Fragmento de "Las circunstancias correctas", Ambrose Bierce.
—Buenos días, Colston. Parece que estoy de suerte. Siempre ha dicho usted que mis alabanzas de su obra literaria eran mera cortesía, pero aquí me encuentra absorbido, diría que sumergido, en su última historia aparecida en el Messenger. Si no llega a tocarme en el hombro, ni me habría dado cuenta de su presencia.
—La prueba es más poderosa de lo que usted parece entender —contestó el otro—. Es tan fuerte su deseo de leer mi historia que voluntariamente está renunciando a consideraciones egoístas y perdiendo todo el placer que podría obtener de ella.
—No le entiendo —contestó el primero plegando el periódico que sostenía y metiéndolo en el bolsillo—. De todas maneras ustedes, los escritores, son bastante raros. A ver, dígame lo que he hecho o dejado de hacer en este asunto. ¿En qué medida depende de mí el placer que obtengo, o podría obtener, de su obra?
—De muchas maneras. Permítame preguntarle si disfrutaría mucho de su desayuno si lo tomara en este coche público en la calle. Supongamos que el fonógrafo se ha perfeccionado tanto que puede darle una ópera entera: canto, orquestación y todo lo demás; ¿cree usted que le proporcionaría mucho placer si lo pusiera en marcha en el despacho mientras trabaja? ¿Importa realmente una serenata de Schubert cuando la escucha interpretada por un italiano inoportuno en un transbordador matinal? ¿Está siempre preparado y dispuesto para el placer? ¿Mantiene todos los estados de ánimo a su disposición, listos para cualquier demanda?
¡Permítame, señor, que le recuerde que la historia que me ha hecho el honor de empezar, como una manera de olvidarse de la incomodidad de este coche, es una historia de fantasmas!
—¿Y bien?
—¿Cómo que y bien? ¿Es que el lector no tiene deberes que se corresponden con sus privilegios? Usted ha pagado cinco centavos por ese periódico. Es suyo. Tiene el derecho a leerlo donde y cuando quiera. Gran parte de lo que contiene no se ve afectada, ni para bien ni para mal, por el momento, el lugar o el estado de ánimo; una parte exige en realidad que se lea enseguida: mientras se encuentra en efervescencia. Pero mi historia no tiene ese carácter. No es «lo último» de Fantasmalandia. No se espera de usted que esté au courant de lo que está sucediendo en la esfera de los espectros. La historia se conservará hasta que tenga usted tiempo para introducirse en el marco mental apropiado para el sentimiento de lo escrito; y respetuosamente opino que no podrá conseguirlo en un coche público, aunque sea el único pasajero. Ese tipo de soledad no es la adecuada. Un autor tiene sus derechos, que el lector está obligado a respetar.
—¿Puede darme un ejemplo concreto?
—El derecho a la atención continuada del lector. Negárselo es inmoral. Compartir su atención con el traqueteo de un coche, con el móvil panorama de las multitudes por las aceras y de los edificios al otro lado —con cualquiera de las miles de distracciones de nuestro entorno habitual— es tratar al autor con grave injusticia. ¡Dios mío, es algo infame!
Este es un fragmento de uno de los cuentos que más me gustaron de esta recopilación. El mismo se titula “Las circunstancias correctas” y trata más o menos de eso, de cómo el entorno puede influir en una lectura. En este caso, el ambiente adecuado para leer un cuento de terror.
En general todas las historias de este libro son para disfrutar. En su mayoría los cuentos se sitúan en el terreno del horror con algún condimento de humor macabro e ironía. Por algo a Bierce le decían “bitter” (amargo).
Lamentablemente cuesta bastante conseguir algún libro de este escritor. En mi caso encontré esta edición de casualidad, pero tiene muy pocos relatos. Con decir que según he visto, la recopilación original se titula “Cuentos de soldados y civiles”, pero en este caso han recortado los relatos de carácter antibelicista y algún que otro más.
Si tienen la posibilidad de conseguirlo, es un escritor muy recomendable.
Saludos...


