Ray Bradbury es un escritor norteamericano de Ciencia Ficción y Fantasía, principalmente. Entre sus obras se destacan dos, y no es que las demás no tengan valor, pero es que estas dos son realmente buenas. Me refiero a Las Crónicas Marcianas y a Fahrenheit 451.
Las Crónicas Marcianas no es una novela sino una colección de cuentos que después de ser publicados en revistas de Ciencia Ficción fueron reunidas para su publicación en forma de libro. En general, los cuentos tratan acerca de la colonización del planeta Marte por parte de los terrícolas que huyen de la Tierra, colonización que tiene consecuencias fatales para los marcianos. Los 28 cuentos tienen una extensión variable y no siempre están ligados entre si.
La prosa de Bradbury es poética y como en sus argumentos la ciencia tiene poca participación, las opiniones en cuanto a su obra están muy divididas entre los aficionados a la Ciencia Ficción. Hay que notar que Ray Bradbury, con sus Crónicas Marcianas fue el primer escritor de Ciencia Ficción en ser considerado literatura seria.
Aquí se pueden apreciar algunos fragmentos del libro:
Los cohetes incendiaron las rocosas praderas, transformaron la piedra en lava, la pradera en carbón, el agua en vapor, la arena y la sílice en un vidrio verde que reflejaba y multiplicaba la invasión, como espejos hechos trizas. Los cohetes vinieron como langostas y se posaron como enjambres envueltos en rosadas flores de humo. Y de los cohetes salieron de prisa los hombres armados de martillos, con las bocas orladas de clavos como animales feroces de dientes de acero, y dispuestos a dar a aquel mundo extraño una forma familiar, dispuestos a derribar todo lo insólito, escupieron los clavos en las manos activas, levantaron a martillazos las casas de madera, clavaron rápidamente los techos que suprimirían el imponente cielo estrellado e instalaron unas persianas verdes que ocultarían la noche. Y cuando los carpinteros terminaron su trabajo, llegaron las mujeres con tiestos de flores y telas de algodón y cacerolas, y el ruido de las vajillas, cubrió el silencio de Marte, que esperaba detrás de puertas y ventanas.
En seis meses surgieron doce pueblos en el planeta desierto, con una luminosa algarabía de tubos de neón y amarillos bulbos eléctricos. En total, unas noventa mil personas llegaron a Marte, y otras más en la Tierra preparaban las maletas...
Ray Bradbury, Las langostas
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El sol asomó lentamente entre las colinas. Se extendió pacíficamente sobre la tierra y despertó al señor Driscoll.
No se levantó en seguida. Había esperado ese momento durante todo un interminable y caluroso mes de trabajo, y ahora al fin se incorporó y miró hacia atrás.
Era una mañana verde.
Los árboles se erguían contra el cielo, uno tras otro, hasta el horizonte. No un árbol, ni dos, ni una docena, sino todos los que había plantado en semillas y retoños. Y no árboles pequeños, no, ni brotes tiernos, sino árboles grandes, enormes y altos como diez hombres, verdes y verdes, vigorosos y redondos y macizos, árboles de resplandecientes hojas metálicas, árboles susurrantes, árboles alineados sobre las colinas, limoneros, tilos, pinos, mimosas, robles, olmos, álamos, cerezos, arces, fresnos, manzanos, naranjos, eucaliptos, estimulados por la lluvia tumultuosa, alimentados por el suelo mágico y extraño, árboles que ante sus propios ojos echaban nuevas ramas, nuevos brotes.
-¡Imposible! -exclamó el señor Driscoll.
Pero el valle y la mañana eran verdes.
¿Y el aire?
De todas partes, como una corriente móvil, como un río de las montañas, llegaba el aire nuevo, el oxígeno que brotaba de los árboles verdes. Se lo podía ver, brillando en las alturas, en oleadas de cristal. El oxígeno, fresco, puro y verde, el oxígeno frío que transformaba el valle en un delta frondoso. Un instante después las puertas de las casas se abrirían de par en par y la gente se precipitaría en el milagro nuevo del oxígeno, aspirándolo en bocanadas, con mejillas rojas, narices frías, pulmones revividos, corazones agitados, y cuerpos rendidos animados ahora en pasos de baile.
Benjamin Driscoll aspiró profundamente una bocanada de aire verde y húmedo, y se desmayó.
Antes que despertara de nuevo, otros cinco mil árboles habían subido hacia el sol amarillo.
Ray Bradbury, La mañana verde (fragmento)
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Tomás miró hacia donde le indicaba el marciano y vio las ruinas.
- Pero cómo, esa ciudad está muerta desde hace miles de años.
El marciano se echó a reír.
- ¡Muerta! dormí allí anoche
- Y Yo estuve allí la semana anterior y la otra, y hace un rato y es un montón de escombros. ¿No ves las columnas rotas?
- ¿Rotas? Las veo perfectamente a la luz de la luna. Intactas.
- Hay polvo en las calles - dijo Tomás.
- ¡Las calles están limpias!
- Los canales están vacíos.
- ¡Los canales están llenos de vino de lavándula!
- Está muerta.
- ¡Está viva! - protestó el marciano riéndose cada vez más -. Oh, estás muy equivocado ¿No ves las luces de la fiesta? Hay barcas hermosas esbeltas como mujeres, y mujeres hermosas esbeltas como barcas; mujeres del color de la arena, mujeres con flores de fuego en las manos. Las veo desde aquí, pequeñas, corriendo por las calles. Allá voy, a la fiesta. Flotaremos en las aguas toda la noche, cantaremos, beberemos, haremos el amor. ¿No las ves?
Ray Bradbury, Encuentro nocturno (fragmento)
De los libros de Ciencia Ficción se puede decir muchas cosas, que están bien escritos, que son fantásticos, asombrosos, espeluznantes, grandiosos, entretenidos, profundos... pero de los libros de Ray Bradbury lo que se puede decir, además, es que son hermosos.


