Cuentos para Valentina

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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Dom Abr 25, 2010 9:42 pm

El molino encantado o La casa en ruinas
(Historia del doctor)

De: Contado después de la cena y otros cuentos, Jerome K. Jerome

Bien, todos ustedes conocen a mi cuñado, el señor Parkins, (comenzó el señor Coombes, sacándose de la boca su larga pipa de arcilla, y llevándosela tras su oreja; no conocíamos a su cuñado, pero dijimos que sí, por ahorrar tiempo), y desde luego saben que una vez alquiló un viejo molino en Surrey, y se fue a vivir allí.
Asimismo, deben saber que, hace años, dicho molino estuvo habitado por un viejo ruin y avaro, que murió allí, ocultando —se rumoreaba— todo su dinero en algún lugar cercano. Como es natural, todos los que, desde entonces, vivieron en el molino trataron infructuosamente de encontrar el tesoro; y los sabelotodo del lugar afirmaban que nadie daría con él, a menos que, llegada la ocasión, el fantasma del molinero avaro tomase en estima a alguno de los inquilinos y le revelase el secreto de su escondite.
Mi cuñado no daba mucha importancia a dicha historia, considerándola simples habladurías de vieja, y, a diferencia de sus predecesores, no hizo ningún intento por descubrir el oro oculto.
—A menos que entonces el negocio fuera bien diferente de lo que es ahora —decía mi cuñado—, no veo cómo bien pudo haber ahorrado algo, no importa cuán avariento pueda haber sido; de todas formas, no lo suficiente como para compensar la molestia de buscarlo.
A pesar de todo, no podía del todo olvidarse de la idea de aquel tesoro.
Una noche se fue a la cama. Hasta aquí nada de extraordinario, admito, pues a menudo iba a acostarse de noche. Lo notable fue, sin embargo, que en cuanto el reloj de la iglesia de pueblo tocó la última campanada de las doce, mi cuñado se despertó sobresaltado y se sintió incapaz de conciliar el sueño de nuevo.
Joe (su nombre de pila era Joe) se incorporó sobre el lecho, y lanzó una mirada alrededor.
Al pie de la cama algo permanecía inmóvil, oculto tras la sombra.
Se movió hacia la luz de luna, y entonces mi cuñado descubrió la figura de un viejecito arrugado, en pantalones bombachos y con una larga coleta.
En ese instante, la historia del tesoro escondido y el viejo avaro fulguró en su mente.
—Ha venido a mostrarme dónde lo tiene escondido —dedujo mi cuñado; y resolvió que no gastaría todo el dinero en sí mismo, sino que dedicaría una pequeña parte en hacer el bien a los demás.
La aparición se movió hacia la puerta: Mi cuñado se puso los pantalones y lo siguió. El fantasma bajó la escalera directo a la cocina, avanzó hasta la chimenea, se plantó delante, suspiró y desapareció.
A la mañana siguiente, Joe tenía un par de albañiles en casa, a los que mandó echar a un lado los fogones y tirar abajo la chimenea, mientras esperaba detrás con un saco de patatas donde guardar el oro.
Derribaron mitad de la pared, y no hallaron siquiera un mísero cuatro-peniques. Mi cuñado no sabía qué pensar.
La siguiente noche, el viejo apareció de nuevo, y de nuevo se dirigió a la cocina. Esta vez, sin embargo, en lugar de ir al fogón, se detuvo en el centro de la estancia, y allí suspiró.
—Oh, ahora ya veo lo que quiere decir —reflexionó mi cuñado—; se encuentra bajo el piso. ¿Por qué el viejo idiota se detuvo delante de la estufa, haciéndome pensar que se escondía sobre la chimenea?
Empleó el día siguiente en levantar el suelo de la cocina; pero lo único que hallaron fue un tenedor de tres puntas, cuyo mango estaba roto.
A la tercera noche, reapareció el fantasma, casi imperturbable, y por tercera vez partió rumbo a la cocina. Llegado allí, contempló el techo y desapareció.
—¡Hum! Parece algo desorientado y no está muy convencido de dónde se halla —masculló Joe, mientras regresaba despacio a la cama—; debí pensar que sucedería eso desde el principio.
Así y todo, parecía no haber dudas ahora sobre donde se escondía el tesoro, y nada más desayunar comenzaron a echar abajo el techo. Removieron cada pulgada del techo, llegando hasta los tableros del piso de arriba. Y encontraron casi tanto dinero como el que se esperaría hallar dentro de una olla vacía de un cuarto de galón .
La cuarta noche, cuando el fantasma se apareció, como de costumbre, mi cuñado reaccionó salvajemente arrojándole sus botas; y las botas atravesaron el cuerpo, y rompieron un espejo.
La quinta noche, cuando Joe se despertó, como siempre le sucedía ahora a las doce, el fantasma se hallaba cabizbajo, con aire afligido. En sus grandes ojos tristes brillaba una mirada que realmente conmovió a mi cuñado.
—Después de todo —pensó—, el pobre tipo lo hace lo mejor que puede. Tal vez haya olvidado dónde lo puso en realidad, y trate de hacer memoria. Le daré otra oportunidad.
El fantasma pareció agradecido y muy contento en ver como Joe se disponía a seguirle, y lo guió hacía el ático, donde señaló el tejado y desapareció.
—Pues bien, esperemos que esta vez haya acertado —dijo mi cuñado; y al día siguiente se pusieron manos a la obra para levantar el tejado.
Emplearon tres días para remover el techo por completo, y todo lo que hallaron no fue sino el nido de un pájaro; después, protegieron la casa de las inclemencias cubriéndola con lonas.
Cualquiera presumiría que esto lo hubiese curado al pobre tipo de su búsqueda del tesoro. Mas no fue así.
Determinó que algo debía existir tras todo aquel asunto, o de lo contrario el fantasma no hubiera continuado manifestándosele como hizo; y así, llegado ya tan lejos, continuaría hasta el final, y resolvería el misterio, costara lo que costase.
Así, noche tras noche, saldría de su cama y seguiría al viejo espectro impostor por la casa. Cada noche, el viejo le indicaría un lugar diferente; Y, cada día siguiente, mi cuñado procedería a poner patas arriba el molino en el punto indicado, y buscar el tesoro.
Al cabo de tres semanas, no hubo estancia en el molino digna de habitar. Cada pared había sido echada abajo, cada piso levantado, cada techo agujereado. Y entonces, tan repentinamente como habían comenzado, las visitas del fantasma cesaron; y mi cuñado fue dejado en paz, para reconstruir el lugar a su acomodo.
¿Qué indujo a este viejo espectro a gastar una broma tan tonta a un padre de familia contribuyente? ¡Ah!, es precisamente algo a lo que no hallo respuesta.
Algunos aventuraron que el fantasma de aquel miserable viejo había actuado así para castigar a mi cuñado por no haber creído en él desde un principio; en cambio, otros sostenían que probablemente se tratase del aparecido de algún fontanero o vidriero local ya fallecido, preocupado, como es natural, ante el ruinoso estado de abandono de la casa. Pero nadie sabía nada con certeza.
Leyendo:
Las columnas de Hércules - Paul Theroux
La fuga de Colditz - Patrick R Reid
El frente ruso - Jean-Claude Lalumière (no logró entusiasmarme)
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Valentina » Lun Abr 26, 2010 5:17 pm

Jenofonte, las disculpas del caso, puede ser mucho trabajo, un poco de flojera, mucho sueño,me quedo dormida en cualquier parte zzzzzzz zzzzzzz ups, me había quedado con la mano muerta... muy bueno.
Posiblemente me habría dado un ataque estar en la misma habitación con un muerto y mas si empieza a moverse, soy lejos muy miedosa, pero aun así me encanta el terror,suspenso... Después quedo muerta de miedo ajjajajaj
Me encanto el cuento, pero no lo leería al anochecer...
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Valentina » Lun Abr 26, 2010 5:49 pm

Me quedo con el titulo la casa en ruinas ja.
Como puede tan poderosa la ambición que nuble la razón. buena moraleja, no des nada por supuesto...
Hasta donde puede llegar la codicia de algunos, pobres ilusos, buscando tesoros escondidos, pero no por ello resulta menos grato encontrarse con un tesoro que solucione todos tus apremios económicos y te conviertas en un potentado,mejor no... quizás entonces pierda la capacidad de pensar.
Vamos con el otro
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Mar Abr 27, 2010 11:25 pm

Otro cuento para Valentina:

La luna se ríe


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¡Historias interesantes! opinó el viejo abogado . Usted espera demasiado de una persona que lleva enterrada cuarenta años en esta ciudad de provincia. ¿Qué quiere oir en realidad? ¿Casos criminales? ¿Procesos complicados? ¡Dramas humanos! ¡Santo cielo! Aunque es cierto que uno llega a vivir muchas cosas. Podría contarle una historia, un caso singular de hipocondría. La historia de una persona cuyos extravagantes desvarios fueron, por asi decirlo, justificados por el final qne encontró. ¿Ha oído hablar alguna vez del barón de Sarrazin? Bueno, pues escuche, ahora tendrá su historia. Si me extiendo demasiado, avise. No olvide que su tren sale dentro de una hora y cuarto.
Los Sarrazin provienen de la Bretaña. En el departamento de Morbihan existe, si no me equivoco, un pueblo que lleva su nombre. Durante la gran revolución se quedaron en Francia, un Sarrazin cayó en la guerra de la Vendeé. No emigraron hasta que volvieron los Borbones; al parecer, el agradecimiento no era una de las virtudes de Luis XVIII. Aqui, en nuestra región, se establecieron y compraron tierras. La casa señorial de Sleisnegg pertenece hoy al barón Froehlich, propietario de fábricas de papel, de la nobleza nueva.
Los Sarrazin... Yo conocí al último descendiente. Creo que en su caso la enfermedad no apareció hasta que tenía cuarenta años, tras la muerte de su hija. Antes había sido oficial de caballería, había viajado, luego contraido matrimonio; por cierto, ella vive todavía en algún lugar de la Riviera, sabe Dios con quién.
Al poco tiempo de estar casado empezó a tener problemas económicos, él nunca había sido un buen administrador. Comenzó a vender, un trozo de bosque y otro más, luego los cuadros antiguos. Asi entré en contacto con él; finalmente, me encargué de sus asuntos. Un día estaba en mi casa y, hablando y hablando, se hizo de noche. A las ocho y media se acercó a la ventana.
"No tengo ganas de ir a Sleisnegg", dijo. "Me gustaría pasar la noche aquí, en la ciudad. ¿Puede recomendarme un hotel?"
Yo tenía una habitación de huéspedes y la puse a su disposición. Me dio las gracias y aceptó.
"Hoy la noche es tan inquietante", opinó señalando al cielo.
Yo miré afuera.
"A mi no me lo parece", dije yo. "Tenemos una espléndida noche de estrellas. No hay una sola nube en el firmamento."
"Sí", dijo él con un ligero temblor en la voz. "No hay ni una sola nube en el cielo y la luna mira desde arriba. ¿No ve con qué lascivia nos está mirando?"
Nada más decirlo, el barón se pone colorado y se muerde los labios. "Me imagino, dijo, "que ahora se reirá, claro. No hay razón alguna para reír, créame. Es una cosa seria. Una enfermedad. Está dentro de mí, está en mi sangre. La he heredado."
"¿Qué ha heredado, barón?"
"La enfermedad. El temor. El miedo."
"¿El miedo?"
"Si", dice el barón apartándose de la ventana. "El miedo a la luna."

¿Se lo imagina? Un hombre, un atleta, un campeón de esgrima, un jinete, un corredor, con una formación a la altura de su tiempo, familiarizado con los descubrimientos de la ciencia, está delante de mí temblando, sí, tiembla y tiene miedo a la luna.
Esa noche estuvo todavía un buen rato sentado conmigo hablando como habla una persona que trata de borrar una impresión penosa y vergonzosa. Habló de la enfermedad heredada de sus antepasados. Todos ellos habían tenido si se pueden creer sus palabras algo que ver con la luna. Citó pasajes de una misteriosa crónica familiar. Esta no se encontraba entre las cosas de su legado, probablemente no existió nunca; también es posible que su mujer se la llevase a Francia.
Yo he apuntado algunas de esas historias. En primer lugar está el bisabuelo del barón, el hombre que cayó en la guerra de la Vendeé. Fue sitiado con una docena de amigos, partidarios del rey, en su castillo de Les Hayes. En esa extraña guerra, en la que resucitó por última vez la Edad Media, hubo realmente castillos sitiados. El barón y sus compañeros ya no tenían pólvora y decidieron huir. En una oscura noche de lluvia se descolgaron por la muralla y, ocultándose detrás de los arbustos de la orilla del arroyo, alcanzaron el bosque. Sólo uno fracasó en su intento de huir, el barón. Cuando descendía el último, la luna asomó entre las nubes de lluvia y su luz cayó sobre el lugar de la muralla donde colgaba el barón; estaba indefenso y le abatieron a tiros como se abate a una paloma subida a un tejado.
Oliver de Sarrazin. El fue coronel de la corona francesa en sus luchas contra el príncipe elector luterano del Palatinado. Hacia el año 1640, aproximadamente. En el campamento de Metz, en la noche anterior a su muerte dice la crónica que nunca llegué a ver Oliver de Sarrazin mandó disparar durante dos horas contra la luna llena con culebrinas y obuses. Mientras tanto, él estaba sentado delante de su tienda de campaña maldiciendo y disparando ¡una imagen fantástica! con sus pesadas pistolas de jinete, sin cesar, hasta que amaneció. Cuando, a la noche siguiente, entraba en la ciudad cabalgando al frente de su regimiento, un proyectil que venia de lo alto le arrancó el casco de hierro de la cabeza y le destrozó el cráneo. El proyectil era esférico, del tamaño de una manzana, de brillo verdoso, una piedra extraña que nadie conocía decía la crónica, añadiendo: era como si la luna hubiese devuelto los disparos.
Y ahora Josselin de Sarrazin, al que Simon de Monfort mandó quemar por hereje en la plaza de la catedral de Aurillac en la guerra de los albigenses. Imaginese la vasta plaza y la multitud curiosa, era hacia el mediodía, el señor de Sarrazin estaba con la soga al cuello en la hoguera y el verdugo encendía el fuego. "Entonces", cuenta la cronica, "aparecio de repente, y en contra de la ley de Dios, la luna traviesa en el cielo y estuvo mirando tranquilamente durante una hora el terrible espectáculo, mostrándose muy satisfecha con el lamentable fin del señor de Sarrazin y exhibiendo también ante el pueblo un semblante orgulloso y sumamente hostil".
Como puede usted ver, las historias, ya provengan de la crónica o del cerebro enfermo del barón, tienen algo en común: a través de ellas habla una fantasía demente que carece por completo de la ingenuidad de las historias antiguas, y al mismo tiempo muestran, sin embargo, la fuerza y el color auténtico de su tiempo. Yo entiendo algo de eso, siento predilección por los libros antiguos, los colecciono y leo en las pocas horas libres que me deja el trabajo.
El barón contó estas historias en un tono ligeramente irónico; era evidente que tenía interés en convencerme de que él no las tomaba en serio; sólo pretendía demostrarme con ellas que la enfermedad, el extraño miedo a la luna, se transmitía en su familia de generación el generación. "Está en mi sangre, en mi cerebro, en mis nervios", repetía una y otra vez. Sin duda, eso era cierto. Muchos años después la hija del sacristán de Sleisnegg me habló de un río viejo y débil mental del barón que, al parecer, se escondía en las noches de luna llena debajo del altar de la iglesia del pueblo y se pasaba alli toda la noche berreando letanías. También llegó a mis manos una Biblia que pertenecía a la hermana del barón muerta prematuramente. En esa Biblia estaban escritas con letra desvaída algunas palabras que eran espantosas en su falta de sentido. "La luna insidiosa está consumiendo mis energías", había escrito allí una muchacha con mano torpe. ¿No es extraño que esa niña hablase de la luna insidiosa como de una enfermedad?
Por lo demás, el ataque pues era evidente que de eso se trataba, de un trastorno del equilibrio síquico que se repetía regularmente , el ataque, como decía, duró aquella noche sólo dos horas. Hacia las once, el barón se tranquilizb por completo y se metió en la cama. Cuando a la mañana siguiente desayunó conmigo, era otra vez el simpático aristócrata amable y no demasiado importante, usted ya conoce ese tipo.

Unos días después hablé en Sleisnegg sobre el asunto con el médico del ferrocarril. El era un viejo gruñón, completamente embrutecido, pero no carente de conocimientos. Sabía hacer frente a una cabeza rota, una pulmonía o uná pierna descoyuntada. El caso del barón no le interesó. "Que quiere que le diga", dijo, "existen manías mucho más desagradables. ¿Ha oído hablar del hombre que creía que era de porcelana?". Luego hizo un chiste muy burdo y vulgar y paso a otro tema.
En el transcurso de los siguientes meses fui varias veces a ver al barón por cuestiones profesionales. Recuerdo que una me hizo venir porque uno de sus guardabosques que había sufrido un accidente estando de servicio, le reclamaba una indemnización. Yo le aconsejé satisfacer al hombre, n podía darle otro consejo. A él le parecía un abuso y estaba indignado, no tenía ningún sentido de la justicia social. No faltaba más exclamó ese hombre era un borracho y un pendenciero y negligente en el trabajo, de todos modos hubiese tenido que despedirle. Yo le dije que, a pesar de todo, el tribunal daría la razón al hombre y que era preferible solucionar el asunto con una compensación barata. El barón no quería oír hablar de ello. Finalmente, cedió, al menos aparentemente; dijo que se lo pensaría, que antes tenía que hablar todavía con el capitán de caballería para conocer su opinión. Ese capitán de caballería era su vecino terrateniente más próximo, un caballero de Zsoltany, del que hablaré más tarde, recuerde el nombre.
Quise despedirme, pero él no dejó que me fuese, así que tuve que quedarme todavía un rato. El barón recobró su buen humor y se puso a contar anécdotas e historias de tratantes en caballos de su época de guarnición en Galitzia. Era asombrosa la maestría con que dominaba la jerga.
No sé por qué se puso de pronto a hablar del escudo de la familia. Es posible que la brusca transición a ese tema anunciase ya el ataque que se avecinaba. El escudo del barón mostraba el disco lunar de plata y un brazo entablillado que lo partía por la mitad de un hachazo. Estoy seguro que ese escudo era de fecha muy reciente, pues la heráldica de tiempos más antiguos no conocía tales representaciones, se servía de emblemas más sencillos. Pero guardé para mí esa opinión. Ante el barón defendí el criterio de que el escudo debía datar de la época de las cruzadas.
El barón no estaba de acuerdo, él remontaba el disco lunar de plata de su escudo a algún cuento de hadas bretón e hizo algunas insinuaciones oscuras. Me llamó la atención que a ratos hablara de la luna como si se tratase de una mujer.
De repente, se levantó bruscamente y se acercó a la ventana. La baronesa no había regresado aún de su paseo. Eso le inquietaba.
"Ya está oscuro", dijo. "No me gusta que ande por la carretera en las noches de luna llena. Por esta zona hay cruces en los caminos que con la luna forman sombras inquietantes que pueden espantar a los caballos."
Efectivamente, la preocupación del barón no estaba del todo injustificada esa vez. Su hija, la niña pequeña, se había matado precisamente de esa manera dos años antes. Traté de distraerle de esos pensamientos, pero no lo conseguí y de repente se produjo el ataque.
¿Ha oído usted alguna vez aullar a un perro a la luz de la luna? Fue eso, justo así es como fue. Está demostrado, ¿verdad?, que la luna ejerce una influencia muy concreta sobre ciertos animales y plantas. Hablé un día de ello con un jardinero. También sobre las personas. Yo conozco campesinas que sólo se cortan el pelo con luna creciente. En fin, la luz de la luna ponía en trance al barón. Estaba de pie con la mirada fija y hablaba y hablaba de la luna; seguramente ni él mismo sabía lo que decía.
"¡Ella me odia, nos asesina! No hay escapatoria. Mis antepasados se defendieron, aceptaron la lucha. Fue inútil todos cayeron en esa lucha, todos."
Y entonces volvió otra vez a las viejas y ridículas historias de la crónica: "Sin duda mis antepasados sabían más que yo de la relación que tenía la luna con el destino de los Sarrazin. En algún lugar entre los escombros de los siglos se ha perdido el secreto. Oliver de Sarrazin lo conocía aún, él sabía por qué mandaba disparar cañonazos contra la luna. Y aquel Melchor de Sarrazin que enviaba a heraldos con pifanos y timbaleros por todo el país y prometía cuatro libras de oro alhajas y cadenas a los navegantes que hundiesen pesados bloques de roca en aquel lugar del océano donde la luna se sumerge todas las noches para cometer nuevos pecados."
Y entonces la voz del barón se convirtió en un susurro y me dijo al oído.
"A veces tengo la sensación", dijo en voz muy baja, "a veces tengo la sensación de haber conocido en mi infancia el secreto perdido del odio a la luna. Entonces lo veo todo claro durante unos segundos, un recuerdo cruza mi cerebro fugazmente y sé una palabra que siempre he estado buscando, pero un instante después la he vuelto a olvidar y sólo queda el miedo, el miedo a lo inevitable, el espanto."
El ataque se hizo más violento, era mucho más grave que el de aquella primera vez. El barón empezó a temblar, su rostro se desencajó, su frente estaba empapada de sudor frío y la locura se reflejaba en sus ojos.
"¡Ella asesinó a mi hija! ¿Lo sabía usted?", gritó. "Y también me asesinará a mí. Esa cara de Judas allí en el cielo nocturno, esa maldita cara amarilla de asesina."
Entonces, en ese instante en que yo estaba completamente desconcertado había llamado en vano a un criado , entonces llegó por fin la baronesa.
Todavía no he hablado de la baronesa, ¿verdad? No sé si era guapa, pero en todo caso era una mujer excepcional. Para que se haga una idea de ella, le diré que tenía el pelo negro y los ojos azules, eso le daba a su rostro un extraño encanto. Sin embargo, su mayor atractivo residia en su manera de andar, que tenía algo como flotante o deslizante. Yo siempre me sentía cohibido cuando me encontraba con ella.
Con una sola mirada vio el estado en que se encontraba el barón y adoptó en seguida las medidas que exigía la situación. Cerró las contraventanas, eso fue lo primero; yo no había pensado en que había que cerrar las contraventanas. Luego, cogió la mano del barón y la acarició, le secó las gotas de sudor de la frente y todo eso lo hizo sin pronunciar una sola palabra, con enorme delicadeza y cariño. El barón se fue tranquilizando. Yo intercambié una mirada con ella, sentí que estaba de más y ella no me retuvo.

Luego, transcurrió algún tiempo en que no volví a ver al barón. El estaba mucho de viaje y permaneció varios meses en la capital. De allí trajo el instrumento, el telescopio. Parece ser que en una hora de lucidez había decidido sustituir la idea mítica que tenía de la luna por la imagen de la realidad astronómica. Para eso se valía del telescopio. Pero las cosas siguieron un curso distinto.
Un día me encontré con él en la ciudad cuando salía del edificio de la compañia de seguros contra el granizo. Le acompañé hasta la comandancia.
Hablamos de los asuntos que le habían traído a la ciudad. Pero de repente señaló al firmamento con un gesto despectivo y desdeñoso.
"¿La ha visto alguna vez de cerca?", preguntó sin ningún preámbulo. "Todavía no, ¿eh? No lo ha hecho nunca. Pues yo", se golpeó repetidamente el pecho con violencia, "yo la he visto, sí señor. Tiene un rostro maligno, perverso, marcado por las bajas pasiones, con manchas redondas como cicatrices de viruela. Y de arriba abajo discurre entre ronchas y llagas una grieta, una grieta ancha y roja como la sangre".
El barón se detuvo, agarró mi mano y susurró con un brillo de satisfacción en los ojos:
"Es como un hachazo."
Luego soltó una risa estridente.
"Desierta. Muerta desde hace miles de años. La cretina del universo, si señor."

Dejó mis manos. La gente que pasaba se volvía a mirarle, pero él no se daba cuenta.
"Ella ya no me asusta, ahora que la conozco", dijo. "No, eso pertenece al pasado. Pero ella, ella me teme, no soporta mi mirada. Se esconde cuando ve el telescopio dirigido hacia ella, agarra jirones de nubes de izquierda y derecha y los amóntona delante de sí. Y a veces, cuando no hay nubes para esconderse, entonces corre por el cielo en zig zag, tan deprisa que apenas puedo seguirla. Y siempre desaparece por el mismo sitio, siempre por el mismo sitio, detrás del muro del parque del capitán de caballería, la pierdo de vista entre los olmos y las acacias. ¿Qué busca alli? ¡Siempre por el mismo sitio! Habría que decirle a Zsoltany que la luna anda vagando entre sus olmos."
Esa idea no le dejaba ya en paz.
"El se ha ido de viaje, está en algún lugar de Hungría, deja todo y se marcha. No sé cuando volverá. Pero hay que decírselo, que la luna siempre desaparece por el mismo sitio entre los olmos y las acacias , Zsoltany tiene que saberlo."
Habíamos llegado a la comandancia. Quizá hubiese sido conveniente adelantarse al barón y advertir a los empleados sobre su estado, pero sólo más tarde se me ocurrió que debía haberlo hecho. Probablemente en la comandancia no le notaron nada raro, pues cuando se despidió hablaba con toda tranquilidad y sensatez.
Fue la última vez que le vi. Unos días después se produjo la catástrofe.

Ahora tengo que tratar de reconstruir el curso de los acontecimientos que provocaron esa catástrofe. No puedo garantizar la exactitud de todos los detalles.
Son las nueve de la noche, el barón está en el gabinete saledizo de su despacho. Tiene el telescopio dirigido hacia el cielo nocturno, está esperando a que se disipen las nubes. Siente por dentro una gran intranquilidad, es más que intranquilidad, es un miedo espantoso. Piensa en sus antepasados que han caído en esa lucha. La luna siempre inventa algo nuevo, quizá ya ha decidido la muerte que ha reservado al último de la larga fila de sus enemigos.
Las nubes han desaparecido. La lucha comienza. Allí está la luna. El rostro amarillo asesino mira fijamente hacia el telescopio.
De nuevo el mismo juego de la noche anterior. La luna se pone palida cuando nota que el telescopio le está enfocando. El barón ve que se inquieta y asusta, ve cómo se mueve bruscamente hacia la derecha y la izquierda, cómo trata de escapar a la mirada que la persigue, y ahora la luna abandona la lucha, huye, corre en zig zag por el cielo. Desaparece sobre el parque del señor de Zsoltany, ya no se la ve, permanece escondida entre las copas de los árboles.
El barón se queda, la lucha aún no ha terminado. Esta vez quiere descubrir el secreto, quiere averiguar por qué se esconde la luna siempre por ese sitio, justo por encima del parque del capitán de caballería. Está de pie esperando, recorre el muro del parque con su telescopio, se siente como aquel Oliver de Sarrazin que dispara contra la luna con obuses.
¡De pronto, una luz! Ahí está, se atreve a salir de nuevo.
No. Es una ventana iluminada. Pero, ¡cómo!, el capitán está de viaje, en la casa no hay nadie. ¿Habrá regresado de repente?
Es el capitán de caballería, el barón le reconoce a través del telescopio. El señor de Zsoltany ha regresado, pero no está solo, una mujer está con él, él la tiene entre sus brazos, la abraza, la luz de la luna juguetea alrededor de sus hombros.
¿Qué es eso? La luna está en el cielo y se ríe. ¡Mira de reojo a la ventana iluminada y se ríe como una loca! ¿Qué significa esto? ¡La luna se ríe!

No sé si el barón reconoció a la mujer o si adivinó la verdad. Da un grito de horror, derriba una mesa, llega a la puerta, la abre violentamente. Un instante después está en la escalera.
No. Los hechos no sucedieron asi. Parece ser que el barón abandonó la casa con calma fingida, antes cogió de la pared una fusta que llevó consigo.

Ignoro cómo pasó por encima del muro del parque. El criado del capitán de caballería no le vio. El criado del capitán de caballería me describió después a menudo el cuadro que se encontró cuando, alarmado por el disparo, entró en la habitación.
La baronesa colgaba desmayada en los brazos del señor de Zsoltany. Este estaba apoyado en la pared, en su rostro ardía un latigazo, su mano agarraba convulsivamente el revólver.
El barón yacía en el suelo, salpicado de sangre, con la boca abierta, la bala del capitán de caballería le había penetrado en el cuello. El garrote que había recogido en el camino, quizá para echar abajo la puerta, se había caído de su mano.
Y todo aquel espectâculo estaba cubierto por un brillo plateado... a través de la ventana abierta entraba la luz de la luna.
Esta es la historia del barón de Sarrazin, es suya, haga con ella lo que quiera. No creo que en la capital se acuerden todavía de él. No desempeñó ningún papel social ni político. Su nombre sólo apareció una vez en la gaceta. Fue en 1908 cuando cabalgó entre un Harrach y un Ungnad Weissenwolf en el gran desfile histórico que celebró la nobleza de Austria en honor de su emperador octogenario.


Leo Perutz, Señor, apiádate de mi (cuentos)
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Jue Abr 29, 2010 1:34 pm

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¡Señor, apiádate de mí!

En aquel entonces, en la Rusia de la guerra civil, cuando el general Denikin defendía con sus regimientos blancos el frente entre Kiev y Jarkov, mientras el almirante Koltschak amenazaba Moscú desde el este, en aquel entonces Cherchinski era el Presidente de la checa rusa. Hace tiempo que Cherchinski está muerto, y cuando hoy se habla de él en Occidente, se le tacha de hombre sin corazón, de tirano sanguinario, de asesino frío y despiadado. Es cierto, en aquellos días se derramó mucha sangre en Moscú. A diario se enviaban sospechosos al edificio de la checa y unos días después se recogían sus cadáveres con camiones y se enterraban en cualquier lugar. Contrarrevolucionarios, emisarios del extranjero, especuladores, saboteadores, oficiales blancos, miembros del Partido S. R., pequeños burgueses que habían infringido las leyes para poder sobrevivir, grandes y pequeños ladrones, todos corrían la misma suerte. Se les colocaba de cara a la pared, la fría boca de un revólver tocaba su nuca, un suspiro, un grito o una maldición entre los dientes apretados y todo había acabado. También había muchos inocentes entre las víctimas de la checa. ¿Pero qué significan esas palabras: culpa e inocencia? Cada mal actúa según la ley que Dios ha depositado en él. Cada cual hace lo que tiene que hacer.
Una vez la zarina prisionera preguntó en Jekaterinburg a uno de sus guardianes, un oficial rojo que había servido antes en los ulanos de la guardia imperial:
¿Por el amor de Dios, por qué hace ésto? ¿Por qué se ha hecho bolchevique? ¡Usted, un antiguo ulano de la guardia!
El oficial se cuadró delante de ella; para él seguía siendo la zarina. ¡Servicio! contestó . ¡Servicio! Vos nos lo habéis enseñado.
¡Pero entonces servía usted al zar y ahora sirve a ese Lenin!
El pueblo dijo el antiguo ulano de la guardia, y saludó militarmente llevándose la mano a la gorra , el pueblo ha tenido a bien querer que fuese así, y así tenía que suceder.
¡Servicio! Felix Edmundovich Cherchinski, el presidente de la checa rusa, hacía su servicio y nada más que su servicio. El pueblo había tenido a bien querer que fuese así.
El no era un hombre corriente. Procedía de la pequeña nobleza polaca, había llegado pronto a Rusia, estudió y se hizo comunista. Leía a los filósofos alemanes Schelling y Schopenhauer y a los grandes escritores de todos los países: Balzac, Hamsun, Turgeniev y Dostoievski. Recitaba los poemas de Verlaine y Baudelaire. Tocaba el violoncelo. Y a diario firmaba con mano tranquila dos docenas de sentencias de muerte.
Una vez vino a verle un cónsul sueco o danés, y después de la segunda taza de té le dijo:
No le comprendo, Felix Edmundovich. Después de todo usted no es un campesino que ha venido a Moscú para hacerse comunista. Usted es un occidental, una persona de cultura. ¿Por qué hace usted ese espantoso trabajo, por qué no deja que lo haga otro? Usted podría hacer cosas más importantes. Por ejemplo, en la organización del sistema de transportes...
Bueno, tengo que decirle que también he trabajado ya en ese terreno respondió Cherchinski . Como usted ya sabe, estuve tres años en la cárcel, encerrado en una celda. Entonces me dedicaba al sistema de transportes. Eramos cuatro y teníamos un cubo. A diario había que sacar ese cubo de la celda para poder vivir y respirar. Yo lo sacaba todos los días. Y, mire usted, el trabajo en la checa es también uno de esos cubos. ¿No es mejor que lo haga yo en lugar de un campesino cualquiera que es un comunista, pero sigue siendo el apestoso campesino al que todos odíamos? Quizá llegue un día en que ya no necesitemos ese cubo, quizá pueda llegar a verlo...
Ese era Cherchinski. Hace tiempo que está muerto. Y de él quiero hablar hoy, y de aquel otro hombre que estuvo luchando durante cuatro horas por su vida hasta que Dios se apiadó de él.
Hacia finales de 1918, el partido de los social revolucionarios decidió quitar de en medio a Lenin de un tiro de revólver. De esta misión se encargó una mujer; se llamaba Fanja Kaplanova. Una noche, cuando Lenin abandonaba una fábrica en la que había pronunciado un discurso ante una asamblea de trabajadores, se le acercó la Kaplanova. Lenin no se fijó en ella y, mientras se despedía de un viejo trabajador al que conocía de antes, ella extrajo el revólver de su bolso y disparó. Disparó tres veces seguidas, rápidamente, y Lenin quedó gravemente herido.
El gobierno soviético respondió a ese atentado con el terror rojo.
Para empezar, todos los antiguos oficiales del ejercito del zar recibieron la orden de presentarse en la checa. Los primeros que obedecieron esa orden personas inofensivas en su mayoría, ciudadanos tranquilos que se habían conformado con los nuevos tiempos fueron fusilados. Los otros, que más prudentes dejaron transcurrir algún tiempo antes de ir, fueron retenidos durante algunas semanas en el edificio de la checa y luego puestos en libertad.
Entre aquellos que se habían presentado el primer día se encontraba un hombre de unos cuarenta años llamado Sergej Sergejevich Volochin. Este Volochin había sido durante la guerra jefe del departamento de desciframiento del Estado Mayor de Kiev. Tras la derrota del ejército se había ganado la vida dando clases de francés y vendiendo cigarrillos hechos por él. Ahora estaba encerrado con cuatro o cinco compañeros de infortunio en uno de los sótanos de la checa. Dos se contaban episodios de la guerra, uno se quejaba continuamente de dolor de muelas, otro trataba de entablar una conversación sobre la política de las potencias occidentales, todos aguardaban el final.
Pero precisamente ese día fue interceptado en Moscú un radiotelegrama cifrado. El descifrador de la checa había intentado en vano interpretarlo, no supo qué hacer con él y ahora el telegrama estaba sobre la mesa de Cherchinski. Era sin duda un documento de la mayor importancia. Quizá contenía las instrucciones para un sabotaje o para la expropiación violenta de una oficina del soviet, quizá la orden para perpetrar un atentado o intentar un levantamiento armado. Los emigrantes trabajaban en las capitales de Europa incesantemente para derribar al régimen soviético, y la noticia de que Lenin había sido herido podía haber redoblado esa actividad.
El telegrama tenía que ser descifrado. Pero Cherchinski no poseía las antiguas claves zaristas y por eso hizo venir a su ayudante el camarada Aukskas, un letón.
Escuche, camarada dijo , tengo aquí un telegrama cifrado. Probablemente ha sido enviado desde Varsovia y está dirigido a alguna sociedad secreta contrarrevolucionaria. ¿No tenemos entre nuestros hombres a nadie que conozca las claves de la época zarista?
No, no tenemos ningún especialista de esa clase respondió Aukskas . Quizá el viejo Vojtinski; pero ése ya no sirve, sólo sabe balbucear dos palabras, "dame aguardiente"; es lo unico que sabe decir. Pero, espere un momento, está ese Volochin, usted ya conoce ese nombre, se presentó esta mañana. Es el especialista indicado, lee las claves como yo Pravda.
Volochin, sí, conozco ese nombre dijo Cherchinski . Hágale venir. Y tráigame también su ficha.
Sergej Sergejevich Volochin decía la ficha , cuarenra y dos años, natural del gobierno de Saratov, ex coronel. Sospechoso de actitudes contrarrevolucionarias, reconoce haber alojado en su casa a dos camaradas que vivían ilegalmente, afirma...
Ahí estaba ya. Un hombre delgado, mejillas hundidas, ojos inflamados, pero alrededor de la boca un gesto de energía, de determinación y dureza. Cherchinski echó una mirada al rostro y supo que no le iba a resultar fácil tratar con ese hombre. El camarada Aukskas se acercó a la mesa y cogió la ficha.
Ah, es usted dijo Cherchinski . ¿Quiere sentarse? Aquí tiene una silla, o si lo prefiere siéntese allí, en el sofá. De modo que es usted ese Volochin. Conozco su nombre. Aquí está su ficha. Las cosas no andan bien para usted. Ha dado asilo a dos oficiales blancos. ¿Sabía que eso va contra la ley?
Lo sabía.
¿Y conoce las consecuencias? Está bien. Le he hecho venir para verle. Soy así, me interesan los artistas, los sabios, los cientificos de todo tipo, la gente con facultades especiales. Bueno, pues ya le he visto. Camarada Aukskas, llévese la ficha.
Hizo una pausa y luego se dirigió de pronto a Volochin.
¿En realidad por qué no quiere trabajar usted para nosotros? Volochin sacudió la cabeza con un movimiento violento, ésa fue su respuesta.
Brussilov está con nosotros, usted lo sabe prosiguió Cherchinski . El general Russki está con nosotros, el general Gurko... No me importa que estén con ustedes dijo Volochin . Yo no trabajaré para ustedes.
No le entiendo opinó Cherchinski . El ex comandante de Moscú está con nosotros. El jefe de la Escuela de Caballería de Tver está con nosotros. Claro que hay oficiales y oficiales.
Volochin se encogió de hombros y no contestó. Pero el gesto de su boca se hizo aún más duro, aún más resuelto.
Voy a explicarle la situación; quizá sea bueno que le diga las palabras de Budjenni prosiguió Cherchinski . ¿Conoce usted a Budjenni? Antes era policía; ahora, con nosotros es divisionario. Hace tres semanas hizo prisionero en el sur a su antiguo jefe de regimiento, un coronel... no se cómo se llamaba ese coronel. Este se presentó ante Budjenni: coronel tal y tal, comandante del decimoquinto regimiento de dragones. "¡Qué!", exclamó Budjenni. "¿Quién es usted? ¿El comandante del decimoquinto regimiento de dragones? Yo conozco al comandante de ese regimiento, está aquí conmigo, aquí conmigo esta el decimoquinto regimiento de dragones. Y usted,¿dónde estaba? En el otro lado. Allí no esta Rusia." Cherchinski guardó silencio un rato .
Allí no está Rusia repitió entonces . Aquí, con nosotros, está Rusia. Nosotros, nosotros somos los que defendemos la tierra rusa. Y ahora recapacite, se lo pregunto una vez más. ¿Quiere usted trabajar para nosotros?
No dijo Volochin.
Entonces caerá usted en la fosa, con la cabeza y con los pies gritó Cherchinski , y no le sacarán ni diez mil mulas de allí.
Así que seré fusilado dijo Volochin.
Cherchinski se inclinó sobre su mesa.
Bien. Nuestra entrevista ha terminado. Puede irse.
Volochin se puso de pie y siguió al camarada Aukskas.
Caminó hasta la puerta, se detuvo y se dio la vuelta.
Tengo mujer e hija dijo y quisiera despedirme de ellas.
Cherchinski levantó la mirada.
De modo que es usted uno de esos sentimentales -opinó-. Quizá sería mejor que no se despidiese, quizá sería mejor que ella se enterase más tarde. Pero como quiera. Puede hacerlas venir, a su mujer y a su hija.
No puedo hacerlas venir contestó Volochin . No están aquí, están en Rostov del Don, y allí están los blancos.
Pues entonces no se despedirá dijo Cherchinski . Qué puedo hacer yo. No pretenderá que por darle gusto el comandante en jefe dé la orden de tomar hoy Rostov a cualquier precio.
Volochin seguía en el sitio sin moverse. Y tras vacilar un instante, dijo:
Quisiera ir a Rostov. Regresaré y me presentaré aquí.
Cherchinski dio una chupada a su cigarrillo, sopló el humo y miró al hombre a la cara.
De modo que quiere ir a Rostov dijo . Supongamos que se lo permito. ¿Cuánto tiempo necesita para ese viaje?
¡Camarada, no puede dejarle ir a Rostov! exclamó Aukskas, que todavía sostenía la ficha en sus manos . No regresará nunca. Se quedará con los blancos, trabajará para ellos.
Yo conozco mejor que usted al oficial ruso, camarada dijo Cherchinski . Mire a este hombre, mire su cara. Puede estar seguro de que regresará.
Se dirigió a Volochin.
¿Y bien, cuánto tiempo necesita para ese viaje?
Dos días para la ida, dos días para la vuelta. Y quisiera quedarme un día allí o tal vez solamente una hora.
Así que cinco días. Recibirá un salvoconducco y vía libre hasta Kursk, nuestros trenes sólo llegan hasta allí. El paso por los frentes es asunto suyo. Y dentro de cinco días se presenta usted aquí.
Volochin hizo ademán de tenderle la mano. Pero Cherchinski estaba inclinado sobre su mesa y ya no le prestaba atención.
Fuera recibió Volochin el salvoconducto. Y Aukskas dijo:
Dentro de cinco días se presentará ante mí, y si yo no estoy aquí, ante el camarada Stolechnikov. Yo no le habría concedido nunca ese permiso.
Luego dejó que se marchase .

Aquel ex coronel Volochin quería morir. La vida se había convertido en una carga para él. Todos los días el mismo dolor instalado en el pecho, por la noche no conciliaba el sueño. Era un hombre duro, duro consigo mismo, duro con los demás. Sólo cuando pensaba en ella se volvía débil y pequeño. Había pasado tiempo desde que lo averiguó, diez meses, casi un año. Nada había cambiado. Todavía seguía pensando en ella, todavía sentía esa presión angustiosa en el pecho que no quería desaparecer.
Tenía dieciocho años más que su mujer. Jelena Petrovna se llamaba ella. Era tan alegre, tan joven y despreocupada, caminaba por la vida como por un prado verde, reía todo el día. Una vez, cuando estaba enferma y tenía fiebre y dolores había canturreado con una melodía cualquiera: "¿Qué se puede hacer, qué se puede hacer sí, qué se puede hacer?" Cuánto tiempo había pasado desde que le dijo: "Serjoscha, estoy tan contenta de tenerte. Te necesito. ¡Qué haría yo si no te tuviese!" Ahora vive con el tratante en maderas Lebedjev. ¿Qué se puede hacer, qué se puede hacer, sí, qué se puede hacer?
¡Nada! Se guarda silencio. No se habla con nadie de lo que ha sucedido. Lo tiene que superar uno solo.
Pero es imposible. Es demasiado difícil. No se puede respirar cuando uno piensa en ello.
El se había enterado a través de un empleado de la fábrica de tabaco de Rostov que había venido a pasar unos días a Moscú. Al principio no lo había podido creer. Luego, él tenía dieciocho años más que ella, y ese Lebedjev era joven, eso lo explicaba todo. Le escribió cuatro veces; envió las cartas por Constantinopla y Bucarest. No había reproches en sus cartas, sólo tristeza. Nunca recibió una respuesta. Ella no quería que le recordasen que él existía todavía, que vivía. Y, sin embargo, una vez le había dicho: "Te necesito, Serjoscha. ¡Qué haría yo si no te tuviese!" ¡Palabras! Sólo habían valido aquel día. Y ahora le diría quizá a ese Lebedjev "Te necesito, estoy tan contenta de tenerte."
Una vez se había encontrado con un capitán de la compañía de vapores de Rostov. Al principio había hablado con él de cosas triviales y luego preguntó por ella, de manera casual, como por una extraña, ocultando al capitán que él era su esposo. "He oído que ahora vive con el tratante en maderas Lebedjev. Sí, con el tratante en maderas Lebedjev. Yo no la conozco, pero la gente lo dice, se habló de ello."
Cuando estaba en una esquina vendiendo sus cigarrillos, entonces, de repente una mujer joven cruzaba la calle, venía hacia él, pelo rojizo, ojos castaños, una cara delgada, en la mano balancea el bolsito y las piernas esbeltas que caminan tan seguras de sí mismas como si tuviesen voluntad propia se le nublaba la vista, no podía respirar, tenía que apoyarse en la pared de la casa.
"¿Qué valen esos cigarrillos?"
Una voz extraña, una cara extraña. ¡Qué haría además Jelena en Moscú! Seguro que se queda en Rostov. Noche tras noche va a visitarla ese Lebedjev. "¡Qué haría yo, querido, si no te tuviese!" Días grises, tristes, que no terminan nunca. Quizá llegue mañana una carta. Catorce horas todavía, y un minuto transcurre tan despacio. Y luego la noche. A veces le aliviaba el alcohol, a veces un somnífero, una droga; pero siempre solo durante unas pocas horas. Cuando se despertaba todavía era de noche. No tenía reloj. Se quedaba tumbado fumando un cigarrillo tras otro. Una vez, en el jardín de un merendero un perrito negro y despeluchado había corrido hacia ella y ella lo había cogido en brazos; quería a todos los animales. "¡Eres un díablillo negro, un pequeño y divertido espantapájaros; un enanito feo! Dime, ¿me quieres? Tienes que quererme, ¿me oyes? ¿Quieres azúcar? ¿No? ¿No quieres? ¡Anda, tómalo, toma un poco!"
¡No pensar en ella, olvidar el sonido de su voz! Quedarse tumbado soplando anillos de humo al aire. Una hora, todavía una hora. En la calle había ruido, debían ser aproximadamente las ocho. No llegó ninguna carta y comenzaba otro día triste.
Había pensado a menudo en viajar a Rostov. Ponerse delante de ella. No, nada de reproches. "Digame sólo una cosa, Jelena: ¿es usted feliz, le ama de verdad? Y ahora una pregunta más y luego me iré: ¿Cómo ha podido suceder? ¡Dígamelo!"
No había podido reunir el dinero para el viaje. Una vez había pasado hambre durante tres semanas, se había privado de todo, ahorró dinero. Habría sido suficiente para medio viaje. ¡Qué importaba! Dios ayudará.
Pero cuando Volochin estaba en la estación de Kursk despertó el orgullo dentro de él. ¿Para qué ese viaje? Cuando esté delante de ella y le pregunte: "¿Jelena, cómo ha podido suceder?", ¿qué dirá ella? Reirá, dirá con voz cantarina: "No lo sé, no lo sé, es así." Pero ahora las cosas eran distintas. El era un hombre muerto, iba a despedirse. "Aqui estoy, Jelena; sí, soy yo de verdad. No tengas miedo, no te molestaré. Regreso a Moscú, figuro en la lista, me espera una bala. ¡Déjame ver a la niña! Pobrecita Nina, que crezcas y seas guapa, que seas feliz. Y ahora, Jelena, adiós."
Adiós. Cómo le reconfortaba esa palabra. Su corazón se sentía más ligero... Adiós..., todo ese viaje y el regreso a la checa... Tengo que presentarme ante usted, camarada, me llamo Sergej Sergejevich Volochin y figuro en la lista..., y luego el sótano y luego la muerte... Todo eso quedaba compensado por esa pequeña palabra..., ¡adiós!..., sus músculos se tensaron. Era otra vez el soldado, el oficial... ¡Adiós!..., dijo en voz alta... ¡Adiós!

El tren iba despacio, paraba en todas las estaciones, hasta en las más pequeñas. En Serpuchov subió al compartimiento un médico rural que trató de distraerse y de hacer pasar el rato a los demás contando historias.
Ahí tienen a ese Kalinin, el presidente del ejecutivo, el auténtico campesino de barba larga, sólo que se santigua delante de su "Marxa" y no delante de las imágenes de los santos. Sabe hablar con los campesinos, eso es cierto. Aquí en esta región está en su ambiente. Y una vez fue a su pueblo, quería que sus paisanos viesen cómo había prosperado. Antes se mandó hacer un traje de paño inglés, pero hizo que le forrasen el pantalón; sería una lástima pensó, que la tela se desgastase con el roce, después de todo seguia siendo un campesino. "¡Qué alegría, padrecito Kalinitch", exclamaron los campesinos, "¡por fin has venido a vernos!" El se llama Kalinin, pero los campesinos le llaman Kalinitch; es una expresión cariñosa. "Y llevas una bonita chaqueta, ya vas vestido como un consejero de Estado." "¿Cuánto creéis, paisanos, que ha costado esta chaqueta?", dice Kalinin. "¿Tres fanegas de grano? Eso eran treinta rublitos antes de la guerra. ¡Pues me ha costado cien rublos!" Los campesinos se quedaron boquiabiertos. !Cien rublos! "Y aunque hubiese costado mil rublos; soy o no soy el gran jefe de todos los pueblos rusos?", exclamó Kalinin. "Con un solo kopek que entregase cada pueblo ruso se pagaría la chaqueta aunque costase dos mil rublos."
Volochin sólo escuchaba a medías. Estaba con sus pensamientos en otras cosas. Había olvidado comprar un regalo para su hija. Debería haber traído una muñeca pequeña o al menos un pan de especias, y voy con las manos vacías. ¿Que puedo hacer, qué puedo hacer? En Jarkov encontraré algo quizá un oso de madera que golpea el yunque con el martillo cuando se tira de la cuerda; le encantará a la pequeña Nina. El tren se detuvo a mitad del camino. Los pasajeros abrieron las ventanillas y se asomaron.
¿Qué ha pasado? ¿Por qué no continuamos el viaje?
El maquinista estaba de pie al lado de su locomotora, se frotaba las manos y canturreaba:
Un día hermoso, una mañanita espléndida, el sol brilla, ahora sería el momento para pasear por el bosque.
La gente bajó del tren, le rodeó y gritaba:
¿Qué significa esto? Ha perdido la razón. ¿Vamos a quedarnos aquí parados hasta la primavera? Yo tengo que ir a Jelez, a Orel, a Kurakovo.
Claro, vosotros dijo el maquinista . Vosotros vais sentados con vuestra tepluchka en un compartimiento caliente, estáis a gusto y bebéis té. ¿Y yo? ¿Dónde estoy yo? Si queréis que el tren funcione habrá que engrasarlo.
Se organizó una colecta y se reunieron treinta y un rublos. El maquinista cogió el dinero y luego se fue al bosque a recoger madera con el fogonero y los dos revisores. Algunos de los viajeros se sumaron a ellos. Las mujeres se quedaron sentadas en el terraplén mirando las nubes que erizaban el cielo y comiendo pipas de girasol. Los niños retozaban por los prados.
Medía hora más tarde el tren prosiguió su marcha.
Volochin atravesó la zona de combate disfrazado de campesino. El frente no era rígido, ni en el lado de los rojos ni en el de los blancos. Hizo rodeos, evitó los pueblos en los que había militares. Una vez estuvo bajo el fuego de metralla de los rojos en una pradera pantanosa. En la estación de Kupjiansk, un nudo ferroviario desde el que eran enviados los trenes de los blancos a la región del Donetz, a Taganrog y a Rostov, estuvo a dos pasos de un antiguo compañero de regimiento. Este le miró y no le reconoció.
Al tercer día por la mañana llegó a Rostov.
La casa, un pequeño edificio de una planta, se encontraba a las afueras de la ciudad. A lo lejos se divisaban el bosque y el rio. Desde la carretera, escondido detrás de una acacia, Volochin observaba con tensa atención las ventanas y la puerta cerrada. Abajo, a la derecha de la escalera, estaba la cocina, a la izquierda el comedor y el cuarto de estar. Arriba, detrás de una ventana con reja que daba al jardín, dormía la pequeña Nina.
Eran las siete de la mañana, todo estaba en calma. Tenía que esperar a que ese Lebedjev abandonase la casa; sólo entonces pediría permiso para entrar.
Una campesina llegó y llamó a la puerta, traía la leche. Un poco más tarde llegó un hombre con verduras. Cuando se fue todo siguió en silencio durante un largo rato; sólo se oía el canto de los pájaros en los frutales del jardín. Luego se abrió la puerta. No, no salió un hombre, sino una vieja criada con la bolsa de la compra en la mano. Su mirada indiferente rozó a Volochin que, apoyado en el tronco de la acacia, encendía su pipa. La criada siguió su camino hacia la ciudad. El tiempo pasaba, ya debían ser casi las ocho y medía. Ese Lebedjev seguía sin aparecer, probablemente estaba en la cama esperando el té. "Buenos días, corazoncito, ¿ha dormido bien mi palomita?" En algún lugar de la ciudad tiene su despacho, con teléfono y sillones de club. Sobre la mesa escritorio había cartas, fuera esperaban visitas, el teléfono no dejaba de sonar. "No, el señor Lebedjev no está todavía en el despacho; no puedo decirie cuándo llegará. Vuelva a llamar dentro de una hora." -¡Vania! ¡Vania! ¿Dónde estás? ¡Por que no vienes cuando te llamo! ¡Ven de una vez! ¿Dónde te has metido? Esa era la voz de Jelena y venía del jardín. Volochin saltó por encima de la valla. No siguió el camino de grava, corrió tras la voz a través de los arbustos.
¡Vania! ¡Vania! ¡Ven de una vez! ¿Por qué te escondes? ¿Con quién estará hablando? Ese Lebedjev no se llama Iván, se llama Aletej. Quizá es un criado, quizá es su chófer. Esa gente no da ni un solo paso, siempre va en coche. ¡Vania! ¡De modo que te has marchado de verdad! Pues tú verás lo que haces: crees que me molesta, pues te equivocas, sí, te equivocas.
La voz cantarina estaba muy cerca, dos pasos más y se encontraron uno frente a otro. Jelena Petrovna retrocedió asustada cuando vio al hombre en el jardín, un hombre con ropa de campesino. Pero luego caminó despacio hacia él. ¿Quién es usted? ¿Qué desea? Su cara está pálida, constató Volochin, y le sorprendió que en ese momento pudiese pensar con tanta ciaridad y calma. Quería decir: soy Serjoscha, aquél sin el cual usted no podía vivir; pero fue imposible, no podía extraer un solo sonido de su garganta.
Si es usted el hombre que trae las gallinas, vaya a la cocina, aquí no se le ha perdido nada, nada en absoluto dijo Jelena acercándose un paso.
Así que ya no me conoce dijo él en voz baja.
Ella le miró a la cara y luego levantó los brazos.
¡Sserjoscha!
Si, yo soy ese Sserjoscha, soy yo de verdad murmuró Volochin.
¡Sserjoscha! ¡Por fin has venido! Y estás aquí en el jardín. ¿Cuándo has llegado? Lo sabía, lo sabía. Pero ven, ¿qué haces ahí parado?
Algo maravilloso había sucedido. Jelena se había arrojado a su cuello y le había besado.
¡Sserjoscha dijo tomando aliento . Seguro que piensas: una sorpresa, pero yo lo sabía, de verdad, lo sabía. La vieja, la criada, se cortó ayer el dedo con el cuchillo de la cocina; durante una hora estuvo llorando. Qué aspecto tienes, como un auténtico campesino. Así que, primero, lloros y lamentos, y luego dijo: "¡Esto significa una gran alegría para nosotros o una sorpresa!" Yo tambien soñe hace tres días. ¡Pero qué delgado estás, pobrecillo! Las mejillas hundidas; no te había reconocido. Ahora comerás aquí, te darás la gran vida. Dicen... pero di algo, ¡deja que te bese! En Moscú, dice la gente, no hay leche ni mantequilla, ni huevos; aquí se puede comprar todo eso en cualquier tienda. Pero tú siempre has despreciado la buena vida, esas pequeñas comodidades ya te parecían excesivas. Que estabas en Moscú ya lo sabía. El viejo Koroljov te vio en el puente de hierro hace seis semanas. Caminabas tan deprisa que no pudo alcanzarte, ya sabes, cojea. Pero al menos me enteré de que estabas vivo.
Sí, estoy vivo o quizá no lo esté dijo Volochin cerrando los ojos . ¿Por qué no contestaste a mis cartas?
¿Tus cartas? No recibí nunca, ni una sola vez recibí una carta tuya ni una sola línea desde hace un año. Y a dónde hubiese podido escribirte, no sabía siquiera. ¿Por qué me miras de esa manera?, me pones triste.
Jelena se golpeó la mejilla con dos dedos.
¡Qué palabras son ésas Jelena, deberías avergonzarte, pide perdón en seguida se dijo a sí misma . Cómo podría estar triste, Sserjoscha, ahora que estás aquí. ¡Querido, no te enfades! Estás cansado. Un largo viaje. Quizá una semana, dormirás, pobrecillo. ¡Y ahora ríe de una vez, alégrate, pon la cara contenta! He estado tan sola. Pero ya sé que tú lo has pasado peor. Yo tengo a la niña, y Lisa también está aquí, y luego tengo la ardilla, está domesticada, se llama Vania y viene cuando la llamo. Y, sin embargo, estoy sola.
¿Y ese Lebedjev? preguntó Volochin con dureza.
¿Así que eso también lo sabes ya? Venía todos los días, bebía té y tomaba pastel de miel y siempre decía con una voz rarísima: "Jelena Petrovna, la amo, usted lo sabe, nunca amaré a otra mujer. Y si no quiere ser mía me pegaré un tiro o empezaré a beber, me convertiré en un borracho. Así es como terminaré." Entonces llegó Lisa y se enamoró de ella en el acto. No se ha convertido en un borracho ni se ha pegado un tiro. En primavera se casaron.
¿Quién? gritó Volochin . No comprendo. ¿Quién se ha casado? ¿De quién hablas?
Lebedjev se casó con mi hermana Lisa. Creí que lo sabías. Estoy cansado dijo él . Mi cabeza está hecha un lío. Quisiera sentarme, reflexionar un poco.
Y yo, mientras tanto, no paro de parlotear. Claro que estás cansado. ¡Ven! A lo mejor ya se ha despertado la niña.
Doce horas se pasan tan deprisa. Al anochecer Volochin estaba con Jelena en la estación.
No había dicho a su mujer lo que le esperaba, lo llevaba todo encerrado dentro de sí. Ella sólo sabía que los negocios le reclamaban en Moscú, negocios urgentes que no podía desa tender. Le había prometido que estaría de nuevo con ella dentro de dos meses, y ella le creyó.
Sólo por su exagerada alegría debería haber notado que su marido le ocultaba algo grave. Pero ella no notó nada. Y mientras sostenía su mano, dijo:
No me verás durante dos meses. Sserjoscha, durante dos meses, y estás gastando bromas. ¿Te parece bien? ¡Ahora mismo te pones triste¡ Deprisa aflígete, atormentate. Así está bien. ¡Y ahora, llora un poco!
Al atardecer del quinto día Volochin estaba en Moscú. Como no encontró en la checa al camarada Aukskas dejó que le condujesen ante Stolechnikov.
Soy el coronel Volochin dijo . Me detuvieron, pero el presidente de la checa en persona me dio permiso para ordenar mis asuntos privados dentro de un determinado plazo. Eso ya ha ocurrido. Anúnciele, por favor, que estoy aquí.
Stolechnikov garabateó algo sobre un trozo de papel que luego introdujo descuidadamente entre otros papeles.
Por favor, no olvide dar parte dijo Volochin . Tenía orden expresa de...
No tiene que preocuparse le interrumpió Stolechnikov malhumorado . Sé lo que tengo que hacer sin que usted me lo diga. Esperará a que le llamen.
Volochin fue conducido luego a una sala donde habían reunido a un grupo de diversos maleantes. Rateros, chulos, atracadores, un hombre que había falsificado cartillas de racionamiento y un chófer que, tras emborracharse con gasolina, había amenazado a los transeúntes.
Dos días más tarde entró Aukskas en el despacho de Cherchinski. Su mirada cayó sobre el telegrama cifrado que asomaba bajo una pila de papeles escritos. Se echó a reír.
Me parece que después de todo soy mejor psicólogo que usted, camarada presidente dijo . Naturalmente ese Volochin no ha regresado, no se ha presentado ante mí. Y en su ruso defectuoso añadió:
Quizá encuentra que el aire y el agua de Rostov sientan bien a la salud.
Cherchinski levantó la mirada
Hoy hace..., ¿cuánto tiempo ha pasado? Hace siete días. El hombre regresó. Se presentó ante usted, y usted lo ha olvidado.
Aukskas reflexionó.
Quizá se presentó ante Stolechnikov, desde luego no se presentó ante mí dijo . Stolechnikov está de servicio en Tula desde el mediodía de ayer. Pero lo más probable es que ese...
Ese hombre ha regresado exclamó Cherchinski . Ha regresado. Conozco a mi gente. Podría haber recibido un balazo de los nuestros o de los blancos. Pero si todavía vive, está aquí. ¡Mande buscarle! Encontraron a Volochin jugando con los dos rateros y el chófer una partida de "durak", una especie de "juego del tizne".
Unos minutos después se encontraba ante Cherchinski.
¿Se ha retrasado usted? preguntó sin levantar la mirada de su mesa el presidente de la checa rusa.
No. No me he retrasado contestó Volochin . Llegué incluso antes del tiempo acordado.
¿Desde cuándo está aquí?
Desde el jueves por la noche.
¿Ante quién se presentó?
Ante el camarada Stolechnikov. Y le dije que tenía orden expresa de...
Está bien. Con Stolechnikov hablaré más tarde le interrumpió Cherchinski . ¿Se despidió de la mujer y de la niña?
Me despedí.
Cherchinski le rozó con una mirada y luego preguntó:
¿Y bien? ¿Aparte de eso no tiene nada que decirme?
Aparte de eso no tengo nada que decir respondió Volochin en voz baja.
De modo que no se lo ha pensado. No quiere trabajar de ninguna manera para nosotros.
Yo sí quisiera dijo Volochin . pero ustedes ya no querrán. Cherchinski escudriñó su cara durante un minuto.
Eso es cierto dijo luego . No podremos utilizarle. Ha estado con los blancos y allí le habrán enseñado cómo sabotear nuestro trabajo o quizá algo peor.
Guardó silencio y esperó a que el otro contradijera, rechazase la sospecha. Pero Volochin no dijo ni una palabra.
¿Cómo se encuentran su mujer y su hijita? preguntó Cherchinski.
Se encuentran bien, gracias respondió Volochin y luego volvió el silencio.
Cherchinski tiró al suelo el resto de su cigarrillo.
A pesar de todo, me gustaría hacer todavía una prueba con usted dijo . Ya le comenté una vez que me interesaba por las personas que tenían facultades especiales, tengo esa debilidad. Ya se verá luego si puedo asumir todavía la responsabilidad de dejarle trabajar para nosotros. Aquí tengo un telegrama en clave. ¿Cuánto tiempo necesita para descifrarlo?
En ese preciso momento Volochin comprendió que estaba salvado. ¡Descifrar un telegrama, nada más que eso! Vivirá, podrá regresar con Jelena y Nina, quizá no dentro de dos meses, pero sí algún día. O las hará venir a Moscú, a la mujer y a la hija. Sintió una alegría salvaje, pero se obligo a guardar la calma, no quería que notasen cuánto le importaba ahora su vida.
¿Cuánto tiempo? Eso varía mucho dijo . Depende si se ha empleado una sola clave o sistemas combinados. Nosotros teníamos unas veinte claves, que tendré que probar una tras otra para ver cuál es la correcta. Además, sólo son cinco líneas, eso dificulta un poco más la cosa. Pero hasta ahora no he necesitado nunca más de cuatro horas.
Cuatro horas. Eso me parece mucho tiempo opinó Cherchinski . Pero estoy dispuesto a concederle esas cuatro horas. Son las dos. Si trae el telegrama descifrado a las seis, trabajará para nosotros. De lo contrario, en fin, usted conoce el resto. Entonces sufrirá el rigor de la justicia. Y recuerde: sólo haré esta prueba. Le será asignado un cuarto. ¿Tiene usted costumbre de fumar mientras trabaja?

El cuarto en el que trabajaba estaba comunicado por medio de puertas vidrieras con las dos habitaciones contiguas. Una mesa larga con papeles y utensilios para escribir. De la pared colgaba un cuadro que representaba una lucha de barricadas de la época de la Comuna de Paris, banderas rojas, humo de pólvora, carga de infantería y en un primer plano un trabajador joven que se desplomaba herido por una bala. Alguien había tirado al suelo un cartel de cartón blanco con la inscripción: "G. R. Nirod. Horas de visita: solamente de diez a doce." En un rincón había sobre una mesita un bonito reloj antiguo de estilo imperio, quizá había sido requisado en una de las casas vecinas o provenía aún de la época en que el edificio de la checa alojaba a una compañía de seguros. Todavía una chupada al cigarrillo y luego manos a la obra. Tenía la certeza de que había sido utilizada una sola clave y no una combinación de varias. Algo en aquella sucesión de letras aparentemente sin sentido se lo decía; en esas cosas nunca se equivocaba. El primer intento tentador: una clave cualquiera empleada a menudo, "El gran ejército del Don". "La intuición es buena, pero el trabajo metódico sigue siendo lo mejor", decía su maestro, el viejo general Charvenko. ¿Dónde está ahora el general Charvenko? Vive en Rusia, quizá envió personalmente el telegrama y no sospecha que seré yo quien lo descifre. Tengo tiempo de sobra, sólo han pasado veinte minutos y ya están resueltas dos claves, resueltas definitivamente. "El gran ejercito del Don" y "San Miguel Arcángel". Un bonito reloj antiguo. "San Miguel Arcángel", no, eso está resuelto. "La Iglesia de Cristo, el Salvador." Cherchinski tiene un reloj de plata corriente sobre su mesa. "¿Cómo se encuentran su mujer y su hijita?" Siempre dice "hijita"; de dónde sabe que Nina es todavía tan pequeña, que apenas tiene cinco años. Intuición, tiene ese don. Pero lo mejor sigue siendo..., no, esta clave no es la correcta. Probemos con "Moscú, la pétrea, la blanca". ¿O será, después de todo, una combinación? ¡No! A menudo se acierta ya al tercer o cuarto intento. Suerte, claro está que también hace falta un poco de suerte. A veces también sirve la psicología: si se conoce al remitente y al destinatario, puede adivinarse la clave que han acordado. Pero lo más importante es la concentración y el pensamiento claro y metódico. He dormido poco los últimos días. Descansar. Descansar durante un minuto. Todavía queda suficiente tiempo.
¿Cuándo estuvo sobre el puente de hierro? ¿Qué hacía yo allí? ¿Me habrá visto allí Koroljov realmente? Yo nunca he estado en el puente de hierro. Quizá Jelena lo dijo sólo para tranquilizarme. Estaba preocupada por mí, la pobre, y él quería, pero cojea, eso es cierto. Un día en invierno, cuando arrastraba una viga con su ayudante, se resbaló sobre el hielo.
¿Por qué tengo que pensar ahora, precisamente ahora, en el viejo Koroljov? Yo no estaba sobre el puente de hierro, él sólo quiso darle una alegría. ¡Vale! Y ahora a trabajar. Son las cuatro menos cuarto. Volochin ha probado once claves distintas y ahora se detiene en la decimosegunda. Afuera, detrás de la puerta de cristal, hay gente; sabe, en toda la casa se sabe, que en ese cuarto un hombre está luchando desesperadamente por su vida. Observan curiosos cómo vuela la pluma sobre el papel y cómo es arrojado el papel hecho una bola a un rincón. Aprietan sus caras contra los cristales, sus narices están completamente aplastadas. Uno de ellos tiene aspecto de chino. Son las cinco menos cuarto. Ya ha transcurrido más de la mitad del tiempo. ¿Por qué me han puesto aquí este reloj? Un suplicio díabólico, no puedo dejar de mirar al reloj. Quieren que pierda los nervios. ¡No! Eso no sucederá.
¡Calma, sobre todo calma y sangre fría!
Otra clave: "Príncipe Potemkin, el táurido." No sirve, tampoco es la correcta. Ese Potemkin fue siempre un mentiroso redomado, un inútil. "El lago Baikal, infinito como el mar." Esta es ya la decimocuarta clave que pruebo. Yo nací un catorce, quizá. El chino sigue ahí mirando fijamente por el cristal. Dicen que uno de los verdugos de la checa es un chino. Por lo visto, no lo hace por dinero, sino por placer, sólo se queda con la ropa de las víctimas. ¿Me estará esperando a mí? Escucha, díablo de ojos oblicuos, la chaqueta que llevo encima todavía me pertenece a mí y no a ti, estoy vivo, todavía no se ha acabado mi tiempo. Quizá no es el verdugo chino, parece más bien un calmuco.
¡Trabajar! Aprovechar cada minuto. "Un pueblo, un imperio, un Dios." Pero esa es una clave del ejército alemán, no una rusa. En Kiev obtuve, por descubrirla, el rango de coronel. Me quitaron los galones. Se acabó. ¡Para qué pensar en ello! Ahora una clave nueva, una clave fuerte: "El gran Dios de la Rusia ortodoxa." ¿Pero dónde está ese Dios, dónde está, dónde le encuentro? Quizá para los que le buscan, horas de visita sólo de diez a doce.
¡Qué pensamientos demenciales! No son míos, los ha pensado otro. El diablo está sentado debajo de la mesa, es negro, enrosca el rabo, insufla sus pensamientos en mi cabeza. Me han metido al díablo debajo de la mesa, quieren perderme. No lo conseguiréis. Estoy vivo, lucho. Jelena me necesita. Me lo volvió a decir: "Eres tan bueno conmigo, Sserjoscha, qué haría sin ti, si tú no estuvieses." ¿Y si me fusilan, qué hará ella? ¿Llorará por mí, estará triste? "Quizá piensas que estoy afligida. Ay, te equivocas, te equivocas."
¡Qué locura! Ella me quiere, sólo me quiere a mi y a nadie más. Tengo que trabajar, trabajar por ella. Pero algo ha clavado sus garras dentro de mi cabeza y no me deja pensar. Dentro de dos minutos serán las cinco y medía. Esos dos minutos, si cierro los ojos, concentro las ideas, sólo durante dos minutos. Los ojos se le cierran. Y ya está ahí la pesadilla, ve como corre con todas sus fuerzas con el telegrama en la mano, y la muerte le persigue, la muerte va sentada sobre un jamelgo y hace sonar el látigo, parece un cosaco. "Corre, hermanito, corre que ya te cojo." "¡No! No me cogerás, me defiendo lucho." Se despierta sobresaltado. Las seis menos veinticinco. Tiene que defenderse, tiene que luchar. Pero la mano que sostiene la pluma tiembla, no puede escribir. ¿Ha probado ya todas las claves? ¿No falta ninguna? "La Virgen de Kazan". "Impera zar para espanto de los enemigos". "La puerta de la Trinidad". "Kiev, la madre de todas las ciudades". ¿Ahora, qué? ¿Intentarlo de nuevo, empezar desde el principio? Ojalá tenga tiempo.
El chino, allí, está enseñando los dientes, pone los ojos en blanco. Ahora habla: "¡Hale! Quítate la ropa, sería una lástima por la chaqueta. ¿Ha costado treinta rublos? Y aunque hubiese costado cien rublos, mil rublos. Ahora me pertenece a mí. Y aunque hubiese costado dos mil rublos. ¿Soy o no soy el gran verdugo de Rusia? ¡Venga esa chaqueta! Y ahora ponte de cara a la pared. Se ha acabado tu tiempo." "¡No! ¡Mientes! Todavía no se ha acabado mi tiempo. Faltan..."
Volochin gime, su frente está empapada de sudor frío. Todavía faltan diez minutos para las seis.
Demasiado tarde. ¡Qué puedo hacer con esos diez minutos! Se acabó. Le fusilarán.
¡No! ¡El quiere vivir, tiene que vivir!
Su mirada cae sobre el cuadro de la pared, ve al hombre que, herido por una bala, cae al suelo con la mano apretada contra el corazón.
¡No! ¡Eso no debe suceder! Volochin se levanta de un salto y levanta los brazos y grita lleno de angustia y desesperación al gran Dios de la Rusia ortodoxa, grita tan fuerte que se oye a través de las puertas cerradas:
¡Gospody pomiluj!
Y entonces sucede algo extraño. Volochin se queda parado, se lleva la mano a la frente y respira profundamente.
"¡Gospody pomiluj! ¡Señor, apiádate de mí!" Pero si esa es, si esa es una de las claves zaristas, y él no había pensando en ella. Gospody pomiluj, le tiembla todo el cuerpo, pero no de angustia mortal. Pues en ese instante sabe, no puede ser de otra manera, lo sabe con toda seguridad, que ésa es la clave correcta, la que ha buscado tanto tiempo, y Dios se la ha regalado.
Ya no hay mucho que contar. Volochin se dirige a la mesa, la mano que sostiene la pluma ya no tiembla. Las letras cambian de forma, se convierten en sílabas, una palabra le llama la atención, "puente", "puente de ferrocarril"; pero antes de coger la pluma ya sabe que está salvado.
Dos minutos más tarde llama y dice al empleado que entra: "Condúzcame, por favor, al despacho del camarada Cherchinski." Cherchinski murió de un infarto algunos años después. Al final se ocupaba de la reorganización del sistema de transportes. Pero ese Volochin vive todavía, trabaja en alguna comisaría del pueblo en Moscú. Allí hace tiempo que han olvidado cómo se llama en realidad. El comisario del pueblo y su ayudante, los diplomáticos extranjeros y los representantes de la prensa extranjera que entran y salen alli, los empleados y la mujer que les trae el té, y la mujer que barre las habitaciones y el portero en su garita, todos ellos dicen cuando le ven: "Ese es el camarada ¡Señor, apiádate de mí!"
Se llama así. Ese es su sobrenombre. Y a veces pienso que rodas las personas de esta tierra, los soberbios y los oprimidos, los que están firmemente arraigados en la existencia los pobres y débiles, los intachables y los pecadores, los jueces y los condenados, que todos los que vivimos y luchamos podríamos llevar ese nombre.

Leo Perutz, ¡Señor, apiádate de mi!
Leyendo:
Las columnas de Hércules - Paul Theroux
La fuga de Colditz - Patrick R Reid
El frente ruso - Jean-Claude Lalumière (no logró entusiasmarme)
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Valentina » Mar May 04, 2010 11:24 am

Holas, voy un tanto atrasada,pero bueno de eso se trata de disfrutar la lectura, plácidamente .
La luna se ríe, muy buena,me divertí imaginando diversas teorías,algunas tan locas como aquel orate obsesionado con ella...que luna tan maquiavélica, tramando el homicidio de todo un clan, igual no deja de ser trágico, pero lo disfrute mucho, hasta me reí con ella...esto me convierte en cómplice jajaj
Saludos
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor marcia » Vie Jul 02, 2010 7:05 pm

Pido permiso para invadir los Cuentos para Valentina...
Porque si hay algo que me encanta son los audiolibros. Sí, los he escuchado Jenofonte. Y escuché narrado por el propio autor: Cortazar. En youtube hay algunos de sus cuentos, es maravilloso. Aparte tengo también en cd a Garcia Marquez, es genial.
Creo que es lo que más se parece a las costumbres de antaño, cuando nuestros padres solían leernos cuentos o narrar historias de vida, esas aventuras que uno siempre queda boquiabierto sin saber donde empieza y donde termina los hechos verídicos y la imaginación de quien lo cuenta...
Buenos recuerdos.
Gracias por ello.
Márcia
Mis lecturas:
El suelo bajo sus pies - Salman Rushdie
Clarissa - Erico Verissimo
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Vie Jul 02, 2010 8:16 pm

El Don Quijote de la Mancha en audiolibro es muy bueno, realmente disfruté escuchándolo...

[youtube]BjWWGpuXaTw[/youtube]
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Jenofonte » Mar Jul 20, 2010 8:52 am

Historia de fantasmas
E. T. A. Hoffmann

Imagen

Cipriano se puso de pie y empezó a pasear, según costumbre, siempre que su ser estaba
embargado por algo muy importante y trataba de expresarse ordenadamente, y recorrió la
habitación de un extremo a otro.
Los amigos se sonrieron en silencio. Se podía leer en sus miradas: « ¡Qué cosas tan
fantásticas vamos a oír!» Cipriano se sentó y empezó así:
-Ya saben que hace algún tiempo, después de la última campaña, me hallaba en las
posesiones del Coronel de P... El Coronel era un hombre alegre y jovial, así como su esposa era
la tranquilidad y la ingenuidad en persona.
Mientras yo permanecía allí, el hijo se encontraba en la armada, de modo que la familia se
componía del matrimonio, de dos hijas y de una francesa que desempeñaba el cargo de una
especie de gobernanta, no obstante estar las jóvenes fuera de la edad de ser gobernadas. La mayor
era tan alegre y tan viva que rayaba en el desenfreno, no carente de espíritu; pero apenas podía
dar cinco pasos sin danzar tres contradanzas, así como en la conversación saltaba de un tema a
otro, infatigable en su actividad. Yo mismo presencié cómo en el espacio de diez minutos hizo
punto... leyó..., cantó..., bailó, y que en un momento lloró por el pobre primo que había quedado
en el campo de batalla y aún con lágrimas en los ojos prorrumpió en una sonora carcajada,
cuando la francesa echó sin querer la dosis de rapé en el hocico del faldero, que al punto comenzó
a estornudar, y la vieja a lamentarse: «Ah, che fatalità! Ah carino, poverino!» Acostumbraba a
hablar al susodicho faldero sólo en italiano, pues era oriundo de Padua.
Por lo demás, la señorita era la rubia más encantadora que podía imaginarse, y en todos
sus extraños caprichos dominaba la amabilidad y la gracia, de manera que ejercía una fascinación
irresistible, como sin querer. La hermana más joven, que se llamaba Adelgunda, ofrecía el
ejemplo contrario. En vano trato de buscar palabras para expresarles el efecto maravilloso que
causó en mí esta criatura la primera vez que la vi. Imaginen la figura más bella y el semblante
más hermoso. Aunque una palidez mortal cubría sus mejillas, y su cuerpo se movía suavemente,
despacio, con acompasado andar, y cuando una palabra apenas musitada salía de sus labios
entreabiertos y resonaba en el amplio salón, se sentía uno estremecido por un miedo fantasmal.
Pronto me sobrepuse a esta sensación de terror, y como pudiese entablar conversación con
esta muchacha tan reservada, llegué a la conclusión de que lo raro y lo fantasmagórico de su
figura sólo residía en su aspecto, que no dejaba traslucir lo más mínimo de su interior. De lo poco
que habló la joven se dejaba traslucir una dulce feminidad, un gran sentido común y un carácter
amable. No había huella de tensión alguna, así como la sonrisa dolorosa y la mirada empañada de
lágrimas no eran síntoma de ninguna enfermedad física que pudiera influir en el carácter de esta
delicada criatura.
Me resultó muy chocante que toda la familia, incluso la vieja francesa, parecían
inquietarse en cuanto la joven hablaba con alguien, y trataban de interrumpir la conversación, y, a
veces, de manera muy forzada. Lo más raro era que, en cuanto daban las ocho de la noche, la
joven primero era advertida por la francesa y luego por su madre, por su hermana y por su padre,
para que se retirase a su habitación, igual que se envía a un niño a la cama, para que no se canse,
deseándole que duerma bien. La francesa la acompañaba, de modo que ambas nunca estaban a la
cena que se servía a las nueve en punto.
La Coronela, dándose cuenta de mi asombro, se anticipó a mis preguntas, advirtiéndome
que Adelgunda estaba delicada, y que sobre todo al atardecer y a eso de las nueve se veía atacada
de fiebre y que el médico había dictaminado que hacia esta hora, indefectiblemente, fuera a
reposar.
Yo sospeché que había otros motivos, aunque no tenía la menor idea. Hasta hoy no he
sabido la relación horrible de cosas y acontecimientos que destruyó de un modo tan tremendo el
círculo feliz de esta pequeña familia.
Adelgunda era la más alegre y la más juvenil criatura que darse pueda. Se celebraba su
catorce cumpleaños, y fueron invitadas una serie de compañeras suyas de juego. Estaban sentadas
en un bello bosquecillo del jardín del palacio y bromeaban y se reían, ajenas a que iba
oscureciendo cada vez más, a que las escondidas brisas de julio comenzaban a soplar y que se
acababa la diversión. En la mágica penumbra del atardecer empezaron a bailar extrañas danzas,
tratando de fingirse elfos y ágiles duendes: «Óiganme -gritó Adelgunda, cuando acabó por
hacerse de noche en el boscaje-, óiganme, niñas, ahora voy a aparecerme como la mujer vestida
de blanco, de la que nos ha contado tantas cosas el viejo jardinero que murió. Pero tienen que
venir conmigo hasta el final del jardín, donde está el muro.» Nada más decir esto, se envolvió en
su chal blanco y se deslizó ligerísima a través del follaje, y las niñas echaron a correr detrás de
ella, riéndose y bromeando. Pero, apenas hubo llegado Adelgunda al arco medio caído se quedó
petrificada y todos sus miembros paralizados. El reloj del palacio tocó las nueve: « ¿No ven -
exclamó Adelgunda con el tono apagado y cavernoso del mayor espanto-, no ven nada..., la
figura... que está delante de mí? ¡Jesús! Extiende la mano hacia mí... ¿no la ven?»
Las niñas no veían lo más mínimo, pero todas se quedaron sobrecogidas por el miedo y el
terror. Echaron a correr, hasta que una que parecía la más valiente saltó hacia Adelgunda y trató
de cogerla en sus brazos. Pero en el mismo instante Adelgunda se desplomó como muerta. A los
gritos despavoridos de las niñas, todos los del palacio salieron apresuradamente. Cogieron a
Adelgunda y la metieron dentro. Despertó al fin de su desmayo y refirió temblando que, apenas
entró bajo el arco, vio ante ella una figura aérea, envuelta como en niebla, que le alargaba la
mano.
Como es natural, se atribuyó la aparición a la extraña confusión que produce la luz del
anochecer. Adelgunda se recobró la misma noche, de tal modo, que no se temieron consecuencias
algunas, y se dio el asunto por terminado. ¡Y, sin embargo, qué diferente fue! A la noche
siguiente, apenas dieron las nueve campanadas, Adelgunda, presa de terror, en mitad de los
amigos que la rodeaban, empezó a gritar: « ¡Ahí está, ahí está! ¿No la ven? ¡Ahí está, enfrente de
mí!»
Baste saber que desde aquella desgraciada noche, apenas sonaban las nueve, Adelgunda
volvía a afirmar que la figura estaba delante de ella y permanecía algunos segundos, sin que nadie
pudiese ver lo más mínimo, o por alguna sensación psíquica pudiese percibir la proximidad de un
desconocido principio espiritual.
La pobre Adelgunda fue tenida por loca, y la familia se avergonzó, por un extraño
absurdo, del estado de la hija, de la hermana. De ahí aquel raro proceder, al que ya he hecho
alusión. No faltaron médicos ni medios para librar a la pobre niña de una idea fija, que así
llamaban a la aparición, pero todo fue en vano, hasta que ella pidió, entre abundantes lágrimas,
que la dejasen, pues la figura que se le aparecía con rasgos inciertos e irreconocibles, no tenía
nada de terrorífico, y no le producía ya miedo; incluso tras cada aparición tenía la sensación de
que en su interior se despojase de ideas y flotase como incorpórea, debido a lo cual padecía gran
cansancio y se sentía enferma. Finalmente, la Coronela trabó conocimiento con un célebre
médico, que estaba en el apogeo de su fama, por curar a los locos de manera sumamente artera
(mediante ardides muy ingeniosos). Cuando la Coronela le confesó lo que le sucedía a la pobre
Adelgunda, el médico se rió mucho y afirmó que no había nada más fácil que curar esta clase de
locura, que tenía su base en una imaginación sobreexcitada. La idea de la aparición del fantasma
estaba unida al toque de las nueve campanadas, de forma que la fuerza interior del espíritu no
podía separarlo, y se trataba de romper desde fuera esta unión. Esto era muy fácil, engañando a la
joven con el tiempo y dejando que transcurriesen las nueve, sin que ella se enterase. Si el
fantasma no aparecía, ella misma se daría cuenta de que era una alucinación y, posteriormente,
mediante medios físicos fortalecedores, se lograría la curación completa.
¡Se llevó a efecto el desdichado consejo! Aquella noche se atrasaron una hora todos los
relojes del palacio, incluso el reloj cuyas campanadas resonaban sordamente, para que
Adelgunda, cuando se levantase al día siguiente, se equivocase en una hora. Llegó la noche. La
pequeña familia, como de costumbre, se hallaba reunida en un cuartito alegremente adornado, sin
la compañía de extraños. La Coronela procuraba contar algo divertido, el Coronel empezaba,
según costumbre cuando estaba de buen humor, a gastar bromas a la vieja francesa, ayudado por
Augusta, la mayor de las señoritas. Todos reían y estaban alegres como nunca.
El reloj de pared dio las ocho (y eran las nueve) y, pálida como la muerte, casi se
desvaneció Adelgunda en su butaca... ¡la labor cayó de sus manos! Se levantó, entonces, el tenor
reflejado en su semblante, y mirando fijamente el espacio vacío de la habitación, murmuró
apagadamente con voz cavernosa: « ¿Cómo? ¿Una hora antes? ¡Ah! ¿No lo ven? ¿No lo ven?
¡Está frente a mí, justo frente a mí!» Todos se estremecieron de horror, pero como nadie viese
nada, gritó la Coronela: « ¡Adelgunda! ¡Repórtate! No es nada, es un fantasma de tu mente, un
juego de tu imaginación, que te engaña, no vemos nada, absolutamente nada. Si hubiera una
figura ante ti, ¿acaso no la veríamos nosotros?... ¡Repórtate, Adelgunda, repórtate!» « ¡Oh,
Dios...! ¡Oh, Dios mío -suspiró Adelgunda-, van a volverme loca! ¡Miren, extiende hacia mí el
brazo, se acerca... y me hace señas!» Y como inconsciente, con la mirada fija e inmóvil,
Adelgunda se volvió, cogió un plato pequeño que por casualidad estaba en la mesa, lo levantó en
el aire y lo dejó... y el plato, como transportado por una mano invisible, circuló lentamente en
torno a los presentes y fue a depositarse de nuevo en la mesa.
La Coronela y Augusta sufrieron un profundo desmayo, al que siguió un ataque de
nervios. El Coronel se rehizo, pero pudo verse en su aspecto trastornado el efecto profundo e
intenso que le hizo aquel inexplicable fenómeno.
La vieja francesa, puesta de rodillas, con el rostro hacia tierra, rezando, quedó libre como
Adelgunda, de todas las funestas consecuencias. Poco tiempo después la Coronela murió.
Augusta se sobrepuso a la enfermedad, pero hubiera sido mejor que muriese antes de quedar en el
estado actual. Ella, que era la juventud en persona, como ya les describí al principio, se sumió en
un estado de locura tal que me parece todavía más horrible y espeluznante que aquellos que están
dominados por una idea fija. Se imaginó que ella era aquel fantasma incorpóreo e invisible de
Adelgunda, y rehuía a todos los seres humanos, o se escondía en cuanto alguien comenzaba a
hablar o a moverse. Apenas se atrevía a respirar, pues creía firmemente que de aquel modo
descubría su presencia y podía causar la muerte a cualquiera. Le abrían la puerta, le daban la
comida, que escondía al tomarla, y así, ocultamente, hacía con todo. ¿Puede darse algo más
penoso?
El Coronel, desesperado y furioso, se alistó en la nueva campana de guerra. Murió en la
batalla victoriosa de W... Es notable, muy notable, que desde aquella noche fatal, Adelgunda
quedó libre del fantasma. Se dedica por entero a cuidar a su hermana enferma, y la vieja francesa
la ayuda en esta tarea. Según me ha dicho hoy Silvestre, el tío de las pobres niñas, acaba de llegar
para consultar con nuestro buen R... acerca del método curativo que debe emplearse con Augusta.
¡Quiera el Cielo facilitar esta improbable curación!
Cipriano calló y también los amigos permanecieron en silencio. Finalmente, Lotario
exclamó: « ¡Esta sí que es una condenada historia de fantasmas! ¡Pero no puedo negar que estoy
temblando, a pesar de que todo el asunto del plato volante me parece infantil y de mal gusto!»
«No tanto -interrumpió Ottomar-, no tanto, ¡querido Lotario! Bien sabes lo que pienso acerca de
las historias de fantasmas, bien sabes que estoy en contra de todos los visionarios.»
FIN
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Re: Cuentos para Valentina

Notapor Valentina » Dom Jul 25, 2010 10:22 am

Fantasmas, siempre me han interesados, pero me asustan jejejjeej.
Posiblemente despues de tan ligera lectura como es este cuento, me cueste dormir, solo son fantasmas podrìa decir...pero mejor dejamos la luz encedida. Me atrae pero me asusta.
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