angustia mortal. Pues en ese instante sabe, no puede ser de otra manera, lo sabe con toda seguridad, que ésa es la clave correcta, la que ha buscado tanto tiempo, y Dios se la ha regalado.
Ya no hay mucho que contar. Volochin se dirige a la mesa, la mano que sostiene la pluma ya no tiembla. Las letras cambian de forma, se convierten en sílabas, una palabra le llama la atención, "puente", "puente de ferrocarril"; pero antes de coger la pluma ya sabe que está salvado.
Dos minutos más tarde llama y dice al empleado que entra: "Condúzcame, por favor, al despacho del camarada Cherchinski." Cherchinski murió de un infarto algunos años después. Al final se ocupaba de la reorganización del sistema de transportes. Pero ese Volochin vive todavía, trabaja en alguna comisaría del pueblo en Moscú. Allí hace tiempo que han olvidado cómo se llama en realidad. El comisario del pueblo y su ayudante, los diplomáticos extranjeros y los representantes de la prensa extranjera que entran y salen alli, los empleados y la mujer que les trae el té, y la mujer que barre las habitaciones y el portero en su garita, todos ellos dicen cuando le ven: "Ese es el camarada ¡Señor, apiádate de mí!"
Se llama así. Ese es su sobrenombre. Y a veces pienso que rodas las personas de esta tierra, los soberbios y los oprimidos, los que están firmemente arraigados en la existencia los pobres y débiles, los intachables y los pecadores, los jueces y los condenados, que todos los que vivimos y luchamos podríamos llevar ese nombre.
Leo Perutz, ¡Señor, apiádate de mi!